El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 12

 


El viernes amaneció con un sol pálido que se filtraba por las persianas del cuarto de monitoreo. Alexander ya estaba despierto, el mate en la mano, los ojos recorriendo las doce pantallas como un general que revisa su campo de batalla antes de dar la orden de ataque. En el monitor número cinco, Lorena y Luz desayunaban juntas en la cocina del quinto piso. Se miraban con una complicidad nueva, una que no tenían antes del jueves, una que trascendía el vínculo de madre e hija para instalarse en un territorio más oscuro y más íntimo. Eran perritas del mismo dueño. Y eso, lejos de separarlas, las había unido. 


Pero hoy no era día de Lorena ni de Luz. La libreta de Marisol, abierta sobre la mesa, tenía una página dedicada a otros nombres. "Melisa e Iara", decía el título, con la letra redonda de la piba. "Melisa necesita descubrir nuevos horizontes. Iara es bisexual. Juntalas. Confiá en mí". Alexander sonrió y agarró el celular. 


"Después de tu trabajo te espero en mi departamento", le escribió a Melisa. 


La respuesta llegó casi al instante: "Sí, señor Alexander". 


Melisa entraba a las ocho de la mañana a la verdulería y salía a las cuatro de la tarde. Turno corrido. Alexander tenía toda la mañana para ocuparse de otros asuntos. Se levantó de la silla, se estiró —los huesos le crujieron como ramas secas— y fue al departamento de Candela. 


El marido de la pelirroja acababa de irse. Alexander lo vio salir por la cámara del pasillo: el traje arrugado, la mirada cansada, el andar de un hombre que no sabe lo que tiene y está a punto de perderlo para siempre. Apenas el ascensor se lo tragó, Alexander metió la llave maestra en la cerradura del tercero B y entró sin golpear. 


Candela estaba en la cocina, juntando las tazas del desayuno. Llevaba un short corto y una remera ajustada —los que Alexander le había ordenado usar—, y cuando lo vio entrar, una sonrisa le iluminó la cara. Esa sonrisa que antes no existía, esa sonrisa que él había hecho nacer. 


—Buen día, perrita —le dijo, y la tomó de la cintura. 


—Buen día —respondió ella, la voz ya entrecortada. 


Él la besó con hambre, las manos bajándole por las nalgas, los dedos clavándose en la carne firme. Después la llevó al dormitorio y le hizo el amor como un salvaje, sobre la cama matrimonial que ella compartía con Gustavo, y cuando terminaron —los dos sudados, los dos jadeantes—, Alexander le dio una orden nueva: 


—Desde el lunes vas a empezar el gimnasio. O natación. O lo que quieras. Pero vas a cuidar ese cuerpo. Es mío. 


—Sí, señor Alexander —dijo Candela, los ojos verdes brillándole. 


Después volvió a la sala de monitoreo. Eran las nueve. Eligió el atuendo de Lorena por mensaje —hoy falda gris, tacones nude, blusa blanca sin corpiño— y el de Luz —jean ajustado, remera roja con escote, el collar nuevo que pensaba regalarle—. A las diez, Luz bajó a limpiar el departamento de Alexander, como hacía todos los días antes de la facultad. Barrió el living, pasó un trapo por la mesa, cebó un mate y se lo alcanzó. Después se puso de rodillas y esperó. 


—Hoy tengo un regalo para vos —dijo Alexander. 


Del bolsillo del overol sacó un collar negro de cuero fino, con una chapita plateada en forma de pata de perro. La inscripción decía: "Perrita con dueño. A.E.". Luz lo miró y sintió un vuelco en el estómago. Era hermoso. Era obsceno. Era suyo. 


—Ponémelo —dijo, y levantó el pelo rubio para que él se lo abrochara. 


Alexander se lo puso. El cuero le ciñó el cuello apenas, y la chapita le cayó justo sobre la clavícula. Luz se miró en el reflejo de la pantalla apagada y se sintió más propiedad que nunca. Más mujer que nunca. 


—Gracias —murmuró, y antes de irse a la facultad, le hizo un pete rápido, de esos que ya le salían sin pensar. 


A las cuatro de la tarde, el timbre del departamento de Alexander sonó puntual. Melisa estaba en la puerta, todavía con el uniforme de la verdulería: el delantal verde sobre la remera blanca, el pelo negro recogido en una cola, la piel blanca brillándole por el sudor del trabajo. Olía a fruta fresca y a mujer cansada, y Alexander la encontró deliciosa. 


—Pasá —le dijo. 


Ella entró y él la besó sin preámbulos. Un beso profundo, posesivo, que a Melisa le hizo olvidar el cansancio de ocho horas de pie. 


—Vas a bañarte. Y te quedás desnuda. 


—Sí, señor Alexander. 


Melisa fue al baño y abrió la ducha. El agua caliente le corrió por el cuerpo y ella cerró los ojos, disfrutando la sensación. Sus pechos, grandes y redondos, se le llenaron de gotitas que le corrían por los pezones oscuros. Se enjabonó despacio, las manos recorriéndose las caderas anchas, las piernas torneadas, las nalgas duras y firmes que se le apretaban al caminar. La cintura fina se le marcaba bajo el jabón, y el pubis depilado le brillaba con la espuma blanca. Se sentía limpia. Se sentía suya —de Alexander— y eso la hacía sentir más limpia todavía. 


Salió del baño completamente desnuda, una toalla en la mano que no usó para cubrirse. Ya no tenía vergüenza. Él la había visto así muchas veces, y cada vez que la miraba, ella se sentía más deseada, más mujer, más viva. Alexander se acercó, le apretó los pechos con las dos manos y la besó. 


—¿De quién es este cuerpo? 


—De usted, señor Alexander. 


Él sonrió y buscó algo sobre la mesa: una venda negra, de tela suave, que había preparado con anticipación. Se la puso sobre los ojos, y Melisa se dejó hacer. Confiaba en él. Confiaba más en él que en su Dios, más que en su pastor, más que en su abuela. Después la hizo arrodillar en el medio del comedor, le puso unas esposas —las manos en la espalda, inmóviles— y sacó el miembro del overol. 


Se lo apoyó en la mejilla. Le dio golpecitos suaves, la carne caliente contra la piel blanca. Melisa se sintió sucia, pero esa suciedad le encantaba. Abrió la boca y esperó. 

 

Melisa se tragó el miembro con una devoción nueva. Los ojos vendados le agudizaban el tacto, el gusto, el oído: sentía cada vena, cada latido, cada pliegue de la piel de Alexander contra su lengua. Dio chupones en la cabeza, lamió el frenillo, recorrió el tronco con una lentitud que era casi una plegaria. La saliva le corría por la barbilla, pero ella no se detenía. Estaba perdida en su tarea, en ese ir y venir húmedo que la hacía sentir útil y sumisa. 


—Buena perrita —le dijo Alexander, la voz ronca, y ella redobló el esfuerzo. 


El timbre sonó. 


Melisa se detuvo. El miembro se le salió de la boca con un chasquido, y se quedó inmóvil, el corazón galopándole en el pecho. "Alguien está en la puerta. Alguien me va a ver así. Desnuda. Arrodillada. Con la boca llena de él". La vergüenza le quemó las mejillas, pero no dijo nada. Alexander le acarició la cabeza, como quien tranquiliza a un animal nervioso, y fue a abrir la puerta. 


Iara estaba en el umbral. Llevaba unos jeans negros rotos en las rodillas, una remera de una banda punk que Alexander no conocía, y la campera de cuero gastado que parecía su segunda piel. El flequillo negro le caía sobre los ojos delineados, y los labios pintados de un rojo oscuro le daban un aire de vampira moderna. Era flaca, menuda, con ese aspecto de roquera que nunca duerme y siempre está lista para un recital. Pero cuando vio a Melisa arrodillada en el medio del living —Melisa, la verdulera hermosa, la inalcanzable, la religiosa—, sus ojos se abrieron grandes y una chispa de algo cruzó por su cara. Sorpresa. Curiosidad. Deseo. 


—Pasá —le dijo Alexander, la voz grave. 


Iara entró. Cerró la puerta detrás de sí y se quedó parada, mirando la escena. 


—Unite a nosotros —ordenó Alexander. 


Iara tragó saliva. Miró a Melisa —esa piel blanca, esas caderas anchas, esos pechos enormes que le colgaban mientras estaba arrodillada— y sintió algo que no sentía hacía tiempo. Marisol había descubierto en sus investigaciones que Iara era bisexual, y ahora Alexander lo confirmaba con sus propios ojos. La roquera se llevó las manos al borde de la remera y se la sacó por la cabeza. Desabrochó el corpiño —negro, de encaje— y lo dejó caer. Se bajó los jeans, las botas, la bombacha. Cuando estuvo completamente desnuda, se arrodilló al lado de Melisa. 


Alexander se paró frente a las dos. Iara se tragó el miembro sin vacilar, y una de sus manos, como al descuido, fue a posarse sobre las nalgas de Melisa. Melisa sintió ese roce —una mano más chica, más suave, distinta— y estuvo a punto de preguntar. Pero en ese momento el miembro de Alexander le entró en la boca, la hizo ahogar, y ella volvió a su tarea. 


Mientras Melisa chupaba, sintió que Alexander le apretaba un pecho. Pero el otro pecho también estaba siendo apretado, y esa mano no era la de él. Era más chica. Más tibia. Más suave. Alexander le sacó la venda de los ojos, y Melisa parpadeó, cegada por la luz. Lo primero que vio fue a Iara, desnuda a su lado, los ojos delineados fijos en ella, los labios rojos entreabiertos. 


"Una mujer", pensó Melisa. "Esto es un pecado. Esto es..." 


Pero la idea se le fue rápido. Porque Alexander le había enseñado que Dios no castigaba por pasarla bien. Y ella la estaba pasando bien. Muy bien. 


Bajó la boca y siguió chupando, ahora con más intensidad. Iara, entendiendo la invitación, se inclinó sobre el miembro y empezó a lamer los testículos mientras Melisa se tragaba el tronco. Se turnaban, se rozaban, las lenguas se encontraban alrededor de la carne de Alexander. Él las guiaba con las manos, tomándolas del pelo, marcándoles el ritmo. Después les levantó las cabezas y las hizo mirarse. 


Iara entendió al instante. Se inclinó y besó a Melisa en la boca. Fue un beso suave al principio, apenas un roce. Melisa se quedó quieta unos segundos, los labios inmóviles. Pero después, sin saber muy bien por qué, entreabrió la boca y le devolvió el beso. Los labios de Iara eran más suaves que los de Alexander, más carnosos, más húmedos, y a Melisa le gustaron. 


Iara llevó las manos al cuerpo de Melisa. Le acarició los pechos enormes, le pellizcó los pezones, le recorrió la cintura fina. Melisa, ya sin vergüenza, llevó sus manos a la entrepierna de Iara. Los dedos encontraron un sexo húmedo y caliente, y empezaron a moverse con torpeza primero, con más seguridad después. Iara hizo lo mismo: metió los dedos en la entrepierna de Melisa y las dos se masturbaron mutuamente, las bocas pegadas, las lenguas enredadas, los gemidos entrecruzándose. 


El orgasmo les llegó al mismo tiempo. Las dos se arquearon, las dos gritaron —un sonido agudo y ronco que llenó el living—, las dos se vinieron abajo con los dedos de la otra adentro. 


—Yo todavía no terminé, perritas —dijo Alexander. 


Las puso en cuatro a las dos, una al lado de la otra, sobre el piso del living. Las nalgas de Iara —chicas y duras— al lado de las nalgas de Melisa —grandes y redondas— formaban un contraste obsceno que a Alexander le encantó. Penetró a Iara con un fuerte empujón, y mientras la embestía, le daba nalgadas a Melisa. Después cambió: salió de Iara y entró en Melisa, las caderas golpeando contra sus nalgas, los testículos chocándole contra el cuerpo. Iara, mientras tanto, se incorporó apenas y besó a Melisa, las bocas juntas, los gemidos compartidos. 


Alexander alternaba. Una, otra, una, otra. Las dos mujeres gemían, jadeaban, se besaban, se tocaban. Iara tuvo un segundo orgasmo cuando él la penetraba, los ojos dados vuelta, los dedos aferrados al piso. Melisa, viéndola venirse, sintió que ella también se iba, y cuando Alexander volvió a entrar en ella, explotó en un orgasmo que le nubló la vista y le arrancó un grito. Alexander no aguantó más y terminó dentro de Melisa, un rugido animal que le salió del pecho. 


Las dos mujeres se quedaron en cuatro, usadas y sudadas, las respiraciones agitadas. Alexander se puso de pie, las miró desde arriba y dijo: 


—Ustedes dos son mis perritas. Y quiero que sean amigas. 


Iara y Melisa se miraron. Una sola mirada les bastó para entenderse. Y al unísono, como si lo hubieran ensayado, respondieron: 


—Guau, guau. 

 

Esa tarde, Alexander siguió divirtiéndose con ellas. Las tuvo en su cama, en el sillón, otra vez en el piso. Cuando el sol empezó a caer, Iara y Melisa se vistieron y salieron juntas del departamento. En el pasillo, Iara miró a Melisa y le dijo: 


—¿Tenés hambre? Cenemos en mi departamento. 


—Dale —respondió Melisa, las mejillas todavía encendidas. 


Y esa noche, en el departamento de Iara, entre charlas sobre música y religión y hombres que saben dominar, nació una amistad profunda y caliente. Una amistad de perritas que compartían dueño, sí, pero también confidencias, caricias y un entendimiento que ninguna de las dos había tenido antes con otra mujer. 


Alexander, desde la sala de monitoreo, las vio cenar juntas por la cámara del living de Iara. Sonrió, dio un sorbo al mate y pensó que Marisol, una vez más, no se había equivocado. 

 


Continuará... 

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