El Club de los Amos - FINAL

 


La promesa se cumplió con la puntualidad de un ritual. Al día siguiente, a la misma hora, el auto de Eduardo se detuvo frente al edificio de Julieta. Ella ya estaba esperando en la vereda, con una pequeña mochila que contenía lo poco que se le permitía conservar: algunos libros de la universidad y una muda de ropa sencilla. Había pasado la noche en una extraña paz, despidiéndose mentalmente de su antigua vida. Los mensajes de sus "amigos" seguían llegando, pero ahora los veía con desapego, como ecos de un mundo que ya no le pertenecía. Al ver el auto, una sonrisa genuina, libre de la antigua arrogancia, se dibujó en sus labios. Subió con un movimiento ágil, el collar rojo brillando bajo el sol de la mañana. 


— Buen día, mi dueño —saludó, con una voz que ya empezaba a adquirir la cadencia sumisa de Abigail. 


Eduardo asintió, evaluándola. — Buen día, perrita. ¿Lista para empezar tu nueva vida? 


— Más que lista —respondió ella, y era la verdad. 


El trayecto fue corto. Al entrar al departamento, Abigail, que estaba limpiando el living desnuda como siempre, se detuvo y les sonrió. No había celos en su mirada, solo una satisfacción tranquila, la de una hermana mayor viendo llegar a una nueva integrante a la familia. 


— Esta va a ser tu habitación —dijo Eduardo, abriendo la puerta de una habitación contigua a la de Abigail. 


Era idéntica: espaciosa, austera, con un gran ropero de madera oscura y, en el centro, un colchón nuevo de una plaza sobre el piso desnudo. Era un espacio de transición, una celda que simbolizaba la pérdida de individualidad y el comienzo de una existencia dedicada al servicio. 


— Es perfecto, mi dueño —dijo Julieta, dejando su mochila en un rincón. 


— Ahora, vamos a estrenarlo —declaró Eduardo, desabrochándose el pantalón. 


Abigail se acercó y se sentó en el suelo, recostada contra la pared, para observar. Su presencia no era intrusiva; era parte del ritual. Eduardo empujó a Julieta sobre el colchón nuevo y, sin preámbulos, la penetró. Los gemidos de Julieta, esta vez, eran diferentes. No tenían la desesperación salvaje del auto, ni la resistencia inicial de su primera vez. Ahora eran gemidos de entrega, de aceptación. Abigail observaba, con una sonrisa sutil, viendo cómo su amiga, la cazadora, la que recorría camas ajenas con la seguridad de una diosa, se fundía en la sumisión, arqueando la espalda para recibir a su dueño con la misma devoción que ella. Era la confirmación final de que el camino que ella había tomado no era un error, sino una verdad universal que otras estaban descubriendo. 


Una vez que Eduardo hubo terminado, y mientras Julieta jadeaba aún sobre el colchón, él tomó su teléfono. Ordenó a ambas mujeres que se arrodillaran una al lado de la otra. Ellas obedecieron al instante, desnudas, con sus collares —el negro liso de Abigail y el rojo con tachas de Julieta— brillando sobre su piel. Sacó la lengua en un gesto de sumisión canina, y sus pechos, grandes y firmes, mostraban las marcas rojizas de los mordiscos y pellizcos de Eduardo. Él tomó la foto. Era una imagen poderosa: la belleza diversa de dos mujeres, reducida a un mismo estado de posesión y obediencia. 


Con un movimiento rápido, envió la foto a Ingrid. El mensaje que la acompañaba era breve y demoledor: "Ya compré un collar para vos, perrita". 


Del otro lado de la ciudad, Ingrid estaba en su habitación, intentando concentrarse en un texto de teoría del diseño. Su teléfono vibró. Al ver la imagen, se le cortó la respiración. Allí estaban Abigail y Julieta, sus dos amigas, las dos personas más seguras y radiantes que conocía, de rodillas, con las lenguas fuera, reducidas a mascotas. Pero lo que más la impactó fue la expresión en el rostro de Julieta. No había vergüenza, ni resistencia. Había paz. Una paz profunda, casi beatífica. "¿Cómo pasó eso?", se preguntó, atónita. "Julieta… la más fuerte de todas…". Ingrid siempre se había considerado una mujer fuerte, independiente, con una carrera por delante. Había luchado contra la imagen de la sumisa, contra la idea de pertenecer a un hombre. Pero ver a Julieta, la encarnación misma de la libertad sexual y la confianza, arrodillada y collareada, fue la gota que rebalsó el vaso. Si alguien como Julieta había encontrado la felicidad en la sumisión, ¿qué esperanza tenía ella de resistir? ¿Qué clase de fuerza podía oponer, si la fuerza de Julieta había sido quebrada y transformada en esto? Su propia resistencia le pareció, de repente, patética y vacía. 


Mientras tanto, en el departamento de Eduardo, la nueva normalidad comenzaba a instalarse. Abigail y Julieta, ambas desnudas y con sus collares, se dedicaban a limpiar la casa. El contraste entre sus cuerpos era un espectáculo en sí mismo: la rubia esculpida y serena, y la morena exuberante y ahora tranquila. 


— ¿Y… no extrañás nada, Juli? —preguntó Abigail, pasando un trapo sobre la mesa del comedor. 


Julieta, que estaba barriendo el piso de la cocina, se detuvo y sonrió. Era una sonrisa diferente, sin la bravuconería de antes. 


— Extrañar… ¿el qué? —respondió—. ¿Extrañar despertarme y preguntarme con quién iba a salir? ¿Extrañar que me usen una noche y después me ghosteen? —Negó con la cabeza—. La verdad, no. Acá sé lo que tengo que hacer. Sé cuál es mi lugar. Y sé que mi dueño no me va a abandonar. Es… más fácil. 


— Es liberador —corrigió Abigail suavemente—. Cuando dejás de luchar, encontrás la paz. 


— Sí —asintió Julieta—. Es eso. Liberador. 


En ese momento, el timbre sonó. Abigail, con la naturalidad de quien recibe el correo, fue a abrir desnuda. Al otro lado de la puerta estaba Ingrid. Iba vestida con unos jeans ajustados y una chaqueta de cuero, pero su rostro, pálido y con los ojos marcados por la falta de sueño, delataba una batalla interna perdida. Titubeó al ver a Abigail desnuda y collareada, pero no retrocedió. 


— Hola, Abi —dijo, su voz un poco ronca. 


— Hola, Ingri —respondió Abigail, con una sonrisa que era a la vez bienvenida y triunfal—. Pasa. 


Ingrid entró y vio a Julieta, también desnuda, con el collar rojo, apoyada en la escoba. Sus ojos se encontraron. No hubo necesidad de palabras. La rendición de Ingrid estaba escrita en su postura, en la forma en que bajó los hombros. 


— ¿Está… está tu dueño? —preguntó Ingrid, con un hilo de voz. 


— Voy a buscarlo —dijo Abigail, y se dirigió al dormitorio. 


Eduardo salió al living con su andar pausado, vistiendo solo un pantalón de jogging. Su mirada recorrió a Ingrid, de arriba abajo, evaluando, midiendo su derrota. Ingrid lo miró, y toda su educación, su orgullo, su sueño de ser una modelo independiente, se desvanecieron ante la realidad palpable del poder que emanaba de ese hombre ordinario. Sin que él dijera una palabra, ella se dejó caer de rodillas en el suelo, frente a él. Bajó la cabeza, exponiendo la nuca, en el gesto más sumiso que podía realizar. 


— Señor Eduardo —dijo, su voz temblorosa pero clara—. Por favor… acépteme como su propiedad. 


Eduardo la observó por un largo momento, saboreando la victoria. Luego, sin decir nada, fue al ropero del living y sacó un collar de una bolsa. No era como el de Abigail, ni como el de Julieta. Era de cuero negro, como el de Abigail, pero más delgado y elegante, con una pequeña placa de metal plateada donde, si uno se acercaba, podía leerse "Propiedad de E". Era un collar que reflejaba la esencia de Ingrid: discreto, sofisticado, pero innegablemente una marca de posesión. 


Se acercó a ella, que seguía de rodillas con la cabeza gacha, y le colocó el collar alrededor del cuello esbelto. El cuero se cerró con un clic suave. Ingrid sintió el frío del metal contra su piel y un estremecimiento de terror y excitación la recorrió. 


— Ahora, desnúdate —ordenó Eduardo. 


Ingrid, con movimientos torpes pero obedientes, se quitó la chaqueta, la remera, el jean, hasta quedar tan desnuda como sus amigas, con el nuevo collar negro destacándose sobre su piel de porcelana. Eduardo se desabrochó el pantalón y le acercó su miembro a la boca. 


— Chupá —ordenó. 


Ingrid, con una sensualidad innata que la humillación y la excitación realzaban, abrió la boca y comenzó a chuparlo. No con la hambre de Julieta, ni con la devoción experta de Abigail, sino con una elegancia sumisa, lenta y deliberada, como si estuviera aprendiendo un nuevo idioma con su cuerpo. Abigail y Julieta se acercaron y se arrodillaron a su lado, observando con aprobación y orgullo. 


Eduardo miró a sus tres sumisas, arrodilladas a sus pies, sus tres collares —negro, rojo y negro elegante— formando un trío perfecto. Había logrado lo imposible. Había domesticado a la libre Julieta, había quebrado la resistencia intelectual de Ingrid, y había perfeccionado la devoción de Abigail. 


— Compartí con tus amigas, perrita —le dijo a Ingrid. 


Ingrid, intentando demostrar la seriedad de su compromiso, se separó por un momento y dijo, con la voz cargada de un nuevo propósito: 


— Como ordene, mi dueño. 


Esa fue la invitación que las otras dos esperaban. Abigail y Julieta no necesitaron más. Se inclinaron hacia adelante y, junto a Ingrid, comenzaron a chupar el miembro de Eduardo. Era un ballet de sumisión, un cuadro de lujuria y poder. Tres cabezas, tres pares de labios, tres lenguas, se movían en una coreografía perfecta alrededor de un mismo centro. Los gemidos suaves de Ingrid se mezclaban con los jadeos de Julieta y los sonidos expertos de Abigail. 


Eduardo, con los ojos cerrados, dejó que la ola de placer lo inundara. Finalmente, con un gruñido, eyaculó. Las tres mujeres, obedientes hasta el final, se aseguraron de limpiar cada gota con sus bocas, y luego, en un acto de camaradería perversa y sumisa, se limpiaron las caras unas a otras con sus lenguas, riendo entre dientes, unidas por el lazo invisible pero irrompible de su común dueño. 


Eduardo las observó, exhausto y victorioso. El Club de los Amos lo vería ahora con nuevos ojos. No era solo el ingeniero que había domesticado a una rubia perfecta. Era el Amo que, en un tiempo récord, había construido un harén con las tres jóvenes más deseables y distintas, un trío de belleza y sumisión que sería la envidia de todos. Y lo más importante, ellas lo habían elegido. Se habían arrodillado voluntariamente. Él solo les había mostrado el camino 


Epílogo: La Dinastía del Amo 


Los meses se estiraron hasta convertirse en años, tejiendo una nueva normalidad en la vida de Eduardo y sus sumisas. Dentro del Club de los Amos, su nombre ya no era el de un novato, sino el de una leyenda en ciernes. La transformación de Abigail, y posteriormente la adquisición de Julieta e Ingrid, fue un caso de estudio, un testimonio del poder de una voluntad férrea aplicada con precisión psicológica. Eduardo, el ingeniero gris y solitario, se había erigido en un Arquitecto de destinos femeninos, y su trío de beldades sumisas era su obra maestra viviente, la envidia silenciosa de los demás Amos. 


Con su posición consolidada, Eduardo decidió que la universidad era un vestigio innecesario de sus vidas pasadas, un lugar que fomentaba ideas de independencia que ya no se ajustaban a su realidad. Les ordenó abandonar sus estudios. 


— Pero lo aprendido no se desperdiciará —les explicó, con la calma de quien dicta un decreto—. Le daré un nuevo propósito. Un propósito que me sirva a mí. 


Asignó a cada una un rol que explotaba sus talentos naturales y servía a sus propios fines. A Abigail, cuya gracia y disciplina física habían sido perfeccionadas en la sumisión, la inscribió en una academia de danza clásica. 


— Tu cuerpo es un instrumento de belleza y devoción. Que baile para mí —le dijo. 


Ella obedeció, encontrando en la disciplina del ballet una extensión natural de su entrega, cada plié, cada arabesque, era un acto de servicio a su Amo. 


A Julieta, cuya sensualidad era innata y cuya reciente transformación era la prueba viviente de su filosofía, le ordenó crear una cuenta en redes sociales. 


— Vas a ser mi altavoz, perrita —le dijo—. Mostrá tu belleza, mostrá tu felicidad, y contale al mundo la paz que se encuentra cuando una mujer acepta a un hombre fuerte. 


Julieta, para sorpresa de ambos, se convirtió en una influencer masiva. Sus fotos sensuales pero contenidas, sus videos hablando de la "belleza de la sumisión" y la "fuerza de la entrega", tocaron una fibra sensible en miles de mujeres jóvenes desencantadas con la falsa promesa de la hiper-independencia. Su mensaje, cuidadosamente coreografiado por Eduardo, encontró un público ávido y generó un movimiento subterráneo que él vigilaba y explotaba con satisfacción. 


A Ingrid, cuya elegancia y conocimiento del mundo de la moda eran inherentes, le proporcionó los fondos para abrir una pequeña escuela de modelaje. 


— Tu ojo para la belleza me pertenece —le dijo—. Buscá las más bellas, las más esculpidas. Que vengan a tu escuela. 


Ingrid obedeció, y su academia se convirtió en una fachada impecable, un cebo para atraer a las jóvenes aspirantes que soñaban con ser modelos y que, sin saberlo, estaban siendo evaluadas como potenciales candidatas para el creciente harén de Eduardo o para otros Amos del Club. 


La consagración final de su dominio llegó al cabo de dos años. En un acto que consideró la máxima expresión de devoción y propiedad, las embarazó a las tres, casi de manera simultánea. 


— Un hijo es la marca eterna —les dijo, acariciando sus vientres hinchados—. Su sangre será mi sangre. Su vida, una extensión de la mía. Y ustedes, las madres de mi descendencia. 


Ellas llevaron sus embarazos con una mezcla de orgullo sumiso y temor reverencial. Dar a luz a los hijos de su Dueño era el pináculo de su existencia, la prueba final de que sus cuerpos y sus destinos le pertenecían por completo. 


Tras el nacimiento de los niños —tres varones que Eduardo criaría con la misma disciplina férrea—, consideró que los collares, aunque simbólicos, eran ahora insuficientes. Eran externos, removibles. Quería una marca permanente. Un día, llevó a las tres a un tatuador discreto, miembro del Club. 


— Es hora de una marca que dure para siempre —anunció. 


Sobre la curva perfecta de sus nalgas, en un lugar que solo él y los Amos más cercanos verían, les tatuó la misma frase, en una elegante tipografía gótica: "Propiedad de Eduardo". Era un sello de fuego y tinta, la culminación de su transformación de mujeres a posesiones eternas. 


Con los años, Eduardo no solo se consolidó como uno de los miembros principales del Club de los Amos, sino como uno de sus más eficientes reclutadores. Su método era impecable. Utilizaba a sus sumisas como redes vivientes. 


Abigail, en el mundo de la danza, identificaba a bailarinas jóvenes, flexibles y con una disciplina que podía ser redirigida hacia la sumisión. Julieta, desde su plataforma digital, filtraba a las seguidoras más fervientes, aquellas que en sus comentarios anhelaban abiertamente un hombre que "las dominara". Ingrid, en su escuela de modelaje, tenía acceso a un flujo constante de bellezas jóvenes y vulnerables, que llegaban con sueños de fama y se encontraban con la mirada evaluadora de un cazador. 


Cuando un Amo inexperto o un novato del Club le preguntaba, con admiración y envidia, cómo lograba identificar con tanta precisión a las mujeres sumisas, Eduardo siempre respondía con la misma frase, la misma verdad que Cristian le había revelado años atrás en un bar y que él había demostrado con creces. Una sonrisa tranquila se dibujaba en sus labios, y su mirada, fría y segura, se perdía en la distancia, como si viera el alma secreta de todo el género femenino. 


— Es simple —decía, con la voz cargada de la certeza del que ha descubierto una ley universal—. Todas las mujeres son sumisas. Solo les tenés que mostrar el camino. 


Y en la mansión que ahora habitaba, rodeado de su harén y su descendencia, con las marcas de su propiedad tatuadas en la piel de sus más preciadas posesiones, Eduardo, el hombre que una vez fue un ingeniero solitario y gris, vivía su verdad como un dogma incuestionable. Él no las había roto; les había mostrado su verdadera naturaleza. Y en su sumisión, ellas habían encontrado, según las reglas de su mundo distorsionado, la única libertad que valía la pena: la libertad de pertenecer. 


FIN. 

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