El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Epílogo

 


El edificio seguía en pie, como todo lo que Alexander tocaba. Los años habían pasado con la misma cadencia viscosa de los mates que él seguía cebando cada mañana frente a los monitores, aunque ya no eran doce sino veinticuatro, y la silla de cuero sintético había sido reemplazada por un sillón ergonómico que Marisol le había obligado a comprar. "Tu espalda no tiene veinte años, viejo", le había dicho, y él había obedecido sin chistar, porque a Marisol nunca le discutía. 


Esa noche —la noche en que ella le entregó el culito— había marcado un antes y un después entre ellos. sabiendo que esa mujer era la única que no llevaba collar, pero era más suya que todas las demás juntas. 


Desde entonces, Marisol y Alexander se volvieron más unidos que nunca. Ella seguía siendo libre —a veces se acostaba con otros hombres, casados en su mayoría, cornudos por Alexander con su ayuda—, pero siempre volvía a él. Era su perrita más fiel, su cómplice, su estratega. A los treinta años, Marisol ya era una psicóloga de renombre, con un consultorio en el centro y una lista de espera de meses. Decidió tener un hijo con Alexander, una nena de ojos claros y pelo castaño a la que llamaron Pilar, y aunque Alexander nunca la reconoció legalmente, la crió con la devoción de un padre que no necesita papeles para saber lo que es suyo. 


Candela nunca se separó de Gustavo. Siguió viviendo en el tercero B, preparándole el desayuno cada mañana, sonriéndole cuando llegaba cansado del trabajo. Pero bajo esa fachada de esposa perfecta, era la perrita más obediente de Alexander. Él entraba a su departamento con la llave maestra tres veces por semana, y ella lo recibía de rodillas, desnuda, lista para ladrar. Con los años, Candela le dio tres hijos varones —tres—, y Gustavo los crió como propios sin sospechar jamás que esos chicos de pelo rojizo y ojos verdes no llevaban su sangre. Alexander los veía crecer por las cámaras, y aunque nunca los reconoció, se aseguró de que nunca les faltara nada. 


Iara dejó las bandas con el tiempo, pero nunca la música. Colgó el bajo en la pared de su living como quien cuelga una espada después de la guerra, y se volvió profesora particular. Daba clases en escuelas, en su departamento, en todos lados donde hubiera un chico con ganas de aprender. Al año de conocer a Melisa, se fue a vivir con ella. Las dos mujeres formaban una pareja que hacía girar cabezas en la calle: la roquera de flequillo y tatuajes, la verdulera de caderas anchas y piel de leche. Pero lo que nadie sabía —lo que solo las cámaras del edificio registraban— era que las dos eran perritas del mismo dueño. Iara le dio cinco hijos a Alexander —dos varones y tres nenas—, que crecieron entre partituras y fruta fresca, y aunque él nunca los reconoció, los ayudó a criar desde las sombras, con la discreción de un fantasma que provee sin ser visto. 


Melisa, con la ayuda económica de Alexander, abrió su propia verdulería. Con el tiempo compró el local donde antes trabajaba, y después otro, y después otro más. Llegó a tener más de veinte verdulerías repartidas por toda la capital, una pequeña cadena que ella manejaba con la misma dedicación con que antes pelaba frutas. Se había enamorado de Iara, profunda y genuinamente, y juntas formaron un hogar donde el amor y la sumisión convivían sin conflicto. Pero cada vez que Alexander las visitaba, las dos se ponían de rodillas y ladraban juntas, y Melisa sentía que ese ritual era su forma de agradecer todo lo que él le había dado. Tuvo un solo hijo con Alexander, una nena de pelo negro y ojos oscuros a la que llamaron Milagros. 


Luz se volvió, con los años, la más sumisa de todas. No hacía nada sin el permiso de Alexander: qué ropa ponerse, qué carrera seguir, a qué hora salir, a qué hora volver. Era ella quien le limpiaba el departamento, quien le hacía la comida y se la dejaba lista para cuando él volviera, quien le cebaba mates desnuda mientras él miraba los monitores, el collar de cuero con la chapita de "Propiedad de Alexander" brillándole en el cuello. Alexander la embarazó tres veces —dos varones y una nena—, y nunca reconoció a ninguno. Le gustaba la idea de que Carlos los criara como nietos, sin saber que en realidad eran hijos del hombre que le había quitado a su mujer y a su hija sin que él se diera cuenta. Luz los amaba con locura, y cada vez que los veía jugar en el living del quinto piso, sentía que todo había valido la pena. 


Lorena sabía la verdad. Sabía que esos tres chicos rubios que correteaban por su casa no eran nietos de Carlos, sino hijos de Alexander, su dueño. Y lejos de horrorizarse, esa certeza la llenaba de un orgullo oscuro y callado. Crió a esos chicos con un amor desbordado, les compró ropa, les pagó colegios, les organizó cumpleaños. Era su forma de mostrarle lealtad a Alexander, su manera de decirle "soy tu perrita" sin necesidad de ladrar. Siguió usando las pinzas en los pezones y el vibrador a distancia, y cada vez que él se lo encendía desde la sala de monitoreo, ella sonreía y susurraba "gracias, señor Alexander", aunque él no pudiera oírla. 


Alexander, hasta sus últimos días, tuvo una cantidad inmensa de perritas y de hijos regados por el edificio y por la ciudad. Las perritas siempre eran elegidas por Marisol después de estudiarlas durante semanas: mujeres insatisfechas, mujeres casadas, mujeres sumisas, mujeres que no sabían lo que querían hasta que él se lo mostraba. Todas hermosas. Todas distintas. Todas suyas. 


Murió a los ochenta y tres años, sentado en su sillón ergonómico frente a los monitores, el mate en una mano y el control remoto en la otra. Marisol lo encontró a la mañana siguiente, la cabeza apoyada sobre el pecho, una sonrisa tranquila flotándole en los labios. No lloró. O sí, pero para adentro. Le acarició las entradas canosas, le cerró los ojos y le dijo al oído, bajito, para que nadie más oyera: 


—Fuiste un hijo de puta, Alejandro. Pero fuiste mi hijo de puta. 


Después apagó los monitores, uno por uno, y el edificio se quedó a oscuras por primera vez en décadas. 


FIN. 


— Gracias por acompañarme hasta el final. 🖤 Un comentario ayuda muchísimo.

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