La Modelo que Apostó su Cuerpo — Parte 1

 


—Luana, por favor, cuidate. No es cualquier lugar. 


Las palabras de su representante todavía resonaban en su cabeza mientras el taxi la dejaba en una calle oscura del bajo Flores. Ella había peinado su cabello rubio hasta dejarlo brillante como la seda, sus labios carnosos teñidos de un rojo profundo que contrastaba con la palidez de su piel. El vestido corto de diseñador, una pieza exclusiva que había desfilado apenas la semana anterior en la Semana de la Moda de Buenos Aires, se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, color marfil con detalles de pedrería que capturaban hasta la más mínima luz. 


La puerta del lugar era insignificante, una chapa de acero sin identificación, apenas una mirilla a la altura de los ojos. Llamó tres veces, pausado, tal como le había indicado su representante. Un hombre de rasgos duros, vestido con traje negro, la revisó con una mirada que subía y bajaba por su cuerpo antes de abrirle paso. 


El contraste fue inmediato. Del silencio de la calle, Luana entró a un mundo de humo de cigarros caros, tintineo de copas de whisky y murmullos concentrados alrededor de mesas de paño verde. Lámparas de luz ámbar colgaban del techo, creando sombras que bailaban sobre los rostros de los apostadores. Todos los hombres —y eran todos hombres, hasta donde podía ver— levantaron la vista cuando ella cruzó el umbral. 


No era para menos. Luana tenía veintidós años y una belleza que dolía. Rubia natural, con ondas sueltas que le caían hasta la mitad de la espalda, ojos color miel que miraban el mundo con una mezcla de inocencia y astucia, y esos labios carnosos que los fotógrafos siempre pedían que destacara. Caminaba como si el suelo fuera una pasarela, porque para ella lo era. Tacones altos, de esos que harían tropezar a cualquier otra, eran sus aliados. Su cadera se movía con un balanceo aprendido en años de pasarela, y cada paso hacía que el vestido se levantara apenas un centímetro más, dejando ver el inicio de sus muslos firmes y bronceados. 


—Una mesa para la señorita —dijo el hombre de traje negro, guiándola hacia el fondo. 


Las miradas la seguían como si fuera un animal exótico. Algunos susurraban, otros se atrevían a silbar bajito. Luana no les prestaba atención; ella había aprendido hace tiempo que su belleza era una herramienta y también una condena, pero esa noche solo quería jugar. 


El lugar le había gustado apenas entró. El aire olía a dinero, a peligro, a adrenalina. Diferente a la vida ordenada que llevaba entre desfiles y sesiones de fotos, donde todo estaba calculado al milímetro: el horario del maquillaje, el ángulo de la cámara, la luz, las poses, la ropa que debía ponerse y la que debía quitarse. Allí, en cambio, nada estaba escrito. 


Se sentó en la mesa más grande, la de apuestas más altas. Fichas de colores se acumulaban frente a los jugadores. El crupier, un hombre calvo de expresión impasible, le entregó las suyas cuando ella puso sobre el tapete un fajo de billetes que había sacado de su cartera. 


Las primeras manos fueron un torbellino. Luana ganaba una mano con una escalera, perdía la siguiente con un par contra un full, ganaba de nuevo con un color, perdía otra vez por un mal cálculo. Y eso era exactamente lo que amaba. El vértigo de no saber. La emoción pura de que cada carta vuelta podía cambiar su destino. 


"A diferencia de mi vida, esto es real. Esto no está ensayado", pensaba mientras sus dedos de uñas perfectamente esmaltadas en color nude acariciaban las fichas. "En la pasarela siempre sé qué viene después: la curva, el flash, el cambio de ropa, la sonrisa. Acá, un segundo puedo ser millonaria y al siguiente no tener nada". 


Ganaba cuando subía las apuestas con una sonrisa que descolocaba a sus contrincantes, esos hombres cincuentones de traje caro que la miraban como si fuera un trofeo antes de ser una jugadora. Perdía cuando el miedo propio la traicionaba y se achicaba en manos decisivas. Pero el sudor en su nuca, el latido acelerado en su pecho, la sensación eléctrica en la punta de los dedos... todo eso valía cada peso que arriesgaba. 


Llevaba cerca de dos horas jugando cuando las fichas frente a ella habían disminuido a la mitad. Su corazón no dejaba de bombear adrenalina. Había perdido una mano de quince mil dólares por un farol mal calculado, y había ganado una de veinte mil con un póker sorpresa que hizo enmudecer la mesa. 


—¿Se puede? 


La voz era grave, un poco ronca, con un dejo de autoridad que no admitía negativa. Luana levantó la vista y lo vio. Leopoldo López se sentaba frente a ella, acomodando su cuerpo rechoncho en la silla de terciopelo burdeos. Tendría unos cincuenta años, tal vez cincuenta y dos, y su calvicie comenzaba en la frente y se extendía hacia la coronilla, dejando solo un cerco de cabello canoso en la nuca. Era gordito, de esos cuerpos que hablaban de buenas cenas y poco ejercicio, pero su traje era impecable, un Armani oscuro que debía costar varios miles de dólares. Los nudillos de sus manos, regordetes y con vello oscuro, estaban cubiertos de anillos gruesos. Sus ojos, pequeños y profundamente marrones, miraban con la seguridad de quien ha visto demasiado. 


Luana sintió un escalofrío. No sabía por qué, pero supo de inmediato que ese hombre no era un jugador cualquiera. 


Leopoldo pidió fichas por valor de cien mil dólares. Las colocó frente a sí con una calma que bordeaba la indiferencia. 


La primera mano la perdió. La segunda también. Luana pensó que sería otro jugador más, de esos que llegan con mucho dinero y se van con las manos vacías. Pero en la tercera mano, Leopoldo mostró una escalera real. En la cuarta, un full. En la quinta, un póker. 


No solo le ganaba a ella. A todos. Uno a uno, los jugadores abandonaban la mesa con las manos vacías y el orgullo por el suelo. El hombre de la corbata roja se fue mascullando improperios. El de las gafas de carey arrojó sus últimas fichas sobre el tapete y se levantó sin despedirse. La mesa se fue vaciando como si un embudo invisible succionara el dinero y la esperanza. 


Luana, sin embargo, se mantuvo. No porque estuviera ganando —no lo estaba—, sino porque en cada mano sentía esa chispa que la había enganchado al póker meses atrás. La incertidumbre. El no saber. Solo que ahora, Leopoldo era un muro imposible de escalar. Cada vez que ella creía tener la mano ganadora, él mostraba una mejor. Cuando ella farreaba, él la descubría. Cuando jugaba conservadora, él la aplastaba con apuestas altas. 


Miró sus fichas. Le quedaban apenas tres mil dólares. Había entrado con cincuenta mil. 


—¿Alguien me presta dinero? —preguntó en voz alta, sabiendo que la respuesta sería silencio. Era un lugar clandestino, sí, pero nadie fiaba a nadie. 


Leopoldo sonrió. Fue una sonrisa lenta, casi perezosa, que arrugó las comisuras de sus ojos pequeños y mostró una hilera de dientes blancos, pero ligeramente torcidos. 


—No es necesario el dinero, muñeca. 


Luana levantó una ceja. Que un hombre la llamara "muñeca" en cualquier otro contexto la habría irritado, pero allí, bajo la luz ámbar, rodeada de humo y silencio expectante, sintió curiosidad antes que ofensa. 


—¿Ah, ¿no? —preguntó, cruzando sus piernas. El vestido subió un poco más, y notó cómo los ojos de Leopoldo seguían el movimiento. 


—No —repitió él, inclinándose hacia adelante. Sus manos regordetas descansaban sobre el tapete verde, los anillos brillando—. Si perdés, pasas una noche conmigo. 


El silencio se hizo más denso. Algunos de los que aún quedaban en el lugar se volvieron para mirarlos. El crupier carraspeó. 


Luana sintió cómo su corazón se aceleraba. No de miedo. De emoción. "Es una locura", pensó. "Es una locura absoluta. Este tipo es un desconocido, es mayor, no es atractivo, y me está ofreciendo algo que ninguna modelo sensata aceptaría jamás". 


Pero ella nunca había sido del todo sensata. Eso la había llevado a la cima de las pasarelas y también a las mesas de póker clandestinas. La vida ordenada de horarios y contratos la aburría hasta las lágrimas; necesitaba esto, el riesgo, el vértigo, el no saber qué pasaba después. 


Y Leopoldo, con su calvicie y su panza y sus ojos de tiburón, le ofrecía exactamente eso. 


—Acepto —dijo, con una sonrisa que enseñó sus dientes perfectos. 


Algunos de los presentes exhalaron. Otros negaron con la cabeza. Leopoldo se recostó en su silla, el gesto de un hombre que ya sabe que ha ganado. 


Las siguientes quince manos fueron las más intensas que Luana había jugado en su vida. Leopoldo no se lo puso fácil: la hizo sudar en cada decisión. Hubo momentos en que ella creyó tener la victoria al alcance de la mano, cuando formaba una escalera en el river que parecía imbatible, solo para que él mostrara un color que la superaba. Otras veces, el farol de Luana era tan perfecto que Leopoldo dudaba, pero siempre terminaba pagando y ganando. 


"El muy hijo de puta me está leyendo", pensó ella mientras el sudor perlaba su nuca y sus manos temblaban ligeramente sobre las fichas. "Sabe exactamente lo que voy a hacer antes de que yo misma lo sepa". 


Pero al mismo tiempo, mientras perdía, sentía algo que no podía explicar. Sus pezones se endurecieron bajo el encaje del corpiño. Un calor extraño se extendía desde su vientre hacia abajo. "Estoy excitada", se dijo con incredulidad. "Estoy perdiendo cincuenta mil dólares y lo único que puedo pensar es en cómo me mira". 


Porque Leopoldo la miraba como si ya fuera suya. No con la lujuria burda de los otros hombres, sino con una certeza que daba miedo. Como si supiera algo que ella aún ignoraba. 


La última mano fue un desastre. Luana tenía un as y un rey en la mano, la mejor apertura posible. Subió fuerte. Leopoldo pagó. En el flop salieron dos corazones y un diez. Luana apostó de nuevo. Leopoldo, con paciencia de lobo, volvió a pagar. En el turn salió otro corazón. La posibilidad de un color estaba ahí, y Luana pensó que Leopoldo podía estar buscándolo. Apostó el resto de sus fichas, todo o nada. 


Leopoldo la miró a los ojos. Por un segundo, solo uno, ella vio algo parecido a la ternura en su mirada. 


—Pagado —dijo, y mostró sus cartas: un par de dieces en la mano, que con el diez del flop le daban tres dieces. 


Luana mostró su as-rey. Nada. Ni color, ni escalera, ni siquiera un par. 


El crupier empujó las fichas hacia Leopoldo. Ella se quedó mirando el tapete vacío frente a sí. 


Había perdido. 


Y extrañamente, no se sentía derrotada. 


El corazón le latía en el pecho como un pájaro enjaulado. Sus manos seguían temblando, pero ya no solo por el juego. Su entrepierna estaba húmeda, y cuando movió las piernas bajo la mesa sintió la humedad contra el encaje de su ropa interior. "Estás loca", se reprendió a sí misma. "Absolutamente loca. Acabas de perder cincuenta mil dólares y una noche con un desconocido y estás... mojada". 


Pero era cierto. La partida había sido lo más emocionante de su vida, y perder había sido tan electrizante como ganar porque, al fin y al cabo, el resultado era el mismo: la incertidumbre se disipaba, pero daba paso a otra. ¿Qué iba a pasar ahora? 


No tuvo mucho tiempo para analizarlo. Leopoldo se puso de pie, y el movimiento, pausado pero firme, hizo que el traje se estirara sobre su barriga. Dio la vuelta a la mesa con pasos seguros, sus zapatos italianos resonando en el piso de madera, y se detuvo frente a ella. Sin decir una palabra, tomó sus manos. Eran manos suaves, cuidadas a pesar de lo regordetas, y la sujetaron con una firmeza que no era violenta pero tampoco dejaba espacio para la duda. 


—Es hora de pagar la apuesta —dijo, con esa voz grave que ahora, cerca, hacía vibrar algo dentro de Luana. 


Sus ojos se encontraron. Leopoldo tenía los ojos color whisky, profundos, y en ese momento no había en ellos ni burla ni triunfalismo barato. Solo una certeza tranquila. 


Luana asintió. Podría haber dicho que no, podría haberse levantado y marchado, y probablemente ninguno de los presentes la habría detenido. Pero una apuesta era una apuesta, y ella siempre pagaba las suyas. "Eso es lo que me diferencia de todos esos tipos que se fueron con el rabo entre las piernas", pensó mientras se levantaba. "Yo no huyo". 


Salieron del brazo. Al cruzar el salón, todas las miradas volvieron a posarse en ella, pero esta vez los murmullos eran diferentes. Algunos de los hombres la miraban con lástima, como si la estuvieran viendo caminar hacia su propio entierro. Otros, con envidia hacia Leopoldo. 


Era imposible no notar el contraste. Luana, con su vestido corto de diseñador que brillaba bajo las luces del salón, sus tacones altos que la hacían medir uno setenta y cinco, su cabello rubio cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros desnudos, su piel bronceada que parecía iluminada desde adentro. Y a su lado, Leopoldo López, cincuenta años, calvo, gordito, varios centímetros más bajo que ella incluso con los tacones, caminando con un paso de hombre acostumbrado a que todo le saliera bien. 


"La bella y la bestia", pensó ella, y casi se ríe en voz alta. 


El hotel más cercano era un cinco estrellas de la zona, de esos donde nadie pregunta nada si pagás en efectivo. Leopoldo se acercó a la recepción mientras ella esperaba en el lobby, sintiendo cómo el aire acondicionado le erizaba la piel. Un minuto después, él volvía con una llave magnética en la mano. 


—Piso doce —dijo, tocándole la espalda baja para guiarla hacia el ascensor. 


El ascensor subió en un silencio cargado. Luana podía sentir el calor del cuerpo de Leopoldo junto al suyo, podía oler su perfume —algo amaderado, caro, con notas de cuero y tabaco— mezclado con el olor natural de su piel. En el reflejo de la puerta del ascensor, se vio a sí misma: los labios rojos, las mejillas ligeramente sonrojadas, los ojos brillantes. Y detrás de ella, la silueta baja y ancha de Leopoldo, mirándola como si pudiera atravesarle la ropa con la mirada. 


La puerta se abrió. Recorrieron el pasillo alfombrado hasta la habitación. Leopoldo deslizó la llave, la luz verde parpadeó, y entraron. 


La habitación era enorme, toda en tonos grises y blancos, con una cama king size que parecía flotar en el centro. Cortinas gruesas cubrían el ventanal que daba a la ciudad. Leopoldo cerró la puerta tras ellos y activó el pestillo. 


Antes de que Luana pudiera decir nada, él la tenía contra la pared. No fue violento, pero sí sorpresivo: un movimiento rápido que la dejó con la espalda pegada al papel tapiz texturizado y el cuerpo de Leopoldo presionándola contra él. Sus manos, esas manos regordetas de nudillos velludos, subieron por sus brazos hasta enmarcar su rostro, y entonces la besó. 


Fue un beso apasionado, de esos que quitan el aliento. Su boca, caliente y húmeda, se abrió paso entre los labios carnosos de Luana con una urgencia que la tomó por sorpresa. Él olía a whisky caro y a hombre, y cuando la lengua de él encontró la de ella, Luana sintió que las piernas le flaqueaban. 


"Una apuesta debe pagarse", se repitió a sí misma mientras devolvía el beso con igual intensidad. Pero en el fondo sabía que ya no era solo eso. La adrenalina del póker aún corría por sus venas, mezclándose con otra cosa, algo más primitivo, que la hacía arquear la espalda para presionar sus pechos contra el pecho amplio de Leopoldo. 


Él separó sus labios solo para bajar por su mandíbula, por su cuello, mordiendo suavemente donde la arteria latía frenética. Luana gimió, un sonido bajo que salió de su garganta sin que ella pudiera controlarlo. 


—Vamos a empezar a pagar esa deuda —murmuró Leopoldo contra su piel, y sus manos bajaron al borde del vestido. 


No fue delicado. Leopoldo no era un hombre de delicadezas, y Luana descubrió que eso no le disgustaba. Él metió los dedos por el escote del vestido y tiró hacia abajo con una brusquedad que hizo crujir la tela. El vestido, esa pieza exclusiva que había desfilado en la Semana de la Moda, se deslizó por su cuerpo como agua, dejando al descubierto la lencería que llevaba debajo. 


Era un conjunto de encaje negro, diminuto, casi obsceno. El corpiño era un triángulo mínimo que apenas contenía sus pechos firmes y redondos, de esos que los diseñadores amaban porque ninguna prenda les quedaba mal. Las bragas eran una tira de encaje que se hundía entre sus nalgas, dejando al descubierto la piel blanca y suave de sus caderas. Todo el conjunto había sido un regalo de una marca italiana, y Luana lo había guardado para una ocasión especial. 


—¿Ves?— dijo Leopoldo, separándose apenas para mirarla de arriba abajo, sus ojos pequeños recorriendo cada curva—. Viniste preparada como una putita. 


Luana sintió cómo el insulto, lejos de ofenderla, la encendía aún más. Se mordió el labio inferior, ese labio carnoso que tantas portadas había protagonizado, y sonrió con una picardía que no tenía nada de inocente. 


—Una chica debe estar preparada para todo —respondió, y su voz sonó más ronca de lo habitual. 


Leopoldo la empujó hacia la cama. No fue un empujón violento, pero sí firme, el tipo de movimiento que deja claro quién manda allí. Luana cayó de espaldas sobre el edredón blanco, su cabello rubio extendiéndose a su alrededor como un abanico de seda. Las sábanas olían a lavanda y a limpio, un contraste absurdo con lo que estaba a punto de suceder. 


Abrió un poco las piernas. El encaje de sus bragas se estiró, mostrando la sombra húmeda que se adivinaba entre sus muslos. Leopoldo la miró desde arriba, de pie junto a la cama, y por un instante ella vio en su rostro algo que no esperaba: admiración. Como si él también fuera consciente de la rareza de esa situación, de la belleza casi irreal que tenía ahí, rendida sobre su cama de hotel. 


Pero el momento pasó rápido. Leopoldo se quitó la chaqueta del traje y la arrojó sobre una silla. Luego la corbata, deshaciendo el nudo con movimientos hábiles. La camisa blanca quedó abierta sobre su pecho, mostrando una piel pálida y vello canoso. Luana lo observaba, y a pesar de todo —la edad, la calvicie, la barriga—, había algo en su seguridad, en la forma en que ocupaba el espacio, que le resultaba extrañamente atractivo. 


Se dijo a sí misma que disfrutaría de esta situación. Había perdido, sí, pero eso no significaba que tuviera que ser una víctima. Había aceptado la apuesta con los ojos abiertos, y ahora podía elegir cómo vivir esas horas. Además, el hombre que tenía enfrente era mayor que su propio padre —Lucas, un profesor universitario de sesenta años, canoso y delgado—, pero eso también añadía un filo de transgresión que la excitaba más de lo que quería admitir. 


Leopoldo se bajó el pantalón y el boxer de una sola vez, y Luana vio su miembro por primera vez. No era grande ni pequeño. Era normal, tirando a grueso, erecto y apuntando hacia ella como un dedo acusador. La piel era más oscura que el resto de su cuerpo, y la cabeza se asomaba entre el prepucio, brillante ya con una gota de lubricante natural. 


—¿Te gusta lo que ves, rubia? —preguntó él, notando su mirada. 


—Cobra lo que se te debe y deja de hablar —respondió ella, con un tono que pretendía ser desafiante, pero salió más cerca de un ruego. 


Leopoldo se rió, una risa baja y gutural, y se tiró sobre ella. 


Su peso sobre su cuerpo fue una sorpresa. No era un hombre liviano, y la sensación de tenerlo encima, aplastándola contra el colchón, la hizo jadear. Él la besó otra vez, con la misma pasión voraz de antes, mientras una de sus manos bajaba hasta su entrepierna. Los dedos regordetes encontraron el encaje de sus bragas y lo corrieron a un lado. 


—Estás empapada —murmuró él contra su boca, y había sorpresa en su voz. 


Luana no respondió. No iba a darle el gusto de confirmarle que sí, que estaba mojada desde la mesa de póker, que la incertidumbre y el riesgo y la derrota la habían puesto como una perra en celo. En lugar de eso, envolvió sus piernas alrededor de su cintura y lo apretó contra sí, sintiendo la cabeza de su miembro presionando contra su entrada. 


Leopoldo no necesitó más invitación. Empujó hacia adentro, un movimiento rápido y seguro que llenó a Luana de una sola vez. 


Ella arqueó la espalda y gimió, un sonido agudo que se perdió en el techo alto de la habitación. No era dolor, aunque la entrada había sido brusca. Era placer, un placer crudo que la recorría desde el vientre hasta la punta de los dedos de los pies. Leopoldo no era tierno, y ella no quería que lo fuera. Cada embestida era firme, profunda, como si él estuviera reclamando algo que le pertenecía desde antes de que ella supiera que existía. 


—Así que la rubia divina también gime como una cualquiera —dijo él, sin dejar de moverse. 


Luana lo miró a los ojos, y había fuego en los suyos. 


—Y vos te movés como un viejo chancho —respondió entre jadeos, pero sus caderas subían al encuentro de cada embestida. 


Leopoldo sonrió, mostrando esos dientes ligeramente torcidos, y aceleró el ritmo. La cama comenzó a golpear contra la pared con un ruido rítmico que seguramente se escuchaba en la habitación contigua. Las piernas de Luana se apretaron alrededor de él, sus talones presionando sus nalgas para empujarlo más profundo. 


Era una danza extraña. Él, con su cuerpo poco agraciado, sudando sobre ella, la camisa abierta pegada a su pecho velludo. Ella, con su belleza de portada, su piel bronceada resbalando contra la blancura de las sábanas, su cabello rubio enredándose como una madeja de hilos de oro. El contraste era tan absurdo como excitante. 


—Sos la putita más hermosa que he tenido —murmuró Leopoldo, bajando la cabeza para morderle un pezón a través del encaje. 


Luana gimió, y el sonido se transformó en una risa entrecortada. 


—Y vos sos mi macho por esta noche —respondió, enredando los dedos en el poco pelo que le quedaba a él en la nuca. 


Leopoldo levantó la cabeza y la miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Sus embestidas se volvieron más duras, casi brutales, y el placer que Luana sentía se intensificó hasta volverse casi insoportable. "A Luana siempre la vieron como un ángel", pensó ella mientras su cuerpo se tensaba. "Pero en la intimidad me gusta que no me respeten. Me gusta que me traten como una...". 


No terminó la frase. El orgasmo la golpeó como un tren, violento e inesperado, arrancándole un grito que no intentó reprimir. Su cuerpo se arqueó fuera de la cama, sus muslos temblaron alrededor de la cintura de Leopoldo, y por varios segundos el mundo entero se redujo a esa explosión de placer que la recorría desde el centro de su ser hasta las extremidades. 


Pero Leopoldo no se detuvo. Siguió moviéndose dentro de ella, implacable, mientras el cuerpo de Luana se sacudía en espasmos. Cuando el orgasmo amainó y ella recuperó la capacidad de pensar, se dio cuenta de que él aún no había acabado. 


Él se retiró de golpe, dejándola vacía y temblorosa, y se puso de pie junto a la cama. El miembro erecto, brillante con la humedad de ella, apuntaba hacia su rostro. 


—Chupa putita—ordenó. 


No era una pregunta. No era una sugerencia. Era una orden, dicha con esa voz grave que admitía pocas negativas. 


Luana, con las piernas aún temblorosas y la respiración agitada, se incorporó sobre la cama. Sus movimientos eran lentos, como si el orgasmo la hubiera dejado sin fuerza, pero había una decisión en sus ojos que no dejaba lugar a dudas. Se puso de rodillas sobre el edredón, frente a Leopoldo, y lo miró desde abajo. 


El cuerpo de Luana estaba sudado. Pequeñas gotas de sudor perlaban su frente, su cuello, el nacimiento de sus pechos. El cabello rubio, antes perfectamente ondulado, ahora era una maraña salvaje que le caía sobre los hombros y la espalda. El encaje de su lencería estaba torcido, el corpiño medio desprendido dejando ver uno de sus pezones, erecto y rosado. Las bragas seguían corridas a un lado, mostrando la humedad que brillaba entre sus muslos. Su rostro angelical, el mismo que aparecía en las revistas de moda y las campañas de perfumes, estaba sonrojado, los labios carnosos entreabiertos, los ojos color miel brillando con una mezcla de lujuria y desafío. 


Así de rodillas, era una imagen que bien podría haber sido una fotografía: la modelo perfecta en una pose que jamás le pedirían en una sesión comercial. 


Luana tomó el miembro de Leopoldo con una mano. Sus dedos, largos y con las uñas perfectas, apenas podían rodearlo. Lo acercó a sus labios y lo besó, suavemente, como quien besa a un amante. Luego, muy despacio, metió la cabeza entre sus labios. 


El sabor era intenso. A sal, a ella misma, a hombre. Luana cerró los ojos y se concentró en la tarea. Su lengua recorrió el tronco de arriba abajo, dibujando círculos alrededor de la cabeza, presionando justo donde la sensibilidad era mayor. Leopoldo dejó escapar un gemido gutural y sus manos se posaron sobre la cabeza de ella, sin empujar, solo descansando. 


—Así me gusta —murmuró. 


Luana tomó más, cada vez más, hasta sentir que la cabeza le rozaba la garganta. Allí se detuvo, y su lengua siguió trabajando, masajeando la parte inferior mientras sus labios creaban un vacío que hacía que Leopoldo flexionara las rodillas. 


Luego cambió el ritmo. Comenzó a mover la cabeza arriba y abajo, un movimiento rítmico que hacía que su cabello rubio se sacudiera alrededor de su rostro. Cuando se cansaba de ese ritmo, bajaba para lamer sus testículos, pasando la lengua por cada arruga de la piel, metiéndolos uno a uno en su boca con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de la situación. 


Leopoldo la miraba desde arriba, y la visión de ese rostro angelical, con los ojos llorosos por el esfuerzo y los labios rojos estirados alrededor de su miembro, era demasiado. Luana levantó la vista y lo miró fijamente mientras lo chupaba, sus ojos miel sosteniendo los ojos whisky de él, y en esa mirada hubo una conexión que ninguno de los dos esperaba. 


—Voy a acabar —advirtió él, la voz ronca, las manos apretándose en el cabello de ella. 


Luana no se apartó. Al contrario, profundizó aún más, tomándolo hasta la garganta, y cuando Leopoldo eyaculó con un gemido que sacudió todo su cuerpo, ella se tragó cada gota. 


Sintió el líquido caliente deslizándose por su garganta, y cuando él finalmente se retiró, ella todavía tenía los ojos cerrados, saboreando. Luego abrió los ojos, pasó la lengua sobre sus labios sonrientes, y dijo: 


—Me gusta la leche calentita. 


Leopoldo se quedó mirándola, sorprendido. No había esperado eso. Con las mujeres hermosas, las modelos, las que vivían en las nubes de la fama, normalmente todo era más... contenido. Más predecible. Pero Luana no era como las demás, eso estaba claro. 


Se arrodilló frente a ella, un esfuerzo para su cuerpo de cincuenta años, y le acarició el cabello. Su mano, regordeta y velluda, apartó con ternura los mechones rubios pegados a su frente sudorosa. 


—Me gustan las chicas que saben disfrutar de pagar una apuesta —dijo, y su voz ya no tenía la dureza de antes, sino algo parecido al respeto—. Conozco un lugar de apuestas que te puede interesar. 


Luana, todavía de rodillas, con la saliva resecándose en la comisura de sus labios y los ojos llorosos por el reflejo del esfuerzo, levantó la vista con interés genuino. 


—¿Dónde? —preguntó, y su voz sonó ansiosa, casi hambrienta. 


Leopoldo sonrió. Esa sonrisa lenta que arrugaba sus ojos y mostraba sus dientes torcidos. 


—En uno de mis club —dijo—. No solo se apuesta dinero. Se apuesta la dignidad. Y hasta tu propia libertad. 


El corazón de Luana comenzó a latir con fuerza. No de miedo. De emoción. Podía perder todo o ganar todo. Su vida entre desfiles y sesiones de fotos, esa vida tan ordenada y predecible, se le apareció de repente como una prisión dorada. Y allí, en ese club, en las apuestas que Leopoldo le ofrecía, había algo real. Algo que dolía. Algo que valía la pena. 


—Decime cómo entro —dijo, y antes de que él pudiera responder, se volvió a tragar el miembro de Leopoldo con unas ganas renovadas. 


Él rió, una risa que se convirtió en gemido cuando ella comenzó a chupar con una habilidad que parecía imposible en ese rostro de ángel. Esa noche, Luana descubrió que la derrota podía ser más placentera que la victoria. Esa noche, entre las sábanas de un hotel de cinco estrellas, con un hombre calvo y gordito al que acababa de conocer, sintió por primera vez en meses que estaba viva. 


Hicieron el amor dos veces más. La segunda vez, fue ella quien lo montó, sentada sobre él con las manos apoyadas en su pecho sudoroso, moviendo las caderas en círculos lentos mientras él la miraba extasiado. La tercera vez, ya cerca del amanecer, fue Leopoldo quien la puso de espaldas, tomándola desde atrás mientras ella se aferraba a las sábanas y gemía su nombre en un idioma que ya no era español sino puro sonido. 


Cuando la luz gris del alba empezó a filtrarse por las cortinas, yacían juntos en la cama revuelta. Luana tenía la cabeza apoyada en el pecho de él, escuchando su corazón latir aún acelerado. Tenía moretones en las caderas donde él la había sujetado, y sus labios carnosos estaban hinchados por los besos. Pero sonreía. 


Para Luana, esa noche comenzó un nuevo vicio. Las apuestas ya no serían solo un juego de cartas en lugares clandestinos. Serían la moneda con la que cambiaba su propia piel, el riesgo que la hacía sentir viva, el vértigo que ninguna pasarela podría darle. 


Y todo había empezado con una apuesta perdida. 

 


Continuara... 

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