El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 8

 


El bar quedaba a unas pocas cuadras del edificio, un antro angosto con las paredes pintadas de negro y el techo bajo, lleno de humo y de ese olor a cerveza rancia que se impregna en la ropa durante días. Alexander entró con las manos en los bolsillos, la camisa limpia ajustándole los hombros, y se ubicó en un rincón desde donde pudiera ver el escenario sin que nadie le tapara la vista. No le gustaba esa música —demasiado ruido, demasiada distorsión—, pero le gustaba Iara. La forma en que se movía sobre el escenario, el bajo colgándole del hombro como un arma, el flequillo negro cayéndole sobre los ojos, los dedos ágiles arrancándole notas al instrumento con una violencia que parecía sexual. Llevaba una remera sin mangas que le marcaba los brazos flacos pero firmes, y unos jeans rotos que dejaban ver las rodillas. Transpiraba. Se sacudía. Cerraba los ojos cuando el ritmo se volvía más intenso y los abría cuando la canción pedía un grito. Era hermosa. De una hermosura distinta, oscura, filosa. 


Cuando el show terminó, Alexander levantó una jarra de cerveza desde su rincón y le hizo un gesto con la cabeza. Iara lo vio, lo reconoció, y una sonrisa de sorpresa genuina le cruzó la cara. Se abrió paso entre las mesas, esquivando saludos de conocidos, y se sentó en el taburete de al lado. 


—Viniste —dijo, la voz todavía agitada por el esfuerzo. 


—Dije que venía —respondió Alexander, y le acercó una jarra que ya tenía preparada. 


—La mayoría de los hombres dicen cosas que no cumplen. 


—Yo no soy la mayoría de los hombres. 


Iara lo miró con esos ojos delineados, evaluándolo. Le gustó la respuesta. Le gustó la seguridad. Le gustó que un tipo de overol azul y manos ásperas se hubiera tomado el trabajo de ir a verla tocar un martes a la noche. 


—¿Qué te pareció? —preguntó, dando un sorbo largo a la cerveza. 


—No es mi música —admitió Alexander—. Pero me gustó cómo te movés. 


—Sinceridad. Eso también me gusta. 


Pidieron más cerveza. Después otra. Después otra más. La conversación derivó de la música a la vida, de la vida al amor, del amor al futuro. Iara le preguntó por qué nunca se había casado, y Alexander respondió sin titubear: 


—No creo en el matrimonio. Las almas son libres. 


Iara dejó la jarra sobre la barra y lo miró con una chispa nueva en los ojos. 


—Eso es bastante poético para un hombre de tu edad. 


—Tengo cincuenta y dos años, no ochenta. 


—Y bastante liberador, también. La mayoría de los hombres de tu edad que conozco están divorciados, amargados, o buscando una pendeja que les dé celos. 


—Yo no busco nada de eso. 


—¿Y qué buscás? 


Alexander dio un sorbo a su cerveza antes de responder. Recordó las notas de Marisol: "Iara busca un padre para sus hijos. Mostrate estable. Mostrate fértil. Mostrate seguro". 


—No busco. Ya encontré lo que quería. Estabilidad. Un buen trabajo. Ahorros. 


—¿Ahorros? 


—Toda la vida fui soltero y poco gastador. Tengo un buen sueldo ahora, y lo que no gasto, lo guardo. Siempre pensé que si algún día tenía hijos, iba a necesitarlo. 


—¿Tenés hijos? 


—No. Pero pensé en tener. 


Iara apoyó el codo en la barra y la barbilla en la mano. El flequillo le caía sobre los ojos, pero no se lo apartó. Lo miraba con una intensidad nueva, como si acabara de descubrir algo que no esperaba. 


—Sos un tipo raro, Alexander. 


—Gracias. 


—No sé si era un cumplido. 


—Yo lo tomo como tal. 


Salieron del bar cerca de la medianoche. La calle estaba vacía y el frío de septiembre les pegó en la cara como un cachetazo. Caminaron juntos hacia el edificio, los pasos resonando en el silencio de la cuadra, los hombros rozándose apenas. Cuando llegaron a la puerta, Iara se detuvo, se puso de puntillas —era más baja que él, menuda a pesar de la actitud— y le dio un beso corto en los labios. Un beso seco, apenas un roce, que sin embargo a Alexander lo dejó paralizado. 


—Hasta la próxima —dijo ella, y entró al edificio sin darse vuelta. 


Alexander se quedó en la vereda, la boca todavía tibia, la mente en blanco. Era él el que tomaba la iniciativa. Siempre. Con Marisol, con Candela, con Lorena, con Luz. Él era el cazador, el dominante, el que daba el primer paso. Pero esta piba de veinticinco años, con su flequillo y sus botas gastadas, le había dado un beso como quien tira una moneda al agua. Sin esperar nada. Sin pedir permiso. Sin miedo. 


Entró a su departamento y se durmió vestido, la cabeza dándole vueltas, el cuerpo agotado por el día más productivo de su vida. 


El miércoles lo recibió con un sol pálido que se filtraba por la ventana del cuarto de monitoreo. Alexander se despertó más tarde que de costumbre, el cuerpo todavía pesado por el cansancio acumulado. Se lavó la cara, se puso el overol y fue hasta la sala de monitoreo, que quedaba a dos puertas de distancia de su departamento. Puso la pava para el mate y se sentó frente a los monitores. 


Marisol llegó a los pocos minutos. Entró sin golpear, como siempre, pero esta vez se detuvo en el marco de la puerta y se quedó ahí, recortada contra la luz del pasillo. Llevaba un vestido corto que le marcaba la cintura fina y le dejaba las piernas largas al descubierto. El pelo castaño lacio le caía sobre los hombros con raya al medio, y los ojos grandes y claros le brillaban con esa chispa de curiosidad que Alexander ya conocía bien. 


—Contame todo ya —dijo, sin saludar, y se sentó en la silla plegable con las piernas cruzadas. 


Alexander le contó. Lo de Iara, lo del beso, lo de la conversación. Lo de Candela y su sumisión. Lo de Lorena y sus bragas en el bolsillo. Lo de Luz y su virginidad. Marisol escuchó en silencio, los ojos fijos en él, y cuando él terminó, ella sonrió con una mezcla de orgullo y de algo más oscuro, algo que se parecía al hambre. 


—Soy una genia investigando —dijo, y se inclinó para darle un beso. 


No fue un beso de saludo. Fue un beso de amantes que se extrañan, de cómplices que festejan, de cazadores que acaban de cobrar una pieza. Las lenguas se encontraron en el medio, las manos de él le agarraron las nalgas duras, y por un momento el cuarto de monitoreo se llenó de jadeos y de ese sonido húmedo de las bocas que se buscan. 


—¿Cuándo me vas a entregar el culito? —le preguntó Alexander al oído, entre beso y beso, y le dio una nalgada que sonó como un latigazo. 


—Nunca —respondió Marisol, la voz ronca—. Mi culito es virgen. 


—De verdad, ¿cuándo lo entregás? 


—De verdad —ella se apartó un poco, y su tono se volvió más serio—. Nadie entró nunca ahí. Me hice la promesa de que solo va a ser para el hombre que sea muy especial. 


Alexander la miró. Había algo en sus ojos, en la forma en que había dicho "muy especial", que no encajaba del todo con la Marisol canchera y desprejuiciada de siempre. Por un momento, él no supo qué hacer con esa respuesta. Ellos solo se divertían juntos. Eran cómplices, amantes, cazadores. Pero esto sonaba distinto. 


—Espero ser el primero —dijo al fin, la voz más suave. 


Marisol se rió. Una risa corta, enigmática, que no revelaba nada. Y sin decir palabra, se puso de rodillas, le bajó el cierre del overol y le hizo un pete con una devoción casi religiosa. La lengua le recorrió el miembro de arriba a abajo, lenta, minuciosa, como si estuviera cumpliendo un ritual. Se lo tragó entero y lo sintió crecer en su garganta. Le lamió los testículos, se los metió en la boca, los chupó despacio mientras sus dedos masajeaban la base. Después volvió al glande, lo besó como si besara una reliquia, y esperó. Cuando Alexander le agarró la cabeza y se vació en su boca, ella tragó sin pestañear y se limpió los labios con el dorso de la mano. 


—Gracias por la lechita —dijo, y se levantó del piso con una sonrisa. 


Alexander se quedó sentado, la respiración entrecortada, mirándola. Tenía a una mujer hermosa de rodillas frente a él, y al mismo tiempo estaba mirando a otras por los monitores. No podía pedir más. Tenía la vida perfecta. 


Horas después, cuando Marisol se fue a la facultad, Alexander hizo algo que no estaba en las libretas: fue a un sex-shop. Caminó quince cuadras hasta un local que había visto mil veces desde el colectivo, un lugar chiquito con las vidrieras pintadas de negro y un cartel de neón rosa que decía "Paraíso". Entró con las manos en los bolsillos y salió con una bolsa negra llena de regalos. 


Cuando volvió al edificio, esperó en el pasillo de la planta baja. Candela fue la primera en aparecer, bajando del ascensor con su short corto y su remera ajustada, el pelo rojo suelto sobre los hombros. Alexander la hizo pasar al cuarto de monitoreo, le dio un beso posesivo y le apretó las nalgas con las dos manos. 


—Desde hoy vas a llevar esto siempre puesto —le dijo, y le entregó una cajita que contenía un tapón anal de silicona, chico, discreto. 


Candela abrió la boca para decir algo. "Mi marido", pensó. "¿Y si Gustavo se da cuenta? ¿Y si me pregunta?". Pero no dijo nada. Agarró la cajita, la guardó en el bolsillo del short y se fue con las mejillas encendidas. Una parte de ella se sentía degradada. Otra parte, más grande, se sentía deseada como nunca en su vida. 


Lorena fue la segunda. Volvía del gimnasio con la falda negra que él le había ordenado usar, las piernas enfundadas en las medias veladas, los tacones resonando en el mármol del hall. Alexander la interceptó antes de que tomara el ascensor y la llevó al cuarto de monitoreo. 


—Para vos —le dijo, y le entregó dos cajas. En la primera había un vibrador de esos que se controlan a distancia por aplicación, pequeño, plateado, de silicona suave. En la segunda, un par de pinzas para pezones, de metal, con puntas de goma—. Siempre llevá esto puesto. Sobre todo cuando salgas. 


Lorena miró las cajas y sintió un vuelco en el estómago. "Esto es demasiado", pensó. "Esto ya no es un juego. Esto es real". Pero no dijo nada. Agarró las cajas, las guardó en la cartera y se fue sin palabras. 


Luz fue la última. Bajó de su departamento con el short de jean y la remera escotada que Alexander le había ordenado usar, el pelo rubio suelto, los ojos brillantes. Él la esperaba en el pasillo y le entregó una cajita chica, envuelta en papel de seda. 


—Abrila. 


Luz desenvolvió el regalo con dedos temblorosos. Era una pulsera discreta, de cuero negro con una chapita plateada que tenía una inscripción grabada: "Propiedad de Alexander". La piba se quedó mirando la pulsera, los ojos muy abiertos. "Propiedad. Soy su propiedad". La idea le dio vértigo. Le dio miedo. Le dio un calor húmedo entre los muslos. 


—Ponétela —dijo Alexander. 


Luz se la puso. La pulsera le quedaba justa en la muñeca, y cuando la chapita plateada le rozó la piel, sintió que algo cambiaba adentro suyo para siempre. 


Horas después. El partido del Barcelona estaba por empezar. Alexander preparó el living de su departamento: la pantalla grande, el sillón, una picada de queso y salame, dos vasos. No puso cerveza; por las notas de Marisol, sabía que Melisa no tomaba alcohol. "Religiosa", decía la libreta. "No alabes su cuerpo. Hablale de sus intereses. Encontrá la grieta en su fe y metete por ahí". 


Melisa golpeó la puerta a las ocho y media. Llevaba un jean gastado y una remera suelta que no marcaba nada, pero su cuerpo —ese cuerpo de caderas anchas y cintura fina, de pechos que se adivinaban bajo la tela— era imposible de disimular. El pelo negro le caía sobre los hombros en una cascada lacia, y los ojos oscuros, grandes y profundos, le daban un aire de virgen renacentista. Saludó con timidez, las mejillas apenas sonrojadas, y se sentó en el sillón donde él le indicó. 


—Falta para el partido —dijo Alexander, poniendo la picada sobre la mesa ratonera—. ¿Tenés hambre? 


—Un poco. 


Comieron. Hablaron de Boca, del Barcelona, de fútbol europeo. Melisa se fue soltando de a poco, la conversación fluía, y Alexander, fiel a las notas de Marisol, no mencionó su cuerpo ni una sola vez. Pero cuando trajo una cerveza para él y un vaso de agua para ella, Melisa lo miró con una expresión incómoda. 


—No tomo —dijo, la voz baja—. Mi Dios no me lo permite. 


—¿Tu Dios o la organización que explota a tu Dios? 


Melisa se quedó en silencio. Los ojos oscuros se le abrieron grandes, como si acabara de escuchar una blasfemia. 


—¿Cómo te atrevés a hablar mal de Dios? 


—No hablo mal de Dios —dijo Alexander, la voz tranquila—. No me atrevería. Hablo de las iglesias. De los templos. De los tipos que te dicen qué hacer en nombre de Dios. Ellos no son Dios. 


—Predican su palabra. 


—Predican lo que les conviene. ¿Dónde dice la Biblia que no podés tomar cerveza? En ninguna parte. Lo inventaron ellos. Como inventaron un montón de cosas. 


Melisa bajó la vista. Los dedos le temblaban sobre el vaso de agua. Las palabras de Alexander le sonaban extrañamente coherentes, y eso la perturbaba más que si le hubiera gritado. 


—Dios nos dio el sexo para procrear y para disfrutar —continuó Alexander—. ¿Por qué creés que las religiones lo prohíben? 


—Porque está mal —respondió Melisa, pero su voz sonó menos firme que antes. 


—¿Por qué está mal, si Dios lo creó? Lo prohíben para oprimir a las mujeres como vos. Para controlarlas. Para decirles qué hacer con su cuerpo. 


El partido había empezado hacía rato, pero ninguno de los dos miraba la pantalla. Estaban atrapados en ese intercambio de ideas, en esa discusión que Melisa nunca había tenido con nadie. Las certezas de toda su vida se tambaleaban, y en el centro del temblor estaba ese hombre de manos ásperas y voz grave que no le hablaba de su cuerpo sino de su alma. 


—Entonces cualquiera puede hacer cualquier cosa —dijo Melisa, la voz tensa—. Eso me suena más a cosas del diablo. 


—No —Alexander negó con la cabeza—. Si ahora yo te beso, tenés dos opciones. Me besás o te vas. No hay una tercera. El diablo sería que yo te obligara a hacer algo que vos no querés. Pero un beso, un simple beso sin maldad, ¿cómo va a ser cosa del diablo? Dios te dio los labios. Dios te dio las ganas. ¿Quién soy yo para contradecirlo? 


Melisa se quedó callada. Las palabras de Alexander le resonaban en la cabeza, y por primera vez en años, las enseñanzas de su abuela, de su pastor, de su comunidad, le parecieron ajenas. Le parecieron una cárcel. Y este hombre, sentado en el sillón con su camisa limpia y su mirada tranquila, le parecía un pastor distinto. Un pastor que predicaba a Dios, pero de una forma más liberal. Más verdadera. 


—Creo que tenés razón —murmuró al fin, los ojos bajos. 


Alexander sonrió para sus adentros. El plan de Marisol estaba funcionando a la perfección. Pero quería más. Siempre quería más. Agarró la mano de Melisa y, despacio, sin brusquedad, se la llevó a la entrepierna. 


—¿Creés que Dios se enojaría si la pasás bien? —le preguntó, la voz grave—. Él no es un egoísta. No nos dio el placer para que lo desperdiciemos. 


Melisa sintió el bulto bajo la tela del overol y se sobresaltó. Quiso sacar la mano, pero algo se lo impidió. Esa conexión espiritual que sentía con Alexander, esa sensación de que él entendía a Dios mejor que nadie, la mantenía clavada en el sillón. Con sus novios anteriores solo se había besado. Nunca había tocado a un hombre así. Nunca había bajado un cierre. Pero ahora, casi sin pensarlo, sus dedos encontraron el cierre del overol y lo bajaron. 


El miembro de Alexander saltó afuera, duro y palpitante. Melisa lo miró con los ojos muy abiertos, asustada y fascinada al mismo tiempo. No estaba lista para mucho más —su virginidad era un pacto sagrado que todavía no pensaba romper—, pero algo le decía que esto estaba bien. Que este hombre no la estaba usando. Que este hombre la estaba guiando hacia algo más grande. Llevó la mano temblorosa al miembro y empezó a masturbarlo. 

 

Los dedos de Melisa eran torpes, inexpertos, se movían sobre la piel de Alexander como quien acaricia un animal desconocido. No sabía cuánta presión poner, no sabía el ritmo, no sabía nada. Pero era justamente esa ignorancia lo que a él le excitaba. La mano tibia, los dedos largos de verdulera, el pulgar rozándole el glande sin querer, las uñas cortas rascándole apenas la base. Melisa lo miraba de reojo, los ojos oscuros llenos de una mezcla de miedo y fascinación, los labios entreabiertos, la respiración agitada. 


—Así —le dijo Alexander, la voz ronca, y le guió la mano con la suya—. Más lento. Sin apuro. 


Ella asintió, los ojos fijos en el miembro que le palpitaba entre los dedos. La mano seguía el ritmo que él le marcaba, subiendo y bajando, la piel caliente y sedosa al tacto. El sudor le perlaba la frente, le corría por las sienes, le humedecía el pelo negro que se le pegaba a las mejillas. Nunca había hecho nada parecido. Nunca había sentido ese calor ajeno en la palma de la mano. Y sin embargo, algo adentro suyo —esa voz que él había despertado con sus palabras— le decía que siguiera. 


Alexander se inclinó y la besó. Fue un beso suave, casi casto, los labios apenas tocándose. Melisa se quedó quieta un segundo, sorprendida, pero después le devolvió el beso con una timidez que a él le pareció deliciosa. Las lenguas se encontraron, y mientras se besaban, la mano de ella siguió trabajando, ahora con más confianza, ahora con más hambre. 


—Quiero verte —dijo Alexander, apartándose apenas—. Sacate la ropa. 


—No puedo —murmuró Melisa, la voz temblorosa—. Soy virgen. Me prometí llegar virgen al matrimonio. 


—No voy a romper tu promesa —le dijo él, la voz tranquila, los ojos clavados en los de ella—. Solo quiero verte. Solo quiero darte placer. Dios no se va a enojar porque seas feliz. 


Melisa lo miró un instante, los ojos oscuros brillándole a la luz de la pantalla. Después, despacio, se levantó del sillón y se sacó la remera. Debajo llevaba un corpiño blanco, simple, de algodón, que contrastaba con la piel morena y los pechos grandes que apenas contenía. Se desabrochó el jean, lo bajó por sus caderas anchas, y se quedó parada frente a él en corpiño y bombacha, los brazos caídos a los costados, las mejillas encendidas. 


—Todo —dijo Alexander—. Quiero verte toda. 


Melisa se desabrochó el corpiño con dedos temblorosos. La tela cedió y los pechos quedaron al descubierto: eran grandes, redondos, firmes, con unos pezones oscuros que apuntaban al techo, duros por la excitación. La cintura era fina, una curva pronunciada que se ensanchaba en unas caderas de mujer parida, de esas que parecen diseñadas para sostener el peso del mundo. Las piernas eran largas, torneadas por el trabajo en la verdulería, y la piel —esa piel blanca como la leche— parecía brillar a la luz tenue del living. Se sacó la bombacha, un hilo de algodón blanco, y se quedó completamente desnuda, el pubis depilado, las nalgas duras y firmes apretadas por el pudor. 


Alexander la contempló en silencio. No dijo nada sobre su cuerpo. No la llamó hermosa, no alabó sus curvas, no mencionó la perfección de sus pechos. Marisol se lo había advertido: "No alabes su cuerpo. No es lo que necesita". En cambio, le tendió la mano y la guió hacia el sillón. 


—Acóstate —le dijo, la voz grave, pero sin brusquedad. 


Melisa se acostó boca arriba, los brazos a los costados, el cuerpo tenso. Alexander se arrodilló frente al sillón y le abrió las piernas despacio, dejando al descubierto el sexo húmedo que ya brillaba a la luz de la pantalla. Bajó la boca y empezó a lamerla. 


Lo hizo con la misma devoción con que un creyente reza. La lengua se movió lenta al principio, recorriendo los labios externos, dibujando círculos alrededor del clítoris, explorando cada pliegue con una paciencia infinita. Melisa soltó un gemido ahogado, los dedos aferrándose al almohadón del sillón. Nunca nadie la había tocado así. Nunca nadie había puesto la boca ahí. La sensación era nueva, intensa, un relámpago húmedo que le subía por el vientre y le nublaba la mente. 


Alexander siguió lamiendo, ahora más rápido, la lengua alternando entre el clítoris y la entrada, metiéndose apenas, saliendo, volviendo a lamer. Los gemidos de Melisa se hicieron más fuertes, la espalda se le arqueó, los pechos enormes le temblaban con cada sacudida. Él le agarró las caderas con las dos manos, los dedos clavándose en la piel blanca, y la sostuvo mientras la lengua seguía su trabajo. 


—Dios… —murmuró Melisa, la voz quebrada—. Dios mío. 


—Dios te ama —le dijo Alexander, apartándose apenas del sexo húmedo—. Y quiere verte feliz. 


Volvió a bajar la boca y esta vez metió un dedo, apenas uno, despacio. Melisa gimió más fuerte, las manos volando hacia la cabeza de él, los dedos enredándose en su pelo. El orgasmo le llegó como una ola gigante, la espalda arqueada, los dedos de los pies crispados, un grito ronco que le salió del pecho y le vibró en la garganta. Alexander la sostuvo mientras ella temblaba, la lengua quieta sobre el clítoris, dejando que las contracciones se fueran apagando de a poco. 


Cuando Melisa se quedó quieta, laxa sobre el sillón, la respiración entrecortada, Alexander se incorporó y la cubrió con una manta. 


—Dios ama verte feliz —le dijo, la voz suave—. Nunca dejes que nadie te diga lo contrario. 


Melisa volvió a su departamento envuelta en una nube de confusión. Todo lo que había respetado durante veintidós años —las enseñanzas de su abuela, los sermones del pastor, las reglas de su comunidad— se tambaleaba en apenas una hora de conversación con un hombre que no le había alabado el cuerpo, pero le había hecho sentir algo que nunca había sentido. Se sentía sucia. Se sentía pura. Se sentía más cerca de Dios que nunca, y al mismo tiempo, más lejos de la iglesia que siempre había conocido. 


Alexander se quedó solo en el living de su departamento, la pantalla mostrando el final del partido que ninguno de los dos había visto, una sonrisa de satisfacción cruzándole la cara. Ya casi tenía otra perrita. La religiosa, la intocable, la que todos los hombres del barrio miraban sin atreverse a decir nada. Y era suya. O estaba a un paso de serlo. 

 


Continuara... 

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