La primera luz del amanecer se filtraba por la ventana del departamento de Iara, un gris pálido que apenas alcanzaba a dibujar los contornos de los muebles. Alexander abrió los ojos y se quedó quieto, la respiración pausada, el cuerpo todavía pesado por el sueño. A su lado, Iara dormía boca abajo, desnuda sobre las sábanas revueltas. La noche anterior había sido intensa, salvaje, y ella había caído rendida sin siquiera cubrirse. Ahora, a la luz tenue de la mañana, Alexander la contempló con una calma casi religiosa.
El cuerpo de Iara era un mapa de contradicciones. La piel blanca, casi pálida, contrastaba con los tatuajes negros que le trepaban por el brazo izquierdo: una enredadera de hojas y espinas que le llegaba hasta el hombro. En la espalda, justo entre los omóplatos, tenía tatuada una luna en cuarto menguante. Los pechos eran chicos, apenas dos montículos firmes con pezones oscuros que apuntaban hacia los costados. La cintura era estrecha, las caderas angostas, y las nalgas —dos medialunas duras y redondas— guardaban en la piel blanca las marcas rojizas de las nalgadas de la noche anterior. En el muslo derecho tenía un moretón violáceo, y en la muñeca izquierda, la marca del cordón con que Alexander le había atado las manos. Dormía con la boca entreabierta, el flequillo negro desparramado sobre la almohada, y un hilo de baba seca le unía los labios con la funda.
Alexander no la despertó. Se quedó un rato más, disfrutando la vista, grabándose en la memoria cada detalle de ese cuerpo rendido. Después se levantó despacio, se vistió sin hacer ruido y salió del departamento. El día recién comenzaba, y tenía otras perritas que atender.
El pasillo del edificio estaba en silencio, iluminado apenas por las luces de emergencia. Alexander caminó hasta el segundo piso y se detuvo frente a la puerta de Melisa. Metió la llave maestra en la cerradura —ese llavero que le daba acceso a todos los departamentos, a todas las vidas, a todos los secretos— y abrió sin hacer ruido. Adentro, el living estaba en penumbras. La decoración era austera: un crucifijo sobre la puerta, una imagen de la Virgen en la mesa ratonera, una Biblia abierta sobre el estante. Olía a jazmín y a algo más, un perfume dulzón que Alexander asoció con la piel de Melisa.
Ella todavía dormía. La puerta de su cuarto estaba entornada, pero Alexander no entró. Fue a la cocina, abrió la heladera y encontró lo que buscaba: frutillas, una banana, media sandía, dos kiwis. Melisa se levantaba temprano todas las mañanas para prepararse un desayuno de frutas antes de ir a la verdulería. Él lo sabía por las cámaras. Lo sabía por las libretas de Marisol. Lo sabía porque la había estudiado durante días, aprendiendo cada uno de sus hábitos, cada una de sus rutinas, cada una de sus grietas.
Peló la banana, cortó las frutillas en mitades, picó los kiwis en cubos perfectos. Preparó dos platos, sirvió dos vasos de jugo de naranja y puso la mesa con una prolijidad que no era habitual en él. Cuando Melisa se levantó —el pelo negro revuelto, los ojos hinchados de sueño, un camisón blanco que le llegaba a las rodillas— se encontró con Alexander sentado a la mesa de su cocina, como si fuera su marido, como si ese lugar le perteneciera.
—¿Qué hacés acá? —preguntó, la voz pastosa, una mano llevándose al pecho en un gesto de sorpresa que no era del todo real.
—Te preparé el desayuno —dijo Alexander, la voz tranquila.
—No podés entrar así a mi casa. Es mi privacidad.
—Tu privacidad —repitió él, y se llevó un cubo de kiwi a la boca—. La misma privacidad que me dejás ver por las cámaras todos los días.
Melisa se quedó callada. Quería enojarse. Debía enojarse. Pero en el fondo —en ese fondo oscuro que estaba aprendiendo a conocer— le gustaba que él hubiera entrado sin permiso. Le gustaba que le hubiera preparado el desayuno. Le gustaba que se hubiera tomado el tiempo de pelar las frutas, de cortarlas en pedazos iguales, de poner la mesa como si fuera un día especial. Ningún hombre había hecho algo así por ella. Ningún hombre se había preocupado por lo que ella comía, por cómo empezaba el día, por si llegaba tarde o temprano.
—Sentate —dijo Alexander, y no era una invitación, era una orden.
Melisa se sentó. Desayunaron en silencio, las miradas cruzándose por encima de los platos de fruta. Ella comía con timidez, los dedos llevándose los cubos de kiwi a la boca, los labios cerrándose alrededor de las frutillas. Él la miraba comer y sentía una satisfacción profunda, de esas que no tienen que ver con el sexo sino con el poder. Esa mujer —la religiosa, la intocable, la que todos los hombres del barrio miraban sin atreverse a decir nada— estaba sentada frente a él, comiendo la fruta que él le había preparado, obedeciendo sin que él tuviera que gritar.
—Me tengo que bañar —dijo Melisa, cuando los platos quedaron vacíos—. Llego tarde al trabajo.
—Andá. Yo limpio esto.
Ella se levantó de la mesa y fue al baño. Alexander se quedó en la cocina, juntando los platos, pasando un trapo por la mesada. Pero cuando oyó el sonido del agua corriendo en la ducha, dejó el trapo y caminó hacia el baño. La puerta no estaba cerrada con llave. La abrió despacio, sin hacer ruido, y se quedó en el marco.
Melisa estaba de espaldas, desnuda frente al espejo, a punto de meterse en la ducha. La piel blanca le brillaba a la luz del fluorescente. Los pechos eran grandes, redondos, firmes, con unos pezones oscuros que apuntaban hacia arriba, desafiantes. La cintura era fina, una curva pronunciada que se ensanchaba en unas caderas anchas, de mujer parida, de esas que parecen diseñadas para sostener el peso del mundo. Las nalgas —dos hemisferios duros y apretados— se ofrecían de espaldas, la piel tensa, sin una marca, sin una estría, como un lienzo en blanco. Los hombros eran estrechos, los brazos torneados por el trabajo, y el pelo negro le caía sobre la espalda en una cascada lacia que le llegaba hasta la mitad de la columna.
Ella lo vio por el espejo. Sus ojos oscuros se encontraron con los de él en el reflejo, y se mordió el labio inferior. Sabía lo que él quería. Lo supo desde el momento en que lo vio parado en el marco de la puerta, los brazos cruzados, la mirada fija en su cuerpo desnudo. Y a pesar de su Dios, a pesar de sus promesas, a pesar de veintidós años de sermones y mandamientos, ella también lo quería.
Alexander se acercó. No dijo nada. La tomó de la cintura y la besó. Fue un beso apasionado, profundo, las lenguas encontrándose con un hambre que no admitía vacilaciones. Ella le devolvió el beso, las manos subiendo hasta los hombros de él, los dedos aferrándose a la tela del overol. Él le apretó las nalgas con las dos manos, los dedos clavándose en la carne dura, y ella soltó un gemido contra su boca.
Antes de que ella pudiera dudar, antes de que el fantasma de su Dios apareciera a reclamarle el alma, Alexander la puso contra la pared del baño. Los azulejos estaban fríos, pero ella no los sintió. Solo sintió las manos de él abriéndole las piernas, el miembro duro apoyándose contra su entrada virgen, y después —un segundo después, una eternidad después— la presión. La presión de algo que nunca había sentido, de algo que nunca había tenido adentro, de algo que pujaba por entrar.
Alexander sintió la resistencia y se detuvo un instante. Esa barrera mínima pero firme, esa carne nunca antes explorada, le oponía una negativa muda que a él le encantó. Era la última frontera. La única. Apretó los dientes y empujó otra vez, un poco más fuerte, lo justo para que la cabeza entrara.
Melisa soltó un grito. Un grito agudo, quebrado, que rebotó contra los azulejos del baño y se perdió en el vapor de la ducha.
—¡Ahhh! ¡Dios! ¡Duele!
—Quedate quieta —le ordenó Alexander, la voz ronca, la boca pegada a su oído—. Ya pasó. Ahora va a ser mejor.
Ella asintió, los ojos apretados, las lágrimas corriéndole por las mejillas. Alexander empezó a moverse despacio, entrando apenas, saliendo, entrando un poco más. La estrechez era absoluta, un guante de seda que le apretaba el miembro y le arrancaba gruñidos del pecho.
—Qué apretada que estás, perrita.
Melisa oyó la palabra y sintió un vuelco en el estómago. "Perrita". Era un insulto. Era algo sucio. Era exactamente como se sentía: sucia y excitada, degradada y poderosa. No dijo nada. No podía. Las palabras se le habían atascado en la garganta, y lo único que le salía eran jadeos entrecortados, gemidos que le subían desde el vientre y le vibraban en los labios.
Alexander, sin dejar de moverse, bajó la boca hacia sus pechos. Le lamió el pezón izquierdo, lo mordisqueó apenas, lo chupó con avidez mientras sus caderas seguían su ritmo. Después pasó al derecho, el mismo ritual, la lengua trabajando los círculos oscuros mientras ella gemía cada vez más fuerte.
—Estas tetotas son solo mías —le dijo, la voz espesa—. ¿Entendiste?
Era la primera vez que mencionaba su cuerpo. La primera vez que alababa sus pechos, su carne, su belleza física. Melisa lo notó, y en vez de molestarse, sintió un calor nuevo. Le gustaba que él hablara de su cuerpo. Le gustaba que la reclamara. Le gustaba ser suya.
El miembro entró completo al fin, y Alexander sintió que tocaba fondo. Se quedó quieto un instante, disfrutando la sensación de estar completamente adentro de ella, y después empezó a moverse con un ritmo más rápido, más salvaje, más animal. Las caderas golpeaban contra las nalgas de Melisa con un chasquido húmedo que llenaba el baño. Los pechos de ella rebotaban con cada envión, los pezones duros rozándole el pecho a él a través de la tela del overol.
Una escena que parecía sacada de un cuadro antiguo: ella, blanca y pura, la piel de leche, los pechos generosos, las caderas de diosa pagana; él, tosco y animal, el overol azul abierto apenas, los hombros anchos, las manos ásperas aferrándole las nalgas. El contraste era obsceno y perfecto, y a Melisa le encantaba.
Alexander le mordió el cuello. Dejó un moretón violáceo justo debajo de la oreja, una marca de propiedad que ella podría tapar con el pelo. Después le dio una nalgada, la palma abierta contra la nalga derecha, y ella soltó un gemido más fuerte, la cabeza echada hacia atrás.
—¿A quién pertenece este cuerpo? —le gruñó al oído, sin dejar de moverse.
Melisa se quedó en blanco un segundo. Después, por primera vez en todo el acto, se atrevió a hablar.
—A usted, señor Alexander.
Las palabras fueron un detonante. Apenas las dijo, sintió que algo se rompía adentro, una compuerta que se abría y la inundaba de un placer que nunca había sentido. El orgasmo le llegó como una ola gigante, la espalda arqueada, los dedos de los pies crispados, un grito ronco que le salió del pecho y le vibró en la garganta. Era el primero de su vida con un miembro adentro. El primero de su vida con un hombre. Y era suyo.
Alexander sintió las contracciones alrededor de su miembro, los espasmos que se lo apretaban, y no pudo aguantar más. Con un último empujón, profundo, hasta el fondo, se vació dentro de ella con un rugido animal. Se quedaron así un minuto, dos, los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones agitadas.
Después, lentamente, Alexander salió y la soltó. Melisa se quedó apoyada contra la pared, las piernas temblándole, los jugos mezclados corriéndole por los muslos. No se había bañado. Ya no tenía tiempo.
—Llego tarde —murmuró, la voz pastosa.
—Vestite —dijo Alexander.
Ella se vistió a las apuradas. Se puso el uniforme de la verdulería —el delantal verde sobre la remera blanca—, se ató el pelo en una cola y salió del departamento sin siquiera lavarse. Sentía los jugos mezclados en su interior, tibios y espesos, recordándole a cada paso lo que acababa de hacer. Se sentía sucia por dentro y por fuera. Pero una sonrisa enorme, irrefrenable, le ocupaba toda la cara. Había conocido a un hombre que le había mostrado otro mundo. Un mundo de amor salvaje. Un mundo donde Dios no castigaba, donde el placer no era pecado, donde ella podía ser de alguien sin dejar de ser ella misma.
Alexander se fue a la sala de monitoreo, se sentó frente a los doce monitores y se cebó un mate. La bombilla le quemó los labios, pero él sonrió. Melisa era suya. La virgen, la religiosa, la intocable. Y con un poco de entrenamiento —unos cuantos "perrita" más, unas cuantas nalgadas, unos cuantos tapones y collares— sería una perrita perfecta.
En el monitor número dos, Candela estaba tendiendo la cama. En el monitor número cinco, Lorena se miraba al espejo con el vibrador puesto. En el monitor número cuatro, Luz estudiaba con la pulsera de "Propiedad de Alexander" brillándole en la muñeca. Y en el monitor número seis, Melisa salía del edificio, el delantal verde marcándole las caderas, una sonrisa de recién desvirgada iluminándole la cara.
Alexander dio un sorbo al mate y pensó que la perrera estaba quedando linda. Muy linda. Pero todavía faltaban piezas. Todavía faltaban las que Marisol estaba estudiando ahora mismo, libreta en mano, mientras fingía tomar apuntes en la facultad.
Continuara...

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