El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 7

 


El almuerzo con Candela se estiró hasta pasado el mediodía. Ella comía los fideos con manteca con una sonrisa que no se le borraba de la cara, los ojos verdes brillándole con una chispa nueva, como si alguien hubiera encendido una luz adentro suyo después de años de apagón. Alexander la miraba desde el otro lado de la mesa, el tenedor en la mano, y pensaba que esa mujer —esa diosa pelirroja que ahora era suya— había estado marchitándose en un departamento del tercer piso sin que nadie lo notara. Hasta que él llegó. Hasta que él la vio. 


"El martes recién comienza", se dijo mientras salía del departamento de candela y se iba al cuarto de monitoreo. La libreta de Marisol estaba abierta sobre la mesa, y en la página siguiente, con letra redonda y aplicada, decía: "Iara. Bajista. Busca padre para sus hijos sin compromiso. Mostrate seguro, estable, fértil. No le hables de música solamente: hablale de futuro". 


Iara salió del edificio a eso de las dos de la tarde, con una cara de dormida que no le restaba un ápice de atractivo. Llevaba el pelo negro lacio con un flequillo recto que le enmarcaba la cara, los ojos delineados con un trazo grueso que le daba un aire felino, y una campera de cuero gastada sobre una remera de una banda que Alexander no conocía. Los jeans ajustados le marcaban unas piernas largas y unas caderas estrechas, y las botas de taco bajo le daban un andar cansino, como de gata que acaba de despertarse. Había tenido un show la noche anterior, eso lo sabía Alexander por las cámaras: la había visto volver a las cuatro de la mañana, arrastrando el estuche del bajo como si pesara cien kilos. 


—Buenas tardes, Iara —la saludó, la manguera en la mano, siempre la manguera, siempre la misma excusa. 


—Buenas —respondió ella, la voz rasposa por el cansancio, pero con una sonrisa simpática que le iluminó la cara de dormida—. ¿Todo bien, Alexander? 


—Todo. Te vi volver tarde anoche. ¿Show? 


—Sí, en un bar de Colegiales. Se armó lindo. —Iara se pasó una mano por el flequillo, apartándoselo de los ojos—. Pero hoy estoy muerta. Me duelen hasta las pestañas. 


—Así es la vida del rock —dijo Alexander, y soltó una risa corta, cómplice—. ¿Y qué música tocás? Aparte de rock, digo. 


—Bajo en una banda under. Hacemos temas propios, algunos covers. Nada muy conocido. 


—¿Y te gustaría que alguien fuera a escucharte? Alguien que no sea del palo, digo. 


Iara lo miró con una ceja levantada, evaluándolo. No estaba acostumbrada a que el encargado del edificio le preguntara por su música. Pero algo en la voz de él —esa seguridad sin estridencias, esa calma de hombre que no necesita alzar la voz para que lo escuchen— le inspiró una curiosidad que no esperaba. 


—¿Vos? —preguntó, con una sonrisa que le torcía los labios pintados de negro. 


—Yo. Me gustaría escucharte. Para variar un poco. 


—Esta noche toco en un bar de por acá, a unas cuadras. Arrancamos temprano, a las nueve. Si querés venir, te espero. 


—Voy —dijo Alexander, y no era una posibilidad, era una afirmación—. Pásame la dirección. 


Ella se la dio. La anotó en un papelito que él sacó del bolsillo del overol, un gesto anticuado que a Iara le pareció entrañable. Después se despidió con un movimiento de mano y siguió su camino hacia la parada del colectivo, el estuche del bajo colgándole de la espalda, el flequillo meciéndose al ritmo de sus pasos. Alexander la miró irse y supo que había causado una buena primera impresión. Justo lo que Marisol le había indicado. 


No entró al edificio. Se quedó en la vereda, la manguera quieta en la mano, porque sabía que Lorena estaba por llegar. Y a los cinco minutos, puntual como un reloj, la vio aparecer en la esquina. 


Lorena volvía de las compras con dos bolsas en las manos, pero lo que le llamó la atención a Alexander no fueron las bolsas sino el atuendo. Llevaba la falda negra que él le había ordenado ponerse esa mañana, la misma que le quedaba corta y le marcaba los muslos, y los tacones negros de aguja que había elegido para ella. El pelo rubio le caía suelto sobre los hombros, y la blusa —esa blusa que a la mañana le había parecido un error— ahora estaba abierta un botón más de lo necesario, dejando ver el nacimiento de unos pechos que todavía se mantenían firmes. Caminaba distinto. Más erguida. Más consciente de su cuerpo. Como si la ropa que él había elegido le hubiera devuelto algo que creía perdido. 


—Buenas tardes, señora Lorena —la saludó Alexander, y su voz sonó más grave que de costumbre. 


—Buenas tardes, Alexander —respondió ella, los ojos bajos, las mejillas apenas sonrojadas. 


—Me gusta cómo obedece. 


Lorena se detuvo. Las bolsas le pesaban en las manos, pero no las soltó. Se quedó parada frente a él, la respiración entrecortada, las palabras atascadas en la garganta. No sabía qué responder. No sabía si agradecer o indignarse. Una parte de ella —la mujer independiente, la madre de familia, la esposa de Carlos— quería mandarlo al diablo. Pero otra parte, más profunda y más honesta, sentía un cosquilleo húmedo entre los muslos que no experimentaba desde hacía años. 


Alexander dio un paso hacia ella. Le agarró el mentón con dos dedos y le levantó la cara, obligándola a mirarlo a los ojos. 


—¿Sos sumisa? 


—No —respondió ella, demasiado rápido, la voz temblorosa. 


—Sácate la tanga. 


Lorena abrió la boca para insultarlo. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua, un rosario de puteadas que no llegó a pronunciar. Porque su cuerpo la traicionó. Porque entre los muslos, bajo la falda negra, sintió una humedad tibia que no podía controlar. Miró hacia los costados, a la vereda vacía, a las ventanas cerradas, a la calle silenciosa de la siesta porteña. Y con un movimiento rápido, casi torpe, metió las manos bajo la falda y se sacó las bragas. Las sostuvo un segundo en la mano, temblorosa, y después se las entregó. 


Alexander las tomó y se las guardó en el bolsillo del overol. Eran de encaje negro, mínimas, y estaban tibias y húmedas. 


—Sos una buena perrita —le dijo, y le acarició la cabeza como quien acaricia a un animal dócil—. Pronto vas a tener más noticias mías. Ahora andá a hacer el papel de buena madre. 


Lorena se fue sin decir palabra. Las bolsas le temblaban en las manos, la falda corta le rozaba los muslos desnudos, y entre las piernas sentía un vacío nuevo, una desnudez que era física pero también simbólica. Siempre había fantaseado con la sumisión. Siempre había mirado esos videos a escondidas, de madrugada, cuando Carlos dormía y ella no podía conciliar el sueño. Pero jamás había pensado que cumpliría esa fantasía. Y mucho menos con el encargado del edificio. 


Alexander volvió al cuarto de monitoreo. Se sentó frente a las pantallas, se cebó un mate, y mientras la bombilla le quemaba los labios, una idea le cruzó la cabeza como un relámpago. "¿Por qué no he disfrutado del culo de Marisol todavía?". La piba era suya, completamente suya, y sin embargo había algo de ella que todavía no había poseído. Se hizo el propósito de corregir ese error esa misma noche. Pero mientras tanto, las horas pasaban lentas y Marisol seguía en la facultad. 


Miró el monitor número cuatro. Luz estaba en su cuarto, tirada sobre la cama, mirando una serie en el celular. Llevaba el mismo short de jean y la misma remera escotada que él le había ordenado ponerse a la mañana. El pelo rubio suelto le caía sobre los hombros, y a la luz de la pantalla su cara de dieciocho años parecía la de una nena jugando a ser grande. Alexander sonrió y le escribió un mensaje: "Hola, Luz. Vení a cebarme unos mates". 


Del otro lado de la pantalla, Luz sintió vibrar el celular y leyó el mensaje. El corazón le dio un vuelco. A la mañana todo había sido un juego, un coqueteo virtual a través de las cámaras, una forma de pasar el rato mientras se vestía para la facultad. Pero esto era distinto. Esto era una invitación en persona. "No debería ir", pensó. "Es el encargado. Es un hombre grande. Mi mamá está en casa". Pero ya se estaba poniendo de pie. Ya se estaba arreglando el pelo frente al espejo. Ya estaba saliendo de su cuarto sin hacer ruido, como una ladrona en su propia casa. 


Bajó a la planta baja y golpeó la puerta del departamento de Alexander con los nudillos. Él la vio por la cámara del pasillo: el short de jean, la remera escotada, el pelo rubio suelto, los ojos grandes y nerviosos. Disfrutó ese momento, la imagen de esa criatura hermosa esperando en el pasillo, y después se levantó de la silla y fue a su propio departamento, que estaba a dos puertas. La miro. —Pasá —le dijo, la voz tranquila, como si la hubiera estado esperando toda la vida. 


Luz entró con pasos chiquitos, las manos metidas en los bolsillos del short, la mirada baja. El departamento de Alexander olía a mate y a algo más, un perfume masculino que ella no supo identificar. Las luces estaban apagadas y en su lugar había una lámpara de pie que bañaba el living en una penumbra anaranjada. 


—Me gusta cómo te vestiste hoy —dijo Alexander, cerrándole la puerta detrás—. ¿Lo hiciste por mí? 


—Sí —murmuró ella, los ojos fijos en el piso. 


—Así me gusta. Que me obedezcan. ¿Sabés cebar mate? 


—Sí. 


—Entonces cébame uno. La yerba está en la mesada, el termo también. 


Luz obedeció. Agarró el mate, la yerba, el termo, y preparó la cebadura con manos torpes que delataban su nerviosismo. Le alcanzó el mate a Alexander y se quedó parada al lado de la mesa, sin saber qué hacer con los brazos, sin saber adónde mirar. 


—Ahora limpiame la mesa —dijo él, después de tomar el primer sorbo—. Hay migas del almuerzo. 


Ella agarró un trapo y limpió la mesa. Después él le pidió que le alcanzara un vaso de agua. Después que le acomodara los almohadones del sillón. Pequeñas órdenes, tareas domésticas sin importancia, que Luz cumplía con una obediencia que la llenaba de vergüenza y de una excitación que no terminaba de entender. Se movía por el departamento como una sirvienta, el short de jean marcándole las piernas, la remera escotada dejando ver sus pechos jóvenes cada vez que se inclinaba. 


Alexander la miraba desde el sillón, el mate en una mano, los ojos entrecerrados. Disfrutaba de esa imagen: la chica de dieciocho años, la hija de Carlos, la universitaria aplicada, sirviéndole como una criada. Era hermosa. Era dócil. Era suya, aunque ella todavía no lo supiera del todo. 


Se levantó del sillón y se acercó a ella. Luz bajó la cabeza instintivamente, y él le acarició la mejilla con el dorso de la mano. La piel era suave, tibia, de una tersura que solo tienen los 18 años recién estrenados. 


—¿Tenés novio? —le preguntó, la voz grave. 


—No —respondió ella, los ojos fijos en el piso. 


—¿Te parezco atractivo? 


Luz dudó. Levantó la vista apenas, lo miró de reojo: la cara ancha, las entradas profundas, las arrugas alrededor de los ojos. No era lindo. No era ni remotamente parecido a los pibes de la facultad. Pero había algo en su actitud, en su seguridad, en la forma en que la miraba, que le provocaba un cosquilleo en el estómago que no le provocaba ningún pibe de su edad. 


—No sé —respondió, con una sinceridad que a Alexander le arrancó una risa corta. 


—Me gusta que seas sincera. Sacate la remera. 


—¿Para qué? 


—Desde hoy vamos a jugar un juego. Yo mando y vos obedecés. Y ahora tenés que obedecer. 


Luz respiró hondo. Las manos le temblaban cuando las llevó al borde de la remera y la levantó despacio, pasándola por encima de la cabeza. Debajo llevaba un corpiño blanco, simple, de algodón, que contrastaba con la piel bronceada por la natación. El vientre era plano, las costillas se le marcaban apenas bajo la piel, y los brazos tenían esa firmeza juvenil de quien entrena sin proponérselo. 


—Hermosa piel —dijo Alexander, y le acarició la panza con la palma abierta, un gesto lento que a Luz le erizó la piel—. Ahora sacate el pantalón. 


Ella obedeció. Desabrochó el botón del short, bajó el cierre, y dejó que la tela resbalara por sus piernas. Ahora estaba en corpiño y bombacha, el cuerpo joven expuesto a la luz anaranjada de la lámpara, las mejillas encendidas, la respiración entrecortada. Nunca se había desvestido frente a un hombre. Nunca había sentido esa mezcla de vergüenza y excitación que le quemaba la piel y le humedecía la entrepierna. 


—De rodillas —ordenó Alexander. 


Luz se arrodilló. El piso estaba frío, pero ella apenas lo sintió. Alexander sacó un cordón de unos cables viejos que tenía sobre la mesa y, sin preguntar, le ató las manos en la espalda. Un nudo firme, pero no doloroso. Después dio un paso atrás y la contempló: desnuda —porque el corpiño y la bombacha no cubrían nada—, de rodillas, las manos atadas, el pelo rubio suelto sobre los hombros, los ojos grandes y claros llenos de una mezcla de miedo y deseo. 


—¿Te has acostado con un hombre de cincuenta y dos años? —preguntó, la voz grave. 


—No —respondió Luz, la mirada baja—. En realidad no me he acostado con ningún hombre. 


Alexander se quedó en silencio. La sorpresa le cruzó la cara como una nube rápida. No lo esperaba. Una piba tan hermosa, de dieciocho años, en plena facultad, y virgen. El hallazgo le provocó una mezcla de ternura y de un hambre más profundo, más oscuro. Iba a ser el primero. Iba a ser el dueño absoluto de ese cuerpo que nadie había tocado. 


—¿Estás lista para dejar de ser virgen? —le preguntó, la voz más suave ahora. 


—No —respondió ella, los ojos húmedos—. Todavía no. 


—No te preocupes —Alexander se inclinó y le acarició los labios con el dedo índice, trazando el contorno de su boca—. Jamás voy a hacer nada que no quieras. Pero hay otras cosas que podés hacer. ¿Me harías un pete? 


Luz tragó saliva. La palabra le resonó en la cabeza como un eco obsceno. "Pete". Nunca había hecho uno. Nunca había tenido un miembro en la boca. Pero algo en el fondo de su mente —esa voz que le había dicho que se pusiera la remera escotada, que se soltara el pelo, que bajara a cebarle mates— le susurró que dijera que sí. 


—Sí —murmuró. 


Alexander no dudó. Se abrió el overol y sacó el miembro, ya duro y palpitante, y se lo apoyó contra los labios entreabiertos de Luz. Ella sintió el calor de la piel, el olor a jabón y a hombre, y abrió la boca con una timidez que a él le pareció adorable. El miembro entró despacio, rozándole la lengua, y ella sintió por primera vez en su vida el sabor de un hombre. 

 

Luz empezó a mover la lengua con una torpeza que era, en sí misma, un acto de entrega. No sabía lo que hacía. No tenía técnica ni experiencia ni referencias previas. Solo tenía la orden de él resonándole en la cabeza y una voluntad difusa de obedecer. Pasó la lengua alrededor del glande como si estuviera probando un helado desconocido, con lamidas cortas y tímidas que a Alexander le arrancaron un suspiro profundo. 


—Así, despacio —le dijo él, la voz ronca—. Sin morder. Usá la lengua, no los dientes. 


Ella asintió con la cabeza, sin sacarse el miembro de la boca, y trató de corregir la torpeza. Pero el miembro era más grande de lo que esperaba, y cuando Alexander empujó un poco más adentro, la garganta se le cerró y un sonido ahogado le salió del pecho. Se atragantó. Las arcadas le sacudieron el cuerpo, los ojos se le llenaron de lágrimas y sacó la boca con un chasquido húmedo, un hilo de saliva brillante uniéndole los labios con la punta roja. 


—Perdón —balbuceó, la voz quebrada, las mejillas mojadas. 


—No pidas perdón —le dijo Alexander, y le acarició la cabeza con una mano, un gesto casi paternal—. Estás aprendiendo. Metela de nuevo. Más despacio esta vez. 


Luz obedeció. Abrió la boca y volvió a tragar el miembro, esta vez con más cuidado. La lengua le recorrió el tronco, los dedos de Alexander seguían enredados en su pelo, guiándola, marcándole el ritmo. Él no empujaba; dejaba que fuera ella quien explorara, quien descubriera, quien se equivocara y volviera a intentar. Cada tanto le daba una orden corta: "Más hondo", "Ahora los testículos", "Lamé despacio". Y ella obedecía, la mandíbula dolorida, el sudor perlándole la frente, la entrepierna cada vez más húmeda. 


—Sácate el corpiño —ordenó Alexander de repente. 


Luz se lo desabrochó con las manos todavía atadas en la espalda, un gesto torpe que le costó varios segundos. Cuando los pechos quedaron libres, pequeños y firmes, con los pezones rosados apuntando al techo, Alexander los miró con avidez. Pero no los tocó. Todavía no. Quería que ella siguiera concentrada en su tarea. 


—Seguí —le dijo—. No te detengas. 


Ella volvió a meterle el miembro en la boca. Ahora la lengua se movía con más confianza, encontrando las venas, los pliegues, los rincones que a él le gustaban. Alexander sentía el placer crecerle en el vientre, una marea caliente que le subía por la columna. Esa piba era virgen, pero aprendía rápido. Demasiado rápido. La miró desde arriba: las manos atadas, los pechos desnudos, la boca llena de él, el pelo rubio revuelto, los ojos cerrados con fuerza. Era una imagen que se le grabaría para siempre en la memoria. 


—Voy a acabar —le avisó, la voz tensa—. No lo escupas. Tragalo. 


Luz apretó los ojos con más fuerza y asintió. Alexander le agarró la cabeza con las dos manos y empujó hacia el fondo, una, dos, tres veces, cada vez más rápido, hasta que el orgasmo le explotó en el vientre y se vació en la boca de ella. Luz sintió el líquido tibio y salado llenándole la garganta, y tragó sin pensar, los músculos de la garganta trabajando alrededor del miembro que seguía palpitando. Cuando él salió, ella se quedó de rodillas, la boca entreabierta, la respiración agitada. 


—Buena perrita —dijo Alexander, la voz ronca, y se inclinó para desatarle las manos—. Ahora te toca a vos. 


La tumbó sobre el sillón, boca arriba, las piernas abiertas. Con una mano le arrancó la bombacha —un hilo de algodón blanco que cedió sin resistencia— y con la otra le acarició la entrepierna. Estaba empapada. Los dedos de él encontraron el clítoris y empezaron a dibujar círculos lentos, precisos, la presión justa para que ella arqueara la espalda y soltara un gemido agudo. 


—Nunca… —balbuceó Luz—. Nunca nadie me tocó así. 


—Lo sé —dijo Alexander—. Y por eso vas a disfrutarlo más. 


Los dedos siguieron su trabajo, ahora más rápido, ahora más intenso. Luz gemía sin control, las manos libres aferrándose a los almohadones del sillón, los pechos desnudos temblándole con cada espasmo. El orgasmo le llegó como una descarga eléctrica, la espalda arqueada, los dedos de los pies crispados, un grito ronco que le salió del pecho y le vibró en la garganta. Alexander la dejó venirse, la dejó temblar, la dejó ser, y cuando ella se quedó quieta, laxa sobre el sillón, le cubrió el cuerpo desnudo con una manta que había sobre el respaldo. 

 

Veinte minutos después, Luz volvió a su departamento. Subió en el ascensor con las piernas temblándole, el sabor de Alexander todavía en la boca, el cuerpo entero vibrándole con una energía nueva. Se sentía más mujer. Más sumisa. Más completa. Y eso la aterraba y la excitaba en partes iguales. 


En el quinto piso, Lorena preparaba la cena sin ropa interior. La falda negra le rozaba los muslos desnudos, y cada vez que se movía, el roce de la tela contra su sexo desnudo le recordaba lo que había hecho esa tarde. "Soy sumisa", pensó, y esta vez no se lo negó a sí misma. "Siempre lo fui. Solo que nunca había encontrado a quien obedecer". 


En el tercer piso, Candela oyó la llave de Gustavo en la cerradura y sintió que el pecho se le llenaba de plomo. Su marido entró con un "hola" cansado, se quitó el saco, se sentó en el sillón y prendió la tele. No la miró. No notó el short corto ni la remera ajustada ni el brillo nuevo en sus ojos. La culpa le estalló en el pecho a Candela, pero la indiferencia de Gustavo era un bálsamo que se lo apaciguaba. "Si no me mira, no va a darse cuenta. Si no me mira, no existe la culpa". 


Ajeno a todo, Alexander se estaba cambiando frente al espejo de su departamento. Se puso una camisa limpia —la única que tenía—, se peinó las entradas con los dedos y se miró al espejo con una sonrisa que le torcía los labios. La noche lo esperaba. Iara lo esperaba. 

 


Continuara... 

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