Dos semanas. Catorce días en los que el edificio se había convertido en un tablero de ajedrez y Alexander en el único jugador que conocía todas las jugadas. El tiempo había corrido con la viscosidad del mate frío, lento pero constante, y cada hora había servido para afianzar los vínculos que Marisol había trazado en sus libretas con la precisión de una cartógrafa del deseo.
Marisol misma era la prueba viviente de esa metamorfosis. Ya casi no iba a su departamento. Dormía en el sillón del cuarto de monitoreo, estudiaba psicología con los apuntes desparramados sobre la mesa de los controles, comía empanadas frías mientras miraba las cámaras con ojos de lince. Solo salía para la facultad y para el gimnasio, y cuando volvía, se sentaba en la falda de Alexander, le daba un beso corto y le decía "tengo apuntes nuevos" antes de abrir una libreta llena de observaciones. Las mujeres del edificio eran su materia de estudio, y Alexander su instrumento.
Lorena se había convertido en una actriz consumada. A los ojos de los vecinos, seguía siendo la esposa de Carlos, la madre de Luz, la mujer de familia que preparaba la cena y sonreía en el ascensor. Pero bajo la ropa —esa ropa que Alexander elegía cada mañana por mensaje— no llevaba nada. Ni una tanga, ni un corpiño, ni una bombacha. Alexander se lo había prohibido, y ella obedecía con una sumisión que ya no le pesaba. No habían tenido relaciones carnales todavía, pero ella se sentía más cerca de él que de cualquier otro hombre, sobre todo cuando el vibrador se encendía a distancia y le recordaba, en medio del supermercado o de la fila del banco, quién era su dueño.
Luz seguía siendo la princesa del quinto piso, la universitaria aplicada, la hija ejemplar. Pero ella sabía que no lo era. Apenas Alexander le mandaba un mensaje, bajaba a su departamento, limpiaba lo que hiciera falta, le cebaba mates y después se ponía de rodillas y le hacía un pete con una devoción que ya no era torpe. La pulsera de "Propiedad de Alexander" nunca se la sacaba. Brillaba en su muñeca como un grillete de cuero, y ella la miraba a cada rato, recordándose a sí misma que era de alguien. Aunque siguiera siendo virgen. Aunque él no hubiera dado el paso final.
Candela era la que más había cambiado. La pelirroja del tercero B ya no lloraba. Sonreía todo el día, una sonrisa chiquita y permanente que le iluminaba los ojos verdes. Seguía siendo la mujer que no salía de su casa, pero ahora esperaba. Esperaba el sonido de la llave maestra en la cerradura. Esperaba la voz de Alexander diciéndole "perrita" al oído. Esperaba las órdenes, las nalgadas, los ladridos que le salían del alma. Gustavo seguía sin mirarla, y ella ya ni siquiera se lo reprochaba.
Iara había dejado a su novio. Una noche, después de un recital, le dijo que ya no sentía lo mismo y lo echó del camarín con la misma frialdad con que se cambia una cuerda del bajo. Dejó el alcohol, empezó a comer sano y esperaba a Alexander todas las noches, desnuda sobre la cama, para que él la dominara como nadie. Le gustaba que la atara. Le gustaba que le diera nalgadas. Le gustaba sentir que era de él, aunque en público siguiera siendo la roquera indomable.
Melisa ya no iba al templo. No había dejado de rezar: todas las noches, antes de dormir, le pedía a su Dios por la salud de Alexander. Pero ya no sentía culpa. El sexo con él era una plegaria distinta, un rezo sin palabras que la dejaba extasiada y vacía, y ella lo disfrutaba como nada en el mundo. Seguía usando el uniforme de la verdulería, pero ahora, cuando volvía a casa, se sacaba el delantal y se miraba al espejo, y se gustaba. Por primera vez en su vida, se gustaba.
Era jueves. Mediodía. Alexander estaba sentado frente a los monitores, el mate en la mano, la libreta nueva de Marisol abierta sobre la mesa. Las notas indicaban los pasos siguientes para afianzar la relación con sus perritas y convertirlas en su propiedad para siempre. Pero hoy él no podía concentrarse del todo. Hoy era jueves, y los jueves Marisol veía a Carlos.
La idea le molestaba más de lo que hubiera querido admitir. Marisol era libre. Era la única mujer que no podía controlar, la única que no llevaba collar ni pulsera, la única que se acostaba con él porque quería y no porque él se lo ordenara. Y sin embargo, cada vez que pensaba en Carlos tocándola, una punzada de algo —¿celos?, ¿posesión?, ¿enojo?— le atravesaba el pecho. No podía controlarla a ella, pero podía vengarse de Carlos de otra manera. Afianzando su relación con su mujer y su hija.
Agarró el celular y le escribió a Lorena: "Esperame en tu cuarto. Desnuda".
La respuesta tardó unos segundos. "Mi hija está en casa".
"Se una perra obediente".
No hubo más mensajes. Alexander se levantó de la silla, agarró un bolso pequeño que tenía preparado y salió hacia el ascensor.
Lorena dejó el celular sobre la cama y se quedó un instante con los ojos cerrados. Luz estaba en su habitación, a pocos metros, estudiando para un parcial de Derecho Penal. Podía oírla pasar las páginas del apunte, ese susurro de papel que la acompañaba desde que era chiquita. Y sin embargo, ahí estaba ella, a punto de obedecer a un hombre que le había ordenado desnudarse mientras su hija estaba en casa.
"No debería. Esto está mal. Soy su madre".
Pero ya se estaba sacando la blusa. La desabrochó botón por botón, los dedos temblándole, y la dejó caer al piso. Después la falda —hoy era una verde, corta, que Alexander le había elegido esa mañana—, que resbaló por sus piernas y quedó hecha un bollo sobre la alfombra. El corpiño no lo llevaba; Alexander se lo había prohibido. Se sacó los tacones, se quitó las medias veladas y se quedó completamente desnuda frente al espejo del armario.
Su cuerpo era el de una mujer de cuarenta y cinco años que se había cuidado. Los pechos, generosos pero todavía firmes, caían apenas por el peso de la edad, con unos pezones oscuros que apuntaban hacia adelante, perforados por las pinzas de metal que Alexander le había regalado. La cintura era estrecha, trabajada a fuerza de pilates, y las caderas se ensanchaban en una curva suave que desembocaba en unas piernas largas y torneadas. Las nalgas eran redondas, duras, el músculo tenso bajo la piel blanca. El pubis depilado brillaba con una humedad que ya no podía disimular. Se recostó boca arriba sobre la cama, los brazos a los costados, y esperó.
Alexander abrió la puerta del departamento con su llave maestra. En el living no había nadie. Se oía, desde el cuarto de Luz, el sonido de las páginas de un apunte. Caminó sin hacer ruido hacia la habitación principal, abrió la puerta y encontró a Lorena tal como le había ordenado: desnuda, boca arriba, los ojos fijos en el techo.
—Buena perrita —dijo, la voz grave.
Ella no respondió, pero se mordió el labio inferior. Vio el bolso que Alexander había dejado en el piso y sintió un vuelco en el estómago. No sabía qué iba a hacer, pero todo lo que él hacía la excitaba.
Alexander abrió el bolso y sacó unas sogas de algodón, suaves pero firmes. Empezó por las muñecas: le ató cada una a un extremo de la cama, los brazos abiertos en cruz. Después los tobillos, abriéndole las piernas hasta que quedaron completamente expuestas. Por último, le pasó una soga por la cintura, ajustándola contra el colchón. Cuando terminó, Lorena era una cruz humana, vulnerable y ofrecida.
Él la contempló un instante. Después se inclinó y le acarició la piel, un roce lento que le fue desde el cuello hasta el pubis. Le besó el vientre, le lamió el interior de los muslos, le retorció apenas las pinzas de los pezones. Lorena soltó un gemido —uno solo, chiquito— y enseguida se arrepintió. Luz estaba en la casa. Luz podía escuchar.
—Ladrá —le ordenó Alexander, la boca pegada a su oído.
—Guau, guau —dijo Lorena, sin pensarlo.
Alexander sonrió y sacó del bolso una mordaza de cuero, una bola negra con correas que le ajustó alrededor de la cabeza. Lorena abrió la boca para recibirla, y cuando la tuvo adentro, sintió que un sueño largamente acariciado se hacía realidad. Le era imposible hablar. Solo podía respirar, jadear, gemir amortiguadamente.
Alexander encendió el vibrador. La velocidad más baja, apenas un susurro mecánico que le arrancó a Lorena un quejido ahogado. Se inclinó sobre ella y le habló al oído, la voz grave como un trueno lejano.
—Hoy vas a escuchar cómo tu hija pierde la virginidad y ladra como una perrita.
Lorena forcejeó contra las ataduras. El instinto de madre le gritaba que se soltara, que protegiera a su cría, que le dijera a ese hombre que se fuera de su casa. Pero el instinto sumiso —ese que había crecido en ella como una enredadera oscura— le susurró que no tenía nada de malo. Que ser una perrita era lo mejor que le había pasado. Que Luz también merecía saberlo.
Alexander salió de la habitación, el bolso en la mano, y caminó hacia el cuarto de Luz.
Luz estaba tirada boca abajo sobre la cama, los apuntes de Derecho Penal desparramados sobre la colcha. Llevaba un short de jean nuevo, más corto que los anteriores, y una remera escotada de color rosa que se había comprado el día anterior, obedeciendo un mensaje de Alexander. Las nalgas, redondas y firmes, apuntaban hacia arriba, y el short les quedaba tan ajustado que se le metía entre la hendidura. Estaba tan concentrada leyendo que no lo oyó entrar.
La nalgada sonó como un latigazo. Luz giró la cabeza de golpe, los ojos muy abiertos, el corazón galopándole en el pecho. Pero cuando vio a Alexander, se tranquilizó. O algo parecido a la tranquilidad: una mezcla de alivio y excitación que le hizo olvidar el ardor en la nalga.
—Mamá está en casa —susurró, los ojos clavados en él.
Alexander se llevó un dedo a los labios, pidiéndole silencio.
—Se buena perrita y desnúdate para mí.
Luz se levantó de la cama. Se sacó la remera rosa lentamente, pasándola por encima de la cabeza, y la dejó caer al piso. Después desabrochó el short, bajó el cierre y dejó que la tela resbalara por sus piernas. No llevaba corpiño —Alexander también se lo había prohibido—, y la bombacha era un hilo blanco que desapareció con un solo movimiento. Cuando estuvo completamente desnuda, se quedó parada frente a él, los brazos caídos a los costados, las mejillas encendidas.
Su cuerpo era el de una virgen de dieciocho años. Los pechos, pequeños y erguidos, apenas dos montículos que le cabían en la palma de la mano, con unos pezones rosados que apuntaban hacia arriba. La cintura era fina, las caderas estrechas pero redondeadas, las piernas largas y torneadas por la natación. Las nalgas, duras y apretadas, guardaban en la piel blanca la marca rojiza de la nalgada. El pubis, depilado, brillaba con una humedad que la delataba. El pelo rubio le caía suelto sobre los hombros, y los ojos claros —tan parecidos a los de su madre— le brillaban con una mezcla de miedo y anticipación.
Alexander sacó una soga del bolso y le ató las manos en la espalda. Un nudo firme, el mismo de siempre, el que a ella le daba la seguridad de no tener que decidir nada. Pero esta vez no le pidió que se arrodillara. La empujó suavemente sobre la cama y le dijo al oído:
—Hoy vas a dejar de ser virgen, perrita.
Luz no dijo nada. No podía. Pero en el fondo de su pecho, una voz chiquita y oscura le susurró que había estado esperando ese momento más de una semana.
Alexander se desvistió. El overol cayó al piso, la camisa también, los calzoncillos. El cuerpo de él era el de un hombre de cincuenta y dos años: hombros anchos, pecho cubierto de vello canoso, vientre apenas abultado, piernas fuertes. No era lindo. No era un modelo de revista. Era tosco, pesado, real. Y Luz lo miró como si fuera el hombre más hermoso del mundo.
Él se subió a la cama y le abrió las piernas con las manos. Se acomodó entre ellas, el miembro duro y palpitante apoyándose contra la entrada virgen de Luz. Ella sintió ese calor, esa presión, y lo miró a los ojos. No dijo nada. No hacía falta. Sus miradas se encontraron, y en ese instante Luz supo que estaba a punto de hacer el amor por primera vez, con un hombre mucho mayor que ella, medio calvo, con panza y poco atractivo. Y estaba feliz. Feliz y excitada y agradecida.
Alexander empujó despacio. La cabeza del miembro presionó contra la entrada virgen y Luz sintió cómo algo se abría dentro suyo, algo que nunca había sido abierto. Era una presión nueva, un calor húmedo que le subía por el vientre y le nublaba los pensamientos. Cuando la cabeza entró por fin, un dolor agudo y dulce le atravesó el cuerpo y soltó un grito que no pudo contener.
—¡Ahhhh!
El grito atravesó la puerta del cuarto, rebotó en el pasillo, se metió en la habitación de Lorena. Y Lorena lo escuchó. Su hija acababa de gritar, y ese grito, en vez de hacerle sentir asco o desesperación, le provocó un espasmo de placer que le subió por los muslos y le explotó en el vientre. El vibrador seguía encendido, y con la ayuda de ese zumbido constante, Lorena tuvo un orgasmo intenso, los ojos apretados, la mordaza ahogándole los gemidos.
Luz, ajena a todo, sentía cómo el miembro de Alexander entraba más y más. La presión cedía de a poco, reemplazada por una sensación de llenura que no se parecía a nada que hubiera conocido. Alexander le apretó los pechos chiquitos con las dos manos, los amasó despacio, bajó la boca y les lamió los pezones. Después la besó, un beso profundo que le mordió el labio inferior, y ella le devolvió el beso con un hambre nueva.
—Qué apretada que estás —gruñó él, y empujó más hondo.
Las embestidas comenzaron lentas, acompasadas, y Luz sentía que la abrían por completo. Cada vez que él entraba, un pequeño grito se le escapaba de los labios; cada vez que salía, un vacío le recordaba que necesitaba más. Los gritos se hicieron más fuertes cuando el miembro entró completo, y Alexander empezó a moverse más rápido, las caderas golpeando contra las suyas, los testículos chocándole contra las nalgas.
Para Luz fue demasiado. El orgasmo le llegó como una ola gigante, la espalda arqueada, los dedos de los pies crispados, un grito que salió de su garganta y resonó en toda la casa.
—¡Dios! ¡Ahhh!
En la otra habitación, Lorena oyó el grito de su hija y supo que estaba teniendo un orgasmo. Ese sonido de placer puro, inconfundible, la empujó a un segundo orgasmo que le sacudió el cuerpo atado y le hizo morder la bola de cuero hasta casi perforarla.
Alexander no terminó. Lejos de eso, dio vuelta a Luz, la puso en cuatro patas sobre la cama, la cabeza apoyada en el colchón, y la penetró otra vez desde atrás. Así era más profundo, más animal, más obsceno. Las nalgas duras de Luz rebotaban contra sus ingles, los pechos le colgaban y se balanceaban con cada envión. Él le dio una nalgada, después otra, la palma abierta que le dejaba la piel enrojecida.
—Ladrá, perrita —le ordenó.
Luz, sintiéndose sucia pero más mujer que nunca, abrió la boca y ladró:
—¡Guau, guau!
Alexander aceleró el ritmo. Las embestidas se volvieron salvajes, un vaivén furioso que hacía temblar la cama y las paredes. Luz gemía, ladraba, jadeaba, los ojos dados vuelta, la saliva corriéndole por la barbilla. El sudor le perlaba la frente y le empapaba el pelo rubio. Él le agarró las caderas con las dos manos y la penetró más fuerte, más rápido, un ritmo bestial que a ella le arrancó otro orgasmo —el segundo— igual de intenso que el primero. Gritó, ladró, se vino abajo, y él siguió.
Al final, Alexander le tomó el pelo con una mano y tiró hacia atrás, obligándola a levantar el torso. Con la otra mano le pellizcó un pezón, y sin dejar de moverse, con un último rugido animal, terminó dentro de ella. Un chorro caliente que la llenó entera y le arrancó un gemido ronco.
Se quedaron así un minuto, dos, los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones entrecortadas. Él colapsó sobre ella, el pecho contra su espalda, y Luz sintió el peso de su dueño cubriéndola por completo. Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. Ese momento —el primero, el definitivo— quedaría grabado en sus memorias para siempre.
Alexander se vistió despacio. Se puso la camisa, el overol, se ató los cordones de las botas. Después desató las manos de Luz y le acarició el pelo, un gesto lento, casi tierno, como quien acaricia a una mascota.
—Perrita, andá así como estás al cuarto de tu madre. Te dejé un regalo.
Luz no entendió. Pero cuando oyó la puerta del departamento cerrarse, se puso de pie. Estaba desnuda, usada, sudada. El pelo revuelto le caía sobre los hombros, los pechos le brillaban por la transpiración, y entre los muslos sentía el calor espeso de los jugos mezclados. Las piernas le temblaban al caminar, pero caminó. Salió de su cuarto, cruzó el pasillo y abrió la puerta de la habitación de su madre.
Y la vio. Lorena estaba atada a la cama, los brazos y las piernas en cruz, la mordaza en la boca, las pinzas en los pezones, el vibrador todavía funcionando. Estaba sudada, la piel brillante, los ojos vidriosos, y cuando vio a su hija desnuda en el marco de la puerta, un espasmo le recorrió el cuerpo y tuvo otro orgasmo. El tercero. Ahí, delante de Luz, sin poder ocultarlo, sin poder disimularlo.
Luz no se enfadó. Se imaginaba que Alexander tendría otras mujeres —era imposible que un hombre así se conformara con una sola—, pero nunca había pensado que una de ellas fuera su madre. Sin embargo, al verla ahí, atada y sudada y feliz, sintió algo inesperado: comprensión. Esa mujer no era su rival. Era su igual.
Se acercó a la cama y empezó a desatar las sogas. Primero las muñecas, después los tobillos, por último, la cintura. Cuando Lorena quedó libre, se quitó la mordaza con manos temblorosas y se incorporó apenas. Madre e hija se miraron a los ojos. Un segundo. Dos. Y después, sin decir palabra, se abrazaron. Un abrazo que no era solo de madre e hija, sino de dos perritas que comprendían exactamente lo que sentía la otra.
En la sala de monitoreo, Alexander miraba la escena por el monitor número cinco. Una sonrisa de satisfacción le cruzó la cara. En la libreta de Marisol, abierta sobre la mesa, se leía: "Hace que Luz y Lorena sepan que las dos son sumisas. Eso va a afianzar el vínculo". Dicho y hecho. La piba no erraba nunca.
Continuara...

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