El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 3

 


La penumbra del cuarto de monitoreo ya no le resultaba ajena. En dos días, Marisol había aprendido a moverse entre los cables y las pantallas con la familiaridad de quien camina por su propia casa descalza. El edificio entero se había convertido en su nuevo objeto de estudio, un panal de vidrio y hormigón donde cada celda palpitaba con una vida secreta que ella, desde la silla de cuero sintético rajado, podía espiar como quien mira por el ojo de una cerradura. Pero ella no miraba por morbo. O no solamente. Miraba con el hambre metódica de quien estudia psicología y acaba de descubrir que el mejor laboratorio está en los pasillos que cruza todos los días. 


Alexander la esperaba con el mate listo. El miércoles había llegado a las ocho, el jueves también. El rito se había instalado entre ellos sin necesidad de palabras: ella golpeaba la puerta con los nudillos —dos golpes secos que ya eran una contraseña—, él le abría sin preguntar, y después el silencio cómplice de los monitores les envolvía como una manta vieja. A veces ella se sentaba en la silla plegable que Alexander había arrastrado desde el depósito. Otras, se acomodaba sobre sus piernas, las nalgas apoyadas contra los muslos duros de él, la espalda contra su pecho, y miraban juntos el teatro silencioso del edificio. 


Ese jueves no fue distinto. Apenas la puerta se cerró detrás de ella, Marisol se acercó a Alexander, que estaba sentado frente a los monitores con el mate en la mano, y le dio un beso en la boca. Fue un beso corto pero húmedo, las lenguas tocándose apenas, un saludo que ya no pedía permiso. Después se acomodó sobre su falda, las piernas colgando a un costado del apoyabrazos, y sintió la mano de él bajarle por la cintura hasta la nalga, donde le dio una palmada suave, casi cariñosa, que a ella le arrancó una sonrisa. 


—Candela sería una buena perrita para vos —dijo Marisol, los ojos fijos en una de las pantallas, donde se veía el living del tercer piso. 


Alexander le acariciaba las piernas distraídamente, los dedos ásperos rozando la piel suave que asomaba bajo el jean. Tardó unos segundos en procesar lo que ella le decía. 


—¿La pelirroja? 


—Sí. 


Marisol había estado observando a esa pareja durante tres días seguidos. Candela y Gustavo, los del tercero B. A simple vista eran la estampa perfecta de los recién casados: él, veinticinco años, mandíbula cuadrada, espalda ancha, el tipo de muchacho que sale en las publicidades de trajes baratos. Ella, veintiuno, una belleza que parecía escapada de un cuento de hadas antiguo: pelo rojo natural que le caía en ondas sobre los hombros, ojos verdes como botellas de vidrio viejo, un cuerpo esbelto que sin embargo se concentraba en unos pechos redondos y firmes que sobresalían de su figura como una desproporción pensada por un artista. Una princesa. Pero una princesa que lloraba sola todas las tardes. 


—Parece una chica tranquila —dijo Alexander, la mirada perdida en la pantalla donde Candela, en ese mismo momento, estaba guardando platos en la alacena con movimientos mecánicos—. Siempre hace las compras, cocina para el marido, limpia el departamento. No la he visto mirar a otro hombre. 


—Por eso mismo —Marisol giró la cabeza para mirarlo, los ojos grandes y claros brillándole con esa chispa de inteligencia que a él le fascinaba—. Es totalmente infeliz. Casi tenemos la misma edad, pero ella buscó estabilidad con un tipo lindo, y ahora ese tipo la deja sola doce horas por día. Gustavo trabaja como un perro. Cuando llega, están juntos seis horas, y la mitad se las pasan durmiendo. Candela se aburre. Candela se siente abandonada. Candela necesita que alguien la mire como si existiera. 


Alexander dejó el mate sobre la mesa. La mano que tenía sobre la pierna de Marisol se quedó quieta. La propuesta le gustaba —Candela era hermosa, una de esas mujeres que uno mira de reojo y después se olvida porque sabe que son de otro mundo—, pero algo no le cerraba. 


—Hoy es jueves —dijo, la voz más grave de repente—. ¿No me querés distraer porque vas a ver a Carlos? 


Marisol soltó una risa corta y le metió la mano dentro del pantalón del overol. Los dedos encontraron el miembro de él, tibio y blando, y lo acariciaron con una familiaridad que ya no tenía nada de tímido. 


—Esta es mi verga preferida —dijo, apretando apenas, sintiendo cómo la carne se desperezaba bajo sus dedos—. Pero Carlos tuvo un accidente hace unos días. Le debo dar un poco de amor también. Es buen tipo. 


Alexander la dejó hacer. No le molestaba lo de Carlos. Al contrario. Había algo en la libertad sexual de Marisol que le excitaba más que cualquier exclusividad. Esa piba de veinte años no era de nadie, y al mismo tiempo se le entregaba a él con una devoción de animal doméstico. Era suya precisamente porque no era de nadie. 


—No me molesta que veas a Carlos —le dijo, la voz ya un poco más ronca, la mano subiendo por la espalda de ella hasta enredarse en su pelo—. Pero vas a tener que ser una buena perrita antes de verlo. 


Marisol entendió el mensaje sin necesidad de traducción. Se deslizó de su falda y cayó de rodillas sobre el piso frío, las manos apoyándose en los muslos de él, la boca ya entreabierta y húmeda. No hubo más palabras. No hacían falta. 

 

Ella metió la boca en el miembro de Alexander con la naturalidad de quien se lleva un caramelo a los labios. Estaba blando todavía, pero olía a jabón y a hombre, un olor que ya se le había vuelto familiar y que le disparaba un calorcito en el vientre. Empezó a jugar con la lengua, dibujando círculos alrededor del glande, metiendo la punta en el pequeño orificio de la cima, saboreando la textura aterciopelada de la piel. Le gustaba sentirlo así, vulnerable y blando, sabiendo que en unos minutos estaría duro y palpitante por culpa de su boca. 


Pero Alexander no era hombre de quedarse quieto. Apenas la sintió trabajar, le agarró el pelo con la mano izquierda y le hizo un rodete improvisado, los dedos enredados en la seda castaña. Con la otra mano, sin violencia pero con firmeza, empezó a darle golpecitos en los pechos. La remera de ella amortiguaba el impacto, pero la intención llegaba clara: palmadas suaves sobre los pezones, una y otra vez, un tamborileo constante que a Marisol le arrancaba pequeños gemidos ahogados por la carne que le llenaba la boca. 


Estaba encantada. Esa mezcla de ternura y dominación, de golpecitos y caricias, era justo lo que nunca había encontrado en los hombres de su edad. Los pibes de veinte años no sabían tratar así a una mujer. Eran torpes, o brutos, o demasiado blandos. Alexander, en cambio, la trataba como a una posesión valiosa: la golpeaba, pero para marcar territorio, no para dañarla. La dominaba, pero para darle placer, no para humillarla. Esa ambigüedad la excitaba más que cualquier otra cosa. 


Sintió cómo el miembro le crecía en la boca. La carne se le hinchaba contra el paladar, se le endurecía entre los labios, se le hacía imposible de contener entera. Con la mano derecha empezó a masajearle los testículos, los dedos hábiles recorriendo la piel arrugada del escroto, apretando apenas, soltando, acariciando. Mientras tanto, la boca seguía su trabajo: tragaba más y más, la garganta abriéndose con un esfuerzo que ya no le resultaba molesto sino placentero. 


De repente se atragantó. La necesidad de aire le explotó en el pecho y sacó la boca del miembro con un chasquido húmedo, un hilo de saliva brillante uniéndole los labios con la punta roja e hinchada. Pero no llegó a tomar aire. Las dos manos de Alexander le agarraron la cabeza, una a cada lado, los dedos clavándosele en el pelo, y sin pedir permiso le volvieron a meter el miembro en la boca. Hasta el fondo. Hasta donde la garganta se cerraba y las arcadas le sacudían el cuerpo. 


Marisol sintió la invasión y se derritió. Era eso lo que la volvía loca: esa imposición sin consulta, esa fuerza que no pedía permiso porque sabía que ella ya lo había dado. La garganta se le llenó de él, la respiración se le cortó, los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero no se resistió. Al contrario: aflojó los músculos de la mandíbula, relajó la garganta, y se dejó hacer. Desde abajo, con los ojos húmedos y la boca ocupada, levantó la mirada hacia él. 


Su rostro era un poema obsceno. Las mejillas encendidas, los labios estirados alrededor del miembro, las pestañas largas empapadas por las lágrimas que le corrían sin control, el pelo revuelto por los dedos de él. Las pecas sobre la nariz casi no se veían contra la piel enrojecida. Pero los ojos —esos ojos grandes— brillaban con una entrega absoluta, una felicidad perra que no necesitaba palabras. 


El orgasmo le llegó sin aviso previo, sin que ella se tocara, sin que nada ni nadie rozara su entrepierna. Le explotó en el vientre como un relámpago y se le expandió por todo el cuerpo en ondas concéntricas que le hicieron temblar los muslos y arquear la espalda. Un gemido gutural, amortiguado por la carne que le llenaba la garganta, se le escapó desde el fondo del pecho. Nunca le había pasado algo así. Llegar al orgasmo solo con la boca, solo con la sumisión, solo con el sabor de él en la lengua. 


Alexander lo sintió. Sintió el gemido, vio el temblor de sus piernas, notó cómo la boca se le contraía alrededor de su miembro. Y eso le alcanzó. Con un último empujón, agarrándole la cabeza con las dos manos, se vació sobre la remera de ella. El chorro caliente le manchó la tela, le salpicó el cuello, le cayó sobre los pechos. Marisol, de rodillas, con la respiración entrecortada y las mejillas bañadas en lágrimas, sonrió. 


—Buena perrita —dijo Alexander, la voz ronca, pasándole una mano por la cabeza para acomodarle el pelo. 


—Guau —respondió ella, la sonrisa ensanchándose. 

 

Veinte minutos más tarde, Marisol salió de la oficina de monitoreo con la remera manchada y una libreta en la mano. No era suya: se la dejó a Alexander sobre la mesa, abierta en una página escrita con letra redonda y aplicada, la letra de quien cursa regularmente y toma apuntes en clase. En esa libreta había un perfil completo de Candela. Sus gustos. Sus miedos. Su historia. Y, sobre todo, instrucciones. "Hacerla sentir especial. Escucharla sin juzgarla. Mostrar seguridad. No apurarse. Ella necesita un hombre que la mire como si fuera la única persona en el mundo. Su marido no lo hace". Alexander la leyó mientras cebaba otro mate. Después se guardó la libreta en el bolsillo del overol y miró los monitores. 


Las horas pasaron lentas. En las pantallas, Candela seguía su rutina de fantasma doméstico: limpió los vidrios del living, dobló ropa sobre la cama matrimonial, miró el celular sin verlo, se sentó en el sillón y se levantó a los cinco minutos. A las seis de la tarde, cuando el sol empezaba a teñir de naranja los edificios de la capital, se quedó quieta frente a la ventana. La cámara del living la tomaba de espaldas, la silueta esbelta recortada contra la luz de la tarde. Los hombros le empezaron a temblar. Después se llevó las manos a la cara. 


Alexander la miraba desde el monitor número siete. La vio llorar diez minutos seguidos, en silencio, con esa forma de llorar de quien ya está acostumbrada a hacerlo sola. Y supo, con la certeza de un depredador que huele sangre en el viento, que era el momento. 


Se levantó de la silla. El overol le pesaba sobre los hombros, pero no era un peso incómodo sino familiar, el peso de un uniforme que le daba autoridad. Salió al pasillo y caminó hasta el ascensor. Mientras subía, se miró en el espejo turbio de la cabina: la cara ancha, las entradas profundas, los ojos de un hombre que ya no espera nada de la vida y justamente por eso está dispuesto a tomarlo todo. No era lindo. Lo sabía. Pero la belleza no era lo que Candela necesitaba. 


Llegó al tercer piso. El pasillo estaba en penumbras, el temporizador de las luces ya las había apagado. Caminó hasta la puerta del departamento B y se detuvo. Del otro lado, el silencio era absoluto, roto apenas por un sollozo lejano. Metió la mano en el bolsillo y sacó el llavero maestro. Todas las llaves del edificio tintinearon en la oscuridad como una advertencia. Encontró la del tercero B, la metió en la cerradura y giró despacio, muy despacio, conteniendo la respiración. 


La puerta se abrió sin ruido. 


Candela giró la cabeza de golpe. Los ojos verdes, vidriosos por el llanto, se le llenaron de sorpresa al verlo. No era Gustavo. Era el encargado, el del overol azul, el que siempre la saludaba con un "buen día" corto y respetuoso cuando ella bajaba a hacer las compras. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, un gesto rápido y torpe, como si la hubieran pillado robando. 


—¿Qué hace usted aquí? —la voz le salió más aguda de lo que hubiera querido, todavía quebrada por el llanto. 


Alexander no se movió del marco de la puerta. No dio un paso adentro sin permiso. Se quedó ahí, las manos en los bolsillos, la postura relajada, la mirada tranquila. 


—Siempre te veo llorar por las cámaras —dijo, y su voz sonó grave y pareja, sin juicio, sin morbo, como quien comenta el clima—. Y me preocupa. 


Candela se llevó una mano al pecho. El corazón le latía rápido, un tamborileo incómodo que le subía por la garganta. Las cámaras. Se había olvidado de las cámaras. Las habían instalado hacía meses, cuando firmó el contrato, cuando Gustavo le dijo que era por seguridad, que así podían estar tranquilos. Y ahora ese hombre, ese desconocido de overol, la había visto llorar. La había visto todos los días. 


—Perdón —balbuceó, secándose otra lágrima que le corría por la mejilla—. No quería asustar a nadie. 


—No me asustaste —Alexander dio un paso al frente, apenas uno, lo suficiente para entrar en el living pero sin invadir—. Pero me preocupaste. Todos los días lo mismo. ¿Por qué no me contás qué te pasa? 


Ella lo miró. De cerca, no era tan intimidante como le había parecido otras veces. Tenía cara de hombre trabajado, arrugas prematuras alrededor de los ojos, las manos gruesas y los hombros anchos. Pero había algo en su postura —esa calma, esa seguridad sin estridencias— que le inspiró una confianza rara, de esas que no se razonan. 


—No lo conozco mucho —dijo ella, la voz todavía temblorosa. 


—Por eso mismo —respondió él—. A veces es más fácil contarle las cosas a un extraño que a un amigo. 


Y Candela, que no hablaba con nadie desde hacía meses, que había dejado a sus amigas cuando se casó, que tenía a su familia a quinientos kilómetros de distancia, que se despertaba sola y se acostaba sola y llenaba las horas con tareas domésticas que no le interesaban, se quebró. Las palabras le salieron en torrente, un caudal de soledad reprimida que encontró cause en ese living a media luz frente a un hombre que no decía nada, pero asentía, que no juzgaba, pero escuchaba. 


—Estoy sola —dijo, la voz quebrada—. Gustavo se va a las seis de la mañana y no vuelve hasta las ocho de la noche. Cuando llega, está muerto. Cena, se baña, se duerme. A veces ni me mira. No es malo, ¿eh? No me pega ni me grita ni nada de eso. Pero no está. Y yo me quedé sin amigas, sin familia, sin nada. Dejé la facultad cuando nos casamos porque él dijo que no hacía falta, que con su sueldo alcanzaba. Y ahora no sé qué hacer con mi vida. Limpio, cocino, miro el celular, lloro. Así todos los días. 


Hizo una pausa para tomar aire y se dio cuenta de que estaba llorando otra vez. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin que pudiera detenerlas. 


—Perdón —dijo otra vez, la muletilla del que pide disculpas por existir—. No sé por qué te cuento todo esto. 


—Me llamo Alexander —dijo él, la voz firme, pero sin dureza—. Y me lo contás porque necesitas que alguien te escuche. 


Ella asintió en silencio, los ojos bajos, los dedos retorciéndose en el dobladillo de la remera. Alexander dio otro paso, esta vez acercándose lo suficiente para que ella sintiera su presencia como un abrigo pesado. 


—Mirá —siguió, y su tono cambió apenas, se volvió más seguro, más paternal, más dominante en el buen sentido—, lo que te pasa es normal. Tu marido te quiere, pero no te ve. Y vos necesitas que te vean. No tenés que sentirte culpable por eso. 


—¿Vos creés? 


—Estoy seguro. —La miró a los ojos, esos ojos verdes que todavía brillaban por el llanto—. Pero no podés quedarte encerrada todo el día esperando que él cambie. Porque no va a cambiar. Los hombres no cambian. Así que vas a tener que encontrar vos la forma de estar mejor. 


—¿Cómo? —la pregunta le salió casi en un susurro, como una alumna que le pide ayuda al profesor. 


—Para empezar, hablando con alguien. Aunque sea conmigo. 


Candela se quedó callada un instante. Después, sin pensarlo demasiado, dio un paso al frente y se echó a llorar contra el pecho de él. Alexander la abrazó sin sorpresa, como si hubiera estado esperando ese momento. Los brazos le rodearon la espalda esbelta, las manos grandes apoyándose en sus omóplatos, la barbilla apoyada sobre la cabeza pelirroja. No dijo nada. No hacía falta. La dejó llorar, la dejó desahogarse, la dejó sentir que por primera vez en meses alguien la sostenía. 


Pasaron dos, tres, cinco minutos. Cuando el llanto amainó, Alexander le tomó la cara con las dos manos. Los pulgares le secaron las lágrimas de las mejillas, un gesto tan tierno que a ella se le cortó la respiración. 


—Pásame tu número de celular —le dijo, la voz grave pero cálida—. Así estamos en contacto para la próxima charla. 


Candela asintió sin dudar. Buscó el celular sobre la mesa ratona y le dictó los números, uno a uno, con la voz todavía pastosa por el llanto. Él los anotó en un papelito que sacó del bolsillo del overol, un gesto anticuado que a ella le pareció entrañable. 


—Bueno —dijo Alexander, guardando el papelito—. Cualquier cosa que necesités, me mandás un mensaje. No importa la hora. 


—Gracias —murmuró ella, los ojos todavía húmedos pero la boca esbozando una sonrisa tímida, la primera en mucho tiempo—. Gracias de verdad. 


Alexander salió del departamento y cerró la puerta despacio. En el pasillo, bajo la luz de emergencia, se permitió una sonrisa breve, apenas una mueca que le torció los labios hacia un costado. El primer paso estaba cumplido. Candela confiaba en él. Candela le había dado su número. Candela lo veía como un refugio. El resto vendría solo, con paciencia, con el método que Marisol le había enseñado en su libreta de psicóloga en ciernes. 

 

Marisol estaba desnuda sobre su cama, las sábanas revueltas, el cuerpo todavía húmedo de sudor. Carlos se había ido hacía diez minutos, después de un encuentro que no había estado mal pero que tampoco había encendido nada. Él era tierno, atento, la trataba como a una novia. Le hacía cucharita después del sexo y le preguntaba cómo le había ido en la facultad. Era dulce. Y justamente por eso no le alcanzaba. 


"Carlos no es Alexander", pensó, los ojos fijos en el techo, una pierna colgando fuera de la cama. "No me domina. No me trata como una perrita. No me agarra del cuello ni me da nalgadas ni me dice cosas sucias al oído". Se llevó una mano al vientre, donde todavía sentía un vacío blando, una insatisfacción de esas que no se calman con ternura. Carlos la había hecho acabar, sí, pero había sido un orgasmo de compromiso, de esos que se alcanzan con esfuerzo y paciencia. Nada que ver con los relámpagos que Alexander le arrancaba sin pedir permiso. 


Rodó sobre la cama y agarró el celular. Eran las once y media de la noche. Se preguntó si Alexander habría dado su primer paso. Si habría golpeado la puerta de Candela. Si la pelirroja lo habría escuchado o lo habría echado. Imaginó la escena: la princesa de cuento llorando junto a la ventana, la bestia entrando sin hacer ruido, las palabras justas cayendo como semillas en tierra fértil. Sonrió en la oscuridad. "Ojalá que sí. Se lo merece". No supo bien a quién se refería: si a Candela, que necesitaba un hombre que la mirara; a Alexander, que se había ganado un premio; o a ella misma, que disfrutaba del juego como una titiritera invisible. 


Dejó el celular sobre la mesa de luz y se estiró como una gata, los músculos laxos, la piel pegajosa. La noche entraba por la ventana, y con ella, el rumor lejano de la avenida. Mañana sería viernes. Mañana volvería a bajar al cuarto de monitoreo, a sentarse en la falda de Alexander, a mirar las pantallas y a planificar el siguiente movimiento. Pero esta noche, mientras el sueño le cerraba los párpados, solo le quedaba una pregunta flotando en la penumbra del cuarto: 


"¿Habrá dado Alexander su primer paso para conseguir su segunda perrita?".



Continuara... 

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