El sábado se instaló sobre el edificio con ese silencio espeso de los días sin obligaciones, cuando los vecinos duermen hasta tarde y los pasillos quedan vacíos hasta el mediodía. Alexander madrugó igual, por costumbre, por ese reloj interno que no le permitía quedarse en la cama después de las seis. Cambió un par de focos en el pasillo del tercer piso, ajustó una canilla que goteaba en la cochera y después se fue a la sala de monitoreo, el mate bajo el brazo, la cabeza puesta en la rutina de siempre.
Pero algo faltaba. La silla plegable de Marisol estaba vacía, los apuntes de psicología no estaban desparramados sobre la mesa, el termo no estaba caliente. Alexander se quedó un segundo parado en el marco de la puerta, los ojos recorriendo el cuarto como si esperara que ella apareciera de atrás de algún monitor. Le pareció raro. Los últimos fines de semana, Marisol no salía de ahí. Dormía en el sillón, comía empanadas frías, miraba las cámaras con él hasta quedarse dormida. Pero hoy no estaba.
El celular vibró en el bolsillo del overol.
"Tengo exámenes el lunes. Voy a estudiar casi todo el día. Pero a las seis de la tarde te espero en mi departamento."
Alexander sonrió. Una sonrisa chiquita, de esas que no necesitan espectadores. Levantó la vista hacia el monitor número nueve, el que mostraba el living de Marisol, y ahí estaba ella: sentada a la mesa, el pelo castaño lacio cayéndole sobre los hombros con raya al medio, los ojos grandes y claros fijos en un apunte de Psicopatología. Tomaba café con las dos manos alrededor de la taza, y las pecas sobre la nariz se le arrugaban cada tanto, cuando fruncía el ceño para leer algo difícil. Estaba hermosa. Estaba concentrada. Estaba esperándolo, aunque todavía faltaran horas.
Alexander se cebó un mate y se quedó mirándola un rato. Disfrutó esa imagen: la piba que lo había descubierto, la que le había enseñado a cazar, la única mujer que no podía controlar del todo. Hoy lo había invitado a su departamento. No iban a la sala de monitoreo, no iban a su cuarto de la planta baja. Iban al departamento de ella, al mismo donde todo había empezado, esa noche a oscuras en la que él entró sin que ella le viera la cara.
Las horas pasaron lentas. Alexander aprovechó para mandar mensajes a sus perritas: a Candela, para preguntarle cómo estaba; a Lorena, para elegirle el atuendo del día; a Luz, para recordarle que llevara el collar puesto; a Melisa, para desearle un buen turno en la verdulería; a Iara, para preguntarle cómo iba la amistad con su nueva compañera. Cinco mujeres. Cinco respuestas. Y sin embargo, la única que le ocupaba la cabeza en ese momento era la que no llevaba collar.
A las seis en punto, Alexander se paró frente a la puerta del departamento de Marisol. Metió la llave maestra en la cerradura —esa llave que abría todas las puertas menos una— y entró sin golpear.
—¿Dónde está mi perrita calentona? —dijo, la voz grave resonando en el living vacío.
Desde el cuarto, la voz de Marisol llegó como un ladrido juguetón:
—Guau, guau.
Alexander caminó hacia el dormitorio. La puerta estaba entornada, y cuando la abrió del todo, se quedó apoyado contra el marco, los brazos cruzados, los ojos recorriendo la escena como quien saborea un plato antes de probarlo.
Marisol estaba arrodillada sobre la cama. Llevaba un body negro ajustado, de esos que se cierran con broches en la entrepierna, con detalles de malla y un escote pronunciado que le dejaba los pechos apenas contenidos. Un collar fino con un colgante plateado le caía sobre la clavícula, y el pelo castaño lacio le enmarcaba la cara con esa raya al medio que tanto le gustaba a él. Estaba inclinada hacia adelante, las manos apoyadas en el colchón, la espalda arqueada como una gata que se estira. Las piernas largas se le marcaban bajo el body, las nalgas duras y redondas apuntando hacia arriba. Y la lengua —esa lengua rosada y húmeda— le colgaba fuera de la boca en una expresión juguetona que era, a la vez, una invitación y un desafío.
Alexander se quedó un minuto entero sin hablar. La miró desde la puerta, grabándose cada detalle: la curva de su cintura fina, el brillo de sus ojos claros, la gotita de saliva que le caía de la lengua y le humedecía el mentón. Era la imagen de la sumisión perfecta, pero también del control. Porque Marisol, aun arrodillada, aun con la lengua afuera, seguía siendo la única mujer que no le pertenecía del todo. Y eso —esa libertad, esa independencia— la volvía más deseable que todas las demás juntas.
—Tenés ganas de jugar, perrita —dijo Alexander, la voz más ronca que de costumbre.
—Mucho más que eso —respondió Marisol, sin moverse de su posición—. He decidido que sos mi hombre especial.
Alexander sintió un vuelco en el pecho. Sabía lo que eso significaba. Ella le había dicho, semanas atrás, que su ano era virgen. Que se había hecho la promesa de entregárselo solo al hombre que fuera muy especial. Y ahora ese hombre era él. Pero en vez de agradecer, en vez de enternecerse, Alexander hizo otra pregunta:
—¿Significa que voy a ser el único hombre en tu cama?
Marisol meneó la cabeza. Negó despacio, el flequillo meciéndose sobre sus ojos.
—Significa que vas a ser el único hombre que me conozca de verdad.
Y volvió a sacar la lengua, como una perrita que espera una caricia. Alexander sonrió. Le alcanzaba. No necesitaba exclusividad. No necesitaba promesas. Le alcanzaba con ser el único que conocía a Marisol de verdad, el único que sabía lo que se escondía detrás de esa fachada de psicóloga canchera y desprejuiciada.
Se desnudó por completo. El overol cayó al piso, la camisa también, los calzoncillos. El cuerpo de él —los hombros anchos, el pecho velludo, la panza apenas abultada— contrastaba con la figura esbelta y curva de ella. El dueño y su perrita preferida. Se subió a la cama, le agarró el pelo con una mano —un puñado de castaño lacio que se le enroscó entre los dedos— y con la otra le dio una nalgada que sonó como un latigazo.
—Hoy vas a gritar, perrita —le dijo al oído—. Hoy vas a gritar tanto que todo el edificio va a saber quién es tu dueño.
Ella no respondió. Solo gimió, un gemido corto que le salió del pecho y le vibró en la garganta. Alexander se acomodó detrás de ella, de rodillas, y desprendió los broches del body en la entrepierna. Esa tela negra que le había estado vedada durante semanas cedió por fin, y la piel de Marisol —esa piel blanca y suave— quedó expuesta. Las nalgas se le ofrecían como una fruta madura, y entre ellas, el ano virgen, el que nadie había tocado, el que ella había reservado para alguien especial.
Alexander apoyó la cabeza del miembro contra esa entrada prohibida. Marisol se tensó apenas, los dedos aferrándose al colchón. Y entonces, sin más aviso, él empujó con fuerza.
El grito de Marisol atravesó la puerta del cuarto, rebotó contra las paredes del living y se perdió en el pasillo del edificio. Fue un grito agudo, quebrado, un sonido que era mitad dolor y mitad placer, y que llevaba semanas esperando salir.
—¡Ahhhh! ¡Me rompés! ¡Me rompés, dueño!
—Quedate quieta, perrita —gruñó Alexander, la boca pegada a su oído—. Aguantá. Que recién empieza.
El miembro de él había entrado apenas, la cabeza presionando contra el anillo de carne virgen. Marisol sentía un ardor nuevo, una sensación de llenura invertida que no se parecía a nada que hubiera experimentado. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no eran de tristeza. Eran de entrega. Eran de felicidad.
—Más —dijo, la voz quebrada—. Dame más, dueño.
—Así me gusta. Que pidas.
Alexander empujó otra vez, ahora más lento, dejando que el cuerpo de ella se acostumbrara. El calor lo envolvía, la estrechez lo apretaba, y él sentía que estaba conquistando un territorio que nadie había pisado. Marisol era suya. No del todo —ella nunca sería del todo de nadie—, pero esa parte, ese rincón prohibido, le pertenecía solo a él.
—¿De quién es este culito? —le preguntó, la voz ronca, las manos aferrándole las caderas.
—¡Suyo! —gritó ella—. ¡Suyo, dueño!
—¿Y quién es tu dueño?
—¡Alexander! ¡Alexander es mi dueño!
—Más fuerte. Que te escuchen.
—¡Alexander es mi dueño! ¡Soy su perrita!
Las palabras rebotaron contra las paredes y se fueron por la ventana entreabierta. En el piso de abajo, Candela levantó la cabeza del libro que estaba leyendo y sonrió. En el quinto, Lorena sintió un escalofrío y apretó las piernas bajo la falda que Alexander le había elegido. En el segundo, Melisa se persignó sin pensar, pero no pidió perdón a su Dios. Todas la oyeron. Todas supieron.
Alexander empezó a moverse. Primero despacio, entrando y saliendo apenas, dejando que el ano de Marisol se dilatara y se acostumbrara a la invasión. Después, cuando sintió que la resistencia cedía, aceleró el ritmo. Las caderas le golpeaban contra las nalgas duras de ella, los testículos le chocaban contra el cuerpo, y cada envión le arrancaba a Marisol un gemido nuevo, más agudo, más desgarrado.
—¡Así, dueño! ¡Así!
—Callate, perrita. Callate y gozá.
—¡No puedo! ¡No puedo callarme! ¡Me está cogiendo como a una perra!
—Porque sos una perra. Mi perra.
—¡Sí! ¡Soy su perra! ¡Soy su perra sucia!
Las palabras eran un combustible que les encendía la sangre. Cuanto más la humillaba él, más le gustaba a ella. Cuanto más la trataba como a un animal, más se excitaba. Era un círculo vicioso de degradación y placer que los envolvía y los hacía olvidarse del mundo.
Alexander le soltó el pelo y le agarró las nalgas con las dos manos. Le abrió bien las mejillas y la penetró más hondo, hasta el fondo, hasta que sintió que no podía entrar ni un milímetro más. Marisol soltó un alarido que ya no tenía palabras, solo sonido, solo placer. Él se inclinó sobre su espalda, el pecho velludo pegado a la piel sudada de ella, y le mordió el hombro. Dejó una marca, un moretón que después se pondría violeta, y ella gimió más fuerte.
—Ladrá —le ordenó—. Ladrá como la perra que sos.
—¡Guau! ¡Guau, guau, guau!
Los ladridos se mezclaban con los gemidos, y los gemidos con los chasquidos húmedos de las embestidas. El cuerpo de Marisol se movía al compás de Alexander, las nalgas rebotando contra sus ingles, los pechos —todavía contenidos por el body negro— meciéndose bajo su torso. El sudor le perlaba la frente, le corría por la espalda, le empapaba el pelo castaño que ahora se le pegaba a las mejillas.
—Date vuelta —ordenó Alexander, saliendo de adentro.
Marisol se giró con movimientos torpes, el cuerpo laxo por el placer. Quedó boca arriba, las piernas abiertas, el body negro todavía puesto pero abierto en la entrepierna. Él se acomodó encima, le levantó las piernas hasta los hombros, y la penetró otra vez. Por el culo, pero de frente, mirándola a los ojos.
—Quiero verte la cara cuando te vengas —le dijo, la voz grave—. Quiero ver cómo se te dan vuelta los ojos.
—Sí, dueño. Lo que usted diga.
Ella lo miraba desde abajo, los ojos grandes y claros brillándole con una mezcla de lágrimas y deseo. Las pecas sobre la nariz casi no se veían contra la piel enrojecida. La lengua le asomaba entre los labios hinchados, y Alexander se la mordió apenas, un pellizco que a ella le arrancó un gemido.
Las embestidas se volvieron más rápidas, más salvajes. Alexander le agarró los pechos por encima del body, los apretó, les pellizcó los pezones a través de la tela. Marisol gemía, ladraba, decía "dueño" una y otra vez como un mantra. La cama temblaba, las sábanas se empapaban, el sudor de los dos se mezclaba en un charco tibio.
—¿Quién te hace sentir así? —le preguntó él, las caderas bombeando sin parar.
—¡Usted! ¡Solo usted!
—¿Y qué sos vos?
—¡Su perra! ¡Su perra sucia!
—¿La única?
La pregunta la tomó por sorpresa. Marisol lo miró a los ojos, y en ese instante, en medio del placer y del dolor y de la sumisión, supo lo que él le estaba preguntando realmente. "¿Soy el único que te conoce así?". Y ella, con la voz quebrada por el llanto y el placer, respondió:
—¡La única! ¡Soy su única perra de verdad!
Esa respuesta fue el detonante. Alexander sintió que algo se le encendía en el pecho, y Marisol sintió que el orgasmo le subía desde los dedos de los pies. Fue un orgasmo distinto a todos los anteriores, un orgasmo que le nació en el ano y se le expandió por todo el cuerpo, la espalda arqueada, los ojos dados vuelta, un grito que no era humano. Alexander la vio venirse y eso le alcanzó. Con un último empujón, rugiendo como un animal, se vació dentro de ella.
Se quedaron así un minuto, dos, cinco. Los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones agitadas, el miembro de él todavía adentro. Marisol lloraba bajito, lágrimas sin tristeza que le corrían por las mejillas. Alexander le acarició el pelo, un gesto que en él era casi tierno.
—Sos mi perrita preferida —le dijo al oído—. Siempre lo fuiste.
Ella no respondió. Solo sonrió, una sonrisa cansada y feliz, y se durmió con él adentro.
Hasta el otro día, Alexander no salió del departamento de Marisol. Esa noche reclamó su culo una y otra vez, en la cama, en el sillón del living, en la ducha. La llenó de semen como quien marca territorio, y ella lo recibió cada vez con la misma devoción, con la misma entrega, con los mismos ladridos que ya no necesitaban que él se los ordenara. Al amanecer del domingo, Marisol estaba desnuda sobre las sábanas revueltas, el body negro hecho un bollo en el piso, el cuerpo marcado por los moretones de los dedos de Alexander. Y sonreía. Sonreía como solo sonríe una mujer que ha entregado lo más preciado que tenía, y no se arrepiente.
Continuara...

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