El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 4

 

La luz de la mañana entraba por la ventana del cuarto de monitoreo, pero no alcanzaba a disipar la penumbra perpetua que reinaba entre esas cuatro paredes. Los monitores seguían ahí, doce ojos azulados que no parpadeaban nunca, y Marisol estaba sentada en el piso, las piernas cruzadas, una libreta abierta sobre los muslos. Llevaban varios días trabajando juntos en lo que ella llamaba, con una sonrisa de medio lado, "el proyecto". Alexander había empezado a confiar ciegamente en el instinto de la piba. Tenía ojo clínico, esa mezcla de intuición femenina y formación académica que él no podía igualar. Pero mientras ella anotaba, tachaba, dibujaba flechas y perfiles, él no podía sacarse a Candela de la cabeza. 


—No me escribió —dijo Alexander, la voz más áspera de lo que pretendía. 


Marisol levantó la vista de la libreta. Lo miró con esos ojos grandes y claros que parecían leerle el pensamiento antes de que él mismo se lo formulara. 


—Dale tiempo. Es una chica joven, estuvo enamorada de su marido o de la idea del hombre ideal. Le va a costar escribirte. Pero lo va a hacer. 


—Tampoco la vi llorar en estos días. 


—Eso es bueno, ¿no? —Marisol sonrió, una sonrisa canchera que le torcía los labios carnosos—. Dejó de llorar después de hablar con vos. Algo hiciste bien. 


Alexander no respondió. Se quedó mirando el monitor número siete, donde Candela, en ese preciso momento, estaba regando unas plantas en el balcón de su departamento. No lloraba, cierto. Pero tampoco sonreía. Estaba en ese limbo de las personas tristes, un espacio neutro donde no se sufre, pero tampoco se vive. 


Marisol volvió a su libreta. En esos días no solo había estado observando a Candela. Su ojo de psicóloga en formación se había desviado hacia otros departamentos, otras vidas, otras grietas por donde colarse. Lo que más le fascinaba —y lo que Alexander nunca había explotado del todo— era que las cámaras no solo captaban movimientos. Captaban pantallas. Podían ver qué miraban los inquilinos en sus celulares, en sus tablets, en sus computadoras portátiles. Y ahí, en ese registro íntimo de búsquedas y reproducciones, se revelaban las fantasías más oscuras, las que nadie confesaría jamás en voz alta. 


El departamento que más le había llamado la atención en los últimos días era el quinto C. El de Carlos. El de su amante. Ahí vivían Lorena, la esposa, y Luz, la hija de dieciocho años. Marisol las había observado con una atención casi científica al principio, después con un morbo que no se molestaba en disimular. Lorena era una mujer de cuarenta y cinco años que conservaba una belleza agresiva: pelo rubio teñido, ojos delineados con precisión quirúrgica, un cuerpo trabajado a fuerza de pilates y dieta que se mantenía firme a pesar de la edad. Luz era su calco rejuvenecido: misma estatura, misma contextura, mismo pelo rubio —aunque el de ella era natural—, misma boca carnosa. Madre e hija parecían hermanas separadas por un par de décadas. Pero lo que de verdad le había erizado la piel a Marisol fue descubrir que, a pesar de la distancia de edad, las dos compartían las mismas fantasías. Las dos miraban, en horarios distintos, pero con idéntica devoción, videos de mujeres sumisas. Mujeres atadas a la cama. Mujeres arrodilladas. Mujeres que servían como devotas esclavas a hombres que les hablaban con voz grave y les daban órdenes. 


Esa mañana, antes de irse a la universidad, Marisol le dejó una nota a Alexander al lado de la libreta. La nota decía: "Estudia a estas dos perritas. Las dos sumisas. Madre e hija". Y en la libreta, con su letra redonda y aplicada, había escrito un perfil doble: cómo romper el hielo con cada una, qué decirles, qué teclas tocar. Lorena necesitaba autoridad. Luz necesitaba validación. A las dos les faltaba un hombre que les dijera qué hacer. 


Alexander leyó la libreta tres veces. Después se la guardó en el bolsillo del overol y se quedó pensando. Conocía la rutina de ambas mejor que nadie. Lorena salía a las diez de la mañana para el estudio de pilates. Luz salía a las once para la facultad de Derecho, donde cursaba primer año. Eran las nueve y cuarenta y cinco. Tenía tiempo de sobra. 


A las diez menos cinco, Alexander estaba en la vereda, la manguera en la mano, regando las mismas plantas raquíticas que había regado el día que Marisol lo descubrió todo. El sol de septiembre le pegaba en la nuca y le hacía entrecerrar los ojos. La puerta de vidrio se abrió y Lorena apareció. 


Llevaba un pantalón de gimnasia negro, ajustado, que le marcaba las caderas todavía firmes y las piernas largas. Una camperita deportiva con cierre hasta el pecho dejaba ver una remera blanca debajo. El pelo rubio recogido en una cola alta le tiraba de las facciones, estirándole los ojos y dándole un aire más severo del que probablemente pretendía. Olía a perfume caro, de esos que se sienten antes de ver a la persona. 


—Buen día, Alexander —dijo ella, sin detenerse del todo, el saludo cordial de quien está acostumbrada a ver al encargado todos los días. 


—Buen día, señora Lorena —respondió él, pero esta vez no se quedó callado. La miró de arriba abajo, despacio, sin disimulo, dejando que sus ojos se detuvieran en la curva de sus caderas—. ¿Sabe qué? Usted debería usar falda en vez de pantalones largos. 


Lorena se detuvo. Lo miró con una mezcla de sorpresa y algo que no alcanzaba a ser indignación. La frase no había sonado como un piropo. Había sonado como una orden, dicha con la naturalidad de quien está acostumbrado a que le obedezcan. 


—¿Perdón? —dijo, una ceja levantada. 


—Falda —repitió Alexander, la manguera quieta en la mano, la voz grave y pareja—. Le quedaría mejor. Resaltaría más sus piernas. 


Lorena abrió la boca para responder algo, pero no le salió. Hacía años que nadie le hablaba así. Su marido no le decía qué ponerse. Su marido no le decía nada. Se quedó un segundo en silencio, las mejillas apenas sonrojadas, y después murmuró un — lo voy a pensar — que sonó más sumiso de lo que hubiera querido. Siguió caminando hacia la parada del colectivo, y Alexander se permitió una sonrisa breve. Primer paso. 


A las once menos diez, el turno de Luz. La puerta de vidrio se abrió otra vez y la piba salió con una mochila colgada de un hombro, unos jeans gastados y una remera suelta que no le marcaba nada. Pero Alexander ya sabía lo que había debajo: un cuerpo joven y firme, torneado por la natación que practicaba tres veces por semana. El pelo rubio y lacio le caía recogido en una cola apretada, tirante, que le estiraba las facciones juveniles. Tenía la boca carnosa de la madre, los mismos ojos delineados, la misma nariz recta. Pero en ella todo era más fresco, más nuevo, como un libro que nadie había leído todavía. 


—Buen día, Alexander —dijo, con la voz cantarina de quien tiene dieciocho años y toda la vida por delante. 


—Buen día, Luz —respondió él, y volvió a repetir la táctica: la miró despacio, evaluándola, y después soltó la frase con la misma seguridad con que había soltado la anterior—. ¿Sabés qué? Deberías usar el pelo suelto. 


Luz parpadeó. No estaba acostumbrada a que el encargado le hiciera comentarios sobre su aspecto. Pero algo en la voz de él —esa seguridad sin fisuras, ese tono que no pedía permiso— le provocó un cosquilleo en el estómago. 


—¿Por qué? —preguntó, sin animosidad, solo curiosidad. 


—Porque es lindo. Y porque queda mejor suelto que atado. 


Luz no respondió. Se llevó las manos a la nuca y, sin saber muy bien por qué, se soltó la cola. El pelo rubio le cayó sobre los hombros en una cascada lacia que le cambió la cara, que la hizo verse más mujer y menos adolescente. 


—Que tenga buenas tardes —dijo, y siguió su camino hacia la parada del colectivo con el pelo suelto flotándole detrás como una bandera de rendición. 


Alexander apagó la manguera y entró al edificio. Se fue al cuarto de monitoreo, cebó un mate y se sentó a mirar las pantallas. El primer paso con las dos estaba cumplido. Pero mientras miraba la cámara del tercero B, donde Candela seguía en su limbo de silencio, sintió un pinchazo de duda. Tal vez no funcionaba. Tal vez la pelirroja nunca le escribía. Tal vez había sido un error. 


El celular vibró en el bolsillo del overol. 


Era un mensaje de Candela. "Me encuentro aburrida. Necesito alguien para conversar. ¿Puede?". 


Alexander miró el mensaje y después levantó los ojos hacia el monitor número siete. Ahí estaba Candela, sentada en la cocina de su departamento, el celular en la mano, una taza de café humeante al lado. La vio esperar. La vio morderse el labio inferior. La vio dejar el celular boca abajo sobre la mesa y después darlo vuelta otra vez para ver si él había respondido. 


No respondió el mensaje. Se levantó de la silla, salió al pasillo y tomó el ascensor. Cuando llegó al tercer piso, metió la llave maestra en la cerradura del departamento B y abrió la puerta sin golpear. 


Candela levantó la cabeza de golpe. Llevaba un vestido liviano de entrecasa, de esos que no marcan nada, y el pelo rojo recogido en una cola floja que le dejaba algunos mechones sueltos alrededor de la cara. Los ojos verdes, rodeados de pestañas claras, se le abrieron grandes al verlo entrar. 


—¿Qué hace? —preguntó, pero no había susto en su voz, solo una sorpresa que se mezclaba con algo parecido al alivio. 


—Me escribiste —dijo Alexander, cerrando la puerta detrás de sí—. ¿No querías hablar? 


—Sí, pero… —Candela se pasó una mano por el pelo, un gesto nervioso—. ¿No podrías haber respondido el mensaje como una persona normal? 


—Prefiero hablar cara a cara. —Alexander se acercó a la mesa de la cocina, donde la taza de café seguía humeando—. ¿Me invitas uno? 


Ella asintió, todavía descolocada, y se levantó a servirle. Mientras manipulaba la cafetera, Alexander la observaba en silencio. Le gustaba esa timidez, esa fragilidad de cierva asustada. Pero también sabía, por la libreta de Marisol, que bajo esa fragilidad había una mujer que necesitaba que alguien le dijera qué hacer. 


—¿Cómo te sentiste estos días? —preguntó él, aceptando la taza que ella le ofrecía. 


—Bien —dijo Candela, volviéndose a sentar—. Mejor, creo. No lloré más. 


—Eso es bueno. 


—Sí. —Ella hizo una pausa, los dedos jugando con el borde de su propia taza—. Pero sigo aburrida. Gustavo sigue sin estar. Y yo sigo sin saber qué hacer con mis días. 


—¿Qué te gustaría hacer? 


—No sé. Antes estudiaba. Antes tenía amigas. Antes salía. 


—¿Y ahora? 


—Ahora nada. —La voz le salió más baja, casi un susurro—. Ahora solo espero. 


Alexander alargó la mano sobre la mesa y le rozó los dedos. Fue un roce apenas, un contacto mínimo que duró un segundo y después se retiró. Pero Candela sintió el calor de esa mano áspera como una pequeña descarga eléctrica. 


—No tenés que esperar sola —dijo él, la voz grave—. Para eso estoy yo. 


Siguieron hablando un rato más. De pavadas, de la vida en el edificio, de las plantas del balcón que Candela regaba todos los días. Alexander no se apuraba. Escuchaba. Asentía. De vez en cuando volvía a rozarle los dedos, o le tocaba el antebrazo para enfatizar algo que decía, y ella se dejaba tocar, el cuerpo cada vez menos tenso, los hombros cada vez más bajos. Marisol se lo había escrito en la libreta: "No te apures. Escuchala. Hacela sentir especial". Y él obedecía. Porque Marisol sabía. 


Cuando la taza de café quedó vacía, Alexander se levantó. Candela lo imitó, y por un momento se quedaron parados uno frente al otro en la cocina, demasiado cerca, las respiraciones entrecruzándose. 


—Bueno —dijo él—. Hasta la próxima. 


Y entonces, sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Pero no fue un beso en el centro de la mejilla, como el que se le da a una tía. Fue un beso en el borde, ahí donde la mejilla se encuentra con la comisura de los labios, una frontera ambigua que podía ser tierna o podía ser otra cosa. Candela se quedó quieta, la respiración contenida, los ojos verdes muy abiertos. 


—Hasta la próxima —murmuró ella, y su voz sonó más ronca que antes. 


Alexander salió del departamento y cerró la puerta despacio. En el pasillo se tomó un segundo para respirar hondo. El pecho le latía con una mezcla de excitación y control, esa sensación de poder que solo daba la cacería paciente. 


Cuando volvió al cuarto de monitoreo, Marisol estaba sentada en su silla, los pies descalzos apoyados sobre la mesa de los controles. Lo esperaba con una sonrisa amplia, los ojos brillándole con esa chispa de complicidad que ya era una marca registrada entre ellos. 


—Candela se veía feliz —dijo, señalando el monitor número siete, donde la pelirroja seguía en la cocina, pero esta vez con una sonrisa chiquita flotándole en los labios. 


Alexander no dijo nada. Cerró la puerta con llave y caminó hacia ella. Durante todo el día había estado hablando con mujeres. Con Lorena, con Luz, con Candela. Palabras, palabras, palabras. Medidas. Calculadas. Controladas. Ahora necesitaba otra cosa. Necesitaba liberar tensión. Necesitaba recordar por qué había empezado todo esto. 


Se acercó a Marisol, le agarró el cuello con una mano —no fuerte, pero sí firme, la palma abierta rodeándole la garganta tibia— y la levantó de la silla. La llevó hacia la pared, los pies de ella tropezando contra el piso, la espalda chocando contra el yeso frío. 


—Ahora no hablés —le gruñó al oído, la boca pegada a su sien—. Ahora pórtate bien como una perrita. 


Marisol sintió el aliento caliente contra la oreja y una ola de calor le bajó por la columna vertebral. Esa voz. Esa mano en el cuello. Esa orden. No necesitaba más. Todo el día esperando esto, todo el día pensando en esto, y ahora él estaba ahí, dominándola, tratándola como a un animal, y ella se derretía como manteca en sartén caliente. 


—Sí —murmuró, la voz quebrada por la excitación—. Sí, lo que vos digas. 

 

Alexander le arrancó la ropa. No se la sacó: se la arrancó. La remera cedió con un sonido de tela rasgándose, las costuras saltando bajo la fuerza de sus manos. Los botones del jean volaron por el aire y rebotaron contra el piso con un tintineo metálico. Las bragas —un hilo de encaje negro que ella había elegido esa mañana pensando en este momento— desaparecieron de un tirón, la tela cediendo como papel mojado. En segundos, Marisol estaba desnuda contra la pared, el cuerpo expuesto a la luz azulada de los monitores, los pechos erguidos con los pezones duros rozando el pecho de él, las caderas marcando una curva pálida que temblaba de anticipación. 


Él la miró un segundo. Solo uno. Lo suficiente para verle las pecas sobre la nariz, los ojos húmedos, los labios entreabiertos. Después le abrió las piernas con una rodilla, se bajó el cierre del overol con un gesto rápido y la penetró de un solo golpe. 


—¡Ahhh! —el grito de Marisol rebotó contra las paredes del cuarto de monitoreo, un sonido que era mitad dolor y mitad placer, la voz quebrada en un sollozo agudo que se le escapó del pecho sin permiso. La sintió entera, cada centímetro de carne dura invadiéndola, llenándola hasta un límite que bordeaba el dolor pero que ella recibía con el cuerpo abierto y la mente en blanco. 


—Así me gusta —gruñó Alexander contra su oído, la voz ronca, la respiración pesada—. Que grites, perrita. Que todo el edificio sepa quién te está cogiendo. 


—¡Sí! —gimió ella, las manos aferrándose a los hombros de él, las uñas clavándose en la tela del overol—. ¡Sí, seguí, no pares! 


—¿Te gusta que te trate así? 


—¡Me encanta! ¡Me encanta que me trates como a una perra! 


Las palabras sucias eran un combustible que les encendía la sangre a los dos. Cuanto más le hablaba él, más se excitaba ella. Cuanto más gemía ella, más se enardecía él. Alexander la embistió de nuevo, más fuerte, las caderas golpeando contra las suyas con un sonido húmedo que se repetía una y otra vez como un metrónomo obsceno. Los testículos le chocaban contra las nalgas, la carne contra la carne, y cada impacto le arrancaba a Marisol un gemido nuevo, más agudo, más desgarrado. 


La boca de él buscó la de ella. Se besaron con furia, con hambre, los dientes chocando, las lenguas enredándose en una danza torpe y salvaje. Le mordió el labio inferior, se lo chupó, se lo soltó con un chasquido húmedo. Después bajó la boca por su cuello, chupándole la piel hasta dejarle un moretón violáceo sobre la clavícula, y siguió bajando hasta encontrar un pezón. Lo tomó entre los dientes, lo mordisqueó apenas, lo suficiente para que ella soltara un quejido agudo, y después lo chupó con avidez mientras sus caderas no dejaban de moverse. 


—Dale, dale, dale —repetía Marisol como un mantra, la espalda raspando contra la pared, las piernas enroscadas alrededor de la cintura de él, los dedos de los pies crispados en el aire. 


Alexander la levantó un poco más, agarrándola de las nalgas con las dos manos, los dedos clavándose en la carne firme. La sostuvo contra la pared, el cuerpo de ella ingrávido, y la embistió con más fuerza, con más profundidad, buscando ese punto que la hacía gritar más fuerte. El sudor le perlaba la frente y le corría por las sienes. El overol se le pegaba a la espalda. La camiseta de abajo estaba empapada. Pero no le importaba. Solo le importaba ese cuerpo que se retorcía contra él, esa boca que gemía su nombre, esa perrita que era suya. 


Marisol sentía cada embestida como un relámpago que le subía por el vientre y le explotaba en el pecho. La mente se le nublaba. No pensaba. No razonaba. Solo sentía. Sentía la carne de él dentro suyo, el ritmo furioso, el aliento caliente contra el cuello, las manos ásperas aferrándole las nalgas. "Es mío", pensó, en un destello de lucidez, "este hombre es mío y yo soy de él y esto es perfecto". 


Alexander la bajó al piso sin salir de adentro. Le dio la vuelta, la puso de espaldas contra su pecho, y siguió embistiéndola desde atrás, una mano en su cadera y la otra en su garganta. Así, de pie, con la espalda de ella pegada al pecho de él, el ángulo era distinto, más profundo, y Marisol sintió que se le doblaban las rodillas. 


—No te me caigas —le gruñó él al oído—. Aguantá, perrita. 


—No… no puedo… —balbuceó ella, las piernas temblándole. 


—Sí podés. Aguantá. 


Y ella aguantó. Porque él se lo ordenaba. Porque en esa orden había una confianza absoluta en que ella podía, y esa confianza la sostenía más que los brazos de él. La embestida siguiente le tocó un lugar que le hizo ver estrellas, un punto exacto que le arrancó un alarido ronco y le hizo arquear la espalda como un arco tenso. 


El orgasmo le llegó así, de golpe, sin aviso previo. Le explotó en el centro del vientre y se le expandió por todo el cuerpo, una ola de calor que le hizo temblar los muslos y crispar los dedos de los pies. Gritó. Gritó tan fuerte que estaba segura de que medio edificio la había escuchado. Pero no le importó. Que escucharan. Que supieran. Que se enteraran todos de quién le hacía sentir eso. 


Alexander sintió las contracciones alrededor de su miembro y apretó los dientes. No quería acabar todavía. Quería más. Siempre quería más. La sacó de encima, la empujó hacia la mesa de los controles y la hizo inclinarse sobre ella, las manos apoyadas en la formica, las nalgas ofrecidas hacia atrás. Le dio una nalgada, dos, tres, la palma abierta que le dejaba la piel enrojecida y a ella le arrancaba gemidos entrecortados. Después la penetró otra vez, ahora sin pausa, sin piedad, un ritmo bestial que hacía temblar la mesa y los monitores. 


—Mirá —le dijo, agarrándole el pelo y levantándole la cabeza hacia las pantallas—. Mirá cómo te estoy cogiendo. Mirá lo que sos. 


Marisol levantó los ojos hacia los monitores. En la pantalla número doce, la cámara del pasillo mostraba la puerta del cuarto de monitoreo, cerrada, muda. Pero ella se imaginó lo que se vería desde afuera. Se imaginó la escena: ella inclinada sobre la mesa, él detrás, los dos desnudos y sudados, los cuerpos moviéndose al unísono como un solo animal de dos cabezas. La imagen mental la excitó más. Mucho más. 


—Soy tu perra —dijo, la voz quebrada—. Soy tu perra y me encanta. 


—Buena perrita —gruñó él, y le dio otra nalgada, más fuerte, la más fuerte de todas, una palmada que le dejó la marca de los cinco dedos en la piel blanca. 


Marisol sintió que se venía otra vez. No era posible, no tan pronto, pero ahí estaba, otro orgasmo que le subía por las piernas y le nublaba la vista. Esta vez no gritó. Se le escapó un gemido largo y lastimero, casi un llanto, y se dejó ir, el cuerpo rendido contra la mesa, las piernas temblándole sin control. 


Alexander la oyó venirse y eso fue todo lo que necesitaba. Con un último empujón, profundo, hasta el fondo, se vació dentro de ella con un gruñido ronco que le salió del pecho como un rugido animal. Se quedaron así un minuto, dos, los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones agitadas entrecruzándose en el aire denso del cuarto. 


Después, lentamente, Alexander se retiró y se dejó caer en la silla de cuero sintético rajado. Marisol se quedó tirada sobre la mesa, el cuerpo laxo, los ojos entrecerrados, una gota de sudor resbalándole por la sien. Ninguno de los dos habló. No hacía falta. 

 

Veinte minutos más tarde, Alexander pidió comida por teléfono. Empanadas de carne, dos docenas, porque los dos tenían un hambre feroz, de ese que solo da el sexo intenso. Marisol seguía desnuda, tirada en el sillón improvisado que Alexander había armado con unas cajas y una manta vieja. Estaba usada, satisfecha, los moretones de los dedos de él marcándole las caderas y las nalgas. Pero no se cubría. No sentía pudor. Sentía una libertad nueva, una liviandad de animal sin ropa que no necesita esconderse. 


—Pasame el control —dijo, estirando la mano hacia la mesa. 


—¿Para qué? 


—Quiero mirar las cámaras. 


Alexander le alcanzó el control remoto que manejaba los monitores. Marisol lo tomó con la mano izquierda —la derecha la tenía ocupada sosteniendo una empanada— y empezó a cambiar de cámara. Pasillo del tercero. Pasillo del quinto. Hall de entrada. Cochera. Se detuvo en el departamento de Lorena. La mujer estaba en su living, sola, mirando el celular. Después pasó al de Luz. La piba estaba en su cuarto, el pelo suelto —todavía suelto—, estudiando con apuntes desparramados sobre la cama. 


—¿Viste? —dijo Marisol, la boca llena de empanada—. Se soltó el pelo. Funcionó. 


—Con Lorena también —respondió Alexander, que estaba sentado en el piso, la espalda contra la pared—. Le dije lo de la falda y se quedó callada. No se enojó. 


—Obvio que no se enojó. Lleva años esperando que un hombre le diga qué hacer. —Marisol masticó otro bocado y siguió cambiando cámaras—. Mañana te digo cómo seguir con ellas. Y con Candela. Y con las otras. 


—¿Qué otras? 


Marisol sonrió. Una sonrisa enigmática que le torcía los labios y le arrugaba las pecas sobre la nariz. Sus ojos recorrían las pantallas con la codicia fría de un estratega. 


—Las que todavía no viste —dijo—. Las que vamos a encontrar juntos. 

 


Continuara... 

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