El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 5

 


La rutina se había instalado entre ellos como un reloj invisible. A la mañana, Alexander recorría los pasillos con su caja de herramientas, ajustando lo que se aflojaba, destapando lo que se obstruía, mientras Marisol se quedaba en el cuarto de monitoreo, las piernas cruzadas sobre la silla de cuero sintético, la libreta abierta sobre los muslos desnudos. Ella veía cosas que él no veía. Detalles mínimos, gestos que duraban un segundo, miradas que se esquivaban en los pasillos. Alexander arreglaba cañerías; Marisol cartografiaba deseos. Después, ella se iba a la universidad, él se quedaba mirando los monitores, y a la noche, cuando ella volvía, hacían el amor desenfrenadamente sobre la mesa de los controles o contra la pared o en el piso frío, y después miraban juntos las pantallas, los cuerpos todavía húmedos, las respiraciones entrecortadas, los ojos brillantes de cansancio y de un hambre que no se apagaba nunca. 


El fin de semana casi no salieron del cuarto de monitoreo. Pidieron pizza el sábado, empanadas el domingo, y casi ninguno de los dos usó ropa en todo ese tiempo. Marisol caminaba desnuda entre los cables y los monitores con la naturalidad de una gata en su territorio, y Alexander la miraba desde su silla, el mate en una mano, la otra mano colgando ociosa sobre el apoyabrazos, los ojos siguiéndole el contorno de las caderas como quien sigue la línea del horizonte. 


Pero el lunes llegó, y con el lunes volvió la ropa, la universidad, las obligaciones. Al lunes no le gusta a nadie, pero a ellos sí. Porque los lunes la gente retoma sus rutinas, y las rutinas son predecibles, y lo predecible es vulnerable. Marisol lo sabía. Alexander también. 


Lorena salió temprano a hacer las compras. La cámara del hall la captó apenas el ascensor se abrió: llevaba una falda negra que le llegaba justo por encima de la rodilla, las piernas enfundadas en medias veladas, los zapatos bajos de quien va al supermercado y no a una cita. Alexander la esperaba en la entrada, la manguera en la mano —siempre la manguera, siempre la misma excusa—, y cuando ella pasó a su lado, él le dedicó una mirada larga, de esas que empiezan en los tobillos y suben despacio, demorándose en cada curva. 


—Buen día, Alexander —dijo Lorena, y su voz sonó un poco menos firme que la última vez, como si supiera que algo había cambiado entre ellos pero no terminara de entender qué. 


—Buen día, señora Lorena —respondió él, y dejó que el silencio se estirara un segundo antes de agregar—. Veo que me hizo caso con lo de la falda. 


Ella se sonrojó. Un rubor tenue que le subió por el cuello y le tiñó las mejillas. Hacía años que no se sonrojaba. Su marido no le decía esas cosas. Su marido no le decía nada. 


—Tenía ganas de cambiar un poco —murmuró, excusándose sin necesidad. 


—Le queda bien. Muy bien. —Alexander la miró a los ojos, esos ojos delineados con precisión quirúrgica—. Pero le falta algo. 


—¿Qué? 


—Tacones. Unos buenos tacones. Esas piernas merecen tacones, no zapatos de ir al súper. 


Lorena sintió un vuelco en el estómago. No era un piropo cualquiera. Era una orden disfrazada de consejo, una directiva que le bajaba por la columna y le hacía cosquillas en un lugar que creía dormido. Una parte de ella quería indignarse —"¿Quién se cree este tipo para decirme cómo vestirme?"—, pero otra parte, más profunda y más honesta, se sentía extrañamente halagada. Su marido no le decía qué ponerse. Su marido no la miraba. Este hombre, con su overol gastado y sus manos de trabajador, la miraba como si ella fuera la única mujer en el mundo. 


—Voy a tenerlo en cuenta —dijo Lorena, la voz más baja, y se quedó parada, sin irse, esperando algo que ni ella misma sabía qué era. 


—¿Me presta su celular un segundo? —preguntó Alexander, la excusa ensayada—. El mío se quedó sin batería y necesito llamar al proveedor del gas. 


Ella se lo dio sin preguntar. Él marcó su propio número, lo hizo sonar, se lo devolvió con una sonrisa. 


—Listo. Ya tengo su contacto. Por si necesita algo. 


Lorena guardó el celular en la cartera y se fue caminando hacia la parada del colectivo, las piernas enfundadas en la falda nueva, la cabeza llena de pensamientos que no se hubiera confesado ni a sí misma. 


Alexander volvió al cuarto de monitoreo. Se sentó frente a los monitores y buscó la cámara del tercero B. Candela estaba pasando un trapo por el piso de la cocina, de rodillas, el pelo rojo recogido en una cola floja. Estaba sola, como siempre. Limpiaba, como siempre. Esperaba, como siempre. 


Él le mandó un mensaje. Corto. Sin signos de pregunta. "Esta tarde vamos a ver una película juntos". 


Del otro lado de la pantalla, Candela sintió vibrar el celular en el bolsillo del delantal. Lo sacó, leyó el mensaje, y se quedó mirando la pantalla con los ojos verdes muy abiertos. No era una invitación. Era una orden. Una afirmación que no dejaba espacio para el "no". "Esto está mal", pensó. "Soy casada. Gustavo es mi marido. No puedo ir al cine con otro hombre". Pero enseguida vino el otro pensamiento, el que le susurraba desde el fondo del aburrimiento: "Gustavo no está nunca. Gustavo no me mira. Gustavo no me habla. Este hombre, al menos, me escucha". Los dedos le temblaron sobre la pantalla táctil. Escribió y borró tres veces. Al final, con el corazón latiéndole en la garganta, respondió: "Bueno, hace mucho que no voy al cine". 


Alexander se río. Una risa corta, seca, de esas que no hacen ruido. "Está muy cerca", pensó. "La pelirroja está muy cerca". Pero no podía detenerse a saborearlo. Miró la hora en la esquina del monitor y se levantó de la silla. Luz estaba por salir para natación. 


La esperó en la vereda, otra vez con la manguera, otra vez regando las plantas que ya estaban ahogadas de tanta agua. Luz salió con una mochila deportiva colgada de un hombro, el pelo rubio suelto —todavía suelto, desde aquella vez—, una calza negra que le marcaba las piernas jóvenes y una remera suelta que no dejaba ver nada. Pero Alexander ya sabía lo que había debajo. 


—Buen día, Alexander —dijo ella, la voz cantarina, los ojos brillantes. 


—Buen día, Luz. —Él la miró con la misma lentitud con que había mirado a la madre, los ojos recorriéndole el cuerpo sin apuro—. Veo que me hiciste caso con lo del pelo. 


—Sí —dijo ella, y se pasó una mano por la melena suelta, un gesto coqueto que le salió sin pensarlo—. Tenías razón. Me queda mejor. 


—Claro que tengo razón. —Alexander dejó la manguera en el piso y se cruzó de brazos—. Pero te falta algo. 


—¿Qué? 


—Escote. Tenés un cuerpo lindo, no lo escondas. Una remera con escote te quedaría mejor que esa bolsa que llevás puesta. 


Luz sintió un calorcito en las mejillas. No estaba acostumbrada a que le hablaran así. Los pibes de la facultad le decían "linda" o "bonita", piropos genéricos que no le llegaban a ningún lado. Este hombre le decía qué ponerse, cómo peinarse, cómo mostrarse. Y a ella, sin saber por qué, le gustaba. Le daba un vértigo chiquito, una sensación de estar haciendo algo prohibido, algo que su madre no aprobaría. 


—Lo voy a pensar —dijo, la voz un poco temblorosa. 


—Pensalo. Y pásame tu celular un segundo, que el mío se quedó sin batería. 


Ella se lo dio sin dudar. Él repitió la operación, marcó su número, lo guardó, se lo devolvió. 


—Por si necesitas algo. Cualquier cosa. 


—Gracias —dijo Luz, y se fue caminando hacia la parada del colectivo, el pelo suelto flotándole detrás, las mejillas todavía encendidas. 


Al mediodía, Marisol llegó al cuarto de monitoreo. Venía de su departamento de estudiar toda la mañana, cargada de apuntes y de un cansancio que se le notaba en las ojeras, pero en cuanto vio a Alexander se le iluminó la cara. Se acercó a él y le dio un beso salvaje, de esos que no preguntan, de esos que empiezan con lengua y terminan con un mordisco en el labio inferior. 


—Te extrañé —dijo ella, la voz pastosa contra la boca de él. 


—Nos vimos anoche —respondió Alexander, pero le devolvió el beso con la misma intensidad. 


—Eso no importa. 


Marisol se apartó un segundo y sacó una libreta nueva de la mochila. La dejó sobre la mesa, al lado del mate, y la abrió en una página llena de anotaciones con su letra redonda. 


—Tengo dos nuevas estudiadas. Iara y Melisa. Son hermosas e ideales para un dominante. 


Alexander miró la libreta y después a ella. 


—¿Dos más? Todavía no concreté con ninguna. 


—Paciencia —Marisol se rió, una risa corta y canchera—. Sin darte cuenta vas a poner una perrera. 


Le dio un beso rápido, un pico apenas, y salió disparada hacia la facultad. Alexander se quedó solo con la libreta. La abrió con curiosidad, casi con reverencia, y empezó a leer. 


Iara, 25 años. La roquera del cuarto A. Bajista de una banda under que tocaba en bares de Colegiales. Estaba de novia con uno de los chicos del edificio, pero cada uno vivía en su departamento; se habían conocido en el ascensor, una historia de esas que parecen sacadas de una comedia romántica barata. Pero Marisol había visto algo más: Iara buscaba un hombre que la hiciera sentar cabeza. No quería un noviecito rockero. Quería un padre para sus futuros hijos. Alguien fuerte, seguro, que le prometiera estabilidad sin exigirle matrimonio. Según las notas de Marisol, Alexander debía hacerse ver como el hombre ideal para esa fantasía: maduro, protector, fértil. El padre perfecto, aunque dejando en claro que no buscaba casarse. 


Melisa, 22 años. La pelinegra del segundo piso. Alexander la conocía bien: caderas anchas, cintura fina, piel blanca como la leche, un cuerpo de esos que hacen doler la vista. Trabajaba a dos cuadras, en una verdulería, y por su increíble belleza los hombres le decían cosas todo el tiempo. Piropos, invitaciones, promesas. Estaba harta de que le alabaran el cuerpo. Según las notas de Marisol, Alexander no debía mencionar su belleza ni una sola vez. Debía hablarle de otras cosas: de sus gustos, de sus intereses, de su vida. La única desventaja era que Melisa era religiosa, y eso podía complicar las cosas. Pero Marisol había anotado al margen, con letra más chiquita: "Las religiosas son las más reprimidas. Y las más reprimidas son las que mejor se entregan". 


Alexander cerró la libreta y la guardó en el bolsillo del overol. Después agarró el celular y le escribió a Candela: "Te espero abajo a las siete. No llegues tarde". 


A las siete menos cinco, Candela bajó en el ascensor. Se había puesto un vestido que no usaba hacía meses, uno de color azul oscuro que se ajustaba a la cintura y le caía suelto sobre las caderas. El pelo rojo le caía en ondas sobre los hombros, y se había pintado los labios de un rosa pálido, casi transparente. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Alexander estaba parado en el hall, las manos en los bolsillos, la mirada fija en ella. 


—Estás hermosa —dijo, y no era un piropo, era una constatación, algo que se decía como quien dice "hace frío" o "está lloviendo". 


—Gracias —murmuró Candela, los ojos bajos, las mejillas encendidas—. Hace mucho que no iba al cine. 


—Vamos, entonces. 


Alexander le agarró la mano. Ella se dejó llevar, los dedos fríos entre los dedos ásperos de él. Pero en vez de caminar hacia la salida, él la llevó hacia el pasillo de la planta baja, hacia su propio departamento. Candela se detuvo en seco. 


—¿No íbamos al cine? 


—Vamos a ver una película —dijo él, abriendo la puerta—. Nunca dije que fuera en el cine. 


Ella entró, los ojos muy abiertos, el corazón latiéndole en la garganta. "Me trajo a su casa. No me llevó al cine porque soy casada. No quiere que la gente piense mal. No quiere que piensen que no somos solo amigos". La explicación le sonó razonable, incluso tierna. No se le ocurrió pensar que Alexander simplemente quería más intimidad. Que el cine era demasiado público, demasiado lento, demasiado casto para lo que él tenía planeado. 


El departamento de Alexander era chico pero ordenado. Las luces estaban apagadas y en su lugar había velas encendidas sobre la mesa ratonera, un par de copas, una botella de vino tinto y una pantalla plana de las grandes, de esas que ocupan media pared. El ambiente olía a vino y a algo más, un perfume tenue que Candela no supo identificar. 


—Sentate —le dijo Alexander, señalando el sillón—. Ahí, en el medio. 


Ella obedeció. Se sentó donde él le dijo, con la espalda recta y las manos sobre las rodillas, como una alumna aplicada. Él le sirvió vino. No le preguntó cuánto quería; le sirvió la cantidad que él consideró adecuada, y ella aceptó la copa sin protestar. Después puso la película. Una de acción, de esas que no requieren pensar demasiado, explosiones y tiros y héroes de mandíbula cuadrada. A Candela no le gustaban esas películas, pero no dijo nada. Alexander había elegido, y ella estaba demasiado nerviosa para cuestionar. 


Bebieron. La primera copa la vaciaron rápido, casi sin darse cuenta. La segunda también. Cuando la película iba por la mitad, dos botellas de vino estaban vacías sobre la mesa y una tercera esperaba su turno. Candela sentía la cabeza flotándole, las mejillas calientes, los labios entumecidos. Hacía meses que no tomaba alcohol. Hacía meses que no hacía nada que no fuera limpiar, cocinar, esperar. 


De golpe, Alexander apagó la tele. La pantalla se volvió negra y el living quedó iluminado solo por el temblor anaranjado de las velas. 


—Es aburrida esta película —dijo, y no era una opinión, era un decreto—. Mejor escuchemos música. 


Sin esperar respuesta, puso un tema lento en el equipo de música. Un bolero viejo, de esos que hablan de amores imposibles y noches eternas. Después se acercó a Candela y le tendió la mano. 


—Bailá conmigo. 


Ella lo miró, los ojos verdes brillándole a la luz de las velas. Hacía años que no bailaba. En toda su vida nunca había bailado cuerpo a cuerpo. Se había imaginado que la primera vez sería con Gustavo, en la fiesta de casamiento, pero Gustavo no bailaba. Gustavo no hacía nada de eso. El encargado del edificio, en cambio, la estaba invitando a bailar en su living a media luz, y ella, sin saber muy bien por qué, aceptó. 


Se levantó del sillón, un poco tambaleante por el vino, y se dejó envolver por los brazos de él. Una mano en la cintura. La otra en la espalda baja. Los cuerpos pegados, apenas separados por la tela fina del vestido. Se movían despacio, al compás de la música, y Candela sentía el calor de él irradiándose como una estufa. "Esto está mal", pensó. "Soy casada. Gustavo es mi marido. No debería estar bailando así con otro hombre". Pero el pensamiento se le deshacía en la bruma del alcohol, y en el fondo, en un rincón muy chiquito de su conciencia, otra voz le susurraba: "Gustavo no está. Gustavo nunca está. Este hombre me mira. Este hombre me toca. Este hombre me hace sentir viva". 


Alexander bajó las manos. Despacio, muy despacio, las deslizó por la cintura de ella hasta llegar a la curva de las nalgas. Las apoyó ahí, apenas, sin apretar, pero con la intención clara de quien está tomando posesión de un territorio. Candela sintió el contacto y un escalofrío le recorrió la espalda. No dijo nada. No lo apartó. No se movió. "Es el alcohol", pensó, mintiéndose. "Mañana me voy a arrepentir". Pero no se arrepentía ahora. Ahora se quedaba quieta, los ojos cerrados, la respiración entrecortada, dejándose tocar. 


Él interpretó el silencio como lo que era: un permiso. Sin dejar de bailar, le levantó la barbilla con dos dedos y la besó. No fue un beso tierno. No fue un beso de esos que piden disculpas antes de darse. Fue un beso firme, posesivo, la boca de él cerrándose sobre la de ella como una orden. Candela se quedó en blanco unos segundos, los labios inmóviles, la mente paralizada por la sorpresa. Pero después, sin que mediara decisión consciente, sus labios se entreabrieron y le devolvieron el beso. 


No pensó más. Se dejó llevar. 


Alexander la tomó de la cintura y la recostó sobre el sillón, sin dejar de besarla, sin darle tiempo a dudar. Las velas temblaban sobre la mesa, y en la penumbra anaranjada los dos cuerpos se encontraron como dos ríos que desembocan en el mismo mar. 

 

Alexander le sacó las bragas sin quitarle el vestido. Metió la mano bajo la tela azul, encontró el elástico del encaje y tiró hacia abajo, despacio, pero sin vacilar. Candela sintió la tela deslizarse por sus muslos, pasar por sus rodillas, caer al piso como un pétalo marchito. Abrió la boca para decir algo —no sabía qué, una protesta, una súplica, un "no" que no terminaba de formarse—, pero él le bajó la parte de arriba del vestido antes de que pudiera hablar. El corpiño cedió enseguida, los breteles resbalando por los hombros pálidos, y los pechos de Candela quedaron expuestos a la luz trémula de las velas. 


Eran enormes. Redondos, firmes, desproporcionados para su cuerpo esbelto, coronados por dos pezones rosados que se endurecieron apenas el aire les rozó la piel. Alexander no dudó. Bajó la boca y se los comió. Los besó, los chupó, los mordisqueó con una voracidad que a ella le arrancó un gemido ronco, un sonido que no sabía que podía producir. La lengua de él dibujaba círculos alrededor de los pezones, los dientes los rozaban apenas, y Candela sentía que cada chupón le bajaba directo al vientre, le encendía un fuego que no sabía que tenía. 


Cuando él la penetró, no fue tierno. No fue lento. Fue un solo envión, profundo, que la llenó de golpe y le arrancó un grito ahogado. Su marido no la trataba así. Su marido, cuando la tocaba —cada vez menos, cada vez más rápido, cada vez más ausente—, era aburrido, predecible, mecánico. Esto era otra cosa. Esto era un incendio. Alexander se movía dentro de ella con un ritmo implacable, las caderas golpeando contra las suyas, los testículos chocándole contra las nalgas con un sonido húmedo que llenaba el living. 


—¿Te gusta, perrita? —le gruñó él al oído, la voz ronca, el aliento caliente contra su cuello. 


Candela sintió un vuelco en el estómago. Esa palabra. "Perrita". Su marido nunca le había dicho algo así. Su marido nunca le había dicho nada. Abrió la boca para responder, pero solo le salió un jadeo entrecortado, la respiración agitada, las palabras atascadas en la garganta. Quería decirle que sí, que le gustaba, que le encantaba, pero no se animaba. Era demasiado. Era todo demasiado nuevo, demasiado intenso, demasiado sucio. 


—Dale —insistió él, embistiéndola más fuerte—. Decilo. Decí que sos mi perrita. 


—Yo… yo… —balbuceó ella, los ojos dados vuelta, las mejillas encendidas, los labios hinchados por los besos. 


—Decilo. 


—Soy… —la voz se le quebró en un gemido—. Soy tu perrita. 


Lo dijo en un susurro, casi sin voz, como si las palabras le quemaran la boca. Pero lo dijo. Y al decirlo, algo se le liberó adentro, una traba que ni siquiera sabía que tenía. Alexander sonrió en la penumbra y siguió embistiéndola, ahora más fuerte, más rápido, premiándola por su confesión. 


Los pechos de Candela rebotaban con cada embestida, un vaivén hipnótico que Alexander miraba con los ojos entrecerrados. Se inclinó y volvió a tomarlos con la boca, alternando entre uno y otro, mientras sus caderas no dejaban de moverse. Ella gemía sin control, los dedos aferrados a la espalda de él, las uñas clavándose en la tela del overol. El sudor le perlaba la frente, le corría por el cuello, le humedecía el pelo rojo que se desparramaba sobre el almohadón del sillón. 


—Date vuelta —ordenó Alexander de repente, saliendo de adentro de ella. 


Candela obedeció sin pensar. Se puso en cuatro patas sobre el sillón, las nalgas ofrecidas hacia atrás, el vestido arrugado en la cintura. Él la penetró otra vez, ahora desde atrás, y el ángulo nuevo le arrancó un alarido. Así era más profundo, más animal, más obsceno. Las manos de él le agarraron las caderas, los dedos clavándose en la carne pálida, y empezó a moverse con un ritmo bestial que hacía temblar el sillón y las copas sobre la mesa. 


—Así me gusta —gruñó él—. Así, bien perrita. 


—Sí —gimió ella, ya sin vergüenza, ya sin pudor—. Sí, así. 


Los cuerpos se movían al unísono, dos animales apareándose a la luz de las velas. El sonido de las embestidas llenaba el living: el chasquido húmedo de la carne contra la carne, los gemidos de ella, los gruñidos de él, el jadeo de los dos. Alexander le agarró el pelo rojo con una mano y tiró hacia atrás, haciéndole arquear la espalda, y ella soltó un quejido que era mitad dolor y mitad placer. Con la otra mano le dio una nalgada, después otra, la palma abierta que le dejaba la piel enrojecida y a ella le arrancaba gemidos cada vez más fuertes. 


—¿Quién te coge como te gusta? —le preguntó él, la voz ronca. 


—Vos —jadeó ella. 


—¿Y quién soy yo? 


—Alexander. Sos Alexander. Sos mi dueño. 


La palabra le salió sin pensarla, y en cuanto la dijo sintió que algo se rompía adentro, una compuerta que se abría y la inundaba de un placer que nunca había sentido. El orgasmo le llegó como una ola gigante, la espalda arqueada, los dedos de los pies crispados, un grito ronco que le salió del pecho y le vibró en la garganta. Alexander la sintió venirse, las contracciones apretándole el miembro, y con un último empujón se vació dentro de ella con un rugido animal. 


Se quedaron así un minuto, dos, los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones agitadas. Después, lentamente, Alexander se retiró y se dejó caer sobre el sillón. Candela se quedó un rato más en cuatro patas, las piernas temblándole, la mente en blanco. Cuando pudo moverse, se incorporó despacio, se acomodó el vestido como pudo y buscó las bragas con la mirada. No las encontró. Estaban en algún rincón oscuro del living, perdidas para siempre. 


—Tengo que irme —murmuró, la voz pastosa, los ojos bajos—. Gustavo llega a las diez. 


—Andá —dijo Alexander, la voz tranquila, los ojos brillándole con un brillo de satisfacción—. Nos vemos mañana. 


Candela salió del departamento sin las bragas, el cuerpo todavía temblándole, la cabeza llena de pensamientos que no podía ordenar. "Jamás pensé engañar a mi marido", se dijo, mientras caminaba hacia el ascensor. "Mucho menos con un hombre tan poco agraciado". Pero ahí estaba, con el vestido arrugado, los pezones sensibles, el sexo húmedo y la vergüenza ardiéndole en las mejillas. Para su suerte, todavía no eran las diez de la noche. Gustavo no había llegado. Nadie la había visto. 


Alexander entró al cuarto de monitoreo con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marisol estaba sentada en la silla de cuero sintético, los pies descalzos sobre la mesa, los ojos fijos en el monitor número siete. Lo miró entrar y le devolvió la sonrisa. Una sonrisa cómplice, de esas que no necesitan palabras. 


No se dijeron nada. No hacía falta. Los dos sabían lo que acababa de pasar. Los dos sabían lo que significaba. Alexander se sentó en el piso, la espalda contra la pared, y miró los monitores con una calma nueva, una satisfacción profunda que le nacía del pecho y le llegaba hasta los dedos de los pies. 


Había conseguido su segunda perrita. Pero no sería la última.

 


Continuara... 

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