El despertador sonó a las seis de la mañana, como todos los días. Candela abrió los ojos en la penumbra del cuarto matrimonial y se quedó un rato mirando el techo, el cuerpo todavía pesado por el sueño y por algo más, algo que no supo nombrar hasta que los recuerdos de la noche anterior le cayeron encima como un baldazo de agua fría. La piel le olía distinto. Entre los muslos sentía una sensibilidad nueva, un roce íntimo que le recordaba cada embestida, cada palabra sucia, cada vez que él le había dicho "perrita" al oído. Cerró los ojos con fuerza. "Engañé a Gustavo. Engañé a mi marido con el encargado. Con un hombre que me dobla la edad. Y lo peor es que me encantó".
Gustavo dormía a su lado, ajeno a todo, la respiración pausada, la espalda ancha subiendo y bajando bajo la sábana. Candela lo miró un segundo —la mandíbula cuadrada, el pelo revuelto, la boca entreabierta— y sintió una puntada de culpa que le atravesó el pecho como una aguja fina. Se levantó despacio, sin hacer ruido, y fue a la cocina a prepararle el desayuno. Café con leche, tostadas, queso crema. La rutina de siempre. Los gestos de siempre. Pero esta vez todo era distinto. Ella era distinta. Tenía un secreto que le quemaba la garganta y le hacía temblar las manos mientras manipulaba la cafetera.
En el cuarto de monitoreo, Alexander ya estaba despierto. Era el primero en levantarse en todo el edificio, una costumbre de años que ahora se había vuelto una religión. Se sentó frente a los monitores con el mate en la mano, los ojos recorriendo las doce pantallas como un pastor que revisa su rebaño. La primera cámara que miró fue la del tercero B. Ahí estaba Candela, en la cocina, preparando el desayuno con una remera ancha y gastada, de esas que no marcan nada, y un pantalón de jogging que le hacía bolsas en las rodillas. Él dejó el mate sobre la mesa y le escribió un mensaje: "Esa remera ancha no va con tu cuerpo. Ponete algo más sensual para mí".
Del otro lado de la pantalla, Candela sintió vibrar el celular sobre la mesada. Lo agarró, leyó el mensaje, y una ola de calor le subió por el cuello hasta las mejillas. Levantó la vista instintivamente hacia la cámara del living, ese ojo negro que colgaba del techo como una araña quieta. Él la estaba mirando. La estaba viendo en ese mismo instante, con esa remera horrible, con el pelo recogido en una cola desprolija, con la cara de sueño y las ojeras mal disimuladas. La vergüenza le estalló en el pecho como un fuego artificial. Pero después, cuando se miró en el reflejo del vidrio de la ventana, se vio como lo que era: una mujer abandonada. Una mujer que había dejado de preocuparse por sí misma. Una mujer que su marido ya no miraba.
"Me voy a cambiar porque quiero", se dijo, como si repetirlo en voz alta pudiera convertir la obediencia en decisión propia. "No porque me lo ordenó él. Porque quiero".
Fue al dormitorio, abrió el ropero con cuidado para no despertar a Gustavo, y sacó un short de jean corto que no usaba desde el verano pasado y una remera blanca ajustada que le marcaba la cintura y le realzaba los pechos. No podía cambiarse ahí; la cámara del dormitorio la apuntaba directamente. Se metió en el baño —el único lugar del departamento donde no había lentes, el único refugio de privacidad— y se cambió ahí, con los dedos torpes por los nervios. Cuando salió, el short le quedaba justo, la tela fina marcándole las caderas, y la remera se le ajustaba al torso como una segunda piel.
El celular vibró otra vez. "Estás perfecta así".
Candela no respondió. Pero levantó la vista hacia la cámara y, sin poder evitarlo, una sonrisa chiquita se le escapó de los labios. Una sonrisa que Alexander, desde su silla de cuero sintético, vio con claridad meridiana.
Gustavo se levantó a las siete. Desayunó sin hablar, los ojos pegados al celular, las tostadas masticadas con prisa. No miró a su mujer. No notó el short corto ni la remera ajustada ni el pelo rojo suelto sobre los hombros. Cuando la puerta se cerró tras él, Candela se quedó sola en la cocina, el silencio rebotándole en los oídos. El celular vibró por tercera vez.
"Él no notó lo bella que estás hoy. Pero yo sí".
Ella miró la pantalla, los dedos suspendidos sobre el teclado táctil. No sabía qué responder. No sabía si decirle "dejame en paz" o "gracias" o "nunca nadie me había hecho sentir así". Las palabras se le atoraban en la garganta como pedazos de pan seco. Al final no respondió nada. Pero la sonrisa, esa sonrisa traicionera que no podía controlar, le volvió a los labios, y Alexander la vio.
Eran las ocho de la mañana cuando Marisol llegó al cuarto de monitoreo. Traía dos medialunas en una bolsa de papel y los apuntes de Psicopatología bajo el brazo. Se sentó en la silla plegable, al lado de Alexander, y empezó a cebarle mates mientras él seguía con los ojos fijos en los monitores. No hablaron. No hacía falta. La complicidad entre ellos ya no necesitaba palabras; se entendían con miradas, con roces, con el sonido de la bombilla contra el metal.
Alexander tomó el celular y buscó otro número. En la pantalla del monitor número cinco, Lorena estaba sentada en la cocina de su departamento, tomando un café mientras el sol de la mañana le filtraba por la ventana y le teñía el pelo rubio de un tono dorado. Llevaba una falda azul, larga hasta la rodilla, y una blusa suelta que no marcaba nada. Alexander le escribió: "Me gusta la falda que tenés hoy. ¿Pero tenés tacones para combinarla?".
Lorena se sobresaltó al sentir la vibración del celular. Leyó el mensaje y una chispa de algo —no sabía si era indignación o excitación— le encendió el pecho. "Este hombre me está vigilando. Sabe lo que me pongo. Sabe lo que hago". Recordó que él mismo le había pedido el celular con una excusa, y ahora entendía para qué. Debía enojarse. Debía bloquearlo. Pero en vez de eso, se levantó de la silla y caminó hacia el dormitorio. Abrió el armario y sacó tres pares de tacones: unos negros de aguja, unos nude de taco medio, unos rojos que no usaba desde hacía años. Los puso sobre la cama, bien a la vista de la cámara, y le escribió: "¿Cuál cree usted que me quede mejor?".
Marisol, que miraba por encima del hombro de Alexander, soltó una risa corta y festejó como quien festeja un gol en la tribuna.
—Te lo dije —murmuró—. Les encanta obedecer.
Alexander no respondió. Escribió: "Los negros, los de taco más alto. Pero te tenés que cambiar la falda, no combinan".
Lorena miró la falda azul y se dio cuenta de que tenía razón. No combinaban. Volvió al armario y sacó más faldas: una gris, una estampada, una negra. Las mostró a la cámara, una por una, como una modelo improvisada en la pasarela de su propio dormitorio.
"La negra combina bien", escribió Alexander.
"Es muy corta", respondió ella.
Alexander había elegido la negra justamente por eso. "No importa. Ponétela igual".
Lorena se quedó mirando la pantalla del celular, los dedos temblándole sobre el teclado. "¿Por qué le obedezco? ¿Qué me está pasando?". Pero no encontró respuesta. O no quiso encontrarla. Agarró la falda negra y fue al baño a cambiarse. Allí, lejos de las cámaras, se miró al espejo mientras se subía el cierre. La falda le quedaba justa, muy justa, marcándole las caderas todavía firmes y dejando al descubierto unos muslos que hacía años no mostraba. Salió del baño y se paró frente a la cámara del living. Los tacones negros, la falda corta, la blusa suelta que ahora le parecía un error. Se sentía expuesta. Se sentía observada. Se sentía viva.
"Perfecta", escribió Alexander. "Quiero que estés así todo el día. Y que vayas de compras, por tacones y faldas".
"Este maldito se está tomando mucha confianza", pensó Lorena. Pero no respondió. Se miró una vez más en el reflejo de la ventana y supo, con una certeza que le dolía y le gustaba al mismo tiempo, que iba a obedecer.
Alexander dejó el celular sobre la mesa y recibió el mate que Marisol le alcanzaba. La bombilla estaba caliente y el sabor amargo le bajó por la garganta como un bálsamo. En el monitor número cuatro, Luz acababa de salir del baño envuelta en una toalla, el pelo rubio chorreando agua sobre los hombros. Él esperó. La vio secarse, vestirse —una remera suelta sin escote, otra vez— y preparar la mochila para la facultad. Entonces le escribió: "No te ves linda así. Usá escote".
Luz leyó el mensaje y sintió que el corazón se le salía del pecho. Las cámaras. Siempre las cámaras. Pero esta vez no era una vigilancia abstracta, distante, burocrática. Esta vez había un hombre del otro lado, un hombre que le decía qué ponerse, que la miraba, que la evaluaba. Y a ella, sin saber por qué, eso la excitaba más de lo que hubiera querido admitir. Sin contestar el mensaje, buscó en el ropero una remera negra de escote pronunciado que se había comprado hacia meses y nunca se había animado a usar. Fue al baño a cambiarse —el único lugar sin cámaras, el único refugio— y cuando salió se paró frente al lente del living.
"Así me veo más linda", escribió, y en el mensaje había un dejo de orgullo, una búsqueda de validación que Alexander captó al vuelo.
"Te queda muy lindo", respondió él. "Pero combinaría más con un short de jeans".
Luz tragó saliva. Se quedó quieta unos segundos, los dedos aferrados al celular, la respiración agitada. Después fue al armario, sacó un short de jean gastado que le quedaba chico, y volvió al baño. Cuando salió, el short le marcaba las caderas jóvenes y la remera negra dejaba ver el nacimiento de unos pechos firmes que parecían desafiar la gravedad.
"Ahora estoy mejor", escribió.
"Toda una diosa. Antes de irte a la facultad regálame una vueltita".
La situación se le iba de las manos. Lo sabía. Pero era justamente esa pérdida de control lo que la excitaba, ese vértigo de estar haciendo algo prohibido, algo que su madre no aprobaría, algo que ninguna compañera de la facultad se animaría a hacer. Se paró en el centro del living y giró despacio, una vuelta completa, mostrando su cuerpo de dieciocho años a la cámara que la observaba. El short ajustado, la remera escotada, el pelo rubio suelto flotándole alrededor de la cara. Cuando terminó el giro, se fue caminando hacia la puerta con las mejillas encendidas y el corazón latiéndole en la garganta.
Marisol, que había visto toda la escena en el monitor, se inclinó sobre Alexander y le besó el cuello. Un beso lento, húmedo, que le dejó la piel erizada.
—Les encanta obedecer —susurró.
Alexander no dijo nada. Le apretó las nalgas duras con una mano, un gesto posesivo que a ella le arrancó un gemido corto, y después se levantó de la silla. Todavía era temprano. Melisa estaba por salir para la verdulería.
Agarró la manguera y salió a la vereda.
Melisa apareció a las nueve menos cuarto, con el uniforme de la verdulería —un delantal verde sobre una remera blanca— y una cara de sueño que no le restaba un ápice de belleza. El pelo negro le caía sobre los hombros en una cascada lacia, las caderas anchas se le marcaban bajo el delantal, y los ojos oscuros, todavía entrecerrados por el cansancio, le daban un aire de virgen renacentista. Alexander la miró y recordó las notas de Marisol: "No alabes su cuerpo. Háblale de otra cosa. Lo que sea, pero no su belleza".
—Buen día, Melisa.
—Buen día, Alexander —respondió ella, y ya estaba por seguir de largo cuando él se fijó en su muñeca.
—¿Eso es un dije de Boca?
Melisa se detuvo. Se miró la pulsera, una cinta azul y amarilla con un pequeño escudo del club, y una sonrisa automática le iluminó la cara de sueño.
—Sí, soy hincha de Boca. De toda la vida.
—Yo también —dijo Alexander, y esta vez no mentía—. ¿Mirás fútbol europeo?
—Un montón. Me gusta más que el de acá, te soy sincera.
—A mí también. —Ahí sí mintió, pero con una naturalidad de años de práctica—. Mañana juega el Barcelona, por la Champions. Partido adelantado.
—Sí, lo vi en el fixture.
—¿Lo querés mirar conmigo?
Melisa dudó. Apenas un segundo, un titubeo chiquito que le cruzó los ojos oscuros. No conocía bien a Alexander, pero el encargado tenía buena fama en el edificio: trabajador, serio, respetuoso. Y a ella le gustaba mirar los partidos con compañía.
—Bueno —dijo, la voz más suave—. ¿Dónde?
—En mi departamento. Tengo una pantalla grande.
—Dale. ¿A qué hora?
—Arreglamos por mensaje. Pásame tu número.
Ella se lo dio sin desconfiar. Lo anotó en el celular de él con sus propios dedos, los dedos finos de verdulera que manipulaban frutas y verduras todo el día, y después se fue caminando hacia la esquina, las caderas anchas balanceándose bajo el delantal verde.
Alexander volvió al cuarto de monitoreo. Marisol ya no estaba. En la mesa, al lado del mate, había una nota con su letra redonda: "Me tuve que ir a estudiar. Hoy debes hacer ladrar a Candela antes de que dude. La tenés que tener a tu merced". Alexander sonrió y guardó la nota en el bolsillo del overol. Marisol le tenía una confianza ciega, y ella se la había ganado la de el. La piba no había errado en un solo pronóstico.
Miró la hora en la esquina del monitor. Las nueve de la mañana. En la pantalla del tercero B, Candela estaba pasando un trapo por los muebles del living, pero ya no llevaba la remera ancha ni el jogging. Llevaba el short corto y la remera ajustada que él le había ordenado ponerse. Alexander supo que era el momento.
Se levantó de la silla y caminó hacia el ascensor. En el tercer piso, metió la llave maestra en la cerradura del departamento B y abrió la puerta sin golpear. Candela estaba en el dormitorio, inclinada sobre la cama de dos plazas, estirando las sábanas con las manos. La cama era amplia, matrimonial, y ella estaba ahí, de espaldas, el short corto marcándole la curva perfecta de las nalgas. Al oír la puerta, giró la cabeza.
—Desnudate, perrita.
La voz de Alexander sonó como una orden militar, sin espacio para la réplica. Candela se sobresaltó, el trapo cayéndosele de las manos. Lo miró con los ojos verdes muy abiertos, el corazón galopándole en el pecho. Una parte de ella —la parte que todavía se creía una esposa fiel— le gritaba que lo echara, que le dijera que no podía entrar así, que esto estaba mal. Pero otra parte, más profunda y más honesta, amaba esa seguridad, esa dominancia, esa forma de tratarla como a una posesión valiosa.
—¿Qué? —balbuceó, como una tonta, como si no hubiera entendido.
—No hables y sácate la ropa.
Ella respiró hondo. Los dedos le temblaban, pero los llevó al borde de la remera y la levantó despacio, pasándola por encima de la cabeza. El corpiño fue lo siguiente: se lo desabrochó por detrás, con un gesto torpe, y lo dejó caer al piso. Después bajó las manos hasta el botón del short, lo desabrochó, bajó el cierre y dejó que la tela resbalara por sus piernas largas. Las bragas fueron lo último, un hilo de encaje blanco que se deslizó hasta los tobillos. Cuando estuvo completamente desnuda, se quedó parada en el centro del dormitorio, los brazos caídos a los costados, los pechos enormes erguidos a pesar de la gravedad, la cintura fina, el pubis depilado, las piernas largas. Era una diosa. Alexander lo sabía. Pero no quería mostrar debilidad.
—Ponete de rodillas, perrita.
Candela se arrodilló. La alfombra era suave contra sus rodillas, y sintió el frío de la madera bajo la tela. Estaba desnuda, arrodillada frente a un hombre que le doblaba la edad, en el mismo dormitorio donde dormía con su marido. Se sentía sucia. Se sentía excitada. Se sentía más viva que nunca.
Alexander se abrió el overol y sacó el miembro, ya duro y palpitante. Lo apoyó contra los labios de Candela y ella, después de un segundo de vacilación, los entreabrió. La lengua le asomó tímida, rosada, pequeña, y lamió la punta como quien prueba un caramelo desconocido. Era torpe. Inexperta. Pero había algo en esa torpeza que a Alexander le excitaba más que cualquier destreza: la certeza de que era tierra virgen, de que nadie le había enseñado, de que sería él quien la moldeara a su gusto.
—Así no —le dijo, la voz más suave pero todavía firme—. Pasá la lengua por todo. De la base a la punta. Despacio.
Ella obedeció. La lengua le recorrió el tronco entero, desde los testículos hasta el glande, trazando un camino húmedo que le dejó la piel brillante. Alexander le agarró la cabeza con las dos manos, los dedos enredados en el pelo rojo, y empezó a guiarla. Le marcaba el ritmo, la profundidad, los tiempos. Cuando ella se atragantaba, él le soltaba un poco. Cuando ella tomaba aire, él la empujaba de nuevo hacia adentro.
—Así, perrita. Así se hace.
Candela sentía el miembro crecerle en la boca, llenándole la garganta, y un calor húmedo le bajaba por el vientre hasta la entrepierna. El sudor le perlaba la frente, le corría por las sienes, le humedecía el pelo rojo que Alexander le sostenía como una rienda. La mandíbula le dolía, pero no le importaba. Quería hacerlo bien. Quería que él estuviera orgulloso. Quería ser su buena perrita.
—Ahora los testículos —ordenó él, saliendo de su boca—. Con cuidado. Con la lengua.
Ella bajó la cabeza y lamió el escroto con una devoción casi religiosa. Pasó la lengua por los pliegues, se metió uno en la boca, lo chupó suave, después el otro. Alexander gruñó bajito, un sonido que le vibró en el pecho, y Candela sintió que ese gruñido era un premio. Siguió lamiendo, chupando, besando, mientras su propia excitación le empapaba los muslos.
Cuando él consideró que era suficiente, la hizo incorporar. La tomó de la cintura y la puso en cuatro patas sobre la cama matrimonial, la misma cama que ella compartía con Gustavo. Las nalgas ofrecidas hacia atrás, los pechos colgando, el pelo rojo desparramado sobre la almohada. Alexander la miró un segundo, la visión de esa mujer rendida, y supo que después de este momento ella sería suya para siempre, aunque siguiera casada, aunque siguiera viviendo con otro.
Se acomodó detrás de ella y llevó el miembro a su ano.
—Ahí no —dijo Candela, la voz quebrada por la sorpresa—. Nadie entró nunca por ahí.
—Tu dueño va a ser el primero, entonces.
Ella no dijo nada más. Algo en el fondo de su mente le ordenaba callar y disfrutar. Algo más fuerte que la culpa, más fuerte que la vergüenza, más fuerte que cualquier juramento matrimonial. Alexander empujó despacio, muy despacio, la punta presionando contra el anillo rosado. Candela sintió una presión nueva, un dolor que era también placer, y cuando la cabeza entró por fin, soltó un grito que era mitad quejido y mitad súplica.
—¡Ahhh! ¡Dios!
—No soy Dios, perrita. Soy tu dueño.
Él se quedó quieto un instante, dejando que ella se acostumbrara. Después empezó a moverse, despacio al principio, lubricado apenas por el sudor y la saliva. Candela gemía con cada embestida, los dedos aferrados a las sábanas, los pechos enormes rebotando bajo su cuerpo. La sensación era nueva, distinta, un llenado profundo que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Le dolía, pero el dolor se mezclaba con un placer oscuro que le nublaba la mente y le arrancaba gemidos cada vez más fuertes.
—¿Te gusta, perrita? —le gruñó Alexander al oído, inclinándose sobre su espalda.
—Sí —jadeó ella—. Sí, me gusta.
—¿Quién es tu dueño?
—Vos. Sos vos.
—¿Y qué sos vos?
—Soy… soy tu perrita.
—Ladrá, entonces.
Candela abrió la boca, la respiración entrecortada, las mejillas encendidas. La palabra le quemaba en la garganta, pero la soltó, primero bajito y después más fuerte, mientras él seguía embistiéndola:
—Guau… guau, guau.
—Más fuerte.
—¡Guau, guau!
Alexander sonrió y aceleró el ritmo. Los testículos le chocaban contra las nalgas de ella, los pechos de Candela rebotaban con cada envión, el sudor le corría por la espalda desnuda. Él la tomó de las caderas, los dedos clavándose en la carne pálida, y la penetró más hondo, más fuerte, un ritmo bestial que hacía temblar la cama y las paredes. Candela ya no pensaba. Solo sentía. Solo gemía. Solo ladraba cuando él se lo ordenaba.
El orgasmo le llegó como una explosión, la espalda arqueada, los dedos de los pies crispados, un grito ronco que se le escapó del pecho y le vibró en la garganta. Alexander la sintió venirse, las contracciones apretándole el miembro, y con un último empujón se vació dentro de ella con un rugido animal. Se quedaron así un minuto, dos, los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones agitadas. Después, lentamente, él salió de su culo y se dejó caer a su lado sobre la cama.
Candela se quedó en cuatro patas un rato más, las piernas temblándole, la mente en blanco. Cuando por fin pudo moverse, se dejó caer boca abajo sobre las sábanas empapadas y cerró los ojos.
Al mediodía, Alexander preparó un almuerzo sencillo —fideos con manteca, lo único que tenía en la heladera— y lo sirvió en la mesa del living. Candela se sentó frente a él, todavía desnuda, el pelo rojo revuelto, las mejillas sonrosadas. Le dolía el ano, una molestia sorda que le recordaba cada movimiento. Pero se sentía feliz. Tan feliz que hacía años que no se sentía así.
Comieron en silencio, como una linda pareja, las miradas cruzándose por encima de los platos. Alexander la miraba con una satisfacción tranquila, el tenedor yendo y viniendo de la boca, los ojos recorriéndole el rostro bello, los pechos desnudos, la curva de los hombros. Pero su mente ya estaba en otra parte. Ya estaba pensando en Lorena, en Luz, en Melisa. Ya estaba planificando los próximos movimientos.
Candela sonreía, ajena a todo, feliz en su burbuja de sumisión recién estrenada. No sabía que era la segunda. No sabía que no sería la última.
Continuara...

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