El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 2

 


La luz del mediodía le dio en la cara como una cachetada. Marisol abrió los ojos de a poco, los párpados pesados, las pestañas pegoteadas por el rímel que no se había sacado la noche anterior. El cuerpo le pesaba contra el colchón como si tuviera bolsas de arena atadas a los tobillos. Se quedó un rato inmóvil, la mejilla hundida en la almohada, escuchando el zumbido lejano del ascensor y el ladrido de un perro en algún balcón. Todo le dolía. Pero era un dolor lindo, un dolor que le arrancó una sonrisa boba apenas los recuerdos empezaron a gatearle por la memoria. 


Se incorporó despacio. Las sábanas se despegaron de su piel con un roce áspero, dejando al descubierto los moretones. Tenía marcas en las caderas, dos medialunas violáceas donde los dedos de él la habían aferrado como manijas. Al bajar la vista se vio los pezones todavía oscuros, sensibles, rozados por la barba de un hombre cuyo rostro seguía sin conocer. Giró el cuello y sintió el tirón de los músculos, ese dolorcito íntimo que le recordaba la mano rodeándole la garganta. Se pasó la lengua por los labios hinchados, partidos en el centro, y el sabor residual —sal, piel, algo metálico— le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda desnuda. "Anoche me cogieron como nunca", se dijo, y el pensamiento le hizo apretar los muslos bajo las sábanas. 


Caminó descalza hasta el baño, las piernas largas temblándole apenas. Cada paso le recordaba la invasión. Entre los muslos sentía una sensibilidad nueva, como si la piel guardara memoria del roce violento y repetido. Se miró en el espejo del botiquín: el pelo castaño lacio le caía revuelto sobre los hombros, los ojos grandes y claros le brillaban con un resto de fiebre. Las pecas sobre la nariz parecían más oscuras contra la piel enrojecida. Abrió la canilla y el agua fría le arrancó un suspiro cuando se mojó la nuca. 


La ducha fue un ritual lento. El jabón blanco resbalándole por la cintura fina, la esponja pasando suave sobre las nalgas enrojecidas —ahí sí soltó un quejido, cortito, casi de animal—, el shampoo haciendo espuma sobre el cuero cabelludo mientras ella cerraba los ojos y se dejaba estar. El vapor llenó el bañito minúsculo y ella se quedó un rato largo bajo el chorro caliente, dejando que el agua le borrara los rastros de sudor y de sexo pero no los recuerdos. Esos quería guardarlos. 


Diez minutos después estaba en la cocina, envuelta en una bata de toalla, preparando café. La cafetera italiana borboteó sobre la hornalla mientras ella apoyaba la cadera contra la mesada. El primer sorbo le quemó la lengua, pero le hizo bien, un calorcito que le bajó por el esternón y le acomodó las ideas. Y entonces, ahí, de golpe, mientras miraba la ventana sin ver nada, se le formó la pregunta: "¿Quién será el de anoche?". No era miedo lo que sentía. Era curiosidad. Una curiosidad hambrienta, casi infantil. Un hombre de cincuenta y dos años que entra a oscuras, la coge como un animal, le dice "perrita" al oído y se va sin dar la cara. ¿Quién podía ser? ¿Un amigo? ¿Un compañero de trabajo? ¿Un vecino? Sonrió sobre el borde de la taza. "Sea quien sea, espero que vuelva". 

 

Alexander se había levantado a las seis, como todos los días. El cuerpo le respondía distinto esa mañana: los músculos laxos, la cabeza liviana, una energía nueva corriéndole por las venas. Mientras cebaba el primer mate en la cocina de su departamento minúsculo, se sorprendió silbando. Él, que nunca silbaba. La bombilla le devolvió un sonido hueco que rebotó contra las paredes descascaradas. 


Sabía que Marisol no saldría hasta el mediodía. Lo sabía porque conocía su rutina mejor que la palma de su propia mano: martes, gimnasio a la una, facultad a las tres, vuelta a eso de las nueve. Lo sabía por los monitores, por las semanas de observación callada, por el hambre que se le había ido cocinando adentro sin que él mismo se diera cuenta. Pero esta mañana no necesitaba los monitores. Esta mañana quería verla en persona, de frente, a plena luz del día. Necesitaba confirmar que lo de anoche había sido real. Que ella existía fuera de las pantallas. Que él la había tenido. 


A las doce y cuarto, Alexander estaba en la vereda, la manguera verde en la mano, regando las plantas raquíticas de la entrada. Era una excusa transparente, pero a él le alcanzaba. El sol de septiembre le pegaba en la nuca, y el overol azul le pesaba sobre los hombros. La puerta de vidrio se abrió con un suspiro neumático y ella apareció. 


Marisol llevaba un jean gastado que se le ajustaba a las caderas como una segunda piel, una remera corta que dejaba ver una franja de piel sobre el ombligo, y el pelo recogido en una cola alta que le balanceaba al caminar. Las zapatillas eran blancas, nuevas, y pisaban la vereda con un ritmo joven y canchero. Cuando lo vio, sonrió. 


—Buen día, don Alejandro —dijo, cambiándole el nombre a propósito como siempre, los ojos entrecerrados por el sol pero también por algo más, algo que Alexander captó enseguida: un destello de complicidad, un sobreentendido que flotaba entre los dos como el vapor del asfalto recalentado. 


—Buen día, Marisol —respondió él, la manguera quieta en la mano, el agua corriendo inútil sobre una maceta que ya estaba inundada—. ¿Todo bien? 


—Todo —dijo ella, y se pasó la mano por el cuello, justo donde anoche él le había apretado, un gesto casual que a Alexander le retumbó en el pecho como un cañonazo—. ¿Usted? 


—Todo bien también. 


Ella siguió caminando, contoneándose, y él se quedó mirándole las nalgas grandes y duras bailando bajo el jean. La tela ajustada le marcaba cada movimiento, cada tensión muscular, y él se preguntó, con el pecho apretado y la boca seca, "¿Estarán rojas todavía?". La imagen le vino nítida: las nalgadas, una a una, contadas, el sonido de la palma contra la carne firme, el modo en que ella había gemido con cada impacto. Tuvo que darse vuelta para que nadie le viera el bulto que le estaba creciendo bajo el overol. 

 

Marisol era aplicada. Lo había sido siempre. Desde que había entrado a la facultad de Psicología, dos años atrás, se había propuesto no atrasarse con ninguna materia y, hasta ahora, lo venía cumpliendo. El gimnasio era su único lujo, una hora de máquinas y pesas que le despejaba la cabeza antes de sumergirse en los apuntes. Le gustaba el esfuerzo físico, el sudor que le perlaba la frente, la sensación de control sobre su propio cuerpo. Era lo opuesto a lo de anoche, y quizás por eso lo disfrutaba tanto. 


Esa tarde, sin embargo, le costó concentrarse. En el gimnasio hizo las rutinas en automático, las pesas subiendo y bajando sin que ella las sintiera del todo. En la cinta, mientras corría mirando la calle por la ventana, le volvía una y otra vez la voz de él: "Te voy a hacer gozar como a una perra en celos". La frase le resonaba en el estómago, le subía por la garganta, le hacía perder el ritmo de la zancada. 


En la facultad, las cosas no mejoraron. La clase de Psicopatología le pasó por delante como una película sin subtítulos. Tomaba apuntes sin pensar, la lapicera rayando el papel en movimientos mecánicos mientras su mente se iba para otro lado. En el recreo salió al patio, se compró un café aguado de la máquina expendedora y se sentó en un banco de cemento a mirar a unos técnicos que estaban cambiando las cámaras de seguridad de la entrada. Dos tipos de overol gris, un par de escaleras, cables sueltos colgando como vísceras electrónicas. 


Y entonces la vio. La cámara nueva, más chica que la anterior, el lente redondo como un ojo de vidrio. Un ojo que miraba todo. Un ojo que grababa. Un ojo como los que llenaban los pasillos de su edificio. Como los que llenaban los departamentos. Como el que estaba en su propio living, apuntando hacia la puerta, capturando cada movimiento. 


La lucidez le llegó de golpe, como un baldazo de agua fría. Vio la rutina completa: Alexander sentado frente a los monitores, el mate en la mano, los ojos recorriendo las pantallas. Alexander viéndola salir. Alexander viéndola entrar. Alexander viendo a Carlos bajar la escalera. Alexander sabiendo que los lunes y los jueves la puerta quedaba abierta. "Alexander me cogió anoche". Lo murmuró en voz baja, probando las palabras como quien prueba un caramelo nuevo. No estaba enojada. Estaba fascinada. "Alexander es más interesante de lo que parece". El encargado, el tipo del overol azul, el que le decía "don Alejandro" cuando lo saludaba. Ese hombre de manos ásperas y mirada cansada había entrado a su departamento, la había hecho gozar como nadie, y se había ido sin que ella le viera la cara. Pero ahora ella sabía. 


La clase siguiente fue otra película muda. Pero esta vez Marisol sonreía mientras tomaba apuntes. Porque ya no se preguntaba quién era. Ya sabía. Y sabía, también, que se podía divertir mucho con el encargado del edificio. 

 

La noche había caído hacía rato cuando Marisol llegó al edificio. Las luces del hall estaban encendidas, ese tono amarillento que le daba a todo un aire de fotografía vieja. Pero ella no fue hacia el ascensor. Giró a la izquierda, directo al pasillo que llevaba a la oficina de monitoreo. Las zapatillas no hacían ruido sobre el piso de mármol. Se detuvo frente a la puerta, una puerta de madera oscura sin cartel ni número, y golpeó con los nudillos. Dos golpes secos que sonaron como los de anoche. Los mismos. 


Adentro, Alexander se levantó de la silla. El corazón le pegó un salto que le retumbó en las costillas. No esperaba a nadie. Los martes no venía nadie. Por la mirilla pequeña vio el pelo castaño, la cola alta, los ojos claros. Abrió la puerta con una calma que no sentía. 


—Marisol —dijo, neutro, como quien anuncia una visita inesperada pero no del todo desagradable. 


Ella no respondió con palabras. Le sonrió, una sonrisa que le torcía los labios carnosos hacia un costado y le arrugaba las pecas sobre la nariz. Después estiró la mano, una mano chica de uñas sin pintar, y le agarró el bulto por encima del overol. Lo hizo sin brusquedad, pero sin timidez, con la naturalidad de quien toma un picaporte. La tela del mameluco estaba tibia, y debajo Alexander ya se estaba poniendo duro. 


—Esa es la forma de saludar a tu perra —dijo ella, la voz baja pero firme, los ojos clavados en los de él. 


Alexander sintió que algo se le aflojaba adentro, un nudo que había estado apretado desde anoche, desde antes incluso. No estaba enojada. No lo había descubierto para echárselo en cara. Lo había descubierto y había venido. Lo había buscado. Le agarró la muñeca a ella y le sostuvo la mano contra su entrepierna un segundo más, disfrutando el calor de esos dedos. 


—Pensé que eras una perra solo los lunes y los jueves —respondió, y su voz sonó más grave que de costumbre, ronca como un motor viejo. 


Marisol soltó una risita corta. Ahí estaba la confirmación. Alexander sabía todo. Los lunes, los jueves, Carlos, la puerta abierta. Las cámaras. Los monitores. Las rutinas. Todo el edificio desnudo frente a ese hombre de overol azul que ahora la miraba con una mezcla de deseo y precaución, como un perro que no sabe si le van a dar de comer o le van a pegar. 


Sin soltarle la muñeca, ella entró a la oficina. La puerta se cerró detrás con un clic metálico. La habitación era chica, mal iluminada por la luz azulada de los monitores que cubrían una pared. En las pantallas se veían pasillos vacíos, ascensores cerrados, la puerta de entrada con su luz amarillenta. Todo quieto. Todo vigilado. 


—¿Puedo mirar las cámaras? —preguntó Marisol, señalando los monitores con un gesto del mentón. 


—Podés, pero solo las de los pasillos. 


Ella frunció los labios en un puchero exagerado, teatral, los ojos brillándole con una chispa de ironía. 


—Qué aburrido. 


Alexander se cruzó de brazos. Sabía que no había ningún impedimento real para mostrarle todas las cámaras. Los contratos estaban firmados, los inquilinos habían aceptado. Pero también sabía que Marisol se traía algo entre manos, y aunque el cuerpo le pedía ceder, la cabeza —esa cabeza que había aprendido a sobrevivir cincuenta y dos años a puro instinto— le decía que se guardara un as bajo la manga. 


Ella lo miró un segundo, midiéndolo. Después, sin dejar de mirarlo, se puso de rodillas. 


Lo hizo despacio, flexionando primero una pierna y después la otra, las manos apoyándose en los muslos de él para mantener el equilibrio. El jean gastado se le tensó sobre las caderas. La remera se le subió un poco, dejando ver otra vez esa franja de piel pálida sobre el ombligo. Cuando estuvo abajo, levantó la cara hacia él. Los ojos grandes y claros le brillaban a la altura del vientre, las pestañas largas enmarcándole una mirada que era mitad sumisión y mitad desafío. 


—¿Y si te la chupo? 


La pregunta flotó en el aire denso de la oficina. Alexander sintió que la sangre se le iba toda para abajo. Pero se mantuvo firme. No era un pibe de veinte años al que se le doblan las rodillas con una promesa. Él era otra cosa. Él sabía negociar. 


—¿Por qué querés ver las cámaras? 


Ella no desvió la mirada. Siguió de rodillas, las manos quietas sobre sus propios muslos ahora, la postura de una alumna aplicada frente al profesor. 


—Estudio psicología. Es una forma más de aprender de las personas. 


Alexander aflojó un botón del overol, después otro. El sonido del descosedor llenó el silencio. Sacó el miembro, todavía flácido pero pesado, y lo sostuvo en la mano mientras la miraba desde arriba. 


—Pero ese no es el punto de estudiar psicología, aprender de las personas. 


Marisol miró el miembro con una atención casi clínica, la cabeza ladeada, los labios entreabiertos. 


—Sí, pero mirar ayuda —dijo, y la voz le salió más ronca, como si las palabras le costaran un esfuerzo extra—. Además, si me dejás mirar y me contás de la rutina de las personas, te puedo ayudar a conseguir más perritas. 


Alexander parpadeó. La piba tenía veinte años y le estaba ofreciendo lo que él ni siquiera se había atrevido a fantasear. Lo había convencido con lo de chupársela, eso ya estaba hecho. Pero le estaba poniendo sobre la mesa algo más, algo que le encendió una chispa oscura en el fondo del pecho. Sin perder más tiempo, le apoyó la punta del miembro en la mejilla. Un golpecito suave, casi un cachetazo de carne contra carne. 


—Nos vamos a divertir mucho juntos, perrita. 

 

Marisol sintió el peso del miembro contra su cara y una ola de calor le subió desde el vientre hasta las mejillas. Le encantaba esa forma de tratarla. Esa dominancia sin estridencias, esa seguridad de hombre grande que no pide permiso porque sabe que se lo van a dar. Cerró los ojos un instante, dejándose golpear por esa carne tibia que olía a jabón blanco y a piel de hombre. Después los abrió y lo miró desde abajo, los labios ya mojados de saliva. 


Él le dejó el miembro quieto sobre la boca, apoyado apenas contra los labios entreabiertos como una ofrenda. Ella supo qué hacer. Sacó la lengua despacio, una lengua rosada y húmeda que asomó tímida al principio, y la pasó a lo largo de todo el tronco. De la base a la punta. Lento. Saboreando cada centímetro de piel, cada pliegue, cada vena azulada que le palpitaba apenas bajo la superficie. El sabor era salado y limpio, con un fondo amargo que le hizo producir más saliva. 


Después se lo metió en la boca. Lo tragó entero de un solo envión, sintiendo cómo la carne blanda le llenaba la garganta hasta hacerla arcadas. Pero lo sacó enseguida, con un chasquido húmedo, y bajó la boca hacia los testículos. Ahí se demoró. La lengua le dibujó círculos lentos sobre la piel arrugada del escroto, explorando cada centímetro con una dedicación casi reverencial. Se metió uno en la boca, lo chupó suave mientras la lengua seguía trabajando alrededor, y después el otro, alternando, jugando, los dedos de una mano sosteniéndole la base del miembro mientras la boca seguía su danza húmeda. Alexander gruñó bajito, un sonido que le nació del pecho y le hizo vibrar el vientre. 


Cuando ella volvió a tragarse el miembro, ya no estaba flácido. Le crecía adentro de la boca, se le hinchaba contra el paladar, le empujaba la garganta. Marisol jugó con la lengua, haciéndola serpentear alrededor del glande, pasándola por el frenillo, metiéndola en el pequeño orificio de la punta. Lo sintió latir. Lo sintió vivo. 


Alexander empezó a desvestirse. Primero se sacó la camisa de trabajo, los botones cediendo uno a uno bajo sus dedos gruesos. Abajo tenía una musculosa blanca que le marcaba el pecho ancho, los hombros de cargador, el vientre apenas abultado pero firme. La musculosa salió por la cabeza, dejando al descubierto una piel tostada y un vello canoso que le cubría el pecho como un musgo plateado. Después se desabrochó el overol, que le cayó hasta los tobillos con un susurro de tela. Se quedó en calzoncillos, los pies descalzos sobre el piso frío, la mano derecha bajando hasta la cabeza de ella. 


Le agarró el pelo. Un puñado de castaño lacio que se le enroscó entre los dedos como una soga de seda. Tiró hacia atrás, no fuerte pero sí firme, la fuerza justa para hacerle saber quién mandaba. 


—Sácate la ropa, perrita. 


Marisol obedeció sin soltarle el miembro de la boca. Fue un ejercicio de contorsionista: los dedos hábiles desabrochando el botón del jean, bajando el cierre, empujando la tela hacia abajo mientras la cabeza seguía su vaivén húmedo. El jean le quedó en los tobillos y ella se lo sacó a patadas, sin apuro, pero sin pausa. Después las bragas, un hilo mínimo de encaje negro que desapareció entre sus piernas con un tirón. Cuando estuvo completamente desnuda, Alexander le dio otro tirón de pelo, esta vez hacia arriba, sacándole la cabeza del miembro. Un hilo de saliva le unió los labios con la punta roja e hinchada antes de romperse. 


La miró. Estaba hermosa así, de rodillas, desnuda, el pelo revuelto, los ojos brillantes, las mejillas encendidas, los labios hinchados y húmedos. Un hilo de baba le corría por la barbilla y le caía sobre los pechos desnudos. Respiraba entrecortado, la boca entreabierta, las pecas de la nariz casi invisibles contra la piel enrojecida. Parecía una virgen ofrecida a un dios antiguo, una criatura de otro tiempo sometida a un rito que no entendía del todo pero que adoraba. 


De golpe, sin darle tiempo a recuperar el aire, Alexander le volvió a meter el miembro en la boca. Ahora era más fácil: la carne estaba dura, tensa, y entraba hasta el fondo sin resistencia. Ella gimió con la boca llena, un sonido gutural que le vibró alrededor del miembro y le sacó otro gruñido a él. Mientras la boca trabajaba, la mano derecha de Marisol bajó por su propio vientre, los dedos encontrando el punto justo entre sus piernas. Se empezó a masturbar despacio, un solo dedo dibujando círculos sobre el clítoris hinchado. El placer era doble, amplificado: la boca llena de él, el dedo llena de ella misma. Los gemidos se le escapaban por las comisuras, amortiguados por la carne que le ocupaba la garganta. 


Alexander la miraba desde arriba, los ojos entrecerrados, la respiración pesada. Veía cómo ella se tocaba, cómo las caderas le empezaban a temblar, cómo los muslos se le apretaban alrededor de su propia mano. La escena era obscena y perfecta, iluminada apenas por el resplandor azul de los monitores que seguían mostrando pasillos vacíos, ascensores inmóviles, un mundo entero ajeno a ese ritual que ocurría en el subsuelo. 


El orgasmo de Marisol llegó como un calambre. La espalda se le arqueó, los dedos del pie se le crisparon contra el piso frío, y un gemido largo y quebrado se le escapó de la garganta llena. Alexander sintió las contracciones en el aire, casi podía olerlas. Y entonces, sin dejar de mirarla, le pellizcó un pezón. El izquierdo. Lo agarró entre el pulgar y el índice y lo apretó hasta que ella soltó un quejido agudo. El dolor y el placer se le mezclaron en el cerebro como dos alcoholes fuertes, y fue ese cóctel lo que la empujó definitivamente al abismo. Se vino con la boca llena de él, los ojos apretados tan fuerte que vio estrellas, los dedos de la mano libre clavándosele en el muslo. 


Alexander aguantó un minuto más, dos. La miraba venirse y eso le alcanzaba. Después apretó los dientes, le agarró la cabeza con las dos manos y se vació en su boca con un rugido animal, un sonido que le salió de las entrañas y le retumbó contra las paredes de la oficina. Marisol tragó sin pensarlo, la garganta trabajando alrededor del miembro que le bombeaba el último resto de calor. 

 

Diez minutos después, Marisol estaba sentada en el piso de la oficina, desnuda, las piernas cruzadas, la respiración ya normalizada. Alexander le había alcanzado una botella de agua y ella la vació de a sorbos largos, la garganta todavía adolorida. Los monitores seguían brillando en la pared, y ella los miraba con una curiosidad nueva, una curiosidad de cómplice. 


—Sacate la ropa —le dijo Alexander, que ya se había vuelto a vestir a medias, el overol atado a la cintura. 


—Ya estoy desnuda —respondió ella, confundida. 


—Quedate así entonces. Pero vos también vas a mirar. 


Marisol sonrió. Se acomodó contra la pared fría, la espalda apoyada en el yeso áspero, y dejó que sus ojos recorrieran las doce pantallas. Las conocía de memoria: el pasillo del tercero, el del quinto, el hall de entrada, la cochera. Pero ahora las miraba distinto. Las miraba con los ojos de él, con los ojos de quien sabe lo que se esconde detrás de cada puerta. 


—Mañana te voy a decir cómo, cuándo y a quién te vas a coger —dijo, la voz todavía ronca—. La mitad del edificio va a ser tuya. 


—¿La mitad? —Alexander se sentó en su silla de cuero sintético rajado y la miró con una ceja levantada. 


—Por lo menos —ella se rió, una risa baja y cómplice—. Pero esta noche sos mío. Solo mío. 


Esa noche, Marisol no fue a su departamento. Hicieron el amor otra vez sobre el piso de la oficina de monitoreo, los cuerpos reflejados en los monitores que seguían grabando sin testigos, y después, cuando las piernas no le respondían, Alexander la cargó hasta su cuartito de la planta baja, la acostó en la cama de una plaza y se acostó a su lado. Ella se durmió rendida, desnuda y sudada, la cabeza apoyada en el pecho velludo de él, escuchando el latido de un corazón que ya no le resultaba ajeno. 


Afuera, en las pantallas, el edificio seguía su ritmo nocturno. Alguien bajaba la basura. Alguien apagaba una luz. La ciudad entera dormía sin saber que en el subsuelo se estaba gestando algo parecido a un pacto, algo parecido a una cacería, algo que no tenía nombre pero que olía a deseo y a peligro y a perdición. 

 

 

Continuara... 

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