Alexander volvió a la sala de monitoreo con el sabor de Melisa todavía en los labios y una satisfacción profunda que le pesaba en el pecho como un ancla tibia. Eran más de las once de la noche, y el edificio entero parecía dormido. Pero él sabía que no. Las cámaras nunca duermen. Los monitores nunca se apagan. Y detrás de cada puerta, sus perritas respiraban, se movían, existían bajo su mirada invisible.
Se sentó frente a los monitores y paseó los ojos por las doce pantallas. En una, Lorena lavaba los platos de la cena, la falda negra ajustándole los muslos, el vibrador que él le había regalado todavía guardado en su estuche sobre la mesa de luz. En otra, Luz estaba en su cuarto, tirada sobre la cama, el celular en la mano, la pulsera de cuero brillándole en la muñeca. En otra, el departamento de Candela. La cámara del living la mostraba sentada en el sillón, pero cuando Alexander quiso ver más, se topó con la única pared ciega de todo el edificio: el baño. No había cámaras en el baño. Era el único refugio de privacidad, y justamente ahí estaba Candela en ese momento.
Pero él no necesitaba verla para saber lo que estaba haciendo.
Del otro lado de la pared, Candela se miraba al espejo del botiquín. Estaba desnuda, el cuerpo todavía húmedo por la ducha recién terminada. Los pechos enormes, redondos y firmes, se le erguían contra el vidrio empañado, los pezones rosados y duros por el frío del baño. La cintura era fina, una curva pronunciada que se ensanchaba en unas caderas de mujer fértil, y las piernas largas se apoyaban en el piso de cerámica con la gracia inconsciente de quien no sabe que es hermosa. Las nalgas, duras y torneadas por años de pilates, se apretaban cuando ella se inclinaba para agarrar la cajita que Alexander le había dado.
Abrió el plug anal. Era de silicona negra, chico, discreto, con una base acampanada que evitaba que se perdiera adentro. Lo sostuvo en la mano un segundo, los dedos temblándole. "Esto está mal", pensó. "Soy casada. Gustavo está en el living. ¿Y si se da cuenta? ¿Y si me pregunta?". Pero en el fondo, muy en el fondo, otra voz le susurraba que justamente por eso lo hacía. Porque estaba mal. Porque era sucio. Porque Alexander se lo había ordenado y ella, sin saber cómo ni cuándo, se había convertido en alguien que obedecía.
Untó el tapón con vaselina y, despacio, se lo introdujo. La sensación fue nueva, un llenado distinto que la hizo morderse el labio inferior. Cerró los ojos y se quedó así un instante, sintiendo la presencia del objeto dentro suyo. Se sentía sucia. Se sentía excitada. Se sentía, por primera vez en años, dueña de un propósito secreto que nadie más conocía. Salió del baño con el tapón puesto, los muslos apretados, y fue a prepararle la cena a su marido.
Dos pisos más arriba, en el quinto C, Luz miraba la pulsera. Estaba acostada en su cama, el pelo rubio desparramado sobre la almohada, el short de jean marcándole las piernas jóvenes, la remera escotada dejando ver el nacimiento de sus pechos. La chapita plateada brillaba bajo la luz del velador: "Propiedad de Alexander". Se la había puesto esa misma tarde y ya no se la quería sacar. Era como un recordatorio constante, una cadena invisible que le ceñía la muñeca y al mismo tiempo le liberaba algo adentro. "Soy su propiedad", se dijo, y la idea le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.
El celular vibró en su mano. Era un mensaje de Alexander: "Mañana comprá ropa nueva. Remeras escotadas. Shorts cortos que dejen ver parte de tus nalgas".
Luz leyó el mensaje y sintió un vuelco en el estómago. Un hombre le decía qué ponerse. Un hombre de cincuenta y dos años, que no era lindo pero que la hacía sentir algo que ningún pibe de la facultad le había hecho sentir nunca. Escribió la respuesta con dedos temblorosos: "Bueno, señor Alexander".
Apagó el celular y se quedó mirando el techo. Era virgen. Era joven. Y sin embargo, se sentía más mujer, más sumisa, más completa obedeciendo a un hombre que le triplicaba la edad.
Una hora después, en el comedor del quinto C, la familia al completo cenaba en silencio. Carlos, recién llegado del trabajo, comía con la vista fija en el celular. Luz pinchaba la ensalada sin ganas. Y Lorena, sentada frente a ellos, sentía el vibrador dentro suyo como un secreto a punto de estallar.
Se lo había puesto después de la ducha, cuando nadie la veía. Era pequeño, de silicona plateada, y se controlaba por una aplicación que Alexander tenía en su celular. Hasta ese momento, el vibrador había estado quieto, una presencia silenciosa que le llenaba el sexo sin hacer ruido. Pero entonces, de golpe, empezó a vibrar.
Lorena se tensó en la silla. La vibración era suave, apenas un cosquilleo que le subía por el vientre y le encendía las mejillas. Miró a Carlos —él seguía con los ojos fijos en la pantalla— y después a Luz —ella pinchaba un tomate sin levantar la vista—. Nadie notaba nada. Nadie veía cómo sus pezones se endurecían bajo la blusa, cómo su respiración se volvía más corta, cómo sus muslos se apretaban bajo la mesa.
"Alexander", pensó. "Está jugando conmigo. Está acostado en su cuarto de monitoreo, mirándome por la cámara, moviendo un dedo sobre la pantalla de su celular y viendo cómo me retuerzo". La idea la llenó de una vergüenza ardiente que, lejos de apagar su excitación, la multiplicó. El vibrador seguía zumbando, ahora un poco más fuerte, y Lorena tuvo que morderse el labio para no gemir. Estaba mojada. Estaba al borde. Quería más. Necesitaba más.
Y entonces, de golpe, el vibrador se detuvo.
Lorena soltó un suspiro entrecortado, los muslos todavía apretados, el sexo palpitándole. Miró la cámara del living —ese ojo negro que colgaba del techo— y sintió una mezcla de frustración y de un deseo más profundo, más oscuro. "No me dejes así", pensó. "Seguí. Por favor, seguí". Pero Alexander no siguió. Quería que ella se quedara así: mojada, insatisfecha, con ganas de más. Quería que aprendiera a esperar. Quería que aprendiera a obedecer.
En el cuarto de monitoreo, Alexander cambió de cámara. Se había divertido con Lorena, pero ahora sus ojos buscaban otra pantalla: la del cuarto A. Iara estaba sentada en el sillón de su living, una porción de pizza fría en la mano y una lata de cerveza en la otra. Miraba un recital en la tele, una banda que Alexander no conocía, con el volumen bajo para no molestar a los vecinos. Llevaba una remera de una banda —siempre remeras de bandas— y unos shorts de jean rotos que dejaban ver sus piernas pálidas. El flequillo negro le tapaba media cara. Estaba sola. Como siempre.
Alexander recordó las notas de Marisol: "Iara busca un padre para sus hijos. Mostrate estable, fértil, seguro. Pero no te dejes dominar. Ella dio el primer paso, ahora tomá vos el control".
Le escribió un mensaje: "Te ves muy linda hoy. Pero debés cuidar más tu cuerpo".
Iara sintió vibrar el celular y leyó el mensaje. Levantó la vista hacia la cámara del living, sonrió —una sonrisa canchera, de medio lado— y respondió: "Gracias. ¿Pero por qué debería cuidarme?".
"Debés comer bien para que tu cuerpo esté sano para cuando tengamos nuestros hijos".
Iara soltó una carcajada. El tipo era raro. Era un hombre mayor, de overol azul y manos ásperas, pero no estaba apagado como otros de su edad. No era un viejo amargado que solo hablaba del pasado. Hablaba del futuro. Hablaba de hijos. Y a ella, que hacía meses venía pensando que su relación con el novio no tenía futuro, esa seguridad le resultaba extrañamente atractiva. Agarró el celular y escribió, sin pensarlo demasiado: "¿Por qué no venís a practicar la forma de tener hijos?".
Alexander leyó el mensaje y se levantó de la silla. No necesitó que se lo dijeran dos veces.
Subió sin hacer ruido, las escaleras crujiendo bajo sus pies, el corazón bombeándole un ritmo nuevo. Golpeó la puerta con los nudillos y ella le abrió enseguida. Estaba descalza, la remera de la banda cayéndole sobre un hombro, los shorts rotos marcándole las caderas estrechas. El pelo negro lacio le enmarcaba la cara, y los ojos delineados lo miraban con una mezcla de desafío y curiosidad.
—Llegaste rápido —dijo Iara, apoyándose contra el marco de la puerta.
—No me gusta hacer esperar —respondió Alexander.
Entró sin que ella lo invitara. El living de Iara era chico, lleno de instrumentos musicales apoyados contra las paredes, afiches de bandas pegados con cinta adhesiva, una mesa ratonera con latas de cerveza vacías. En la tele seguía el recital, las guitarras so nando bajito. Alexander no dijo nada. Simplemente la agarró del cuello, con esa firmeza que ya era su marca registrada, y la besó.
Fue un beso intenso, posesivo, las lenguas encontrándose en el medio, los dientes chocando apenas. Iara sintió la mano de él alrededor de su garganta y una ola de calor le bajó por la columna. Le gustaba. Le gustaba que un hombre la tratara así, sin pedir permiso, sin dudar. Su novio no la besaba así. Su novio no la agarraba del cuello. Su novio no le hacía sentir que el mundo entero desaparecía en un beso.
—Voy a dejar a mi novio mañana —dijo Iara, la voz ronca, cuando él la soltó para que tomara aire.
—Hacé lo que quieras —respondió Alexander—. Ahora sacate la ropa.
No fue una petición. Fue una orden. Y Iara, que nunca obedecía a nadie, obedeció.
Le sacó la remera de la banda por la cabeza, dejando al descubierto un torso pálido y unos pechos chicos, redondos, con pezones oscuros que apuntaban al techo. El vientre era plano, las costillas se le marcaban bajo la piel, y en el costado izquierdo tenía un tatuaje de una serpiente que le subía desde la cadera hasta las costillas. Se desabrochó los shorts, los dejó caer al piso, y se quitó las bragas —un hilo negro que desapareció de una patada. Cuando estuvo completamente desnuda, se quedó parada en el centro del living, los brazos caídos a los costados, el flequillo tapándole media cara, la boca entreabierta.
—Quedate quieta —le ordenó Alexander—. Quiero verte.
Iara obedeció. Él caminó a su alrededor, despacio, como un comprador inspeccionando una mercancía valiosa. Le miró las piernas largas y flacas, las caderas estrechas, la curva suave de la cintura. Le miró las nalgas, chicas pero duras, torneadas por los años de cargar el bajo. Le miró los pechos, redondos y firmes, con los pezones duros por la excitación. Le miró el tatuaje de la serpiente, que parecía moverse bajo la piel cada vez que ella respiraba.
—Sos hermosa —dijo él, y no era un piropo, era una constatación.
—Gracias —respondió Iara, y sonrió.
Nadie la había mirado así. Nadie la había examinado como a una obra de arte. Disfrutaba del sexo desde los dieciséis años, pero nunca —nunca— un hombre se había tomado el tiempo de admirarla en silencio. Eso la excitó más que cualquier caricia.
Alexander la agarró del pelo —un puñado de lacio negro que se le enroscó entre los dedos— y la besó otra vez. Después, sin dejar de besarla, la llevó hasta la mesa del living, la hizo inclinarse sobre la madera fría y le abrió las piernas con una rodilla. Bajó el cierre de su overol y la penetró de un solo golpe.
—Qué mojada estás, perrita —le gruñó al oído.
Iara no respondió. No podía. Las palabras se le atoraban en la garganta, y en vez de hablar, clavó las uñas en la espalda de él, aferrándose como si se estuviera cayendo al vacío.
Alexander la embistió con fuerza, las caderas golpeando contra las suyas con un ritmo que hacía temblar la mesa. Iara sintió cómo la llenaba entera, un llenado posesivo que no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. Había tenido amantes. Había tenido novios. Pero ninguno la había penetrado así, como si quisiera reclamarla, como si cada embestida fuera una firma sobre un contrato invisible.
Él le agarró las caderas con las dos manos, los dedos clavándose en la piel pálida, y la sostuvo mientras seguía moviéndose adentro suyo. Iara gemía con cada envión, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, el flequillo pegado a la frente por el sudor. La mesa crujía bajo su peso, las latas de cerveza vacías tintineaban con cada sacudida, y en la tele seguía el recital, las guitarras sonando como una banda de sonido para ese ritual obsceno.
—Más —jadeó ella—. Más fuerte.
—Callate, perrita —le gruñó Alexander—. No me des órdenes.
Ella obedeció. Se calló. Y en el silencio, solo se escuchaba el sonido húmedo de la carne contra la carne, los jadeos de él, los gemidos ahogados de ella.
La imagen era la de la bella y la bestia. Iara, con su cuerpo pálido y su tatuaje de serpiente, inclinada sobre la mesa como una ofrenda. Alexander, con su overol azul y sus manos de trabajador, detrás de ella como un animal que acababa de cazar a su presa. Los dos sudaban. Los dos jadeaban. Los dos se movían al unísono, como si sus cuerpos se conocieran de toda la vida.
El orgasmo le llegó a Iara de golpe, una ola caliente que le explotó en el vientre y le hizo arquear la espalda. Gritó. Un grito ronco que se mezcló con las guitarras de la tele. Las piernas le temblaban, los dedos de los pies se le crispaban contra el piso, y Alexander, lejos de detenerse, siguió embistiéndola con la misma fuerza, ahora más rápido, ahora más profundo.
—¿Creés que ya terminé? —le gruñó al oído—. Recién empiezo, perrita.
La dio vuelta sin salir de adentro. Un movimiento rápido, preciso, que a Iara le arrancó un gemido nuevo. Ahora estaba boca abajo sobre la mesa, las nalgas ofrecidas hacia atrás, el rostro aplastado contra la madera. Alexander le dio una nalgada, la palma abierta que le dejó la piel enrojecida y a ella le arrancó un quejido.
—Te voy a preñar, perrita —le dijo, y le dio otra nalgada, más fuerte—. Te voy a llenar de hijos.
Iara sintió esas palabras y algo se le rompió adentro. Era justo lo que quería escuchar. Era justo lo que su novio nunca le decía. Empezó a mover las caderas al compás de las embestidas, acompañando el ritmo, buscando más, siempre más. Los pechos le apretaban contra la mesa, la serpiente del tatuaje parecía bailar bajo su piel, y Alexander seguía embistiéndola como un martillo, cada golpe más hondo, cada golpe más fuerte.
—Dale —jadeó Iara—. Lléname. Préñame.
—Así me gusta. Que me pidas lo que querés.
El segundo orgasmo la atravesó como un rayo. Esta vez no gritó. Se le escapó un gemido largo y lastimero, casi un llanto, y se dejó ir, el cuerpo laxo sobre la mesa, las piernas temblándole sin control. Alexander sintió las contracciones apretándole el miembro y, con un último empujón, se vació dentro de ella con un rugido animal. Se quedaron así un instante, los cuerpos pegados por el sudor, las respiraciones agitadas.
Después, lentamente, Alexander salió y se dejó caer sobre una silla. Iara se quedó tirada sobre la mesa, los ojos entrecerrados, una gota de sudor resbalándole por la sien. En eso, un pensamiento le cruzó la mente como un relámpago: "Hoy no tomé la pastilla".
Era cierto. Esa mañana, con el apuro del ensayo, se había olvidado. Debía haberla tomado a las ocho, y ya era más de medianoche. Abrió la boca para decírselo a Alexander, pero él ya estaba de pie otra vez, agarrándola de la mano, llevándola hacia el dormitorio.
—¿A dónde vamos? —preguntó Iara, la voz pastosa.
—A la segunda ronda —respondió Alexander—. Esto recién empieza.
Iara no dijo nada. No le dijo lo de la pastilla. Se dejó llevar hasta la cama, se dejó tumbar sobre las sábanas revueltas, se dejó penetrar otra vez, y otra, y otra más. Esa noche, Alexander e Iara hicieron el amor desenfrenado como si el resto del mundo no existiera. El novio, la pastilla, las consecuencias: todo eso quedaba para mañana. Esta noche, solo existían ellos dos, la cama, el sudor, y el hambre insaciable de dos cuerpos que acababan de encontrarse.
Continuara...

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