El hombre que todo lo ve: relato erótico atrevido de poder y deseo — Parte 1

 


El mate estaba lavado. Alexander Echeverría lo dejó sobre la mesa de fórmica, al lado de los tres monitores que le devolvían el edificio en tiempo real. La bombilla goteó una última gota verde sobre la madera y él ni se molestó en limpiarla. Sus dedos, gruesos y con las uñas siempre un poco sucias de grasa, giraron la perilla que controlaba la cámara del séptimo piso. El pasillo estaba vacío, iluminado por esa luz de emergencia que le daba a todo un tono espectral, como de hospital abandonado. La pantalla mostraba su propio reflejo: un hombre de cincuenta y dos años, cara ancha, entradas profundas, hombros de exboxeador que nunca subió a un ring, pero cargó cajones toda su vida. No era lindo. Lo sabía. Pero tampoco le importaba. La belleza era un problema de otra gente, de los que viven en los pisos de arriba y pagan expensas caras para no tener que mirarse al espejo. 


Hacía ocho meses que trabajaba ahí. Ocho meses desde que su primo Lito, el de la agencia de seguridad, le había conseguido el puesto. "Encargado", le dijeron. "Mantenimiento y monitoreo". Lo primero era mentira a medias: arreglar cañerías, cambiar cuerpos de lámparas, destapar inodoros. Lo segundo era real y absoluto. Las cámaras no estaban solo en los pasillos. Cuando firmó el contrato, cuando le mostraron la oficina de monitoreo con sus doce monitores y su silla de cuero sintético rajada, Alexander preguntó si eso era legal. La respuesta le llegó en forma de un anexo firmado por cada inquilino, una cláusula donde aceptaban el monitoreo interno a cambio de una reducción en el seguro y un botón antipánico silencioso. "Perdemos un poco de privacidad", había dicho la administradora, una mujer de traje gris que olía a tabaco frío, "pero ganamos seguridad. Ya nadie mira por la ventana al vecino, total, las cámaras lo hacen por ellos". Alexander había asentido, guardándose la indignación en el bolsillo del mameluco. Después, con el tiempo, la indignación se le pudrió adentro y se transformó en otra cosa. En un hambre callada. 


El departamento que le dieron quedaba en la planta baja, al lado del cuarto de máquinas. Un ambiente con ventana a la calle, heladera que zumbaba de noche y una cama de una plaza que le quedaba corta. Pero el sueldo era el mejor de su vida. Por primera vez no tenía que hacer changas los fines de semana, no tenía que pedirle plata a nadie. Podía comprarse su yerba, su tabaco, sus medialunas de grasa los domingos a la mañana. Y podía, sobre todo, sentarse cada tarde a mirar. 


Al principio era trabajo. Rutina. A las dos de la tarde cambiaba el tanque de agua, a las tres revisaba las luces de la cochera. Después se sentaba. El mate, los monitores, el silencio. Sin querer, casi sin darse cuenta, Alexander empezó a aprenderse las vidas ajenas. La del tercero B, que salía a correr a las seis menos cuarto, aunque nunca llegaba a la esquina. La del sexto A, que lloraba en la bañera los martes. La del quinto C, Carlos, un tipo de traje caro y panza incipiente que bajaba a las ocho en punto y volvía a las siete, siempre con algún regalo para la esposa. Y la de ella. 


Marisol. 


Era la única que dejaba la puerta abierta. Literalmente. Dos veces por semana, lunes y jueves, la cerradura de su departamento quedaba sin trabar, apenas apoyada, esperando. Alexander la veía llegar, con sus veinte años livianos, sus piernas largas que se apoyaban en el piso como si pidieran permiso, su pelo castaño lacio partido al medio meciéndose como una cortina de seda. La veía saludarlo en la entrada, siempre juguetona, siempre con un comentario que le quedaba rebotando en la cabeza hasta la noche. "Buen día, don Alejandro", le decía, cambiándole el nombre a propósito, los ojos grandes y claros brillándole con algo que no era inocencia sino su prima hermana, la picardía. Las pecas sobre la nariz se le arrugaban cuando sonreía. Y él le contestaba cualquier cosa, algún chiste de viejo, alguna pavada del clima, mientras la miraba irse pasillo adentro, las nalgas grandes y duras dibujadas bajo la pollera o el jean, moviéndose con una cadencia que le aceleraba la sangre debajo de la piel gruesa. Cada vez que ella desaparecía en el ascensor, Alexander sentía una puntada en el pecho, una mezcla de bronca y fascinación. Y entonces recordaba el ritual. 


Lunes. El reloj de la esquina de abajo marcaba las nueve y doce. Carlos salía de su departamento en el quinto, bajaba por la escalera —nunca el ascensor, "para no hacer ruido", había deducido Alexander después de semanas de observarlo— y caminaba los tres pisos hasta el departamento de Marisol. La puerta cedía sin resistencia. La luz del living se apagaba enseguida. Lo único que captaban las cámaras era una silueta ancha avanzando hacia el cuarto. Después, oscuridad total. Pero los micrófonos, esos pequeños agujeros negros junto a los detectores de humo, capturaban todo lo demás. Los gemidos de ella. Primero suaves, como un animal herido, después más profundos, guturales, hasta convertirse en una melodía que Alexander conocía de memoria. Se quedaba quieto, la bombilla entre los dientes, escuchando. Imaginando. Odiando. 


"Si Carlos puede, ¿por qué yo no?" 


La frase le nació una tarde de agosto, mientras miraba a Marisol entrar al edificio con una blusa blanca que se le transparentaba contra la luz del atardecer. Se lo dijo en voz baja, como si masticara un pedazo de carne demasiado grande. Carlos era un tipo común, casado, aburrido, con olor a colonia barata y las manos blandas de oficinista. ¿Qué le daba él a Marisol que Alexander no pudiera darle? ¿Dinero? ¿Estatus? ¿O simplemente la certeza de que no iba a involucrarse, que todo quedaba en ese cuarto a oscuras, sin nombres, sin promesas? Porque Marisol no buscaba un novio. Eso también lo había entendido mirándola. Buscaba otra cosa. Algo que ardiera y se consumiera rápido, sin dejar cenizas que barrer a la mañana siguiente. 


Esa noche iba a ser uno de sus lunes. Alexander lo sabía. Lo sintió en el modo en que ella se despidió en el hall, girando sobre sus talones y regalándole de espaldas la visión de sus caderas marcando el vaivén exacto de una invitación que no era para él. Todavía no. 


A las nueve y siete, el monitor mostró algo distinto. La puerta del ascensor se abrió en la planta baja y salió una mujer. No era cualquiera: era Lorena, la esposa de Carlos. Cuarenta y cinco años, un vestido negro ajustado, el pelo rubio recogido en una cola tirante que le estiraba las facciones, los ojos delineados que ahora se veían vidriosos. Alexander la conocía bien del monitoreo, la había visto discutir con Carlos en el living, la había visto llorar en la cocina, la había visto dormir sola muchas noches. Caminaba apurada, los tacos repicando contra el mármol del hall, y él se levantó de la silla instintivamente. 


—¿Está todo bien, señora Lorena? —le preguntó, asomándose a la puerta de su oficina. 


Ella se detuvo un segundo, la cartera apretada contra el pecho. 


—Carlos tuvo un accidente con el auto. Está en el hospital. Voy para allá. 


La voz le temblaba, pero no se quebraba. Una mujer fuerte, pensó Alexander. Demasiado para un marido que se le escapaba dos veces por semana al segundo piso. 


—Cualquier cosa me avisa —dijo él, y su boca se curvó apenas, una mueca que quiso ser solidaria pero que le salió torcida hacia adentro. 


Lorena asintió sin mirarlo y desapareció puerta afuera, tragada por la noche de la capital. Las puertas de vidrio se cerraron tras ella con un suspiro neumático. Alexander se quedó parado en el hall vacío, los brazos caídos a los costados, el corazón bombeándole un ritmo nuevo. Las palabras volvieron, esta vez más fuerte, casi un rugido silencioso: "Si Carlos no puede esta noche, ¿por qué no yo?". 


La idea lo golpeó como una cachetada caliente. Después vino el instante de lucidez, ese freno que aparece justo antes del abismo. "No". Lo pensó clarito, como quien lee un cartel de advertencia antes de un precipicio. Eso estaba mal. Entrar a oscuras, hacerse pasar por otro, aprovecharse de la confianza de una piba que ni siquiera sabía que él la miraba todos los días desde una pantalla. "No, Alexander. Eso no". Pero la sangre ya se le había subido a la cabeza, un zumbido espeso que le nublaba los oídos. Y entonces lo reformuló. No iba a engañarla. Iba a arriesgarse, sí, pero dando la cara. Jugando limpio dentro de lo sucio. Si ella aceptaba, sería con él, sabiendo que era él. Y si no, bueno, se volvería a su oficina, se cebaría un mate amargo y se aguantaría las ganas como un hombre. 


Se miró en el espejo turbio del ascensor mientras subía. El mameluco azul, la camisa a cuadros, el pelo escaso peinado para el costado. No era un galán. Pero había algo en sus manos, en la forma en que se aferraba a la baranda metálica, que destilaba una seguridad maciza, sin fisuras. "Tengo cincuenta y dos años", se dijo. "Sé lo que quiero. Y sé cómo hacer sentir bien a una mujer". No era soberbia. Era experiencia. Años de camas compartidas, de cuerpos que se van conociendo, de entender que el deseo se cocina a fuego lento antes de servirse. 


El pasillo del segundo piso estaba en penumbras. Las luces principales se apagaban a las nueve por un temporizador que él mismo había programado. Caminó los doce pasos que separaban el ascensor de la puerta de Marisol. Antes de golpear, apoyó la palma de la mano sobre la madera. Estaba tibia. La empujó apenas: cedió sin hacer ruido. La cerradura no había sido trabada, como todos los lunes. Sintió el perfume de ella flotando en el living a oscuras, un aroma dulce y ácido a la vez, como a jazmines mojados y piel recién bañada. Las ventanas estaban cerradas. El único sonido era el rumor lejano de la avenida y, más cerca, su propia respiración, que intentaba controlar sin éxito. 


Avanzó tres pasos hasta la puerta del cuarto. Estaba entornada. Del otro lado se filtraba una oscuridad más espesa, una oscuridad de cortinas black out y sábanas revueltas. No se veía nada. Pero se olía todo. El deseo era un perfume cargado que le entró por la nariz y le bajó directo al vientre. 


Golpeó la puerta con los nudillos. Dos golpes secos que sonaron como martillazos en el silencio. 


Del otro lado, el cuerpo de Marisol se tensó bajo las sábanas. "Raro", pensó. "Carlos nunca golpea. Carlos entra, me coge y se va. Así me gusta. Sin vueltas". Pero esta vez algo era distinto. El golpe la había sacado de la modorra expectante, ese estado de duermevela caliente donde ya se tocaba apenas, preparándose. Le gustaban los maduros. Desde los diecisiete que le gustaban. Hombres con canas, con arrugas, con olor a tabaco y pasado. Carlos era uno más en una lista silenciosa. Pero Carlos no golpeaba. Y esa anomalía, ese quiebre mínimo en el ritual, le encendió una chispa de desconfianza. 


—¿Por qué golpeas hoy? —preguntó al aire, la voz pastosa, los ojos entrecerrados mirando la silueta opaca que se recortaba contra la puerta. 


La respuesta llegó envuelta en una voz que no era la de Carlos. Más grave, más rasposa, con el filo justo para cortar la duda. 


—No soy Carlos. Soy su reemplazo hoy. 


Marisol se quedó callada. Las palabras le rebotaron en la cabeza como piedras en un pozo. "Reemplazo". "Su reemplazo". Carlos le había mandado un amigo. Un compañero de trabajo, quizás. Alguien a quien le había contado. Alguien que sabía. Sintió un calor súbito en las mejillas, una vergüenza que le subió desde el pecho. "Piensa que soy una puta. Le contó a otro que vengo y me abro de piernas en la oscuridad como si nada". La idea le ardió un instante. Pero enseguida, bajo la sábana, sus muslos se apretaron involuntariamente. La vergüenza mutó. Se volvió excitación. Un desconocido. Un hombre del que no sabía ni la cara, ni el nombre, ni el olor. Solo la voz. Solo esa seguridad aplastante que había atravesado la madera como un cuchillo caliente en manteca. "Voy a pasar el rato con alguien que no sé quién es". El peligro le aceleró el pulso. El morbo le humedeció el centro. 


—¿Qué edad tenés? —preguntó, y en el tono había menos cautela y más hambre. 


—Tengo cincuenta y dos años. 


La respuesta llegó rápido, sin titubeos, casi como si él hubiera estado esperando esa pregunta exacta. Marisol sonrió en la oscuridad. Una sonrisa que nadie vio pero que le torció los labios hacia un costado, apenas. Maduro. Perfecto. 


—¿Qué esperas para entrar? 


Alexander abrió la puerta y la oscuridad se lo tragó entero. No encendió la luz. No hacía falta. Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse, y cuando lo hicieron, distinguió la cama, las sábanas blancas revueltas, y sobre ellas un bulto tibio. No alcanzó a verle la cara. Mejor. Así era más puro, más animal. Se acercó sintiendo el calor que emanaba de ella, un vaho que le golpeó el pecho y le hizo olvidar cualquier vacilación. Alexander no era un hombre pasivo. Nunca lo había sido. En la cama, en el laburo, en la vida. Agarró lo que quería. Y ahora quería esto. 


En segundos estuvo sobre ella. Las manos le encontraron la cintura, fina, y subieron por las costillas arrastrando la tela liviana del camisón. Ella se dejó hacer, el cuerpo laxo pero atento, como una gata que finge indiferencia mientras mide cada movimiento del otro. Le sacó el camisón por la cabeza, casi arrancándolo. Después le buscó la tanga con los dedos, un hilo mínimo que cedió con un tirón seco. Marisol exhaló una risita ahogada, sorprendida por la urgencia. Y entonces él le tomó el cuello. No con violencia, sino con una firmeza que le anunciaba quién mandaba. La palma de la mano le rodeó la garganta tibia, los dedos apoyados justo bajo la mandíbula. Ella arqueó la espalda, la boca entreabierta dejando escapar un suspiro quebrado. 


—Te voy a hacer gozar como a una perra en celos. 


La frase le cayó encima como un latigazo de terciopelo. Maduro y dominante. Las dos cosas que la volvían loca. Carlos era más tierno, más predecible, una rutina placentera, pero sin vértigo. Esto era otra cosa. Esto era un precipicio. Y ella se tiró de cabeza. 


Buscó su boca en la oscuridad y lo besó. Un beso torpe al principio, los labios chocando sin puntería, hasta que se encontraron y se abrieron. Él sabía a mate amargo y a algo metálico, como a sangre o a deseo puro. Le metió la lengua hasta el fondo, y ella sintió que le faltaba el aire, pero no le importó. Se entregó. El beso fue una rendición anticipada de todo lo que iba a venir después. 


La mano de él bajó por su vientre, se detuvo un instante en el vello apenas húmedo, y después le abrió las piernas. Sin preámbulos, sin caricias previas, con la fuerza justa para que ella sintiera sus propios músculos ceder. Marisol se encontró abierta de par en par, expuesta a la oscuridad, vulnerable y mojada. Lo escuchó bajarse el cierre del mameluco, un sonido metálico que resonó en el cuarto como un disparo. Y después lo sintió. La punta primero, caliente y gruesa, apoyándose apenas en la entrada. Un instante de suspensión, el silencio antes de la tormenta. Y entonces Alexander la penetró de un solo golpe, entrando hasta el fondo con un envión seco que le arrancó un grito. 


—¡Ahhhh, Dios! 


El grito salió de su garganta como un animal liberado, agudo pero quebrado al final, arrastrando una sílaba que se perdió contra el techo. La sensación fue un relámpago blanco que le subió por la columna y le explotó en el cráneo. La llenaba entera, sin piedad, un llenado absoluto que no pedía permiso. Los músculos internos se le contrajeron alrededor de él, amoldándose a ese desconocido que ahora la habitaba. 


—Estás muy mojada, perrita —le gruñó él al oído, y entró más hondo todavía, un milímetro más que pareció tocarle el alma. 


Las manos de Alexander le tomaron los pechos, redondos y firmes, los apretaron con avidez hasta arrancarle otro gemido. Los dedos encontraron los pezones duros y los pellizcaron sin piedad. Ella sentía cada embestida como si la atravesara de lado a lado, un vaivén de carne que la abría y la cerraba, que la llenaba y la vaciaba dejándola hambrienta de más. "No sé quién es", pensaba entre la bruma del placer, "pero me está cogiendo como nadie. Como una bestia. Como siempre quise que me cogieran". Su mente no podía aferrarse a ningún pensamiento sólido; todo se le deshacía en una nube caliente donde solo existía ese miembro que entraba y salía, ese ritmo de martillo, ese olor a sudor ajeno que ya se mezclaba con el propio. 


Los gemidos de Marisol se hicieron más fuertes. Agudos y después graves, modulando una melodía que Alexander conocía bien. La había escuchado decenas de veces a través de los parlantes del monitor. Pero esta vez era distinta. Esta vez era para él. Y sonaba más. Más desgarrada, más urgente, más auténtica. Carlos nunca le había arrancado esos sonidos. Él sí. El pecho se le infló con un orgullo cavernario, primitivo, mientras sus caderas bombeaban cada vez más rápido. Los testículos le golpeaban contra la piel suave de ella, un chasquido húmedo que marcaba el compás de una coreografía obscena. 


Marisol sintió que algo se le rompía adentro, una compuerta que cedía de golpe. El orgasmo le llegó sin avisar, una ola caliente que le estalló en el centro y se expandió por todo el cuerpo como un incendio descontrolado. Gritó de nuevo, pero esta vez no fueron palabras, fue un alarido ronco, los ojos apretados tan fuerte que vio estrellas bajo los párpados, las piernas temblándole contra los costados de él, los dedos de los pies crispados. 


Pero Alexander no se detuvo. Sintió las contracciones alrededor de su miembro y siguió embistiendo, ahora más lento, pero más profundo, dejando que ella cabalgara las últimas crestas del espasmo mientras él se adentraba en un nuevo ritmo, implacable, dueño del tiempo. El sudor le perlaba la frente y le corría por la espalda, empapándole la camisa que todavía no se había sacado. Los cuerpos resbalaban uno contra otro, calientes, pegajosos, en un ritual que olía a sexo y a noche y a pecado. 


—Date vuelta —ordenó con la voz tomada. 


Salió de ella solo el instante necesario para maniobrar, agarrarla de las caderas y ponerla en cuatro patas sobre la cama. Las nalgas grandes y duras se ofrecieron ante él como una fruta madura. Le asestó una nalgada, seca, sonora, que retumbó contra las paredes del cuarto minúsculo. Después otra. Marisol gimió apretando las sábanas entre los puños. La piel se le enrojeció con la marca de los dedos, un ardor delicioso que le corría desde las nalgas hasta la nuca. Alexander volvió a penetrarla, ahora desde atrás, entrando como un animal, gruñendo con cada envión. La vista de ese culo redondo contra sus ingles le nubló cualquier pensamiento que no fuera ese: el placer de someter, el placer de poseer. 


Le metió dos dedos en la boca, uno de cada lado, estirándole las comisuras como un bocado abierto. Los dedos le supieron a sal, a tabaco, a los rincones ásperos de un hombre que trabaja con las manos. A ella le encantó. Se los chupó con avidez, la lengua húmeda rodeándole los nudillos, mientras su interior seguía siendo castigado por el vaivén furioso de él. "Es una bestia, pero nunca nadie me había cogido así", se le deshilachó el pensamiento, "me encanta, me encanta, me encanta". La reiteración era un mantra que latía al compás de las embestidas. 


El segundo orgasmo la encontró con los dedos todavía en la boca, un espasmo que le nació en los tobillos y le subió como una descarga eléctrica. Esta vez no gritó. Se le escapó un gemido largo y lastimero, casi un llanto, los ojos dados vuelta, el útero contrayéndosele en espasmos rítmicos que exprimieron el miembro de Alexander hasta hacerle perder el control. 


Él aguantó tres, cuatro, cinco embestidas más, cada una más salvaje. Sacó los dedos de la boca de ella, dejando un hilo de saliva colgando, y le asestó otra nalgada, más fuerte, tan fuerte que a la décima supo que era imposible seguir conteniéndose. El orgasmo lo atravesó como una estaca, tensándole cada músculo del cuerpo, arrancándole un gruñido ronco que vibró contra el techo. Acabó adentro, profundo, sintiendo que se vaciaba entero en ese cuerpo que no era suyo y que sin embargo ahora le pertenecía de alguna forma oscura e irreversible. 


Los dos se quedaron quietos, jadeando, fundidos en un charco de sudor que enfriaba rápido sobre las sábanas revueltas. El único sonido era la respiración agitada de ambos, un fuelle que iba bajando de ritmo. Alexander se retiró despacio, sintiendo el vacío que dejaba. Se subió el mameluco sin mirarla. No necesitaba verla. Ya la conocía de memoria. Ya la había visto desde todos los ángulos que las cámaras permitían y desde uno nuevo que ninguna cámara podría jamás capturar. 


—Sos mejor perrita de lo que pensaba —dijo, la voz ronca por el esfuerzo, mientras caminaba hacia la puerta. 


Desde la cama, el cuerpo rendido y desnudo de Marisol apenas se movió. Los músculos le dolían, el sexo le latía caliente y usado. Sin darse vuelta, con la boca pastosa y una sonrisa que le temblaba en los labios hinchados, respondió —Guau, guau. 


Alexander sonrió en la oscuridad. Una sonrisa ancha, genuina, que nadie vio pero que le dejó una huella tibia en la cara. Salió del departamento y cerró la puerta sin hacer ruido. En el pasillo, bajo la luz de emergencia, se miró las manos. Le temblaban. No de culpa. De felicidad. Había podido. La chica de sus obsesiones, la que miraba todos los días, la que le llenaba los sueños y las pajas solitarias en su cuartito de la planta baja. La había tenido. Y le había gustado. Y ella había respondido. "Guau, guau", se repitió bajito, y la sonrisa se le hizo carcajada silenciosa mientras caminaba hacia el ascensor. 

 

Una hora. Eso tardó Marisol en moverse. El reloj del velador marcaba las once y doce cuando pudo estirar un brazo. La oscuridad seguía siendo la misma, pero ahora no era cómplice, era testigo. Yacía desnuda sobre las sábanas empapadas, las piernas todavía separadas, el cuerpo marcado por los dedos de él. Tenía las nalgas ardidas por las nalgadas, los pechos sensibles, el cuello dolorido donde él la había agarrado. Entre los muslos, una humedad tibia le recordaba que todo había sido real. Se tocó, apenas, y se estremeció. Nunca, nunca en su vida había tenido dos orgasmos tan intensos, tan seguidos, tan demoledores. "Vuelvo a nacer", pensó, y la frase le pareció cursi pero exacta. 


El celular vibró sobre la mesa de luz. La pantalla le iluminó la cara un instante, cegándola. Parpadeó para leer el mensaje. 


"Bb no voy a poder llegar hoy, tuve un accidente y estoy en el hospital, pero no te preocupes, estoy bien." 


Era Carlos. Marisol leyó el mensaje dos veces, tres veces. La información le entró lenta, como agua filtrándose por una grieta. Carlos no podía llegar. Carlos no había llegado. Carlos no le había mandado a nadie. Nadie. La palabra le rebotó en el cráneo con un eco sordo. "¿El que me cogió no era amigo de Carlos?". El corazón se le aceleró. No era miedo. Era un vértigo nuevo, una excitación tardía que le encendió otro escalofrío. 


La habitación seguía a oscuras. Olía a sexo y a desconocido. Marisol se quedó mirando el techo, las pupilas dilatadas, una gota de sudor resbalándole por la sien. 


—¿De dónde me conoce el que me hizo su perra hoy? —murmuró en voz alta, y la pregunta se quedó flotando en el aire denso del cuarto, sin respuesta.

 


Continuara.... 

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