La Modelo que Apostó su Cuerpo — Parte 3

 


La oscuridad del departamento era una caricia pesada que Luana no había querido interrumpir durante siete días. Cortinas cerradas, teléfono apagado, la cama revuelta como un campo de batalla donde ella había peleado sola contra los recuerdos. El cuerpo le dolía aún, pero no de la misma manera que la primera madrugada. Ahora era un dolor sordo, profundo, que se instalaba en los huesos cada vez que intentaba dormir y las imágenes volvían. 


"Me vieron", pensaba una y otra vez, dando vueltas entre las sábanas arrugadas. "Todos me vieron. Todos me usaron. Todos saben". 


Pero el espejo del baño le devolvía la misma imagen de siempre: la rubia de labios carnosos, la modelo de portada, la mujer que Alejandro había llevado a la cima. Siete días sin comer bien, sin maquillaje, sin peinar ese cabello que ahora era una maraña salvaje, y seguía siendo hermosa. "La belleza no se mancha", le había dicho una vez un fotógrafo. "La belleza es una maldición que te obliga a mostrar que estás bien aunque te estés muriendo por dentro". 


Pero Luana no se estaba muriendo. Eso era lo peor. 


Se acarició los muslos bajo las sábanas y sintió la piel sensible, todavía marcada aquí y allá por dedos que habían apretado demasiado. Recordaba cuerpos, olores, sabores. Recordaba la mesa de póker, el paño verde manchado, las lámparas de araña girando sobre su cabeza mientras desconocidos entraban y salían de ella como si fuera una estación de servicio. 


"Quiero volver", se dijo, y la vergüenza le quemó las mejillas. Pero el deseo le quemó más abajo, más adentro, en ese lugar húmedo que se humedecía aún más cada vez que pensaba en la derrota. 


Se levantó al séptimo día. Abrió las cortinas de par en par y el sol de la tarde le pegó en la cara como una cachetada. Se miró en el espejo del vestidor, desnuda, y recorrió su propio cuerpo con los dedos. Los moretones se habían vuelto amarillos, casi invisibles. Los rasguños eran líneas finas que desaparecerían en una semana. "Mi cuerpo se recupera", pensó. "Pero yo no". 


Se vistió con lo primero que encontró: un vestido negro, corto, más simple que los que solía usar en las pasarelas. Tacones altos, porque sin ellos se sentía desnuda. El cabello lo recogió en una cola de caballo alta y severa que dejaba al descubierto su cuello, sus mejillas altas, esos labios que ahora se mordía con ansiedad. 


"Voy a ganar esta noche", se repitió mientras se pintaba los labios de rojo, el mismo rojo de la otra noche, el mismo rojo de siempre. "Voy a recuperar mi dignidad. Una apuesta se paga, pero también se gana". 


No pensó en Alejandro. No pensó en cómo él la había visto desde el segundo piso, rodeado de modelos arrodilladas. No pensó en la sonrisa que había adivinado en sus labios mientras ella era usada por desconocidos. No pensó en nada de eso porque si lo pensaba, no podría salir de su casa. Y necesitaba salir. Necesitaba sentarse en esa mesa verde, barajar las cartas, y demostrarse que podía ganar. 


El taxi la dejó en la misma calle empedrada de San Telmo. La misma puerta de madera maciza, el mismo llamador de bronce con forma de león. Todo igual, pero ella no. Ella era otra después de aquella noche. O quizá era la misma y solo ahora se permitía serlo. 


—Dos veces. Pausa. Dos veces. 


La puerta se abrió sola, como si la hubiera estado esperando. 


El lugar estaba igual. Lámparas de araña, mesas de paño verde, el aire espeso de perfume caro y excitación contenida. Pero había menos gente que la otra vez, o quizá Luana solo miraba con otros ojos. Vio a la mujer de Chanel jugando en una mesa, sus dedos huesudos sosteniendo las cartas con la misma indiferencia de siempre. Vio al joven de la gorra al revés, ahora sin gorra, el cabello despeinado cayéndole sobre los ojos. Vio a otros que no reconoció, rostros que se volvían hacia ella cuando entró, evaluándola como se evalúa a una yegua en una feria. 


"Me conocen", pensó, y el pensamiento le heló la sangre. "Saben lo que hice. Saben lo que soy". 


Pero caminó igual. Cadera suelta, tacones firmes, cabeza alta. "Soy Luana", se repitió. "Soy la modelo. Soy la que ellos miran desde abajo". 


Se sentó en una mesa vacía, la misma donde había perdido todo una semana atrás. El crupier, un hombre flaco de ojos grises, la reconoció. Lo vio en la forma en que sus dedos vacilaron un segundo ante de repartir. 


—Quiero jugar —dijo Luana, y su voz sonó más segura de lo que se sentía. 


—¿Con qué pagás? —preguntó el crupier, sin levantar la vista. 


Luana metió la mano en su cartera y sacó un par de pulseras de oro, unos aros de diamantes que le había regalado una marca italiana, un collar de perlas que había pertenecido a su abuela. Lo puso todo sobre el tapete verde. 


El crupier miró las joyas sin interés. Las empujó con un dedo, como quien aparta migajas. 


—Diez fichas —dijo. 


—¿Diez? —Luana sintió cómo la sangre le subía a la cara—. Esto vale mucho más que diez fichas. 


—Las joyas valen lo que alguien quiera pagar por ellas —dijo el crupier, y por fin levantó la vista. Sus ojos grises la miraron con una frialdad que dolía—. Y vos, Luana, valés menos que la semana pasada. 


El golpe fue físico. Luana sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones, cómo las mejillas se le encendían de vergüenza. "Valgo menos", repitió en su cabeza. "Me usaron tantos que ahora valgo menos". 


—¿Qué querés decir con eso? —preguntó, aunque ya lo sabía. 


El crupier inclinó la cabeza, como si estuviera cansado de explicar cosas obvias. 


—Tu cuerpo fue usado por mucha gente la última vez, Luana. Ya no tiene el mismo valor. Así funciona el mercado. Un vestido después de ser usado en veinte desfiles no se vende al mismo precio que nuevo. Un cuerpo después de ser usado por..." —hizo una pausa, simulando calcular— "...¿treinta hombres? No vale lo mismo. 


"Treinta", pensó ella, y el número le dio vuelta en el estómago. No había llevado la cuenta. Treinta. Quizá más. Quizá menos. No sabía. Solo sabía que ahora todos lo sabían. 


La vergüenza era un animal vivo que le mordía las entrañas. Quería levantarse, salir corriendo, meterse en un agujero y no salir nunca más. Pero había algo más, algo que la mantenía sentada, con las manos sudorosas sobre el tapete verde. 


"Quiero jugar", se dijo. "Quiero ganar. Necesito demostrar que valgo algo aunque sea usado". 


—¿Qué puedo apostar, entonces? —preguntó, y su voz sonó ronca, casi ronroneante. 


El crupier la miró largamente. Sus ojos grises recorrieron su cuerpo de arriba abajo, evaluando, calculando. 


—Hay una opción —dijo finalmente, bajando la voz—. Si apostás hacer un video... para adultos... te damos cien fichas. El valor de una estrella, no el de un cuerpo usado. 


Luana sintió cómo el corazón se le aceleraba. "Un video. Un video porno. Si acepto, quedaré grabada para siempre. Cualquiera podrá verme. Mi carrera...". 


Pero también pensó en las cien fichas. En lo que podría ganar si jugaba bien. En la posibilidad de recuperar su dignidad venciendo a los hombres que la habían humillado. 


—Acepto —dijo, y la palabra salió de su boca antes de que pudiera pensarla. 


El crupier sonrió. Era una sonrisa fea, amarillenta, que le arrugó todo el rostro. 


—Buena chica. 


Le entregó cien fichas negras. Luana las colocó frente a sí con manos temblorosas, y el juego comenzó. 


Pero algo había cambiado. Sus manos no respondían como antes. Veía las cartas, calculaba las probabilidades, pero algo la distraía. La certeza de que la estaban mirando. La conciencia de que había aceptado hacer un video. El calor entre sus piernas que crecía con cada mano perdida. 


Perdió la primera mano. Y la segunda. Y la tercera. 


Era más rápido que la otra noche. Mucho más rápido. Las fichas negras desaparecían de su lado del tapete como si tuvieran alas. En una hora, tenía veinte. En dos, cinco. En dos horas y media, ninguna. 


Luana miró el tapete vacío frente a sí. Las manos le temblaban. El sudor le corría por la nuca y se perdía entre sus pechos. Estaba mojada. Empapada. Y no había ganado nada. 


—Perdiste, rubia —dijo una voz detrás de ella. 


Giró la cabeza. Era un hombre que no había visto antes, alto, de piel oscura, con brazos musculosos que asomaban bajo las mangas de una camisa blanca. Tenía los ojos negros y brillantes, y una sonrisa que mostraba dientes perfectos. 


—¿Quién sos? —preguntó Luana, aunque ya lo sabía. Era el hombre del video. El hombre que la filmaría. 


—Me llamo Damián —dijo él, tendiéndole una mano que ella no tomó—. Y vos, Luana, tenés una deuda que pagar. 


La sala se había vaciado. O no, pero a ella le pareció que sí. Solo quedaban las lámparas de araña, los tapetes verdes, y ese hombre enorme que la miraba como si ya la estuviera devorando con los ojos. Detrás de él, otro hombre igualmente alto, igualmente musculoso, igualmente oscuro. Gemelos, quizá, o solo dos cuerpos que parecían esculpidos en el mismo bronce. 


—Vení —dijo Damián, y la tomó del brazo. 


La llevó escaleras arriba, al segundo piso. Luana no había estado allí la otra noche, solo había visto la baranda desde abajo, la figura de Alejandro observando. Ahora recorrió un pasillo alfombrado, paredes de madera oscura, puertas cerradas detrás de las cuales adivinaba susurros y gemidos. 


Damián abrió una puerta. Era una habitación blanca, cegadoramente blanca, con luces de estudio apuntando a una cama enorme en el centro. Cámaras, trípodes, micrófonos colgando del techo como murciélagos de metal. El aire olía a látex, a desinfectante, a sexo reciente. 


—Desvestite —dijo Damián, y ella obedeció. 


No hubo vergüenza esta vez. O sí, pero una vergüenza diferente, más caliente, más húmeda. Luana se quitó el vestido negro con movimientos lentos, deliberados, como si estuviera en una pasarela. Los tacones altos se los dejó puestos. El cabello se soltó de la cola de caballo y cayó sobre sus hombros en ondas rubias. 


Quedó desnuda bajo las luces blancas. Su piel bronceada brillaba, sus pechos firmes se elevaban con cada respiración acelerada, el triángulo de vello rubio entre sus piernas estaba oscuro por la humedad. 


"Me van a filmar", pensó, y el pensamiento la recorrió como una descarga eléctrica. "Todos van a verme. Mi mamá. Mi papá. Los diseñadores para los que trabajo. Todos". 


Pero el miedo se mezclaba con otra cosa. Con ese calor que le crecía en el vientre, con esa humedad que resbalaba por sus muslos, con esa necesidad de ser tomada, usada, filmada. 


Los dos hombres se desvistieron mientras ella los miraba. Eran enormes. No altos nomás, sino anchos, musculosos, con brazos que parecían troncos y torsos tallados en piedra oscura. Sus miembros, cuando quedaron desnudos, eran igualmente enormes. Más grandes que los de Marcelo, más grandes que los de cualquier hombre que Luana hubiera visto. 


"¿Cómo va a entrar eso?", pensó con un terror que era también deseo. 


Los dos se acercaron. Luana sintió sus cuerpos calientes a los costados, sus manos ásperas recorriendo su piel, sus respiraciones profundas en sus oídos. Uno de ellos —no sabía si Damián o el otro— le tomó la cara entre las manos y la besó. Fue un beso brutal, sin ternura, que le mordió los labios y le llenó la boca de un sabor a tabaco y a hombre. El otro le mordió el cuello, justo donde la arteria latía frenética, y Luana gimió contra la boca que la devoraba. 


—Las cámaras están rodando —dijo una voz desde algún lugar, y Luana supo que era verdad. Que todo lo que pasara allí quedaría grabado para siempre. 


El de atrás la empujó hacia adelante, haciéndola caer de rodillas sobre una alfombra suave que habían puesto frente a la cama. Los dos hombres se pararon frente a ella, sus miembros erectos apuntando a su rostro como dos cañones. Eran enormes, obscenos, la cabeza morada y brillante, las venas marcadas como ríos bajo la piel oscura. 


—Chupá —dijo Damián, y ella abrió la boca. 


Tomó a uno primero, el de la izquierda, y sintió cómo la cabeza le rozaba la garganta antes de que hubiera metido la mitad. Nunca en su vida había tenido algo tan grande en la boca. Sus labios se estiraron hasta doler, su mandíbula se abrió más de lo que creía posible, y aun así no podía tomarlo entero. La saliva le resbalaba por las comisuras, por la barbilla, por el cuello, y ella chupaba, lamía, succionaba con una desesperación que no sabía de dónde venía. 


El otro hombre esperó. Cuando ella cambió de uno a otro, él metió sus dedos en su cabello y la guió, no con ternura sino con firmeza, marcando el ritmo. Luana pasaba de un miembro al otro, chupando a lo largo, lamiendo las cabezas, metiéndose los testículos en la boca uno por uno, alternando sin descanso. El sabor era intenso, salado, a hombre, a poder. Y ella lo devoraba como si tuviera hambre. 


—Arriba —dijo Damián, y la levantaron del suelo como si no pesara nada. 


La tumbaron boca arriba en la cama blanca, y Luana sintió el frescor de las sábanas contra su espalda sudorosa. Los dos hombres se colocaron, uno entre sus piernas, el otro sobre su cabeza. 


—Vas a estar llena, rubia —dijo el que estaba entre sus piernas, y Luana supo que era verdad. 


La penetración fue lenta al principio. La cabeza de su miembro presionó contra su entrada, y ella sintió cómo sus paredes internas se estiraban, se abrían, protestaban. Dolió. Un dolor agudo, blanco, que la hizo arquear la espalda y morderse el labio. Pero detrás del dolor, el placer. Ese placer oscuro que la había llevado a la mesa de póker, a la cama de Leopoldo, a ese cuarto blanco con cámaras grabando cada uno de sus gemidos. 


Él empujó más, y Luana sintió cómo su cuerpo entero se abría para recibirlo. Nunca había estado tan llena. Nunca. Cada centímetro que entraba era una revelación, un límite que se rompía, una puerta que se abría. Cuando por fin estuvo dentro hasta el fondo, ella gimió, y el grito se ahogó contra el otro miembro que el hombre sobre su cabeza le metió en la boca. 


Así quedó: llena por los dos extremos. El de abajo moviéndose dentro de ella con un ritmo lento al principio, luego más rápido, más brutal. El de arriba hundiéndose en su garganta una y otra vez, ahogándola, haciéndola toser, para luego retirarse apenas un segundo y volver a entrar. Las lágrimas le corrían por las mejillas, mezclándose con la saliva, con el sudor, con todo lo que era y todo lo que estaba dejando de ser. 


—Así me gusta —gruñó el de arriba—. Ahogate conmigo, putita. 


Luana no podía responder. Su boca estaba llena, su garganta también. Solo podía gemir, y los gemidos vibraban alrededor del miembro que la llenaba, y esa vibración hacía gemir al hombre, y todo era un círculo de sonidos húmedos, de carne contra carne, de cuerpos que se encontraban y se separaban. 


El de abajo la agarró de las caderas y levantó, cambiando el ángulo. Luana sintió cómo la cabeza de su miembro presionaba en un lugar que la hacía ver estrellas. Sus propias manos se aferraron a las sábanas, los dedos blancos por la fuerza. 


—Vení, movete —dijo él, y Luana movió las caderas. 


No era un movimiento coordinado, no era elegante. Era animal, desesperado, un vaivén que buscaba el placer aunque supiera que el placer era también dolor. Sus caderas subían y bajaban, empujando hacia atrás cada vez que él embestía hacia adelante, y el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. 


Una mano la nalgueó. Fuerte. La piel le ardió, y el ardor se convirtió en calor, y el calor en más humedad entre sus piernas. Otra mano le pellizcó un pezón, retorciéndolo hasta que ella gimió contra el miembro que tenía en la boca. Otra mano —¿de quién?— le tiró del cabello, arrancándole un grito que se perdió en la carne. 


Los dos hombres la usaban como si fuera un juguete. La giraban, la levantaban, la ponían de costado, de espaldas, de rodillas. Perdió la noción de quién hacía qué, de cuál miembro estaba en su boca y cuál en su entrepierna, de cuántas manos recorrían su cuerpo, apretando, pellizcando, marcando. Solo sabía que estaba llena. Llena como nunca en su vida. Y le encantaba. 


El orgasmo llegó sin avisar. Uno de ellos —el de abajo, el de arriba, no importaba— empujó justo donde tenía que empujar, y el cuerpo de Luana explotó en espasmos violentos que la hicieron temblar entera. Se apretó alrededor de los dos miembros que la llenaban, y los dos hombres sintieron cómo su cuerpo se tensaba y se aflojaba, como un puño que se cierra y se abre. 


—Se viene la putita —dijo uno, y el otro rió. 


Siguieron moviéndose. No se detuvieron cuando el orgasmo pasó, no le dieron tiempo a recuperar el aliento. Siguieron embistiendo, empujando, llenándola, y Luana dejó que la usaran porque ya no sabía cómo hacer otra cosa. 


Los dos terminaron dentro de ella, casi al mismo tiempo. Sintió cómo el líquido caliente la inundaba, mezclándose, llenándola aún más. Cuando se retiraron, ella quedó vacía y llena al mismo tiempo, chorreando los jugos de ambos por los muslos, por las sábanas blancas. 


Pero las cámaras seguían rodando. Y ella sabía que esa noche todo quedaría grabado. Que su rostro, su cuerpo, sus gemidos, su entrega, todo estaría para siempre en algún archivo, en alguna página, en la memoria de cualquiera que pagara por verlo. 


"Mi carrera se acabó", pensó mientras los dos hombres se vestían sin mirarla, sin dirigirle la palabra, como si ya no existiera. "Alejandro me va a matar. Los diseñadores me van a dejar. Mi mamá...". 


Pero el pensamiento se perdió antes de terminar. Porque debajo de la vergüenza, debajo del miedo, debajo de la certeza de que había cruzado una línea de la que no se volvía, había otra cosa. Ese calor. Esa humedad. Esa necesidad de más. 


Cuando la habitación quedó vacía, Luana se incorporó con esfuerzo. Su cuerpo temblaba, sus piernas no la sostenían, sus labios estaban hinchados y rotos. Los jugos de los dos hombres resbalaban por sus muslos, calientes aún, mezclados con los suyos propios. 


Se vistió sin limpiarse. El vestido negro se pegó a su piel húmeda, y ella sintió cómo la ropa absorbía los fluidos, cómo el olor a sexo la acompañaría hasta su casa. Bajó las escaleras tambaleándose, pasó por la sala vacía donde las lámparas de araña seguían iluminando mesas de póker sin jugadores, y salió a la calle empedrada. 


El aire frío de la madrugada le pegó en el rostro, pero no logró enfriar el fuego que le ardía entre las piernas. 


Tomó un taxi. El conductor la miró por el espejo retrovisor, y Luana supo que él también lo sabía. Todos lo sabrían pronto. Todos verían el video. Todos la verían a ella, la modelo rubia de labios carnosos, siendo usada por dos hombres enormes en una habitación blanca. 


"Pero no importa", pensó mientras el taxi avanzaba por calles vacías. "Nada importa. Solo el juego. Solo la próxima mano. Solo saber si voy a ganar o perder". 


Llegó a su departamento cuando el sol comenzaba a asomar. Abrió la puerta, cerró, dejó caer la cartera en el piso. Sin encender las luces, caminó hasta su dormitorio, se quitó el vestido manchado y se dejó caer en la cama deshecha. 


Estaba aún chorreando los jugos de los dos hombres. Los sentía resbalar por sus muslos, por sus nalgas, mezclándose con el sudor de esa noche, con todo lo que había sido y todo lo que estaba dejando de ser. 


Llevó una mano entre sus piernas. Estaba sensible, ardiente, pero también húmeda todavía. Comenzó a acariciarse, despacio al principio, luego más rápido, mientras los ojos cerrados le mostraban imágenes superpuestas: la mesa de póker, los hombres desconocidos, las cámaras, los miembros enormes, la sensación de estar llena. 


El orgasmo llegó rápido, fácil, como si su cuerpo solo hubiera estado esperando que lo tocaran para rendirse. Gritó contra la almohada, y el sonido se perdió en la oscuridad del departamento vacío. 


Quedó temblando, las piernas abiertas, el dedo todavía dentro de sí misma. 


Y entonces, en el silencio de la madrugada, se hizo la pregunta que había estado evitando desde la primera noche en El Tablero: 


"¿Me gusta perder?" 


La pregunta flotó en el aire como un fantasma. Porque si la respuesta era sí, si de verdad le gustaba perder, entonces todo cambiaba. No era una víctima. No era alguien a quien le pasaban cosas. Era alguien que elegía perder porque en la derrota encontraba algo que en la victoria no podía tener. 


"¿Me gusta que me humillen? ¿Me gusta que me usen? ¿Me gusta que me graben mientras me ahogo con miembros enormes y después me masturbo pensando en eso?" 


No tuvo respuesta. O sí, pero no quería escucharla. 


Cerró los ojos y se durmió con los dedos aún mojados, con el cuerpo aún temblando, con la certeza de que volvería. Porque necesitaba saber. Necesitaba perderse otra vez para encontrarse. O para perderse del todo, daba igual. 


Mientras tanto, en una oficina del segundo piso de El Tablero, Alejandro veía el video en una pantalla gigante. Luana de rodillas, Luana gimiendo, Luana llena por dos hombres enormes. La imagen estaba nítida, perfecta, cada detalle de su cuerpo capturado en alta definición. 


—La carrera de Luana se acabó —dijo Leopoldo desde la otra punta de la oficina, un cigarro en la boca—. Cuando ese video salga, ningún diseñador la va a tocar. 


Alejandro sonrió. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra, y había en ellos una felicidad oscura, casi enferma. 


—Ese era el plan —dijo, apagando la pantalla—. Desde el principio. Quebrarla. Humillarla. Hacer que todo lo que construyó desaparezca para que solo le quede yo. 


Leopoldo exhaló una columna de humo. 


—¿Y ahora qué? 


—Ahora —dijo Alejandro, levantándose de la silla—, ahora espero. Ella va a volver. Y cuando vuelva, no va a tener nada. Ni carrera, ni dignidad, ni dinero. Solo a mí. Y entonces... 


No terminó la frase. No hacía falta. En la pantalla apagada, la imagen de Luana seguía brillando, fantasma de lo que había sido y anuncio de lo que estaba por venir. 


En su departamento, Luana dormía con el ceño fruncido, como si en sueños también estuviera perdiendo. 


Y sonreía. 



Continuara... 

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