La Modelo que Apostó su Cuerpo — Parte 2

 


El sol entraba a raudales por los ventanales del estudio fotográfico, blanco y cegador, pintando el piso de madera envejecida con cuadrados de luz impiadosa. Luana estaba de pie frente al fondo blanco infinito, su cuerpo desnudo apenas cubierto por una gasa traslúcida que los estelistas habían drapeado sobre sus hombros como si fuera la tela más cara del mundo. No lo era. Era una bolsa de arpillera teñida de marfil que ellos habían cortado y cosido la noche anterior, pero sobre el cuerpo de Luana parecía seda. 


El flash de las cámaras la golpeaba en intervalos regulares, como un corazón mecánico. Click. Pausa. Click. El fotógrafo, un francés flaco de pelo blanco y manos huesudas, le pedía giros leves, ladeos de cabeza, miradas a cámara que debían ser "debilidad y fuerza al mismo tiempo". 


"Todo es contradicción", pensó Luana mientras arqueaba la espalda, dejando que la gasa se deslizara unos centímetros por su pecho. "Eso es lo que venden. Que seamos vulnerables pero invencibles. Virginales pero putas. Todo al mismo tiempo. Todo falso". 


Pero ella sabía de contradicciones. Había aprendido en una mesa de póker, frente a un hombre calvo de ojos de tiburón, que uno podía perder y ganar en el mismo instante. Que la derrota podía saber tan dulce como la victoria. Que la humillación y el placer eran primos hermanos. 


—Perfecto, Luana. Así. Ahora mirá hacia abajo. Como si estuvieras triste. Sí... más triste. Ahora levantá la mirada. Como si acabaras de recordar que sos hermosa. 


Ella obedeció, y cuando sus ojos color miel se encontraron con el lente, algo en su interior se encendió. No era tristeza lo que sentía. Era otra cosa. Una rabia sorda, caliente, que le bullía en el estómago desde hacía una semana. Desde la noche en que Leopoldo la había llevado a ese hotel y ella había pagado su apuesta de una forma que no podía dejar de recordar. 


"Me gusta la leche calentita." 


Las palabras le ardían en la memoria como una marca a fuego. Se había reído al decirlas, se había sentido poderosa, provocadora. Pero ahora, en la fría luz del estudio, con el maquillaje perfecto y el cuerpo trabajado para la cámara, se preguntaba qué clase de mujer decía algo así. Y si esa mujer era realmente ella o una versión que solo aparecía cuando perdía todo control. 


—Cortamos cinco minutos. 


El francés bajó la cámara y se alejó hacia su computadora, donde un asistente ya revisaba las tomas. Las luces se apagaron una a una, y el estudio se llenó de ese silencio incómodo que sigue a la tormenta creativa. 


Luana sintió una mano en su espalda baja. La gasa apenas cubría nada, y los dedos rozaron su piel desnuda con una familiaridad que no era íntima sino profesional. Alejandro. 


—Estuviste increíble —dijo él, apareciendo a su lado como una sombra que siempre estaba allí pero nunca se veía llegar. 


Alejandro tenía cincuenta y seis años, aunque podría haber pasado por menos. Era un hombre de rasgos finos, casi aristocráticos, con el cabello gris perfectamente peinado hacia atrás y una barba de tres días que parecía estudiadamente descuidada. Vestía un traje azul marino sin corbata, la camisa blanca abierta en el primer botón, zapatos italianos que no hacían ruido al caminar. Tenía los ojos verdes, de un verde pálido que miraba siempre como si estuviera analizando algo. 


Luana sabía poco de él. Lo había conocido tres años atrás, cuando ella apenas despegaba del circuito de desfiles locales. Él la había visto en una pasarela de Palermo y se le había acercado con una tarjeta que decía "Manager de talento" y un número de teléfono. Desde entonces, su carrera había explotado. Contratos con marcas internacionales, viajes a Milán, París, Nueva York, portadas de revistas que antes solo podía soñar. Alejandro le había conseguido todo. También le había enseñado a jugar al póker. 


—Me dijiste que tenías un torneo esta noche —dijo Luana, aceptando la botella de agua que él le ofrecía. Bebió un sorbo, sintiendo el líquido frío bajar por su garganta—. ¿Es en el lugar del que me hablaste? 


Alejandro sonrió. Era una sonrisa perfecta, ensayada, que nunca llegaba del todo a sus ojos. 


—Es un lugar especial. No cualquiera entra. Pero vos... —la miró de arriba abajo, lento, como si ya supiera lo que iba a ver, pero quisiera confirmarlo—. Vos estás listo. 


"Lista para qué", pensó ella, pero no preguntó. Había aprendido que Alejandro no respondía preguntas directas. Daba vueltas, sugería, dejaba caer pistas como migajas de pan. 


—¿Vas a estar ahí? —preguntó ella, fingiendo desinterés. 


—Siempre estoy ahí, Luana. Pero no me vas a ver. 


La respuesta le heló la sangre un segundo. Luego, el calor volvió, más intenso. Otra contradicción. 


El resto de la sesión pasó rápido. Luana posó en cuclillas, de costado, de espaldas, con la gasa cubriendo partes distintas de su cuerpo en cada toma. El francés estaba extasiado. "Es ángel y demonio", le dijo a su asistente en un francés que Luana entendía perfectamente, pero fingió no escuchar. "Nunca había visto a una modelo que pudiera pasar de la pureza a la perversión en un solo parpadeo". 


Cuando terminaron, eran casi las nueve de la noche. El equipo desarmó el set mientras Luana se vestía en el camerino. El vestido era el mismo de la otra noche, el marfil con pedrería. Sus tacones altos, los mismos. Su cabello rubio, ahora recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello largo y suave. 


Alejandro la esperaba junto a la puerta de servicio, un sobre en la mano. 


—Las coordenadas —dijo, dándoselo—. Llegas sola. No lleves celular. Y acodarte... 


—Una apuesta se paga —completaron los dos al unísono. 


Alejandro sonrió, y esa vez, por un segundo, sus ojos verdes parecieron brillar con algo oscuro. Algo que Luana no supo descifrar. 


El taxi la dejó en una calle empedrada de San Telmo, lejos del bullicio turístico, cerca del silencio de los galpones abandonados. El número que buscaba no existía, pero una puerta de madera maciza con un llamador de bronce en forma de león le indicó que estaba en el lugar correcto. 


Llamó dos veces. Pausa. Dos veces más. 


La puerta se abrió sola, sin que nadie la hubiera tocado. Luana tragó saliva y entró. 


El pasillo era largo, oscuro, alfombrado en rojo oscuro. Al final, una cortina de terciopelo negro. Al atravesarla, el mundo cambió. 


El lugar era elegantísimo. Lámparas de araña de cristal colgaban del techo alto, derramando una luz cálida y dorada sobre las mesas de póker dispuestas en círculo. Las sillas eran de cuero burdeos, los tapetes de paño verde tan nuevos que parecían recién cortados. Hombres y mujeres con trajes impecables bebían champagne en copas largas y delgadas. Olía a perfume caro, a cuero, a dinero y a algo más. Algo que Luana identificó de inmediato porque lo había sentido en sí misma: excitación. 


Pero no era el póker lo que la excitaba. 


Miró más de cerca y vio. En una esquina, una mujer de unos cuarenta años, vestida con un traje sastre rojo, estaba arrodillada frente a un hombre que no miraba la partida sino sus fichas. La mujer tenía los labios pintados y los mantenía abiertos, la lengua lamiendo el aire, mientras el hombre, sin apartar la vista de sus cartas, le pasaba la mano por el cabello como quien acaricia a una mascota. Nadie miraba. Nadie parecía encontrar extraño. 


En otra mesa, dos hombres jóvenes, rubios y atléticos, estaban de espaldas a la pared, con las manos atadas con corbatas de seda. Sus bocas estaban cerradas por mordazas de cuero negro. Sus ojos, sin embargo, miraban a los jugadores con una mezcla de terror y súplica. O de deseo. Luana no pudo distinguir. 


"Esto no es un casino", pensó, y su corazón empezó a latir más rápido. "Esto es otra cosa. Esto es...". 


—Bienvenida a El Tablero. 


La voz llegó desde atrás, y Luana giró. Leopoldo estaba allí, vestido con un smoking negro que le quedaba ajustado en la barriga pero que de alguna manera lograba que se viera imponente. Su calvicie brillaba bajo las lámparas de araña, y sus ojos pequeños la miraban con esa certeza tranquila que ella ya conocía. 


—Leopoldo —dijo ella, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía. 


—Acá soy el anfitrión —respondió él, acercándose. Sus manos regordetas le tomaron el brazo con familiaridad—. Me alegra que hayas aceptado mi invitación. 


—Una apuesta se paga —dijo ella, repitiendo el mantra que Alejandro le había enseñado. 


Leopoldo sonrió. Tenía los dientes más blancos que la última vez, como si se los hubiera limpiado para la ocasión. 


—Acá las apuestas son diferentes, muñeca. Acá no se juega por dinero. 


Luana lo sabía. Lo había visto en los ojos de esos hombres atados a la pared, en la mujer arrodillada, en la forma en que los jugadores miraban sus fichas como si fueran pedazos de alma. 


—¿Por qué se juega, entonces? —preguntó, aunque ya lo sabía. 


—Por todo lo demás —respondió Leopoldo, y la guio hacia una mesa vacía—. Por la dignidad. Por la libertad. Por el cuerpo de esa mujer que ves ahí. Por la sumisión de esos dos imbéciles que creyeron que podían ganarle a Marcelo. 


—¿Marcelo? 


Leopoldo señaló con la barbilla una mesa en el centro de la sala. Allí, rodeado de fichas y de miradas, un hombre de unos treinta y cinco años repartía su atención entre sus cartas y una copa de whisky. Era alto, moreno, de rasgos duros pero atractivos, con el cabello negro engominado hacia atrás y una mandíbula cuadrada que parecía tallada en mármol. Vestía un traje gris perla, camisa negra, sin corbata. Sus manos, grandes y con venas marcadas, barajaban las fichas con una destreza que hablaba de años de práctica. 


—Marcelo gana siempre —dijo Leopoldo, y en su voz había algo que sonaba a orgullo—. No porque tenga suerte. Porque sabe leer a la gente. Sabe lo que quieren antes de que ellos mismos lo sepan. 


Luana sintió un escalofrío. "Como vos", pensó. "Como Alejandro". Todos los hombres en su vida parecían leerla antes de que ella se leyera a sí misma. 


Se sentó en la mesa. Leopoldo le alcanzó una ficha negra, la más cara. El valor estaba escrito en números dorados: 1.000.000. 


—¿Un millón de qué? —preguntó ella. 


—De puntos —dijo Leopoldo, y sonrió—. Cada punto es lo que vos quieras que sea. El valor lo pones vos. 


Luana puso sobre la mesa las joyas que había traído. Un collar de diamantes que le había regalado una marca para una campaña, unos aretes de esmeraldas que había comprado en una subasta en París, un reloj de oro blanco que había pertenecido a su abuela. El crupier las evaluó con una mirada rápida y las transformó en fichas. 


Veinte fichas negras. Veinte millones de puntos. 


"No es suficiente", pensó mientras contaba. En una mesa como esa, con jugadores como los que veía a su alrededor, veinte fichas eran monedas menores. 


Jugó las primeras manos con cautela, estudiando a sus oponentes. Había una mujer de unos sesenta años, pelo plateado recogido en un rodete, vestida de Chanel, que jugaba como si estuviera aburrida. Un hombre joven, tal vez veinticinco, con una sudadera de diseñador y una gorra al revés, que respiraba demasiado fuerte cada vez que miraba sus cartas. Y Marcelo. Siempre Marcelo. 


Las primeras horas fueron un baile. Luana ganaba una mano con un color, perdía la siguiente contra el full de la señora de Chanel, recuperaba con una escalera que hizo enmudecer a la mesa, volvía a perder contra Marcelo cuando él mostró un póker que parecía sacado de la nada. 


"Me gusta esto", pensó mientras su corazón bombeaba adrenalina. "Me gusta no saber qué viene. Me gusta que pueda ganar o perder todo en un segundo". 


Pero las fichas menguaban. A las dos de la madrugada, le quedaban solo tres fichas negras. El sudor perlaba su nuca, y la humedad entre sus piernas era inconfundible. Cada pérdida la excitaba más. Cada vez que Marcelo le ganaba, ella sentía cómo su cuerpo se tensaba y se aflojaba al mismo tiempo, como si la derrota fuera un orgasmo diferido. 


—Me quedo sin fichas —dijo en voz alta, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía. 


Marcelo levantó la vista. Sus ojos eran negros, profundos, y cuando la miraron, Luana sintió que la desnudaban. No físicamente. De otra forma. 


—¿Quién le presta a la rubia? —preguntó Marcelo, mirando alrededor de la mesa con una sonrisa que no era burlona sino curiosa. 


Silencio. Nadie movió un dedo. 


Luana miró a Leopoldo, que observaba la escena desde una silla apartada, como un director de orquesta que sabe exactamente qué nota va a sonar a continuación. 


—Apuesto una noche conmigo —dijo ella, y su voz tembló apenas, solo lo suficiente para que Marcelo lo notara. 


El silencio se hizo más denso. Alguien tosió. La señora de Chanel levantó una ceja. 


—¿Una noche? —repitió Marcelo, como si estuviera saboreando las palabras—. ¿Con vos, rubia? 


—Conmigo —confirmó Luana, y esta vez su voz no tembló. Sus ojos color miel se encontraron con los negros de él, y sostuvieron la mirada. 


Marcelo se recostó en su silla y la miró largamente. De arriba abajo. Del cabello rubio recogido a los tacones altos que cruzaba bajo la mesa. La evaluación fue lenta, deliberada, casi obscena. 


—Cien fichas —dijo finalmente—. Por una noche. Pero si perdés, no solo es una noche. Es esta noche. Y yo comparto. 


Luana sintió que el corazón se le subía a la garganta. "¿Comparte? ¿Qué significa eso?". 


Pero su boca se movió antes que su cerebro. 


—Acepto. 


Las cien fichas llegaron en una bandeja de plata. Luana las colocó frente a sí con manos temblorosas, y el juego continuó. 


Fue la partida más intensa de su vida. Mano a mano con Marcelo, los otros jugadores desaparecieron, se fueron retirando uno a uno, dejando la mesa vacía para los dos. Las apuestas subían y bajaban, las cartas se repartían con esa cadencia hipnótica que tienen los momentos en que todo está en juego. Luana sudaba. Sus pezones rozaban el encaje del corpiño y cada roce era una pequeña descarga eléctrica. 


Pero perdió. 


La última mano fue una broma cruel. Luana tenía una escalera de color, la mejor mano posible después del póker. Apostó todo. Marcelo la miró, dudó un segundo que a ella le pareció una eternidad, y pagó. Sus cartas: un póker de ases. 


"Me leyó", pensó Luana mientras las fichas se deslizaban hacia él. "Me leyó completamente. Sabía que tenía una mano buena, pero sabía que la suya era mejor. Y yo caí". 


La derrota la golpeó como una ola. Primero el vacío en el pecho, luego el calor en el vientre, luego la humedad entre las piernas, más intensa que nunca. "Estoy excitada", se dijo con horror y fascinación. "Perdí mi libertad por una noche y estoy empapada". 


Marcelo se puso de pie. Era alto, al menos uno ochenta, y desde arriba la miraba como un depredador que ha cazado. 


—Es hora de pagar, rubia. 


Luana asintió. No había vuelta atrás. Una apuesta era una apuesta. 


Él le tendió la mano. Ella la tomó, sintiendo la fuerza de sus dedos envolviendo los suyos, y se puso de pie. La sala entera los miraba. Hombres y mujeres, los que habían dejado de jugar para observar el espectáculo, los que estaban allí solo para ver caer a la belleza rubia de labios carnosos. Leopoldo, desde su silla, la miraba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. 


Marcelo la guió hacia una mesa grande, la del centro. Empujó las fichas con un brazo, despejando el paño verde, y la ayudó a subirse. 


—Arriba —dijo, y su voz era una orden. 


Luana se subió a la mesa de póker. El paño era suave bajo sus rodillas, bajo sus manos. Las luces de araña la iluminaban desde arriba, y ella supo que todos podían verla. Ver su vestido de diseñador arrugándose, sus piernas bronceadas abriéndose, la sombra de su ropa interior asomando. 


"Me van a ver", pensó. "Todos me van a ver". 


La vergüenza la golpeó primero, caliente en las mejillas. Luego el enojo, un enojo sordo contra sí misma por haber aceptado, por haber perdido, por haberse metido en esto. Pero debajo de todo, muy abajo, casi escondido, estaba el deseo. Ese deseo húmedo y oscuro que la había llevado a la mesa de póker la primera vez, que la había hecho aceptar la apuesta de Leopoldo, que la mantenía allí, de rodillas sobre el paño verde, esperando. 


Marcelo se paró frente a ella. Con una lentitud deliberada, se desabrochó el pantalón. El ruido del cierre metálico resonó en el silencio de la sala. Bajó la cremallera. Sacó su miembro. 


Era grande. Más grande que el de Leopoldo, más largo y más grueso, la cabeza morada y brillante. Luana tragó saliva. 


—Venía —dijo Marcelo, y ella obedeció. 


Se arrastró sobre el paño verde hacia él, sintiendo las rodillas arder contra la tela áspera. Cuando estuvo frente a su miembro, lo tomó con una mano. Sus dedos, largos y con las uñas perfectas, apenas podían rodearlo. 


Abrió la boca. 


Sus labios carnosos se estiraron alrededor de la cabeza, y el sabor la inundó. A sal, a piel, a hombre. A la derrota. Luana cerró los ojos y comenzó a moverse. 


Su lengua recorrió el tronco de arriba abajo, dibujando círculos alrededor de la cabeza, presionando justo donde la sensibilidad era mayor. Tomó más, cada vez más, hasta sentir que la cabeza le rozaba la garganta. Allí se detuvo, y su lengua siguió trabajando, masajeando la parte inferior mientras sus labios creaban un vacío que hizo gemir a Marcelo. 


—Así, rubia. Más. 


Luana profundizó. El miembro le llenaba la boca por completo, y cuando intentó respirar por la nariz, el aire no llegaba. Se ahogó. Las lágrimas asomaron a sus ojos. Pero no se detuvo. 


Una y otra vez, llevándolo hasta el fondo, sintiendo cómo la garganta se abría paso para recibirlo, cómo la saliva se desbordaba por las comisuras de sus labios y manchaba el paño verde. Una y otra vez, ahogándose, recuperando el aliento apenas un segundo antes de volver a hundirse. 


Marcelo la observaba desde arriba, y su rostro era una máscara de placer contenido. De pronto, retiró el miembro de su boca con un movimiento brusco. Luana jadeó, la saliva colgando de su labio inferior en un hilo plateado. 


Él tomó su miembro y lo pasó por el rostro de ella. Por la frente sudorosa. Por las mejillas sonrojadas. Por esos labios carnosos que tantas portadas habían protagonizado. Por sus ojos cerrados, sus pestañas rubias, su nariz perfecta. La pintó con su lubricante como si fuera una obra de arte obscena. 


—Subí —dijo. 


Luana se incorporó sobre la mesa de póker, todavía de rodillas. Marcelo la agarró por las caderas y la giró, dejándola de espaldas sobre el paño verde. Le levantó las piernas, una a una, y las apoyó sobre sus hombros. El vestido se arrugó alrededor de su cintura, dejando al descubierto las bragas de encaje negro, ya transparentes por la humedad. 


—Estás mojada —dijo Marcelo, y no era una pregunta. 


—Una apuesta se paga —respondió Luana, y su voz sonó ronca por la garganta irritada. 


Él corrió la tela de encaje a un lado y empujó. 


La entrada fue brutal. Luana arqueó la espalda y gimió, un sonido que se convirtió en grito cuando él se hundió hasta el fondo. Sus paredes internas se estiraron para recibirlo, y el dolor y el placer se mezclaron en una sola sensación imposible de separar. 


Marcelo comenzó a moverse. Cada embestida era profunda, larga, acompañada por el sonido húmedo de sus cuerpos encontrándose. Las piernas de Luana, apoyadas en sus hombros, se balanceaban con cada movimiento, y sus pies calzados con tacones altos rozaban el aire. 


La mesa de póker crujía bajo ellos. Las fichas que aún quedaban en los bordes tintineaban como un contador macabro. Luana miraba el techo, las lámparas de araña, las sombras que bailaban en el cristal. Sentía a Marcelo dentro de ella, llenándola, reclamándola. Sentía las miradas de todos los presentes, clavadas en su cuerpo, en sus pechos que se movían bajo el vestido arrugado, en su rostro que ya no podía fingir indiferencia. 


El placer creció lento, como una marea que sube sin que uno se dé cuenta. Luana intentó resistirse, no quería darle a Marcelo la satisfacción de verla rendirse, pero su cuerpo traicionaba su orgullo. Las caderas comenzaron a moverse por sí solas, buscando el ritmo, empujando hacia arriba para encontrarse con cada embestida. 


—Vas a venirte —dijo Marcelo, y era una afirmación. 


—No... —alcanzó a decir ella, pero entonces él cambió el ángulo, apuntó más arriba, y el mundo estalló. 


El orgasmo la sacudió como una descarga eléctrica. Todo su cuerpo se tensó, los dedos de los pies se curvaron dentro de los tacones, las manos se aferraron al paño verde, la boca se abrió en un grito silencioso. Marcelo sintió cómo ella se apretaba a su alrededor y sonrió, una sonrisa de lobo, y siguió moviéndose, llevándola más allá del clímax, hasta que Luana quedó temblando, sin aliento, los ojos llenos de lágrimas que esta vez no eran por la garganta. 


Cuando el orgasmo pasó, Marcelo se retiró. No había terminado. Su miembro seguía erecto, brillante y demandante. 


—Ahora —dijo, mirando a los presentes—. Esta noche es mía. Pero yo comparto. 


Luana sintió cómo su corazón se detenía un segundo. "Va a compartirme", pensó. "Va a darme a otros". 


Y lo peor, lo peor de todo, fue que una parte de ella —esa parte húmeda y oscura que la había traído hasta allí— estaba ansiosa por ello. 


Los primeros dos hombres llegaron rápido. Eran desconocidos, caras que nunca había visto antes, trajes caros y sonrisas hambrientas. Uno se colocó detrás de ella mientras ella seguía sobre la mesa de póker, de rodillas, el vestido hecho un desastre, la lencería torcida. El otro se paró frente a ella. 


—Chupá —dijo el de adelante, y Luana obedeció. 


La boca se llenó de nuevo, esta vez con un miembro más pequeño que el de Marcelo pero más ancho. Su lengua trabajó por inercia, mientras detrás de ella, el otro hombre le levantaba el vestido y corría las bragas a un lado. 


La penetración fue seca al principio. Luana gimió contra el miembro que tenía en la boca, y el sonido vibró en la piel del hombre, que gimió a su vez. Luego, la humedad de ella hizo su trabajo, y el de atrás comenzó a moverse con un ritmo brusco, desigual, que contrastaba con la succión rítmica que ella mantenía adelante. 


Era un juego de dos tiempos. Adentro y afuera. Chupar y respirar. Luana perdía la noción del orden, de quién hacía qué, de cuánto tiempo pasaba. Los dos hombres terminaron casi al mismo tiempo, uno dentro de su boca, otro dentro de su entrepierna. Sintió el líquido caliente en la garganta y entre los muslos, y cuando se retiraron, la dejaron temblando, húmeda, vacía. 


Pero no terminó ahí. 


Otro hombre se acercó. Luana ni siquiera levantó la vista para verle la cara. Sabía que su trabajo era pagar la apuesta, nada más. Y pagaba. 


Cuatro hombres esta vez. Luana apenas podía procesar la cantidad. Uno detrás de ella, penetrándola por el coño con embestidas brutales que hacían que su cuerpo se sacudiera sobre la mesa. Otro frente a ella, su miembro en su boca, ahogándola una y otra vez. Un tercero a su izquierda, y ella usaba su mano izquierda para masturbarlo, sintiendo la piel caliente y resbaladiza bajo sus dedos. Un cuarto a su derecha, y su mano derecha hacía el mismo trabajo. 


Cuatro hombres a la vez. Cuatro miembros erectos apuntando a diferentes partes de su cuerpo. Cuatro respiraciones jadeantes, cuatro pares de manos que la sujetaban, la pellizcaban, la marcaban. El de atrás era el más brutal, embistiendo sin pausa, sin miramientos, como si ella fuera un objeto. El de adelante era más lento, más deliberado, metiéndose en su garganta y quedándose allí hasta que ella se ahogaba, luego retirándose apenas un segundo, luego volviendo a hundirse. 


Las manos de Luana se movían solas ahora, un automatismo aprendido en alguna parte, subiendo y bajando por los miembros de los hombres de los costados, sintiendo cómo se endurecían, cómo los músculos se tensaban. El sudor le corría por la frente, por el cuello, por el nacimiento de los pechos. El cabello rubio se había soltado del moño y caía en mechones pegajosos sobre su rostro. 


"¿Cuántos son?", pensó en un momento de lucidez. "¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Ya perdí la cuenta?". 


El orgasmo la sorprendió. No como el primero, que había sido una explosión controlada, sino como un derrumbe, algo que se venía abajo desde adentro sin que ella pudiera hacer nada para detenerlo. Su cuerpo se arqueó sobre la mesa, sus manos soltaron los miembros que sostenían, su boca se abrió en un grito que se ahogó contra la carne que la llenaba. Los cuatro hombres sintieron cómo ella se apretaba, cómo temblaba, cómo se rendía. 


—Se viene la putita —dijo uno, y los otros rieron. 


Luego todo fue un borrón. Los cuatro hombres terminaron, algunos dentro de ella, otros afuera, sobre sus muslos, sobre su vientre, sobre el paño verde manchado. Luana sintió cómo el líquido caliente le resbalaba por la piel, mezclándose con su propio sudor, con la saliva, con las lágrimas que no recordaba haber derramado. 


Pero los hombres no se detuvieron. Cuando esos cuatro se retiraron, llegaron otros. Luana ya no los veía. Sus ojos estaban fijos en el techo, en las lámparas de araña que giraban lentamente, o quizá era ella la que giraba. Sentía manos en todas partes, bocas, lenguas, miembros que entraban y salían de su cuerpo como si fuera una estación de servicio donde todos podían cargar combustible. 


Perdió la cuenta. Fueron cinco, o seis, o diez. Algunos fueron brutales, otros casi tiernos. Algunos hablaban mientras la usaban, palabras que ella no registraba. Otros estaban en silencio, concentrados en su propio placer. Todos tomaron lo que vinieron a tomar, y cuando terminaron, la dejaron allí, sobre la mesa de póker, cubierta de fluidos que no eran solo suyos. 


En algún momento, entre el sexto y el séptimo hombre, Luana levantó la vista hacia las escaleras que llevaban al segundo piso. Había una baranda de madera oscura, y detrás, una figura que le resultaba familiar. Un hombre de cabello gris, traje azul marino, barba de tres días. Miraba hacia abajo, pero no hacia ella. Miraba hacia otra parte de la sala. 


Alejandro estaba allí, de pie junto a la baranda, y dos mujeres rubias estaban arrodilladas frente a él. Las dos modelos. Luana las reconoció por sus cuerpos, por sus rostros que habían visto en las páginas de las mismas revistas que ella. Una le chupaba el miembro. La otra se lo lamía, pasando la lengua por los testículos, por la base, por donde su compañera no llegaba. 


Alejandro no miraba a las mujeres. Miraba hacia abajo, hacia la sala, hacia la mesa de póker donde Luana yacía siendo usada por desconocidos. Y sonreía. 


"No puede ser", pensó Luana, y el pensamiento fue como un balde de agua fría. "Alejandro está aquí. Alejandro está viendo todo. Alejandro me trajo aquí". 


Pero antes de que pudiera procesarlo, otro hombre se puso sobre ella, y su cuerpo volvió a ser un territorio ajeno, una cosa que otros usaban para su placer, y la conciencia se disolvió de nuevo en sensaciones. 


La noche terminó sin que Luana lo supiera. Una hora, dos, tres. El cuerpo le dolía en lugares que no sabía que podían doler. La boca le ardía por la fricción. La entrepierna le quemaba. Tenía moretones en las caderas donde las manos la habían sujetado, marcas de dientes en los pechos, rasguños en la espalda. 


Cuando el último hombre se retiró y la sala quedó vacía, Luana se incorporó sobre la mesa de póker con un esfuerzo titánico. El paño verde estaba manchado, arruinado. Las fichas habían caído al suelo. Las lámparas de araña seguían iluminando, indiferentes. 


Se bajó de la mesa con las piernas temblorosas, y sintió cómo los jugos de los hombres —porque no eran solo suyos, nunca habían sido solo suyos— le resbalaban por los muslos. Caminó hacia la salida con pasos inciertos, sus tacones altos golpeando el piso de madera con un ruido que sonaba a derrota. 


El vestido de diseñador estaba arrugado, manchado, roto en varios lugares. La lencería de encaje negro había desaparecido —quizá alguien se la había llevado como trofeo—, y debajo del vestido iba desnuda, sintiendo el aire frío del lugar en la piel irritada. 


Al cruzar la puerta, antes de que la cortina de terciopelo negro volviera a caer detrás de ella, Luana miró hacia arriba, hacia el segundo piso. 


Alejandro ya no estaba. Las dos modelos rubias tampoco. Solo la baranda vacía, las sombras, y la certeza de que él la había visto todo. 


"Él sabe", pensó mientras salía a la calle empedrada. "Él siempre supo. Me trajo aquí porque sabía lo que iba a pasar. Porque quería que pasara". 


El aire de la madrugada le pegó en el rostro, frío y húmedo. Luana caminó sin rumbo, sin dinero para un taxi, sin teléfono para llamar a nadie. Sintió cómo los jugos de los hombres seguían resbalando por sus muslos, y la sensación era asquerosa y excitante al mismo tiempo. Como todo aquella noche. Como todo desde que había empezado a jugar al póker. 


Se detuvo bajo un farol y se miró las manos. Estaban temblorosas, sucias, con las uñas rotas. Su cabello rubio era una maraña imposible. Sus labios carnosos estaban hinchados y partidos. 


"¿Qué soy?", se preguntó. "¿Qué me he convertido?". 


Pero detrás de la pregunta, escondida en algún rincón de su mente todavía caliente por el sexo, había otra. Una respuesta que no se atrevía a formular en voz alta. 


"Quiero volver". 


Sí. Quería volver a El Tablero. Quería sentarse otra vez en esas sillas de cuero burdeos, apostar sus joyas y su cuerpo y su dignidad, y esta vez, esta vez, ganar. Recuperar lo que había perdido. Demostrarse que podía. 


No sabía que, en el segundo piso, en una oficina privada con paredes de vidrio oscurecido, Alejandro veía su figura tambaleante por una cámara de seguridad. 


—Va a volver —dijo Leopoldo, sentado detrás de un escritorio de caoba, un cigarro entre los dedos. 


—Lo sé —respondió Alejandro, y sus ojos verdes brillaron en la penumbra—. Ella siempre vuelve. Es lo que hace que sea tan... especial. 


Leopoldo exhaló una columna de humo que se elevó hacia el techo. 


—¿Cuándo planeás decirle la verdad? 


—¿Qué verdad? —preguntó Alejandro con una sonrisa—. Que yo organicé todo desde el principio. Que la llevé a la fama para tenerla cerca. Que le enseñé a jugar al póker para poder perderla cuando quisiera. Que la primera vez que vino a tu lugar, yo ya había arreglado todo con vos. ¿Esa verdad? 


Leopoldo se rió, una risa baja y gutural. 


—Va a ser tuya, Alejandro. Completamente tuya. Solo cuestión de tiempo. 


—Eso espero —dijo Alejandro, y apagó la pantalla donde la figura rubia de Luana se perdía en la noche—. Eso espero. 


Luana, en la calle, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Miró hacia atrás, hacia la puerta de madera maciza con el llamador de bronce en forma de león. Ya estaba cerrada. Ya parecía parte del edificio, indistinguible de cualquier otra puerta en esa calle oscura. 


"Alejandro", pensó, y el nombre le supo a algo que no podía nombrar. Confianza. Traición. Deseo. Miedo. 


Sintió cómo los jugos de los hombres seguían resbalando por sus muslos, calientes aún a pesar del frío de la madrugada. Se llevó una mano entre las piernas, sin pudor en la calle vacía, y los dedos se mojaron con la mezcla de todos ellos. 


Se los llevó a la boca. 


El sabor era agrio, salado, amargo. El sabor de la derrota. El sabor de lo que había perdido. 


Y debajo, muy debajo, el sabor de lo que había ganado. 


"Quiero volver", se repitió, y esta vez lo dijo en voz alta, para que la noche fuera testigo. 


La noche no respondió. Pero en el segundo piso, en la oficina con paredes de vidrio, Alejandro sonrió como si la hubiera escuchado.

 


Continuara... 

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