La Modelo que Apostó su Cuerpo — Final.

 


Las cortinas del departamento no se habían abierto en quince días. Luana lo sabía porque había perdido la cuenta de las mañanas, de las tardes, de las noches que se fundían unas con otras como velas derritiéndose sobre una mesa. El único ritmo que marcaba su existencia era el de los noticieros que ella veía desde el sillón, envuelta en una manta, el cuerpo sucio porque hacía días que no se bañaba, el cabello rubio convertido en una maraña grasa y sin forma. 


"La modelo Luana, conocida por sus campañas de ropa interior y su rostro angelical, ha sido vinculada a un video de contenido adulto que circula en redes sociales..." 


La voz del periodista era neutra, profesional, pero Luana imaginaba el desprecio detrás de cada palabra. Veía su propia imagen en la pantalla: la foto que habían usado para el segmento era una de sus mejores, tomada en una campaña en París, con ella vestida de blanco, el cabello al viento, la sonrisa perfecta. "Esa ya no soy", pensaba mientras miraba la foto. "Esa murió en El Tablero. La de ahora es otra". 


El teléfono había dejado de sonar al tercer día. Primero fueron las llamadas de su madre. 


—¿Cómo pudiste hacernos esto? —había gritado desde el otro lado de la línea, la voz quebrada por el llanto—. Tu padre no quiere ni verte. Dice que no tiene una hija puta. 


Luana no había respondido. Había apretado el teléfono contra la oreja y había escuchado el silencio después del insulto, y luego el tono de llamada cuando su madre cortó. No volvió a llamar. 


Las amigas, las que creía que eran sus amigas, habían sido más rápidas. Mensajes de texto que llegaban en cadena, capturas de pantalla de conversaciones donde se reían de ella, memes con su cara superpuesta en escenas pornográficas. Luana había leído algunos, los suficientes para entender que esas mujeres nunca habían sido sus amigas. Solo estaban esperando que cayera para bailar sobre sus restos. 


—Es lo que pasa por creerte mejor que nosotras —había escrito una, una modelo que siempre le había sonreído en los backstages—. Ahora todos te ven como la zorra que sos. 


Luana bloqueó el número. Bloqueó todos los números. Luego apagó el teléfono y lo enterró en el fondo de un cajón. 


Las marcas habían sido más educadas, pero igual de crueles. Los correos electrónicos llegaban con títulos formales: "Rescisión de contrato", "Cese de colaboración", "Lamentamos informarle". Algunas incluían cláusulas de compensación que ella debía pagar por haber violado las normas de conducta. Los números eran astronómicos. Luana los leyó una vez, hizo las sumas en su cabeza, y supo que estaba en bancarrota. 


"Perdí todo", pensaba mientras el sol se filtraba por las rendijas de las cortinas cerradas. "La fama, el dinero, los amigos, mi familia. Todo". 


Pero no era del todo cierto. Aún le quedaba una cosa. El departamento. Lo había comprado antes de que Alejandro entrara en su vida, con el dinero de una campaña en Milán. Estaba a su nombre, libre de deudas. Podría venderlo, pagar lo que debía, y empezar de nuevo en algún lugar donde nadie la conociera. 


"Pero no quiero empezar de nuevo", se dijo una noche, acurrucada en el sillón, la manta subida hasta la barbilla. "Quiero volver. Quiero jugar. Quiero perder". 


Era una confesión que solo se atrevía a hacer en la oscuridad. Porque si era verdad, si de verdad le gustaba perder, entonces todo lo que había pasado no era una tragedia. Era una elección. Y si era una elección, podía elegir otra vez. Podía elegir entregarse del todo. 


El timbre sonó un mediodía. Luana no se movió. Llevaba días sin abrir la puerta, ignorando a los periodistas que merodeaban en el pasillo, a los vecinos que cuchicheaban cuando salían a buscar el correo. Pero el timbre volvió a sonar. Una vez. Dos veces. Tres. Un patrón: dos tonos largos, uno corto. 


"Ese es su toque", pensó, y el corazón le dio un vuelco. 


Se levantó del sillón con las piernas temblorosas. La manta cayó al piso, y ella vio su reflejo en el espejo del pasillo: el cuerpo que tantas portadas había protagonizado estaba pálido, más delgado, los pechos aún firmes pero los pezones oscurecidos por el descuido, el vello rubio entre sus piernas crecido y salvaje, los muslos marcados por moretones viejos. Era un mapa de caída. 


Abrió la puerta. 


Alejandro estaba allí, apoyado contra el marco, con un traje azul marino impecable, la barba de tres días perfectamente recortada, los ojos verdes brillando en la penumbra del pasillo. En una mano llevaba una botella de vino tinto. En la otra, una caja de madera oscura. 


—Te traje algo —dijo, y su voz sonó grave, ronca, como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo. 


Luana se apartó para que entrara. El movimiento fue automático, como si su cuerpo supiera lo que tenía que hacer antes de que su cerebro lo procesara. Alejandro cruzó el umbral, dejando atrás el pasillo alfombrado y los murmullos de los vecinos que ya estaban grabando con sus teléfonos. 


—Estás hecha un desastre, Luana —dijo él, dejando la botella sobre la mesa del comedor. Sus ojos recorrieron el departamento: los platos sucios apilados en la cocina, las cortinas cerradas, el sillón donde ella había dormido las últimas quince noches—. Te descuidaste. 


—Perdí todo —respondió ella, y su voz sonó extraña, como si no la hubiera usado en días. Tenía la garganta seca, las cuerdas vocales ásperas por el silencio. 


—Sé que perdiste todo —dijo Alejandro, y abrió la caja de madera. 


Dentro había un maso de cartas. No eran cartas cualquiera. Luana las reconoció de inmediato: eran las cartas que había usado la primera noche en El Tablero, las que Leopoldo le había alcanzado con una sonrisa. El paño verde estaba manchado aquí y allá, las esquinas gastadas. Tenían olor a humo, a whisky, a sexo. 


—¿De dónde las sacaste? —preguntó ella, y supo que era una pregunta estúpida. Alejandro había estado allí. Alejandro lo había visto todo. 


—Siempre estuve ahí, Luana. Siempre. 


Él colocó las cartas sobre la mesa del comedor, apartando los platos sucios con un movimiento elegante de su mano huesuda. Las fue sacando una a una, formando un círculo perfecto sobre la madera. Luego se sentó en una de las sillas y la miró. 


—Voy a hacerte una propuesta —dijo, y sus ojos verdes brillaron con esa luz que Luana conocía bien, esa luz de hombre que sabe exactamente lo que quiere—. Una apuesta. Como las de antes. Pero la última. 


—No tengo nada que apostar —respondió Luana, pero sus pies ya la estaban llevando hacia la mesa, hacia las cartas, hacia él. 


—Claro que tenés. Tenés tu vida. 


El silencio se hizo denso. Luana sintió cómo el aire se espesaba, cómo cada molécula del departamento se tensaba esperando su respuesta. Se sentó frente a él, en la otra silla, y por primera vez en quince días se miró las manos. Estaban limpias —se había lavado las manos aunque no el cuerpo—, las uñas rotas, los dedos temblorosos. 


—Explicame —dijo, y su voz no tembló. 


Alejandro inclinó la cabeza. El gesto era cálido, casi paternal, pero sus ojos decían otra cosa. 


—Si ganás —dijo, señalando las cartas—, yo voy a buscar la forma de que vuelvas a ser una estrella. Sin cobrarte nada. Voy a usar todos mis contactos, toda mi influencia, toda mi plata para limpiar tu nombre, desaparecer el video, conseguirte nuevos contratos. Vas a volver a las pasarelas, a las portadas, a todo lo que perdiste. 


Luana tragó saliva. "¿Puede hacer eso? ¿Puede realmente hacer eso?" 


—¿Y si pierdo? —preguntó, aunque ya lo sabía. 


Alejandro sonrió. Era una sonrisa lenta, que arrugó las comisuras de sus ojos y mostró una hilera de dientes blancos y perfectos. 


—Si perdés, tu vida y tu cuerpo me pertenecen. Completamente. Hacés lo que yo digo, cuando yo digo, como yo digo. Sin preguntas, sin límites, sin escapatoria. 


El corazón de Luana latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. "Mi vida y mi cuerpo", repitió en su cabeza. "Todo lo que soy. Todo lo que tengo". 


"Pero si gano, lo recupero todo", pensó. "La fama, el dinero, el respeto. Todo". 


No pensó en que Alejandro nunca perdía. No pensó en que él la había llevado a El Tablero, la había visto caer, había filmado su humillación. No pensó en nada de eso porque el deseo de jugar era más fuerte que la razón, más fuerte que el miedo, más fuerte que todo. 


—Acepto — dijo, y la palabra salió de su boca como un suspiro, como un orgasmo, como una rendición. 


Alejandro barajó las cartas con una destreza que Luana nunca le había visto. Sus dedos largos y pálidos se movían entre el paño verde con una fluidez hipnótica, como si las cartas fueran extensiones de su cuerpo. Repartió dos para cada uno, boca abajo. Luego puso el flop: tres cartas en el centro de la mesa. 


Luana miró sus cartas. Un as de corazones y un rey de corazones. Buena mano. Muy buena. 


Miró el flop. Diez de corazones, jota de corazones, reina de picas. 


"Tengo proyecto de escalera real", pensó, y el corazón le dio un vuelco. "Si sale el rey o el as de corazones en el turn o el river, gano". 


—¿Jugás o te retirás? —preguntó Alejandro, y había una provocación en su voz. 


—Juego —dijo Luana, y empujó hacia el centro una ficha imaginaria. 


Alejandro puso el turn. Otra carta boca arriba. Nueve de corazones. 


Luana sintió cómo se le aceleraba la respiración. "Escalera de color", pensó. "Tengo escalera de color". Sus cartas, más las del flop y el turn, formaban una escalera del nueve al rey, todos de corazones. Solo le faltaba una carta para la escalera real, pero la que tenía ya era casi imbatible. 


Miró a Alejandro. Él la miraba fijo, sin parpadear. 


—¿Jugás? —preguntó él otra vez. 


—Todo —respondió Luana, y empujó otra ficha imaginaria. 


El river. La última carta. 


Alejandro la puso boca arriba. 


Siete de diamantes. 


Luana contuvo la respiración. Tenía escalera de color. Una mano casi perfecta. Sonrió, mostró sus cartas, y puso la mano sobre la mesa como quien deposita una corona. 


—Escalera de color —dijo, y su voz temblaba de emoción. 


Alejandro la miró largamente. Luego, con una lentitud deliberada, dio vuelta sus cartas. 


Dos de tréboles. Siete de tréboles. 


El flop: diez de corazones, jota de corazones, reina de picas. 


El turn: nueve de corazones. 


El river: siete de diamantes. 


Las cartas de Alejandro, junto con el siete del river, formaban tres sietes. 


Tres sietes contra una escalera de color. 


Alejandro sonrió. 


—Gané. 


Luana miró las cartas una y otra vez. No podía ser. Tenía escalera de color. Tenía la segunda mejor mano posible. Pero él tenía tres sietes, que era mejor. ¿O no? Hizo las cuentas otra vez. Escalera de color vence a tres sietes. Siempre. 


—Pero... —empezó a decir, y entonces entendió. 


No era escalera de color. Miró de nuevo. El nueve, el diez, la jota, la reina... y el siete. El siete de diamantes. No había un rey. No había un as. La escalera era del siete a la jota. Pero ella tenía un as y un rey. Sus cartas no conectaban con la mesa. No tenía nada. Absolutamente nada. 


Se había equivocado. Había visto corazones y había asumido. Había querido ganar tanto que había visto una mano que no existía. 


—Perdiste —dijo Alejandro, y se puso de pie. 


Luana se quedó mirando las cartas, el sudor frío recorriéndole la espalda. "Perdí", pensó. "Volví a perder. Perdí mi vida. Perdí mi cuerpo. Perdí todo". 


Pero debajo del horror, debajo del pánico, había otra cosa. Ese calor. Esa humedad. Esa certeza de que, por fin, había dejado de luchar. 


Alejandro dio la vuelta a la mesa. Sus pasos eran lentos, deliberados, cada pisada una sentencia. Se paró frente a ella, y Luana, desde la silla, tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. Él la miró desde arriba, sus ojos verdes brillando con una intensidad que daba miedo. 


—Tu vida y tu cuerpo me pertenecen —dijo, y no era una repetición, era una declaración de propiedad—. ¿Entendés eso, Luana? 


—Entiendo —respondió ella, y su voz sonó ronca, sumisa, mojada. 


—Sacate la ropa. 


No fue una orden dicha a los gritos. Fue una orden dicha en un susurro, como si estuviera pidiendo un café. Pero Luana obedeció como si fuera un mandato divino. Se puso de pie y se quitó la remera que había usado los últimos tres días. Se quitó el short de algodón, gastado y manchado. Se quitó las bragas, las últimas que le quedaban limpias. Quedó desnuda frente a él, con el cuerpo pálido y delgado, los pezones oscuros y erectos por el frío y la excitación, el triángulo rubio entre sus piernas brillante por la humedad. 


—Arrodillate —dijo Alejandro. 


Luana se arrodilló. El piso de madera estaba frío bajo sus rodillas, y ella sintió cómo el frío se mezclaba con el calor que le crecía en el vientre. Miró hacia arriba, hacia Alejandro, hacia ese hombre que la había llevado a la fama y que ahora la estaba llevando a la ruina, y supo que había estado esperando esto desde el primer día. 


—Vas a ser mía —dijo él, bajando la cremallera de su pantalón—. Mi juguete. Mi propiedad. Y vas a hacer lo que yo diga cuando yo diga. ¿Entendés? 


—Entiendo —respondió ella, y su lengua se humedeció los labios cuando vio su miembro. 


No era grande ni pequeño. Era normal, como el de Leopoldo, pero en él se veía diferente. Más peligroso. Como si ese miembro, más que cualquier otro, tuviera el poder de cambiarlo todo. 


Alejandro la tomó del cabello, enredando sus dedos en los mechones grasosos y enmarañados, y la guió hacia él. Pero no hacia su boca. La giró, la empujó contra el piso, y Luana quedó de rodillas pero inclinada hacia adelante, la cara contra la madera fría, el culo en alto. 


—No voy a ser suave —dijo Alejandro, y ella sintió cómo sus dedos separaban sus nalgas, cómo el aire frío le rozaba el ano—. No me interesa que te guste. Te voy a doler. Te voy a marcar. Y vos vas a agradecerme. 


Luana quiso decir algo, pero antes de que pudiera, él empujó. 


El dolor fue blanco, cegador, absoluto. Alejandro la había penetrado por el ano sin lubricación, sin preparación, sin nada que no fuera su propia saliva y la resistencia de ella. Luana gritó, un grito agudo que se perdió en el departamento vacío, y sus manos se aferraron al piso de madera, las uñas raspando la superficie. 


—Callate —dijo Alejandro, y la nalgueó. 


El golpe resonó en el silencio, y Luana sintió cómo la piel de sus nalgas ardía. El dolor del ano era peor, mucho peor. Sentía cómo las paredes internas se estiraban, se desgarraban apenas, cómo cada milímetro de avance era una pequeña muerte. 


—Apretás demasiado —dijo él, y empujó más. 


Luana lloraba ahora. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y caían al piso de madera. Pero el llanto no detenía a Alejandro. Nada lo detenía. Él siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de ella. 


—Ahora sí —murmuró, y comenzó a moverse. 


Las embestidas eran brutales, profundas, sin piedad. El ano de Luana ardía, palpitaba, se resistía y se entregaba al mismo tiempo. Cada embestida era una explosión de dolor que la recorría desde el coxis hasta la nuca, pero debajo del dolor, muy debajo, había algo más. Un calor que crecía, lento, insistente. 


"Me está gustando", pensó Luana con horror, y el pensamiento la hizo apretarse aún más, lo que hizo que Alejandro gimiera de placer. 


—Así, puta. Apretame. Mostrame que te gusta. 


—No... no me gusta —mintió ella, pero su cuerpo decía otra cosa. Sus caderas se movían apenas, buscando el ritmo, encontrándolo. 


Alejandro la nalgueó otra vez. Y otra. Y otra. Cada golpe dejaba una marca roja en su piel pálida, y cada marca era un recordatorio de que ahora pertenecía a alguien. Sus manos, esas manos largas y pálidas que tantos contratos habían firmado, subieron por su espalda hasta sus pechos. Las apretó, las retorció, pellizcó los pezones hasta que ella gimió, y el gemido se mezcló con el llanto. 


—Sos una puta, Luana —dijo él, sin dejar de moverse—. Siempre lo fuiste. Yo lo sabía desde el primer día que te vi. Por eso te elegí. Porque sabía que ibas a terminar así, de rodillas, con mi verga en el culo. 


—Sí —susurró ella, y la palabra salió antes de que pudiera pensarla. 


—¿Sí qué? 


—Sí, soy una puta —dijo Luana, y al decirlo sintió cómo algo se liberaba dentro de ella. Como si admitirlo, por fin, le quitara un peso de encima—. Soy tu puta. 


Alejandro sonrió. Podía sentirlo en la forma en que sus embestidas se volvieron más profundas, más dueñas. 


—Ahora sí —dijo—. Ahora entendiste. 


El ano de Luana ya no dolía como antes. Seguía doliendo, sí, pero el dolor se había transformado en otra cosa. Era un dolor caliente, húmedo, que palpitaba con cada embestida y la llenaba de una manera que ninguna penetración vaginal había logrado. "¿Por qué no probé esto antes?", se preguntó mientras su cuerpo se abandonaba por completo. "¿Por qué tuve que esperar a perder todo para descubrir lo que me gusta?" 


Alejandro la agarró del cabello y tiró hacia atrás, arqueándole la espalda. La posición hizo que su miembro entrara en un ángulo diferente, más profundo, y Luana gimió otra vez, pero este gemido no era de dolor. 


—Te gusta, ¿no? —preguntó él, y ella asintió con la cabeza, porque ya no podía mentir. 


—Sí —jadeó—. Me gusta. 


—¿Qué te gusta? Decílo. 


—Me gusta que me uses —dijo ella, y las palabras salieron entrecortadas por las embestidas—. Me gusta que me duela. Me gusta ser tuya. 


Alejandro soltó su cabello y ella volvió a caer hacia adelante, la cara contra el piso. Él siguió moviéndose, cada vez más rápido, cada vez más duro, hasta que Luana sintió cómo su cuerpo entero se tensaba, cómo el placer y el dolor se fusionaban en una sola sensación imposible de distinguir. 


El orgasmo llegó como un derrumbe. No fue suave ni controlado, fue un terremoto que la sacudió desde adentro, que la hizo gritar contra el piso de madera mientras su ano se apretaba alrededor del miembro de Alejandro. Él sintió cómo ella se contraía, cómo su cuerpo se rendía, y eso fue suficiente para llevarlo también al límite. 


—Tomá —dijo, y eyaculó dentro de ella. 


El líquido caliente llenó su ano, derramándose por sus bordes, resbalando por sus muslos. Alejandro se quedó dentro de ella unos segundos más, disfrutando la sensación de su propiedad marcando territorio, y luego se retiró. 


Luana quedó en el piso, temblando, chorreando la leche de Alejandro por el ano, con la cara apoyada en la madera fría. Su cuerpo era un mapa de marcas: nalgas enrojecidas, pezones hinchados, moretones que empezaban a formarse en sus caderas. 


—Levantate —dijo Alejandro, y ella obedeció. 


Las piernas le temblaban, pero se puso de pie. Él la miró de arriba abajo, evaluando su propiedad, y asintió con satisfacción. 


—Vestite. Nos vamos a mi casa. 


—¿A tu casa? —preguntó ella, confundida. 


—Vas a vivir conmigo ahora. Tu cuerpo es mío, tu tiempo es mío, tu vida es mía. No tiene sentido que te quedes acá. 


Luana asintió. Buscó la ropa que había tirado al piso y se vistió lentamente, sintiendo cómo la leche de Alejandro se secaba entre sus nalgas, pegándole las bragas a la piel irritada. No se quejó. No dijo nada. Simplemente obedeció. 


Mientras empacaba una pequeña valija con lo mínimo —Alejandro dijo que comprarían ropa nueva, que la vieja ya no servía—, Luana sintió una paz extraña. Había perdido todo, sí. Pero también había dejado de luchar. Y no luchar, entregarse por completo, era más fácil que seguir intentando ser algo que no era. 


"Tal vez esto es la felicidad", pensó mientras cerraba la valija. "No tener que decidir nada. No tener que elegir nada. Solo obedecer". 


Afuera, un taxi los esperaba. Alejandro le abrió la puerta y ella se subió, mirando por la ventana mientras el departamento donde había vivido los últimos tres años se alejaba. No sintió nostalgia. No sintió nada, salvo una calma profunda, como después de una tormenta. 


La casa de Alejandro estaba en una zona cerrada, un barrio privado en las afueras de la ciudad, donde las calles eran adoquinadas y los árboles centenarios. La casa en sí era enorme, una casona antigua de estilo colonial que había sido restaurada con un gusto exquisito: pisos de madera, muebles de época, cuadros en las paredes que parecían originales. 


—Pase, conozca su nuevo hogar —dijo Alejandro, abriendo la puerta principal. 


Luana entró, y lo primero que vio fue el recibidor: una mesa redonda con un jarrón de flores frescas, un espejo enorme en la pared, y más allá, un corredor largo que se perdía en las sombras. 


—Por ahí están las habitaciones de las chicas —dijo Alejandro, señalando el corredor—. Usted va a ser una más. 


—¿Las chicas? —preguntó Luana, y una punzada de algo —¿celos? ¿curiosidad?— le atravesó el pecho. 


Alejandro sonrió y la guió por el corredor. Al final, abrió una puerta. 


Era un salón enorme, con ventanales que daban a un jardín interior. Y allí, en el medio, había mujeres. Muchas mujeres. Rubias, morochas, pelirrojas, altas, bajas, jóvenes, algunas no tanto. Estaban desnudas, o casi, algunas con lencería cara, otras con nada más que cadenas doradas alrededor del cuello. Estaban sentadas en almohadones en el piso, o recostadas en sillones, o arrodilladas junto a hombres que Luana reconoció de El Tablero. 


Marcelo estaba allí, recostado en un sillón, mientras dos mujeres le lamían los pies. Leopoldo estaba en una mesa de póker, jugando contra tres mujeres desnudas que apostaban fichas de colores. Había otros hombres, rostros conocidos y desconocidos, todos con una mujer al lado, o dos, o tres. 


—Bienvenida a mi colección —dijo Alejandro a su oído—. Todas empezaron como vos. Apostaron. Perdieron. Ahora son mías. O mejor dicho, son nuestras. Porque yo comparto. 


Luana sintió cómo el mundo se le desmoronaba y reconstruía al mismo tiempo. "Esclavas", pensó. "Todas son esclavas. Y yo soy una más". 


Pero no sintió miedo. No sintió vergüenza. Sintió algo más parecido a la pertenencia. 


—¿Y ahora qué hago? —preguntó, mirando a Alejandro. 


Él sonrió, sus ojos verdes brillando con esa luz que ella ya conocía bien. 


—Ahora, esperá. Cuando te necesite, te voy a buscar. Y cuando no, vas a estar aquí, disponible para quien yo decida. ¿Entendés? 


—Entiendo —dijo Luana, y la palabra ya no le costaba. 


Alejandro se acercó a ella, le levantó la barbilla con un dedo, y la besó en la frente. Fue un beso casi paternal, casi tierno, que contrastaba con todo lo que acababa de pasar. 


—Te ves feliz —dijo él. 


—Creo que lo soy —respondió ella, y era verdad.


Epílogo 


Pasaron los años. Luana perdió la cuenta de cuántos, porque en la casa de Alejandro el tiempo se medía de otra manera. Se medía en orgasmos, en noches de póker, en apuestas que ella ya no hacía porque ya no tenía nada que apostar. Su cuerpo era la ficha. Y Alejandro decidía quién jugaba con ella. 


Al principio fue difícil. Había noches en que la usaban tantos hombres que ella sentía que se deshacía, que no quedaba nada de Luana, la modelo, la rubia de labios carnosos, la que había desfilado en París y Milán. Pero con el tiempo, aprendió. Aprendió a vaciarse para poder llenarse de nuevo. Aprendió a disfrutar de no tener que decidir nada. Aprendió que la felicidad no estaba en la cima, sino en el fondo del abismo. 


Alejandro era un amo generoso, dentro de todo. Le daba ropa cara, comida buena, una habitación propia con ventanas que daban al jardín. A cambio, ella le daba todo lo que tenía. Y lo que no tenía, se lo sacaba igual. 


A veces, cuando los hombres se iban y ella quedaba sola en el salón grande, con los almohadones desparramados y el olor a sexo impregnado en las paredes, Luana se acordaba de su vida anterior. De las pasarelas, de las sesiones de fotos, de las entrevistas donde decía que lo más importante era ser uno mismo. 


—Qué ingenua —se decía a sí misma, mientras se acariciaba los muslos marcados por dedos ajenos—. "Ser uno mismo" no significa nada cuando no sabés quién sos. 


Pero ahora sí sabía. Era una puta. Una esclava. Una cosa que otros usaban para su placer. Y al fin, después de tanto buscarlo, estaba en paz. 


Lo que más le gustaba, descubrió con el tiempo, no eran los hombres que la usaban. Eran las noches en que Alejandro la entregaba a grupos. Tres, cuatro, cinco, diez hombres a la vez, todos sobre ella, dentro de ella, usándola hasta que no podía más. Esas noches, cuando terminaba y los hombres se iban y ella quedaba temblando en el piso, chorreando los jugos de todos ellos, se sentía realmente feliz. 


—Soy feliz a sus pies —le dijo una vez a Alejandro, mientras él la acariciaba el cabello después de una sesión especialmente brutal. 


Él sonrió, esa sonrisa lenta que tanto le gustaba. 


—Lo sé —dijo—. Por eso te elegí. 


Y Luana sonrió también, y cerró los ojos, y se durmió escuchando los latidos del corazón de su amo. 


Había empezado buscando la gloria en las pasarelas. Había terminado encontrando la paz en la sumisión. 


Nunca volvió a jugar al póker. No hacía falta. Había perdido la última apuesta, y esa derrota era la única victoria que realmente importaba. 


FIN. 

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