Las dos semanas que siguieron fueron un período de consolidación y lujuria doméstica para Eduardo. Su dominio sobre Abigail se había refinado hasta convertirse en una segunda naturaleza para ambos. Las mañanas comenzaban con ella despertándolo con su boca, las tardes transcurrían entre sus deberes de limpieza y cocina, siempre desnuda excepto por el collar, y las noches eran un lienzo para la exploración de los límites de su sumisión. Eduardo probaba nuevas formas de humillación, nuevas órdenes, y Abigail respondía con una entrega que iba más allá de la obediencia; era una devoción. Cada gemido, cada susurro de "sí, mi dueño", cada vez que se ofrecía a sí misma sin que se lo pidieran, era un recordatorio del poder que ahora ejercía. Asistieron a otra fiesta del Club de los Amos, donde Eduardo fue recibido con respeto creciente. Vio a otros Amos con sus harenes, algunos más numerosos, pero ninguno, estaba seguro, con una posesión tan perfectamente entrenada y entregada como su Abigail. Ella se arrodillaba a sus pies, le servía la bebida, y aceptaba las miradas de los otros hombres con una indiferencia que solo realzaba su valor. Era su trofeo viviente, y la envidia en los ojos de los demás era un néctar para su ego.
Pero un solo trofeo, por perfecto que fuera, ya no era suficiente. La ambición, alimentada por el ambiente del Club y por su propia naturaleza, crecía. Y su mente, siempre calculadora, ya había puesto la mira en la siguiente pieza de su colección: Julieta. La morena exuberante y promiscua a la que había humillado y despreciado, dejándola con la curiosidad y la frustración como únicas compañeras.
Durante esas dos semanas, Eduardo había vigilado a Julieta a través de la ventana digital que le proporcionaba el teléfono hackeado. Fue un espectáculo fascinante y, para él, profundamente gratificante. Observó cómo la cadena interminable de "amigos" seguía enviando sus mensajes predictibles. "Hola, preciosa, ¿qué hacés?", "¿Salimos a tomar algo?", "Pasamos por tu casa". Pero la respuesta de Julieta ya no era la de antes. Ya no había chistes picantes, ni fotos sugerentes, ni la promesa velada de un encuentro casual. En su lugar, sus respuestas eran evasivas, frías.
— Estoy en una etapa de mi vida en la que busco algo serio —le escribió a un chico del gimnasio.
La respuesta no se hizo esperar. — Jajaja, dale, ¿y qué mejor manera de empezar algo serio que pasándola bien? —insistió el joven.
— No, en serio. Busco compromiso —replicó Julieta.
El mensaje siguiente fue un silencio elocuente. El chico desapareció. Otro, más directo, le contestó: — Y yo solo quiero cogerte, flaca. Si no es así, no pierdas mi tiempo.
Eduardo se reía, una risa baja y satisfecha, cada vez que leía estos intercambios. Su plan estaba funcionando a la perfección. La semilla de la duda que había plantado aquella noche, regada con la humillación y el afrodisíaco, estaba dando su fruto envenenado. Julieta, la diosa sexual que creía que el mundo giraba alrededor de su deseo, estaba descubriendo la cruda verdad: para la mayoría de esos hombres, ella era un objeto desechable, un entretenimiento para una noche. Su valor, en su propio mercado, se desplomaba en el momento en que pedía algo más que sexo.
Vio su perfil de redes sociales. Las fotos provocativas habían sido reemplazadas por imágenes más contemplativas, solitaria en un café, mirando el atardecer. Los comentarios de sus seguidores hombres eran los de siempre, piropos vacíos, pero ella ya no los respondía con la coquetería de antes. Una tristeza palpable emanaba de su vida digital. A sus veinte años, Julieta se sentía vacía, usada y terriblemente sola. "¿Es esto todo?", se preguntaba, "¿un hombre tras otro, hasta que me quede vieja y nadie me quiera?". La predicción de Eduardo resonaba en su cabeza como una campana funeraria: "…esos hombres cuando tengan 30 se casarán con una chica de 20 años que se porte bien".
Eduardo decidió que era el momento de la cosecha. Sabía, gracias a la ubicación en tiempo real, que Julieta estaba de compras en un centro comercial de Palermo. Esperó pacientemente en su auto, estacionado en una zona discreta frente a la salida de una boutique de moda. Finalmente, la vio salir. Llevaba varias bolsas de compras, una prueba de su intento de llenar el vacío emocional con consumo. Su atuendo era una contradicción en sí mismo: una falda hasta la rodilla, más conservadora de lo habitual, pero combinada con una musculosa negra tan escotada y ajustada que sus pechos enormes parecían a punto de reventar la tela. Era la lucha interna hecha moda: el deseo de ser tomada en serio, chocando con la necesidad de validación a través de su sexualidad.
Cuando ella pasó cerca de su auto, Eduardo tocó la bocina, no un toque discreto, sino uno prolongado y descarado. Julieta se detuvo y miró a su alrededor, mortificada. Él bajó la ventanilla.
— ¡Eh, putita! ¡Vení a saludar! —gritó, con una sonrisa burlona.
Julieta sintió que la sangre le ardía en las mejillas. "Puto viejo de mierda", pensó, pero sus pies, como si tuvieran voluntad propia, comenzaron a acercarse al auto. Una parte de ella quería escupirle en la cara, pero otra, más fuerte y desesperada, se sentía inexplicablemente atraída por esa crudeza, por esa falta absoluta de los juegos hipócritas a los que estaba acostumbrada. Se acercó con su andar sensual, pero su mirada estaba baja, evitando la de él.
— Buenas tardes, Eduardo —murmuró, con una voz que no era más que un susurro.
— Subí —ordenó él, sin preámbulos—. Te acerco hasta tu casa.
Julieta dudó. Cada fibra de su ser le gritaba que no, que era peligroso, que ese hombre era un monstruo. Pero el recuerdo de su soledad, de la vacuidad de sus noches, del desprecio de sus "amigos", pesó más que el miedo. Con un nudo en la garganta y un ardor familiar y culpable en su bajo vientre, abrió la puerta y se subió al auto.
Eduardo puso el coche en marcha y se incorporó al tráfico. El silencio dentro del vehículo era opresivo. Después de unos minutos, él rompió el hielo con la elegancia de un martillazo.
— Y, contame… ¿cómo van estas dos semanas de abstinencia sexual?
Julieta se quedó paralizada. Lo miró, sus ojos oscuros se abrieron como platos, llenos de puro terror. "¿Cómo mierda lo sabe?", fue lo único que pudo pensar. Quería gritar, negarlo, pero la verdad era que llevaba catorce días largos y agonizantes sin sexo, algo que no le ocurría desde que tenía memoria. Necesitaba sexo con una desesperación física que la avergonzaba. Bajo la mirada penetrante de Eduardo, toda su arroganza se desvaneció. Bajó la cabeza, incapaz de sostener su mirada, la vergüenza pintando su rostro moreno de un rojo intenso.
Eduardo, sin quitar la vista de la ruta, deslizó su mano y la posó descaradamente en el muslo desnudo de Julieta, justo por encima de la rodilla. Su piel estaba caliente.
— Ningún hombre se toma en serio a una mujer fácil, Julieta —dijo, con una tranquilidad que sonaba a verdad absoluta—. Sos el juguete para un rato, no la princesa para un cuento.
La ira, mezclada con la humillación, estalló dentro de ella. Intentó defenderse, recuperar algo de su orgullo.
— Yo hago… —comenzó a decir, con voz temblorosa.
Eduardo la interrumpió dándole un golpecito seco en el mismo muslo, no para lastimarla, sino para callarla, como se le da un toque a un animal que se porta mal.
— Vos hacés lo que los hombres jóvenes quieren —la corrigió, su tono era didáctico, paternalista—. Sos el sueño húmedo de cada pibe de veintipico. Pero, ¿sabés qué? Esos pibes crecen. Llegan a los treinta, consiguen un buen laburo, y ¿con quién se casan? —Hizo una pausa dramática—. Con una chica de veinte años, sí, pero una que se porte bien. Una que no tenga una lista de hombres tan larga como el listado del teléfono. Y a vos, a los treinta, te vas a quedar sola, conocida por todos como la mujer fácil del barrio. Un descarte.
Cada palabra era un clavo en el ataúd de su autoestima. Julieta quería odiarlo, quería gritarle que era un machista retrógrado, pero en el fondo más profundo de su alma, sabía que tenía razón. Había visto a sus amigas más "recatadas" conseguir novios estables, mientras ella seguía en la rueda de hámster de los encuentros casuales. Visualizó su futuro: más soledad, más hombres que solo querían una noche, más vacío. Se sintió derrotada. Su cuerpo, antes tan seguro y exhibido, parecía encogerse en el asiento del auto.
— Creo… creo que tenés razón —admitió, con la voz quebrada, las lágrimas asomando por fin a sus ojos.
Eduardo sonrió internamente. La había quebrado. La había llevado al borde del abismo de su propia irrelevancia. Ahora era el momento de tenderle la mano, o más bien, de ofrecerle la cadena.
— Escuchame, Julieta —dijo, su voz se suavizó un poco, adoptando un tono casi protector—. Yo soy distinto. Yo no te veo como un juguete. Si sos obediente, si aprendés a ser mía de verdad… te voy a hacer mía. Y te lo digo en serio. Jamás te voy a abandonar.
La oferta flotó en el aire del auto. "Obediente". "Mía". Eran palabras que habrían sido una pesadilla para la antigua Julieta. Pero la nueva Julieta, la asustada, la sola, la que se sentía usada y descartable, las escuchó de manera diferente. "Jamás te voy a abandonar". Esa promesa, en su estado de vulnerabilidad, sonó como la cosa más valiosa del mundo. Miró a Eduardo, a su perfil ordinario, y ya no vio a un viejo repulsivo, sino a un hombre que ofrecía estabilidad, posesión, un lugar en el mundo. Un lugar definido, claro, aunque fuera de sumisión.
— ¿Qué… qué debo hacer? —preguntó, su voz era un hilo de esperanza y rendición.
En su mente, la imagen de Abigail, siempre tranquila, siempre segura de su lugar, siempre querida por su dueño, brilló con una intensidad cegadora. "Abigail es feliz", pensó Julieta, con un asombro revelador. "Ella no tiene estas dudas, esta soledad. Ella tiene un propósito". Y en un instante de claridad desgarradora, se dio cuenta de que, si seguía por el camino de la "libertad", terminaría completamente sola, conocida solo como una mujer fácil, un objeto usado por muchos y valorado por ninguno.
Prefirió ser la propiedad valiosa de uno, que el juguete desechable de muchos. Con esa decisión, tomada en la intimidad del auto de su futuro dueño, Julieta selló su destino. La cazadora se rendía, lista para ser domesticada.
El motor del auto ronroneaba con una suavidad que contrastaba con la tormenta emocional que rugía en el pecho de Julieta. La confesión había sido hecha, la rendición, aceptada. Eduardo condujo en silencio durante un par de cuadras, pero no en dirección a la casa de ella. En cambio, giró y se detuvo frente a una tienda de mascotas, un local modesto con juguetes y correas colgando en la vidriera. Julieta lo miró, confundida.
— ¿Acá? —preguntó, con un hilo de voz.
— Sí, acá —respondió él, con un tono que no admitía preguntas—. Vení.
Bajó del auto y ella lo siguió, sintiendo que cada paso la acercaba más a un punto de no retorno. La campanilla de la puerta sonó al entrar. El lugar olía a cuero nuevo y a pienso. Un hombre joven con un delantal verde los saludó desde detrás del mostrador.
— Buenas tardes. ¿Buscaban algo en particular?
— Sí —dijo Eduardo, con la practicidad de quien compra pan—. Necesito un collar para perros. Pero que sea visible, que se note.
— Claro, tenemos de varios tipos —dijo el vendedor, señalando una vitrina.
Eduardo se acercó y los examinó con detenimiento, como un joyero evaluando piedras preciosas. Rechazó unos de nailon colorido, otros con tachas excesivas. Finalmente, señaló uno.
— Ese.
Era un collar de cuero ancho, de un rojo oscuro, casi burdeos. Tenía una hebilla metálica sólida y, a diferencia del liso y negro de Abigail, este tenía una fila de pequeñas tachas de metal plateado que recorrían su circunferencia. Era llamativo, casi ostentoso. Un collar para una mascota que se quería exhibir.
— Buena elección —comentó el vendedor—. Es de los más resistentes. ¿Para qué raza es?
— Para una perra muy especial —respondió Eduardo, pagando en efectivo y guardando la bolsa en su bolsillo sin dar más explicaciones.
Julieta había observado la transacción en silencio, un nudo de excitación y terror apretándole el estómago. "Ese collar… es para mí", pensó, y la idea le produjo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal.
Regresaron al auto. Eduardo arrancó, pero se detuvo a mitad de cuadra, en un lugar semi-despejado. El silencio dentro del vehículo se volvió denso, cargado de significado. Él sacó el collar de la bolsa. El cuero rojo brillaba bajo la luz del sol que se filtraba por el parabrisas.
— Esto —dijo Eduardo, sosteniendo el collar frente a los ojos de Julieta— es un símbolo. El símbolo de que ahora sos mía.
Julieta lo miró fijamente, su corazón latía con tanta fuerza que sentía que el auto vibraba con él.
— Las reglas son simples, pero son ley —continuó él, su voz era clara e implacable—. Primera: jamás te vas a quitar este collar. Ni para dormir, ni para bañarte. Es parte de vos ahora. Segunda: tenés prohibido usar ropa interior. Tu cuerpo ya no se esconde para nadie. Tercera: mis órdenes son ley. No se discuten, se obedecen. Cuarta: y la más importante. Vos sos mi propiedad. Y yo soy tu dueño. —La miró fijamente, sus ojos eran dos pozos oscuros de autoridad—. ¿Lo entendés?
Julieta respiró hondo. Las palabras resonaban en su mente. "Propiedad". "Dueño". "Prohibido". Eran conceptos que deberían haberla aterrado, pero en su estado de vulnerabilidad y desesperación, sonaron como un manual de instrucciones para una vida nueva, una vida con reglas claras donde ella ya no tendría que tomar decisiones agotadoras. Donde ya no tendría que preguntarse qué querían los hombres de ella. Su deseo, su voluntad, ya no importaban. Era una liberación.
— Lo entiendo, mi dueño —dijo, y al pronunciar esa frase, una oleada de calor intenso y vergonzante la recorrió de la cabeza a los pies. Se sintió húmeda al instante. "Será por tantos días sin sexo", trató de convencerse, pero sabía, en lo más profundo, que era la sumisión misma lo que la excitaba.
Eduardo asintió, satisfecho. Se inclinó hacia ella y, con movimientos firmes, pero no brutales, le ajustó el collar de cuero rojo alrededor del cuello. El cuero era frío contra su piel cálida. La hebilla cerró con un clic seco y definitivo. Era más pesado de lo que imaginaba. Podía sentir su peso, su presencia constante. Era una marca de propiedad, y al llevarla puesta, una extraña sensación de paz comenzó a invadirla. La incertidumbre se desvanecía.
— Ahora —ordenó Eduardo, recostándose en su asiento—. Sácate la ropa interior.
Julieta, ya collareada, ya convertida, no lo dudó. Con una sensualidad que era innata pero que ahora estaba al servicio de su dueño, se deslizó hacia el borde del asiento. Metió los dedos bajo el elástico de su tanga negra y, con movimientos lentos y deliberados, se la deslizó por las caderas y las piernas, dejándola como un pequeño montón de encaje en el piso del auto. Luego, con igual parsimonia, se desabrochó el corpiño por debajo de la musculosa, se lo quitó y lo dejó caer sobre la tanga. Ahora, bajo su falda y su musculosa, estaba completamente desnuda. Expuesta.
— Muy bien —murmuró Eduardo—. Ahora, chúpame la verga.
Julieta se giró hacia él. Su excitación era tal que temblaba levemente. Con las manos temblorosas, desabrochó su pantalón y liberó su miembro, que ya estaba erecto y duro. Lo tomó en sus manos y, sin más preámbulos, lo llevó a su boca. El primer contacto fue electrizante. No fue la mamada experta y devota de Abigail; fue la mamada hambrienta, desesperada y llena de una energía salvaje de quien ha estado en abstinencia y encuentra, por fin, su manantial. Se lo tragó con avidez, moviendo la cabeza con un ritmo rápido y profundo, emitiendo sonidos guturales de ahogo y placer. "No sé por qué", pensó, entre jadeo y jadeo, "si es un viejo… pero me parece tan sabroso…". La combinación de la sumisión, la prohibición y la liberación sexual era un cóctel demasiado potente para su sistema.
Eduardo dejó escapar un gruñido de satisfacción y puso el auto en marcha. Comenzó a conducir lentamente, con una mano en el volante y la otra en la nuca de Julieta, guiando su ritmo. Así recorrieron varias calles, con la morena chupándolo con una devoción creciente, completamente absorta en su tarea, el mundo exterior reducido a la carne en su boca y la mano de su dueño en su cabeza.
Llegaron frente al edificio de Julieta. Eduardo estacionó, pero ella no se detuvo. Continuaba, ahogándose voluntariamente, perdida en la sensación. Él la miró, con una sonrisa cruel y posesiva. Apagó el motor. El silencio repentino solo fue roto por los sonidos húmedos y los jadeos de Julieta.
— Pará —ordenó él.
Ella se separó, jadeando, con los labios brillantes y los ojos vidriosos.
— Acá no termina —dijo Eduardo, abriendo su puerta—. Vení para atrás.
Julieta, obediente, salió tambaleante del auto y se deslizó en el asiento trasero. Eduardo entró después de ella, cerrando la puerta con fuerza. El espacio era reducido, íntimo. La luz de la tarde se filtraba por las ventanas polarizadas, tiñendo todo de un tono ámbar.
— Ahora, putita —gruñó Eduardo, empujándola boca abajo sobre el asiento de cuero—, te voy a coger como a la perra caliente que sos.
La levantó un poco la falda, exponiendo sus nalgas morenas y desnudas. No hubo preliminares. La penetró de un solo y brutal embate.
— ¡Aaah, sí, dueño! —gritó Julieta, su voz era una mezcla de dolor y éxtasis.
Las embestidas de Eduardo fueron duras, rápidas, sin concesión. El auto comenzó a mecerse de manera evidente con el ritmo de sus cuerpos.
— ¿Te gusta, perra? —le espetó Eduardo, agarrándola de la cintura para clavar más profundo—. ¿Te gusta que tu dueño te coje en el auto como a una cualquiera?
— ¡Sí! ¡Me encanta! —gritó Julieta, sus uñas se clavaban en el cuero del asiento—. ¡Soy tu perra! ¡Solo tuya!
— ¡Decilo! —exigió él, dándole una nalgada que resonó en el interior del vehículo—. ¡Decí a quién le perteneces!
— ¡A vos, mi dueño! —chilló ella, perdida en la humillación y el placer—. ¡Soy tu propiedad!
Los transeúntes que pasaban por la vereda miraban el auto que se balanceaba de manera tan elocuente. Algunos se reían, otros fruncían el ceño con desaprobación, otros miraban con curiosidad malsana. Pero para los dos ocupantes, el mundo exterior no existía. Ellos estaban en su propia burbuja de poder y sumisión, donde las reglas de la sociedad no tenían cabida. Sus propias reglas, las del dueño y la mascota, eran las únicas que importaban.
Julieta sintió que el orgasmo se acercaba, un tsunami de sensaciones que había estado construyéndose desde que se puso el collar.
— ¡Voy a acabar, dueño! —avisó, con la voz quebrada por los gritos.
— ¡Acabá, perra! —rugió Eduardo, aumentando aún más la velocidad y la fuerza.
Con un grito desgarrador que seguramente fue escuchado en la calle, Julieta llegó al clímax, su cuerpo convulsionándose violentamente bajo el de Eduardo. Él, sintiéndola estallar, se inclinó sobre su espalda y, mordiendo uno de sus pezones a través de la tela de la musculosa, eyaculó dentro de ella con un gruñido prolongado y gutural.
Quedaron jadeando, enredados en el asiento trasero, el aire cargado con el olor a sexo y cuero. El auto había dejado de mecerse. Durante unos minutos, solo se escuchó el sonido de su respiración entrecortada. Finalmente, Eduardo se separó y se acomodó.
— Mañana te voy a venir a buscar —dijo, rompiendo el silencio, su voz ya era la del hombre práctico—. Hoy despedite de tu vieja vida. De tus cosas, de tus pensamientos de antes. Mañana empezás de cero.
Julieta, aún tendida y exhausta, asintió. Su mente, por una vez, estaba en calma.
— Sí, mi dueño —respondió, con una rapidez y una certeza que la sorprendieron a ella misma.
Eduardo salió del auto y abrió la puerta para ella. Julieta bajó, sintiendo las piernas débiles. Su falda estaba arrugada, su musculosa manchada de sudor, y sentía los jugos de Eduardo escurriéndole por los muslos. El collar rojo pesaba en su cuello, una marca de férreo y glorioso.
— Hasta mañana, mi dueño —murmuró, mirándolo fijamente.
Él asintió, subió al auto y se fue sin mirar atrás.
Julieta se quedó parada en la vereda, frente a su edificio. Se tocó el collar. Por primera vez en su vida, tenía la certeza absoluta de que un hombre no la abandonaría como un objeto desechable. Este hombre, su dueño, la cuidaría. La poseería. La marcaría. Y para ella, en ese momento, eso era infinitamente mejor que la libertad vacía y solitaria que había conocido. Con ese pensamiento reconfortante y perverso, entró a su casa, caminando con un dolor y un placer nuevos, la prueba física de su nueva lealtad secándose en su piel. La perra había encontrado a su amo.
Continuara...

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