La noche fue un suplicio interminable para Abigail, no por el trauma de la violación o la revelación de la identidad de su verdugo, sino por una incomodidad física humillante y primaria. Eduardo la había dejado atada de manos a la espalda, tirada boca abajo sobre la áspera alfombra del living. El camisón de seda, ahora una tela rasgada e inútil, se le enfriaba pegada a la piel con el sudor seco y los restos de sus fluidos mezclados con los de él. No podía rascarse la picazón en la nariz, no podía ajustar la postura para aliviar el dolor en sus hombros, no podía siquiera levantarse para ir al baño. La impotencia era absoluta. El silencio del departamento era roto solo por sus propios sollozos ahogados y los ocasionales ruidos de la ciudad que se filtraban por la ventana, un mundo que seguía girando, ajeno a su degradación. Finalmente, el agotamiento físico y mental pudo más que la incomodidad, y se durmió en el suelo, en un sueño inquieto y fragmentado poblado por voces distorsionadas y la sensación de sogas apretándose en su piel.
Alrededor de las siete de la mañana, el sonido de la llave girando en la cerradura la despertó de golpe. El corazón le dio un vuelco, no de sorpresa, sino de un miedo anticipado. La puerta se abrió y entró Eduardo, con el mismo aspecto desaliñado del día anterior, pero con una expresión de dominio absoluto y satisfacción en sus ojos. Olía a café recién hecho y a la mañana porteña.
— Buenoos días, perrita —dijo, arrastrando las palabras con una burla deliberada—. ¿Dormiste bien en tu nueva cama?
Abigail bajó la mirada, incapaz de sostenerla. No dijo nada. Las palabras no tenían sentido; su situación era elocuente por sí sola. Eduardo se acercó, se agachó con un quejido leve —el sonido de un cuerpo que no estaba acostumbrado a tales esfuerzos— y con unos movimientos rápidos, desató las sogas que la sujetaban. La circulación, al retornar a sus muñecas entumecidas, le produjo un dolor agudo y punzante que hizo que gimiera.
— Anda, desnúdate —ordenó él, señalando los jirones de seda negra—. Y después prepárame el desayuno. Quiero café con leche, tostadas con manteca y mermelada, y jugo de naranja.
Abigail, con movimientos rígidos y doloridos, se puso de pie. La vergüenza de estar frente a él, con la ropa destrozada y su cuerpo marcado, era abrumadora. Se quitó los restos del camisón y quedó completamente desnuda en el centro de la habitación, bajo su mirada evaluadora. Luego, sin cubrirse, caminó hacia la cocina. Sentía sus ojos clavados en su espalda, en el movimiento de sus nalgas. Cada paso era un acto de sumisión. Mientras calentaba la leche, tostaba el pan y exprimía las naranjas, era consciente de su desnudez de una manera nueva. No era la desnudez sensual y privada de antes, sino la desnudez funcional de un objeto, de un electrodoméstico que preparaba el desayuno.
Cuando llevó la bandeja a la mesa del comedor, Eduardo ya se había sentado. Él la miró, tomó un sorbo de café y señaló el suelo a sus pies.
— Ponte de rodillas ahí —indicó—. Mientras yo desayuno.
Abigail obedeció. Se arrodilló en el piso de madera, con las manos sobre sus muslos, mirando fijamente las pantorrillas de Eduardo, el tejido gastado de sus pantalones. El contraste era tan brutal que su mente apenas podía procesarlo. Hacía apenas unos días, si alguien le hubiera preguntado, en una charla de café con sus amigas, si se acostaría con su vecino gordito y desprolijo, ella se habría reído con arrogancia y habría soltado un "¡ni en pedo!" rotundo. Y ahora, allí estaba, desnuda y de rodillas, esperando sus órdenes mientras él untaba mantequilla en una tostada. Se sentía infinitamente inferior, reducida a la categoría de un mueble, de una mascota. Y lo más aterrador era que, en algún lugar profundo de su ser, esa inferioridad no le desagradaba del todo. La liberaba de la carga de ser ella misma.
— Ahora andá a bañarte —ordenó Eduardo cuando terminó—. Y ponete algo lindo. Vamos a salir de compras.
Ella asintió y se dirigió al baño. El agua caliente le lavó la suciedad física de la noche, pero no pudo limpiar la marca psicológica. Se vistió con un vestido sencillo pero elegante, de color azul celeste, que realzaba sus ojos y su cabello rubio. Cuando salió, Eduardo la evaluó con la mirada de un propietario satisfecho.
— Vamos —dijo, y salió del departamento.
Ella lo siguió, como una sombra. Caminaron en silencio dos cuadras, hasta que Eduardo se detuvo frente a un local que Abigail nunca había notado antes. No era una boutique ni una tienda de ropa. Era una veterinaria. Una campanilla sonó cuando Eduardo abrió la puerta. El lugar olía a antiséptico y a pienso para animales. Un hombre joven con delantal verde estaba detrás del mostrador.
— Buen día —dijo el empleado.
— Hola —respondió Eduardo con tono práctico—. Necesito un collar para perros. Que sea resistente, pero que no sea muy tosco. Algo… discreto, pero que se note.
— Claro, tenemos varios modelos —dijo el vendedor, y comenzó a sacar collares de una vitrina: de cuero simple, de nailon con hebillas de plástico, algunos con tachas metálicas.
Abigail se quedó de pie, inmóvil, junto a la puerta. Una sensación de frío glacial le recorrió el cuerpo. "No…", pensó, "no puede ser". Observó cómo Eduardo examinaba cada opción con una seriedad absurda, como si estuviera eligiendo una corbata.
— Este —dijo finalmente Eduardo, señalando uno de cuero negro liso, ancho, con una hebilla metálica sólida pero sin adornos excesivos. Era un collar funcional, de buena calidad, el tipo de collar que se le pondría a un perro de raza grande y poderosa.
— Buena elección —comentó el vendedor, mientras lo envolvía—. ¿Es para un pastor alemán?
— Algo así —respondió Eduardo, pagando y guardando la bolsa en su bolsillo.
El regreso a casa de Abigail fue un trance. Ella caminaba a su lado, sintiendo el peso de la bolsa en el bolsillo de Eduardo como si fuera una losa sobre su propio cuello. Una vez dentro de su departamento, Eduardo sacó el collar.
— Este collar lo vas a llevar siempre —declaró, sin lugar a dudas—. Es el símbolo de que me perteneces. De que sos mi mascota.
Abigail lo miró. El cuero negro relucía bajo la luz de la mañana. Un millón de protestas, de gritos, de negativas, bulleron en su garganta. Pero ninguna salió. En su lugar, bajó la cabeza en un gesto de aceptación.
— Sí, mi dueño —susurró.
Eduardo se acercó y le puso el collar alrededor del cuello. El cuero era frío contra su piel. Ajustó la hebilla con un clic seco y definitivo. Luego, alzó la mano y acarició su cabeza, deslizando los dedos por su cabello rubio, como se acaricia a un animal doméstico. Eduardo no podía creerlo. La teoría de Cristian, que le había parecido una fantasía de hombre arrogante, era real. "Todas lo son", había dicho. Y allí estaba, sin experiencia previa, habiendo doblegado a una de las mujeres más deseadas y hermosas que había visto, en menos de una semana. La había reducido a esto: una criatura obediente con un collar de perro alrededor de su esbelto cuello. La posesión que sentía en ese momento era más intoxicante que cualquier éxito profesional.
Abigail, con el peso del cuero alrededor de su garganta, sintió una extraña mezcla de vergüenza, humillación y una paz profunda, perturbadora. El collar era la respuesta física a la pregunta que había estado haciéndose. Ya no tenía que luchar, ya no tenía que decidir. Su lugar estaba marcado.
Con una timidez que no había mostrado antes, alzó la vista hacia él.
— Mi dueño… ¿puedo ir a la universidad? —preguntó, como un niño pidiendo permiso.
Eduardo sonrió. Era una sonrisa de verdadero poder.
— Claro que sí, mi perrita —concedió—. La educación es importante. Pero hay una condición. Mientras estés allí, le vas a contar a tus amigas que el ingeniero de tu vecino, yo, ahora es tu novio.
Abigail palideció. "Novio". La palabra era tan mundana, tan normal, y sin embargo, en este contexto, era la mentira más obscena. Sus amigas, su familia… todos esperarían a un chico joven, atlético, alguien a su altura. No a un hombre mayor, gordo y desprolijo. Pero entonces, recordó la excitación, el placer, la paz de la obediencia. Había entendido, en su cuerpo y en su alma, que obedecer era más excitante que cualquier conquista superficial.
— Se lo diré, mi dueño —afirmó, con una voz más firme.
Esa tarde, en el patio de la facultad, se encontró con Ingrid y Julieta. Julieta, de vuelta de su aventura, estaba radiante.
— ¡Contá, Abi! ¿Cómo estuvo la cena con el vecino? —preguntó Julieta, con picardía.
Abigail respiró hondo. Sentía el collar bajo el pañuelo de seda que se había anudado al cuello para ocultarlo.
— En realidad… —comenzó, forzando una sonrisa—. Eduardo… mi vecino… ahora es mi novio.
El silencio que se produjo fue tan denso que se podía cortar. Ingrid y Julieta se miraron, y luego la miraron a ella, con los ojos como platos.
— ¿Eduardo? —preguntó Ingrid, incapaz de disimular su incredulidad—. ¿El gordito de… perdón, el señor mayor de al lado?
— Sí —confirmó Abigail, sintiendo un rubor en sus mejillas.
— Pero… ¿qué tiene ese…? —Julieta no pudo terminar la frase, buscando palabras que no sonaran demasiado ofensivas.
Abigail las miró a ambas, y una extraña serenidad la invadió. No estaba mintiendo. Estaba articulando una verdad más profunda.
— Es un hombre de verdad —dijo, y su tono era tan convincente, tan cargado de una certeza íntima, que sus amigas no supieron qué responder. Solo se quedaron mirándola, atónitas, mientras ella ajustaba inconscientemente el pañuelo en su cuello.
Al regresar a su departamento esa tarde, Abigail encontró la primera señal de que algo más había cambiado. Sus apuntes, su laptop, sus libros… no estaban en su lugar habitual. Una punzada de ansiedad la recorrió. En ese momento, la puerta se abrió y entró Eduardo, con una llave en la mano.
— ¿Qué pasa, mi dueño? —preguntó, confundida.
— Tus cosas ya están en mi departamento —declaró él, con simpleza—. Desde hoy vivís conmigo. Una mascota tiene que estar cerca de su amo para servirlo cuando él lo necesite. Para estar siempre disponible.
Abigail miró a su alrededor. Su hogar, su último vestigio de independencia, ya no lo era. Todo lo que era suyo había sido trasladado al territorio de él. No era una solicitud. Era un hecho consumado.
— Sí, mi dueño —respondió, sin vacilar.
Cruzó el umbral de la puerta y siguió a Eduardo al departamento de enfrente, al lugar donde su sumisión ya no tendría horarios ni límites espaciales. El collar apretaba su cuello, un recordatorio constante de su nueva realidad. Ya no era Abigail, la estudiante universitaria. Era la perrita de Eduardo. Y, para su propio asombro, esa idea la llenaba de un terror y una excitación que eran, finalmente, indistinguibles.
El departamento de Eduardo era un reflejo exacto de su dueño: amplio, con una estructura sólida y potencial, pero sumido en un caos de abandono y desidia. Las paredes, que alguna vez fueron de un color claro, estaban ahora manchadas por el humo y el tiempo. Había pilas de papeles y planos enrollados acumulándose en las esquinas, como sedimentos de proyectos inconclusos. Los muebles, aunque de buena calidad, estaban cubiertos por una fina capa de polvo y desprolijamente dispuestos, como si hubieran sido arrastrados hasta su posición actual y luego olvidados. El aire olía a café rancio, a comida para llevar y a una soledad masculina que se había enquistado entre las paredes durante años. El dinero, fruto de su exitosa carrera como ingeniero, estaba allí, en los metros cuadrados, en los electrodomésticos de gama alta, pero era un dinero estéril, incapaz de comprar el orden o la calidez que una vida solitaria había erosionado.
Eduardo guió a Abigail a través del desorden del living, pasando junto a una cocina donde los platos sucios se amontonaban en la pileta. No dijo una palabra. Finalmente, se detuvo frente a una puerta cerrada al fondo de un pasillo corto. La abrió. La habitación era espaciosa, pero estaba casi vacía. La única luz entraba por una ventana sin cortinas que daba al edificio de enfrente, el que hasta ayer había sido el hogar de Abigail. En el centro de la habitación, sobre el piso de parquet desnudo, había un colchón nuevo, de una plaza, todavía con la etiqueta plástica colgando. Era un rectángulo solitario e impersonal, una isla en un mar de espacio vacío. Contra una pared, había un gran ropero de madera oscura, de esos que parecen heredados, imponente y un poco siniestro en su austeridad.
— Este colchón lo compré solo para vos, perrita —dijo Eduardo, con un gesto hacia el mueble—. Y tus cosas… las que tenías en tu casa… ya no las necesitás. Las voy a vender. Solo te quedás con la ropa que te ponga yo y los libros de la universidad. Por ahora.
Las palabras resonaron en el silencio de la habitación vacía. Abigail sintió un vacío en el estómago. No era solo ropa, eran los vestidos que sus padres le habían regalado con esfuerzo para su cumpleaños, los zapatos que se había comprado con el sueldo de su primer trabajo part-time después de clases, las pequeñas baratijas y fotos que contaban la historia de su vida hasta ese momento. Todo eso sería empaquetado y vendido, convertido en dinero frío que iría a parar a los bolsillos de Eduardo. Era el acto final de despojo. Ya no era solo su cuerpo o su voluntad; ahora era su historia, sus recuerdos materiales, lo que le era arrancado. Era una verdadera esclava, despojada de todo lo que no fuera su esencia utilizable.
Pero entonces, como un mecanismo de supervivencia que se había perfeccionado en los últimos días, su mente buscó y encontró un ancla en el caos. Un propósito. Un significado superior a cualquier objeto. Servir a Eduardo. Esa era su nueva razón de ser, su función en el universo. Era un propósito humillante, degradante, pero era infinitamente más simple y potente que la abrumadora libertad de elegir su propia vida. Con esa certeza arraigándose en su pecho, más fuerte que la tristeza por sus pertenencias, bajó la cabeza.
— Como diga, mi dueño —respondió, su voz era un hilo de sonido, pero carente de duda.
Eduardo asintió, satisfecho. Luego, su mirada se posó en ella, en su cuerpo joven y tenso bajo el vestido azul celeste. El aire en la habitación cambió, se cargó de una electricidad densa y anticipatoria.
— Ahora —dijo, y su tono ya no era el del propietario que da instrucciones, sino el del depredador que reclama su presa—, voy a estrenar tu nueva cama.
Se acercó a ella. No hubo preámbulos románticos, ni caricias preliminares. Sus manos, fuertes y toscas, se posaron en sus hombros y luego deslizaron las tiras del vestido hacia abajo. La tela cedió, deslizándose por su cuerpo hasta formar un charco de color en el suelo, a los pies del colchón. Abigail quedó desnuda, excepto por el collar de cuero negro que ceñía su cuello, un símbolo más elocuente que cualquier ropa. Eduardo la miró, sus ojos recorrían su cuerpo con una mezcla de lujuria y propiedad.
— Acóstate —ordenó.
Ella obedeció, tendiéndose boca arriba sobre la superficie virgen del colchón. Era más duro de lo que estaba acostumbrada. Eduardo se desvistió con movimientos rápidos, y su cuerpo, maduro, pesado y pálido, se reveló frente a la juventud esculpida de Abigail. El contraste era obsceno, una pintura carnal que hablaba solo de poder y sumisión. Se arrodilló entre sus piernas, pero no se apresuró. Primero, se inclinó y tomó su boca en un beso posesivo, un beso que no buscaba placer mutuo, sino marcar territorio. Su lengua invadió su boca con fuerza, y ella la aceptó, sabiendo que su aliento, su sabor, todo le pertenecía.
— Qué rico, sabe a sumisión —murmuró él contra sus labios, separándose.
Sus manos no fueron amables. Agarró su largo cabello rubio, enredándolo en sus dedos, y tiró de él hacia atrás, arqueando su cuello, exponiendo la línea vulnerable de su garganta.
— Esta melena tan linda es mía —gruñó—. Para enredarla en mis manos cuando te coja.
Abigail gimió, un sonido que era de dolor y de una excitación creciente. Luego, sus manos bajaron a sus pechos. Los apretó con fuerza, no como una caricia, sino como quien amasa una masa, evaluando su consistencia. Se inclinó y tomó uno de sus pezones entre sus dientes, mordiendo con una presión calculada que hizo que ella gritara y se arqueara.
— ¡Ah! ¡Dueño!
— Cállate —le ordenó, y le dio una nalgada seca y sonora en el muslo—. Los pezones de mi perrita están para morderlos, no para quejarse.
La humillación verbal, mezclada con la sensación física, era un cóctel embriagador. Cada insulto, cada palabra posesiva, era un clavo que hundía más profundamente en su psique la realidad de su situación. Y con cada clavo, una puerta se cerraba en su antigua vida y se abría a una nueva comprensión de su propio cuerpo. Mientras él la manoseaba, la mordía, la nalgueaba con una fuerza que dejaba marcas rojas en su piel pálida, Abigail sentía cómo una ola de placer, crudo y primitivo, se elevaba dentro de ella. "¿Por qué?", se preguntó, aturdida por la intensidad, "¿por qué nunca me entregué así? ¿Por qué luchaba tanto por el control?". Se dio cuenta de que en la lucha, en la resistencia, había un agotamiento constante. En la entrega, en cambio, había una liberación. Cuanto más se abandonaba a la sumisión, más intenso, más puro, era el placer que inundaba sus sentidos.
Eduardo, viendo cómo su cuerpo respondía, cómo sus caderas comenzaban a moverse buscando fricción, sonrió con superioridad. La penetró de golpe, sin delicadeza. Su cuerpo robusto se movía sobre el de ella con un ritmo potente y monótono. El colchón nuevo crujía bajo su peso combinado. Él continuó su sermón humillante, su boca cerca de su oído.
— Mira cómo mueves el culo, putita —jadeaba—. Tan educada, tan linda, y ahora no sos más que un hoyo para que tu gordo vecino se saque las ganas.
— ¡Sí! —gritó Abigail, ya más allá de la vergüenza—. ¡Soy tu hoyo, mi dueño! ¡Solo tuyo!
Sus palabras, su entrega total, aceleraron el ritmo de Eduardo. Él tiró de su cabello con más fuerza, mordió su hombro, sus nalgas golpeaban contra sus muslos con un sonido húmedo y repetitivo. Abigail ya no pensaba. Solo sentía. El placer se acumulaba en su interior, una presión insostenible que crecía con cada empuje, con cada palabra soez, con cada gesto de dominio.
— ¡Voy a…! —gritó, pero la frase se perdió en un grito desgarrador cuando el orgasmo la estalló desde adentro, un terremoto de sensaciones que la hizo convulsionar bajo el cuerpo de Eduardo, sus uñas clavándose en su espalda sudorosa.
Él, estimulado por su clímax, soltó unos pocos embates finales, profundos y brutales, y con un gruñido ronco que era puro animal, eyaculó dentro de ella. Se derrumbó sobre su cuerpo, pesado y jadeante, aplastándola con su peso. Permanecieron así un largo minuto, en un silencio solo roto por el jadeo sincopado de ambos.
Cuando Eduardo recuperó el aliento, se separó de ella y se puso de pie. Su sombra se cernía sobre Abigail, que yacía exhausta y temblorosa, marcada y usada en el colchón que era su nuevo mundo.
— Escúchame bien, perrita —dijo, su voz ya recuperada, llena de planes—. Desde mañana, tu rutina cambia. Primero, limpiarás toda esta casa. Tiene que brillar. Segundo, me vas a cocinar. Desayuno, almuerzo y cena. Comida casera, nada de delivery. Tercero, te voy a crear una cuenta de Twitter. Ahí vas a contar, con detalles, tus experiencias. Cómo te sentís siendo mi mascota. Lo que te hago. Lo que te gusta. Para que todos sepan lo puta sumisa que sos.
Abigail lo escuchaba, jadeando aún, mientras sus dedos acariciaban inconscientemente las marcas de sus dientes en sus senos. Cada tarea era un nuevo eslabón en su cadena, una nueva faceta de su servidumbre.
— Y por último —agregó Eduardo, y su tono se volvió aún más oscuro, más ambicioso—, pero no menos importante… me vas a ayudar a que tus amigas estén de rodillas a mis pies.
Las palabras flotaron en el aire cargado de la habitación. Abigail, por un instante, se imaginó a Ingrid, con su altivez de modelo, y a Julieta, con su vitalidad desbordante, arrodilladas a su lado, en este mismo colchón, o en otro. La imagen no le desagradó. De hecho, le produjo una punzada de excitación. "Si yo lo paso tan bien… si esto es tan… real… ¿por qué no ellas también?", pensó. La única sombra, pequeña y egoísta, era la idea de tener que compartir a su dueño. Pero incluso eso, comprendió, era parte de la sumisión. Su amo quería un harén, y su deber, como su primera y más leal mascota, era ayudarle a conseguirlo.
— Sí, mi dueño —respondió, y en sus ojos, todavía velados por el éxtasis reciente, no había rastro de resistencia, solo la aceptación absoluta de un propósito que lo abarcaba todo. El adoctrinamiento estaba completo. La estudiante de derecho había muerto, y en su lugar, la esclava, la alcahueta y la cronista de su propia esclavitud, había nacido por completo.
Continuara...

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