El amanecer encontró a Julieta dando vueltas en su cama, las sábanas enredadas en sus piernas como serpientes de algodón. El sueño había sido una sucesión de imágenes fragmentadas y perturbadoras: la mirada fría de Eduardo, el sonido de los cuerpos chocando, la sensación del metal del cinturón de castidad contra su piel, y sobre todo, la memoria vívida e innegable de esos dos orgasmos que habían brotado de lo más profundo de su humillación. Se despertó sudando, con el corazón acelerado y un calor familiar anidado en su bajo vientre. La rabia era lo primero, una furia sorda contra Eduardo, contra su arrogancia, contra su manipulación. Pero debajo de la rabia, como un río subterráneo, fluía una excitación persistente y vergonzosa.
Se levantó y se miró en el espejo del baño. Su rostro moreno todavía estaba marcado por la confusión. "¿Qué tiene ese viejo?", pensó, con un rencor que no lograba apagar el fuego interno. Sin poder evitarlo, sus manos descendieron por su cuerpo, recorriendo la piel que él había acariciado con desdén. Se masturbó con una urgencia salvaje, casi violenta, imaginando sus manos toscas en lugar de las suyas, su voz áspera susurrándole insultos al oído. El clímax llegó rápido y brutal, dejándola jadeando y apoyada contra el lavabo. La culpa fue inmediata, un sabor amargo en la boca. "Esto está mal, esto es enfermo", se recriminó, pero horas después, la necesidad regresó, aún más fuerte, y volvió a caer en el mismo ritual de autodegradación. Eduardo había plantado una semilla de discordia en su psique, y estaba germinando con una velocidad aterradora.
Mientras Julieta luchaba contra sus propios demonios en la intimidad de su baño, Eduardo, en su departamento, ya había cambiado de objetivo. La morena promiscua había sido sometida a la primera y más crucial fase: la humillación psicológica y la siembra de la duda. Ahora era el turno de la elegante y reservada Ingrid. Desde su laptop, supervisaba la operación. Abigail, su instrumento perfecto, estaba ejecutando el plan con la precisión de un reloj suizo.
La conversación digital con Ingrid había sido una obra maestra de seducción lenta y envenenada. Abigail, bajo la dirección de Eduardo, había enviado fotos que no eran explícitas, sino sugerentes: un selfie con el cuello estirado, mostrando el collar; una imagen de espaldas, con la marca de una supuesta nalgada tenue en su piel; un mensaje hablando de "la paz de no tener que decidir nada". Cada contacto era un arañazo en la superficie pulida de Ingrid, un recordatorio de la transformación de su amiga y una invitación velada a un mundo donde los secretos podían florecer sin juicio.
El mensaje final había sido la carnada perfecta: "Vení a la casa de Eduardo, que estoy sola". Era una oportunidad para la intimidad, para el chisme, para satisfacer la curiosidad que la estaba carcomiendo. Ingrid, con su corazón latiendo con un ritmo extraño, había aceptado: "Sí, ahí voy".
Mientras caminaba las pocas cuadras que la separaban del edificio de Eduardo, Ingrid sentía una mezcla de aprensión y una excitación que no se atrevía a nombrar. Su cuerpo, siempre tan controlado y elegante, parecía alerta. Llevaba unos jeans ajustados y un top de seda negra que contrastaba dramáticamente con su piel de porcelana. Su cabello lacio y negro, como una cascada de azabache, caía sobre sus hombros. A sus casi 1.80 metros de altura, se movía con la gracia de una gacela, sus largas piernas comiendo la vereda. Sus pechos, grandes y firmes como los de Abigail, pero enmarcados en un torso más delgado y esculpido, se movían con un balanceo sutil. "Solo voy a ver cómo está", se mintió a sí misma, "a asegurarme de que no le esté pasando nada malo".
Abrió la puerta Abigail, con una sonrisa tranquila que no llegaba a sus ojos. Iba vestida con una bata de seda corta que se abría ligeramente, mostrando el collar y un destello de piel.
— Ingri, pasa —dijo, con una voz suave, casi un susurro.
En el momento en que Ingrid cruzó el umbral, la atmósfera cambió. Abigail cerró la puerta de un golpe seco y, antes de que la más alta pudiera reaccionar, la empujó contra la pared. Sus manos se aferraron a su rostro y Abigail selló sus labios con los de ella en un beso apasionado y voraz.
Ingrid se quedó paralizada. El mundo se detuvo. Los suaves labios de Abigail, el sabor familiar pero ahora prohibido, la onda de calor que estalló en su pecho… Fue un shock, pero no desagradable. Durante un instante eterno, su cuerpo rígido se mantuvo en resistencia. Pero luego, como si un dique se hubiera roto, algo cedió dentro de ella. Un gemido escapó de su garganta y sus propias manos se elevaron, enredándose en el cabello rubio de Abigail, devolviendo el beso con una intensidad que la sorprendió a ella misma. Era la liberación de meses, quizás años, de deseos reprimidos. Sus lenguas se encontraron en una danza húmeda y desesperada, sus cuerpos presionándose uno contra el otro contra la pared.
— Siempre… siempre te quise así, Ingri —murmuró Abigail entre besos, sus manos ya no sosteniendo, sino desvistiendo.
Desabrochó el top de seda, dejando al descubierto los pechos pálidos y perfectos de Ingrid, con sus pezones oscuros y erectos por la sorpresa y la excitación. Los jeans cayeron al suelo, revelando la cintura estrecha y las largas piernas de la modelo. En segundos, Ingrid estaba tan desnuda como Abigail, su cuerpo esbelto y escultural temblando contra el de su amiga. La diferencia de altura era notable; Abigail tenía que alzar la cabeza para seguir besándola, pero era ella quien llevaba la iniciativa, con una confianza que Ingrid nunca le había visto.
— Ahora, ponete de rodillas —ordenó Abigail, su voz era suave, pero que contenía una autoridad que no admitía discusión.
Ingrid, con la mente nublada por el deseo y la novedad de la situación, obedeció. Se arrodilló en la alfombra, mirando hacia arriba el rostro sereno de su amiga. Sus ojos verdes, generalmente llenos de ironía y distancia, ahora estaban con incredulidad y sumisión.
— ¿Qué… qué estás haciendo, Abi? —preguntó, su voz un temblor.
— Te estoy mostrando un lugar donde no tenés que esconderte —respondió Abigail, desatando la bata y dejándola caer, quedando también completamente desnuda—. Donde lo que sos, lo que sentís, no es un secreto. Es un regalo. —Sacó de un bolsillo de la bata unas esposas de metal brillantes—. Si sos una amiga de verdad, si confías en mí, la vas a pasar bien. Te lo prometo.
Ingrid miró las esposas. Eran el símbolo definitivo de la rendición. Y, para su propio asombro, la idea no la aterrorizó. La excitó. Asintió, casi imperceptiblemente. Abigail tomó sus muñecas, una tras otra, y se las cerró con un clic metálico y frío. El sonido resonó en el silencio de la habitación. Ingrid se sintió extraña, vulnerable, pero también increíblemente viva. "Esto está mal", pensó, pero su cuerpo, traicionero, respondía con un calor creciente.
Abigail se paró frente a ella, abriendo ligeramente las piernas.
— Ahora, perrita —dijo, con una sonrisa dominante que no le pertenecía, sino que era un eco de Eduardo—. Chúpame la conchita.
Ingrid, con las manos esposadas a la espalda, inclinó la cabeza. Su corazón palpitaba con fuerza. Iba a tocar a Abigail con su lengua, a explorar esa intimidad que siempre había sido un territorio prohibido. Pero justo antes de que su lengua hiciera contacto, una voz grave y familiar cortó el aire como un cuchillo.
— ¿Y quién es la puta que se atreve a chupar la concha de mi propiedad sin mi permiso?
Ingrid se quedó helada. Su cabeza giró hacia la fuente del sonido. Eduardo estaba de pie en la puerta del dormitorio, completamente desnudo. Su cuerpo, maduro y con los primeros signos del gimnasio, no era el de un dios griego, pero en ese momento, irradiaba un poder absoluto. Su miembro estaba erecto y duro. Lo que más aterrorizó a Ingrid fue el contraste: él parecía tranquilo, dueño de la situación, mientras que Abigail, en lugar de asustarse, se enderezó con una sonrisa de complicidad.
— ¡Eduardo! — jadeó Ingrid, tratando de cubrirse con sus manos esposadas, un gesto inútil y patético.
— Usaste mi propiedad sin autorización, Ingrid —dijo Eduardo, acercándose con pasos lentos. Su tono era de reproche, como el de un padre hablando con un niño que ha roto un jarrón valioso—. Y eso tiene un precio. Se paga con el cuerpo.
— ¡No! —protestó Ingrid, tratando de retroceder de rodillas—. ¡No quiero! ¡Déjame ir! Fue Abigail, ella me…
— Abigail hace lo que yo le digo —la interrumpió Eduardo, con firmeza—. Y vos, en tu curiosidad, mordiste el anzuelo. Pero soy un hombre razonable. —Se detuvo frente a ella, su sombra cayendo sobre su cuerpo desnudo y tembloroso—. Te voy a dar una opción. Si sos una buena perrita, si aceptas tu castigo y te portas bien… te puedo prestar a mi propiedad. Puedes quedarte con Abigail, bajo mi supervisión, por unas horas. Ella puede… enseñarte.
Ingrid miró a Abigail, que la observaba con una expresión que ahora le pareció ambigua, una mezcla de lástima y anticipación. Luego miró a Eduardo, a su autoridad incuestionable. El miedo era intenso, pero la atracción por Abigail, la curiosidad por ese mundo, la promesa de una experiencia que iba más allá de cualquier cosa que hubiera vivido, era más fuerte. La palabra "prestar" era humillante, pero también era una salida. Una forma de obtener lo que deseaba sin tener que admitir que lo deseaba.
Con la voz quebrada, avergonzada de sus propias palabras, miró al suelo y murmuró:
— Sí… seré tu perra. Solo por unas horas.
Eduardo sonrió. Era la sonrisa del cazador que ve a su segunda presa caer en la --trampa. La sumisión voluntaria de Ingrid, la intelectual, la controlada, era un triunfo aún más dulce que la de Julieta. El harén estaba tomando forma, y Abigail, su primera y más preciada posesión, había sido la llave perfecta.
La habitación estaba sumida en un silencio pesado, solo roto por la respiración entrecortada de Ingrid y el leve crujir de las esposas metálicas que aún ceñían sus muñecas. El beso, la rendición, la aparición de Eduardo… todo había sucedido con la velocidad de un sueño febril. Ahora, la realidad se imponía con la figura desnuda y autoritaria de Eduardo plantada frente a ellas. Su mirada, fría y calculadora, pasó de Ingrid, arrodillada y vulnerable, a Abigail, que permanecía de pie con una serenidad que a Ingrid le resultaba tan fascinante como aterradora.
Eduardo no dijo una palabra. Simplemente señaló su miembro, que se mantenía erecto y desafiante. Fue una orden muda, pero tan clara como un grito. Abigail, como si respondiera a un instinto profundamente grabado, se arrodilló de inmediato. Sin vacilación, tomó la punta entre sus labios y comenzó a chupar con una destreza que solo puede provenir de la práctica y la devoción absoluta. Su cabeza se movía con un ritmo perfecto, sus manos acariciaban sus muslos, sus ojos cerrados en una expresión de concentración beatífica.
Ingrid observó, hipnotizada. Ver a su amiga, la rubia perfecta que siempre había sido el centro de todas las miradas, reducida a este acto de sumisión tan visceral y experto, era un espectáculo que le revolvía el estómago y le aceleraba el corazón al mismo tiempo. "¿Cómo puede hacerlo con tanta… naturalidad?", pensó, incapaz de apartar la vista de los labios de Abigail deslizándose sobre la piel.
— Vamos, perrita —dijo Eduardo, posando su mirada en Ingrid—. Vos también. No te quedes ahí mirando.
La voz de Eduardo la sacó de su trance. Ingrid titubeó. La parte de ella que era la estudiante aplicada, la futura modelo, la que valoraba su independencia por encima de todo, se rebelaba contra la idea. Pero otra parte, más profunda y oscura, la que había disfrutado del beso de Abigail y que se sentía electrizada por la situación, la impulsaba hacia adelante. Con movimientos torpes, se arrastró de rodillas hasta quedar al lado de su amiga. El olor a sexo y a poder era intenso. Con un temblor incontrolable, extendió su lengua y la posó en la base del miembro de Eduardo, justo donde los labios de Abigail comenzaban su viaje descendente.
Fue el inicio de un ballet perverso y erótico. Las dos amigas, la rubia y la pelinegra, compartieron el mismo objeto de deseo y sumisión. Sus cabezas se movían en una coreografía improvisada. A veces, los labios de Ingrid rozaban los de Abigail, un contacto eléctrico y húmedo que le hacía contener la respiración. Eduardo, con las manos en sus cabezas, las guiaba suavemente.
— Abigail, los huevos —ordenó.
Abigail, obediente, bajó su cabeza y tomó sus testículos en la boca, lamiéndolos con suavidad. Ingrid, al ver el espacio liberado, se aventuró a tomar más longitud en su boca, intentando imitar el movimiento profundo que había visto hacer a su amiga. El sabor era salado, masculino, invasivo. Era la esencia misma de Eduardo, y cada vez que lograba tragar un poco más, sentía una oleada de humillación y de un placer retorcido que la inundaba.
— Ahora, Abigail —dijo Eduardo, su voz un poco más ronca—. Chupale la concha a tu amiga. Quiero oírla gemir.
Abigail se separó de él de inmediato y se desplazó entre las piernas de Ingrid. Ingrid, con el miembro de Eduardo aún en su boca, sintió que el mundo daba una vuelta de campana. Los suaves y expertos dedos de Abigail separaron sus labios, y luego, su lengua encontró el clítoris hinchado y sensible. Un gemido largo y tembloroso escapó de la garganta de Ingrid, ahogado por la carne que llenaba su boca. Era una sensación abrumadora, un torbellino de sensaciones contradictorias: la sumisión activa de tener a un hombre en su boca, y la sumisión pasiva de recibir placer de su amiga. Su cuerpo se arqueó, sus caderas comenzaron a moverse contra la lengua de Abigail, buscando más fricción, más profundidad. Estaba al borde del abismo, a punto de caer en un orgasmo que prometía ser cataclísmico.
Pero entonces, Eduardo, que había estado observando con ojos de halcón, ordenó:
— Pará, Abigail.
La lengua de Abigail se detuvo de inmediato. El contacto cesó, dejando a Ingrid en un limbo de frustración agonizante. Un quejido de protesta surgió de lo más profundo de su pecho.
— ¿Por qué? —logró balbucear, apartando su boca de él por un instante, su rostro estaba enrojecido, sus ojos suplicantes.
Eduardo no respondió con palabras. En cambio, agarró su largo cabello negro y tiró de él hacia atrás, forzándola a mirarlo a los ojos. El dolor en su cuero cabelludo era agudo, pero la mirada de Eduardo era aún más cortante.
— No pediste permiso para acabar, perra —le espetó, su voz era un látigo—. ¿Quién te crees que sos para venirte sin mi autorización?
La humillación fue un golpe físico en el estómago de Ingrid. Nunca, en toda su vida, había tenido que pedir permiso para tener un orgasmo. Las lágrimas de frustración y vergüenza asomaron a sus ojos.
— Señor Eduardo… —tartamudeó, la voz quebrada—. ¿Me da permiso… para acabar?
Él la miró con desprecio.
— No. Aún no te doy permiso.
La empujó hacia atrás con fuerza. Ingrid cayó de espaldas sobre la alfombra, con las manos todavía esposadas, completamente expuesta. Abigail se apartó, llevándose el dorso de la mano a los labios, limpiándose los jugos de su amiga. Su mirada, cuando se encontró con la de Ingrid, era compleja: había sumisión a Eduardo, pero también un morbo evidente, una excitación al ver a su orgullosa amiga reducida a este estado.
Eduardo se puso de pie, su sombra cubriendo a Ingrid. Miró a Abigail.
— Abigail —preguntó, su tono era casi conversacional—. Decime, ¿esta puta de tu amiga se merece mi verga?
Abigail no dudó ni un instante. Su respuesta fue clara y segura, como un dogma.
— No, mi dueño. No se la merece. —Hizo una pausa, y luego agregó, con un dejo de desprecio que sonó genuino—. Pero la necesita. Es una perra caliente. Se ve en cómo gime.
Ingrid no podía creer lo que oía. Esta no era la Abigail que conocía. Esta era una extraña, una fanática, una devota de este hombre ordinario. Pero antes de que pudiera procesar el dolor de la traición, Eduardo se abalanzó sobre ella. Sus movimientos, a pesar de su cuerpo, fueron rápidos y decisivos. La penetró de un solo embate, profundo y brutal.
— ¡Aaah! —gritó Ingrid, el dolor y el placer mezclándose en una sola sensación desgarradora.
— ¿Eso es lo que querías, puta? —gruñó Eduardo, comenzando a moverse con un ritmo potente y sostenido—. ¿Que te coja como a la perra caliente que sos?
— ¡Sí! —gritó Ingrid, ya más allá de la dignidad—. ¡Sí, soy una perra!
Sus gemidos se mezclaban con los jadeos de Eduardo. Él la miraba fijamente, disfrutando de cada espasmo de su rostro, de cada arqueo de su cuerpo esbelto. Luego, desvió su mirada hacia Abigail, que observaba la escena con los ojos brillantes y una mano entre sus propias piernas.
— Abigail —le ordenó—. Mastúrbate. Mirando cómo me cojo a tu amiga.
— Sí, mi dueño —respondió Abigail, con un hilo de voz cargado de excitación—. Muero de ganas.
Y comenzó a masturbarse con una intensidad febril, sus dedos moviéndose rápidamente sobre su clítoris, sus ojos fijos en el punto donde el cuerpo de Eduardo se unía al de Ingrid. Era un cuadro de pura depravación: el hombre dominante poseyendo a una mujer, mientras la otra, su sumisa principal, se excitaba con el espectáculo de la conquista.
La tensión se volvió insoportable para ambas. Ingrid, con cada embestida, sentía cómo el orgasmo que le habían negado antes se acercaba ahora con una fuerza imparable. Abigail, mirando y masturbándose, también estaba al borde.
— ¡Voy a acabar! —gritó Ingrid, esta vez como una súplica, una confirmación.
— ¡Yo también! —jadeó Abigail.
Eduardo, estimulado por sus gritos, aumentó el ritmo. Con unos pocos embates finales, salvajes y profundos, las dos mujeres estallaron al unísono. Un grito desgarrador de Ingrid se fusionó con el gemido prolongado de Abigail. Sus cuerpos se convulsionaron, uno bajo el peso de Eduardo, el otro en la alfombra, en un éxtasis compartido y coreografiado. Un momento después, Eduardo, con un gruñido ronco, eyaculó dentro de Ingrid, derrumbándose sobre ella por un instante antes de separarse.
El silencio que siguió fue pesado, cargado con el olor a sexo y el eco de los gemidos. Los tres jadeaban, recuperando el aliento. Ingrid yacía exhausta, las lágrimas secas en sus mejillas, la sensación de haber sido violada y trascendida al mismo tiempo.
Eduardo fue el primero en romper el silencio. Se puso de pie y miró a Ingrid, que evitaba su mirada.
— Si querés más de esto —dijo, su voz ya recuperada—, si querés esto y a Abigail, tenés que entregarte por completo. —Se inclinó y le pellizcó un pezón con fuerza, haciéndola gritar—. Pero si no te interesa, no hay problema. —Su tono se volvió frío—. Solo que no vas a volver a ver a Abigail. Ella es mi propiedad, y yo decido quién la toca y quién no.
Con esa última frase, que resonó como una sentencia en la habitación, Eduardo se acercó y, con una llave, le quitó las esposas. Las muñecas de Ingrid estaban marcadas con rojeces. Sin decir una palabra más, ella se levantó, recogió su ropa con movimientos temblorosos y se vistió en un silencio sepulcral. Ni siquiera miró a Abigail. Salió del departamento y cerró la puerta detrás de ella.
En la calle, la brisa fresca le golpeó el rostro. Caminó rápido, sintiendo el líquido de Eduardo escurriéndole por los muslos. "Es una locura", se repetía a sí misma, "una locura. Yo quiero ser una modelo, una profesional, no… no una perra". Intentaba convencerse, aferrarse a los jirones de su antigua vida. Pero una parte de ella, una parte que había probado el fruto prohibido de la sumisión absoluta y el placer compartido, ya sabía lo que haría. No estaba lista para admitirlo, no aún. Pero la semilla estaba plantada, y había echado raíces profundas en el suelo fértil de su confusión y su deseo. El imán de Eduardo, su autoridad y la promesa de Abigail, era demasiado fuerte. Y en el fondo de su alma, Ingrid sabía que su libertad, tal como la conocía, tenía los días contados.
Continuara...

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