El Club de los Amos - Parte 6

 


La luz de la mañana se filtraba por las ventanas del departamento, iluminando el polvo danzante en el aire ya limpio y ordenado. Abigail, arrodillada junto a la cama, esperaba las órdenes del día. El cuerpo de Eduardo se removió bajo las sábanas, y sus ojos se posaron en ella con la familiar mezcla de posesión y cálculo. 


— Perrita —dijo, su voz aún ronca por el sueño—. Hoy vas a invitar a cenar a Julieta. Acá. Que sea esta noche. 


Abigail no se inmutó. Había sentido la ambición creciente de su dueño, había visto la forma en que observaba a sus amigas, no con deseo común, sino con la avidez de un coleccionista. Sabía que este día llegaría. Una parte minúscula de su antigua lealtad se estremeció, pero fue rápidamente ahogada por la nueva programación de su mente. Su propósito era servir, y si servir significaba ayudar a reclutar a sus amigas para su Amo, entonces eso haría. La sumisión no tenía espacio para los celos egoístas. 


— Sí, mi dueño —respondió—. ¿Qué excusa uso? 


— Decile que querés reencontrarte, que se han alejado —improvisó Eduardo—. Y que querés que me conozca mejor. Algo normal. 


Mientras Abigail se ponía de pie para buscar su teléfono, Eduardo agregó, con una sonrisa ladeada: 


— Y ahora, agarra tu celular. Vas a escribirle a Ingrid. 


Abigail obedeció, sintiendo una curiosidad malsana. Eduardo se sentó en la cama, dictando con la precisión de un director de orquesta. 


— Vas a enviarle una foto. Desnuda, de espaldas, mostrando el culo y el collar. Que se vea bien. 


Abigail, ya sin ningún atisbo de pudor, posó contra la pared del dormitorio, arqueando la espalda para acentuar la curva de sus nalgas. La cámara capturó la imagen: su piel pálida, el cuero negro del collar, la vulnerabilidad y la provocación en una sola toma. La envió. 


Casi al instante, llegó la respuesta de Ingrid. Se podía casi sentir su sorpresa al otro lado. 


— ¡Abi! ¿Qué es eso? ¿Estás bien? 


Eduardo, con los ojos brillantes, le dictó la respuesta a Abigail. 


— Escribile: 'Sí, re bien. Es parte de mi nueva vida con Eduardo. ¿Te gusta? ¿Me veo linda?' 


El mensaje de Abigail fue una flecha envenenada, cuidadosamente dirigida al corazón secreto de Ingrid. Del otro lado de la pantalla, la joven de piel de porcelana y cabello de ébano debió de quedarse sin aliento. Su amiga, la rubia perfecta, no solo estaba desnuda y con un collar, sino que le preguntaba si se veía linda. Para Ingrid, que ocultaba su atracción por las mujeres con la discreción de una joya valiosa, aquel mensaje era a la vez un shock y una tentación irresistible. La imagen de Abigail, sumisa y exhibicionista, tocó una fibra íntima que ni siquiera Julieta conocía. 


La conversación continuó, con Eduardo manipulando las respuestas de Abigail, alimentando la curiosidad y la atracción de Ingrid con insinuaciones y una intimidad falsa pero efectiva. Era una red que se tejía con hilos digitales, destinada a atrapar a la esbelta pelinegra en su momento. 


Esa noche, el timbre sonó a la hora exacta. Abigail, siguiendo órdenes estrictas, abrió la puerta completamente desnuda, con solo el collar de cuero adornando su cuello. Julieta estaba en el umbral, y su rostro moreno y hermoso fue un estudio de emociones contradictorias. Llevaba un vestido rojo escarlata, corto y ajustado, que celebraba cada una de sus curvas exuberantes. Sus pechos, grandes y redondos como melones maduros, se movían con un balanceo hipnótico bajo la tela. Su piel, del color de la caoba pulida, parecía absorber la luz del pasillo. Sus ojos, grandes y oscuros, se abrieron como platos al ver a su amiga. 


— ¡Abi! ¿Qué…? —la voz de Julieta se quebró, sin saber si reír, gritar o salir corriendo. 


— Hola, Juli —saludó Abigail con una calma sobrenatural—. Pasa, por favor. 


— Pero… ¿estás…? —Julieta señaló su propia ropa, luego el cuerpo desnudo de Abigail, sin poder formar la pregunta. 


— Es cómo vivimos —explicó Abigail, como si estuviera hablando del clima—. Eduardo prefiere que esté así. Es más cómodo. 


Julieta entró, con pasos vacilantes, sintiendo que cruzaba un umbral hacia algo que no comprendía. Eduardo se acercó desde el living, vestido con unos jeans y una camisa casual, sonriendo con su mejor aire de vecino bonachón. 


— ¡Julieta! ¡Qué gusto verte! —dijo, dándole un beso en la mejilla—. Abigail me ha hablado tanto de vos. 


— Hola, Eduardo —respondió Julieta, mecánicamente, su mirada aún fija en la desnudez impasible de su amiga—. La casa se ve… muy limpia. 


— Gracias, es todo mérito de Abigail —dijo él, con un guiño cómplice hacia su sumisa, que bajó la cabeza en un gesto de falsa modestia. 


La cena transcurrió con una "normalidad" surrealista. Abigail servía la comida —un guiso de lentejas, el mismo que había cocinado el día que todo comenzó— desnuda, moviéndose con una gracia etérea y automática. Julieta, sentada a la mesa, trataba desesperadamente de mantener una conversación, de preguntar por la universidad, por proyectos de trabajo, cualquier cosa que anclara la situación en la realidad que ella conocía. Pero sus ojos no podían evitar vagar hacia el cuerpo de Abigail: la suave curva de su espalda, la firmeza de sus pechos, el brillo del collar contra su piel. Sentía una incomodidad creciente, pero mezclada con algo más, algo que no quería nombrar. 


— ¿Y… cómo se conocieron, exactamente? —preguntó Julieta, llevando una cucharada de guiso a sus labios carnosos. 


— Fue una casualidad —intervino Eduardo suavemente—. Un día Abigail tuvo un problemita con un ladrón, y yo pude ayudarla. Y bueno, una cosa llevó a la otra. —Sonrió, y su sonrisa ya no le pareció tan inofensiva a Julieta. 


Mientras comía, Julieta comenzó a notar una sensación extraña. Un calor que no provenía del guiso, sino de su interior. Un cosquilleo que empezó en su estómago y comenzó a extenderse, como un reguero de pólvora, hacia sus piernas, su vientre, sus pechos. Se sintió repentinamente consciente de su propio cuerpo, de la forma en que el vestido rojo se pegaba a su piel, de la sensación del aire en sus brazos. "¿Qué me pasa?", pensó, confundida. "Es como si… estuviera terriblemente excitada". Miró su vaso de agua. Miró el plato de comida. No podía ser. 


Lo que Julieta ignoraba era la mano experta de Eduardo. Mientras Abigail cocinaba, él había añadido a la comida una sustancia incolora e insípida, un afrodisíaco de alta potencia que ahora circulaba por el torrente sanguíneo de su invitada, desinhibiendo sus inhibiciones y avivando cada terminación nerviosa de su cuerpo. Cada bocado, cada sorbo, había sido un paso más en su trampa. 


La conversación comenzó a flaquear. Julieta se encontraba jugueteando con su cabello, cruzando y descruzando las piernas bajo la mesa, sintiendo que el simple roce de la tela de su vestido contra sus pezones era casi insoportable. Su mirada, que antes evitaba a Abigail, ahora se posaba en ella con una nueva intensidad, estudiando la suave piel, la postura sumisa, la paz que parecía irradiar. 


— ¿Estás bien, Juli? —preguntó Abigail, con una inocencia calculada—. Te ves… acalorada. 


— Sí, sí —respondió Julieta, con la voz un poco más ronca de lo normal—. Es que… hace un poco de calor, ¿no? 


— ¿Querés que te abra la ventana? —ofreció Eduardo, con una sonrisa que ahora a Julieta le pareció peligrosamente perspicaz. 


— No, no, está bien —se apresuró a decir ella, sintiendo que, si se movía, si hacía cualquier gesto brusco, algo dentro de ella podría estallar. 


La cena continuó, pero para Julieta, el mundo se había reducido a las sensaciones que recorrían su cuerpo. El miedo inicial, la confusión, se estaban fundiendo en una niebla de lujuria creciente e inexplicable. Observaba a Abigail, desnuda y obediente, y en lugar de repulsión, sentía una curiosidad ardiente. Observaba a Eduardo, el hombre maduro y ordinario que había logrado domeñar a una diosa, y sentía una atracción retorcida y poderosa hacia su autoridad. La trampa no solo era química; era psicológica. Y Julieta, con su piel morena sonrojada por el calor interno y sus pechos pesados y sensibles, estaba cayendo en ella sin siquiera saber que existía. La noche apenas comenzaba, y el plan de Eduardo para sumar a la exuberante morena a su creciente colección estaba desarrollándose a la perfección. 


La cera de las velas parpadeaba, proyectando sombras danzantes sobre los rostros de los tres comensales. Los platos del guiso estaban vacíos, reemplazados ahora por copas de cristal con bolas de helado de dulce de leche que se derretían lentamente. La atmósfera en el departamento era densa, cargada de una tensión que iba más allá de lo sexual; era una lucha silenciosa entre la realidad que Julieta conocía y el mundo distorsionado que Eduardo y Abigail habitaban. La morena, con su vestido rojo escarlata que parecía gritar en la penumbra, sentía el fuego del afrodisíaco recorriendo sus venas. Cada latido de su corazón era un tambor que resonaba en sus oídos, y el simple roce de la tela contra sus pezones erectos era una tortura deliciosa. Su mirada, vidriosa y pesada, se perdía en la figura desnuda e impasible de Abigail, quien recogía los platos con una serenidad monacal. 


Eduardo, observando a Julieta con la frialdad de un jugador de ajedrez que ve su jugada maestra desarrollarse, se levantó de su silla. Se acercó a ella con pasos lentos y deliberados. Julieta lo miró, su orgullo habitual luchando contra la neblina de lujuria que nublaba su juicio. Él extendió una mano y, con la yema de los dedos, acarició la piel suave y cálida de su cuello, justo por encima del escote del vestido. Un estremecimiento incontrolable recorrió la espina dorsal de Julieta. 


— Tenés una piel linda, Julieta —murmuró Eduardo, su voz un susurro seductor y peligroso—. Suave. Pero te falta algo… te falta un collar. 


En cualquier otro contexto, en cualquier otro estado mental, esas palabras habrían sido una afrenta monumental para Julieta. La chica libre, la que coleccionaba amantes como quien colecciona sellos, la que creía firmemente que su cuerpo era su templo y su territorio soberano. Pero ahora, con el químico avivando cada uno de sus nervios y la imagen de Abigail, sumisa y con collar, grabada en su retina, la frase no sonó como un insulto. Sonó como una verdad profunda y perturbadora. Como un eco de un deseo que nunca se había atrevido a nombrar. 


— ¿Y… cómo me domarías? —preguntó Julieta, su voz era un hilo de sonido ronco, casi un jadeo. La pregunta le salió sin filtro, impulsada por la droga y por una curiosidad malsana que ahora la consumía. 


Eduardo no respondió de inmediato. En cambio, se inclinó y depositó un beso suave, casi etéreo, en el mismo lugar que había acariciado. Sus labios eran cálidos contra su piel electrizada. Abigail, desde la cocina, observaba la escena con sus ojos azules inexpresivos. No sentía celos en el sentido tradicional; sentía una especie de orgullo de propietaria al ver que su Amo aplicaba su arte en otra. 


— Ya empecé a domesticarte, perrita —susurró Eduardo contra su cuello, y el término, que habría sido una bofetada horas antes, ahora le produjo otro escalofrío—. Esta noche te voy a dar una pequeña muestra de un placer que no conoces. 


Julieta soltó una risa baja, forzada, tratando de recuperar algo de su antigua arrogancia. 


— ¿Qué me harías que ya no me hayan hecho? —desafió, aunque su tono carecía de convicción. Su cuerpo, traicionero, se inclinaba hacia él. 


Eduardo se enderezó y la miró fijamente. Cambió de estrategia. Con Abigail había usado la coerción y el miedo. Con Julieta, la promiscua, la que creía haberlo visto todo, usaría la psicología. La tentación y el desafío. 


— Te voy a hacer una oferta —dijo, su voz ahora clara y firme—. Si me das tu permiso, esta noche te usaré como a una sumisa. Será solo una muestra. Y está en vos, mañana, volver… o no. No te voy a obligar. Tu voluntad, tu decisión. 


La propuesta era un anzuelo perfecto. Jugaba con el deseo de experimentación de Julieta, con su curiosidad por lo transgresor, y le daba la ilusión de control. "Está en vos". Esas palabras, en su estado vulnerable, fueron mágicas. Le permitieron creer que ella aún tenía el poder, que estaba decidiendo adentrarse en el juego por su propia voluntad, no porque una droga la hubiera puesto furiosamente caliente. 


Julieta lo miró, sus ojos oscuros brillando con un fuego interno. Su sonrisa fue lenta, segura, la sonrisa de la cazadora que cree estar dando el zarpazo. 


— Está bien —dijo, con un dejo de su antigua arrogancia—. Esta noche soy tuya. Y mañana… veremos. Quizás sea de otro. 


Era exactamente lo que Eduardo quería oír. La confirmación de que ella se subestimaba a sí misma, creyendo que podía entrar y salir de su mundo como de la cama de cualquier otro hombre. 


— Excelente —asintió él—. Entonces, empecemos. Desnúdate. 


La orden fue directa, sin ambages. Julieta, sintiendo una excitación renovada, se puso de pie. Su performance fue deliberadamente sensual, un último acto de rebeldía antes de la sumisión. Se deslizó las tiras del vestido rojo por sus hombros, dejando que la tela cayera lentamente, revelando la curva superior de sus pechos enormes. Luego, dejó que el vestido se deslizara por su cuerpo, formando un charco de color a sus pies. Quedó desnuda bajo la luz tenue, su piel morena impecable brillando como seda mojada, sus curvas exuberantes siendo un festín para la vista. Se sentía poderosa, creyendo que su belleza era su escudo. 


Pero Eduardo no pareció impresionado más allá de un leve interés de coleccionista. Con movimientos rápidos y eficientes, como un carnicero preparando un corte de carne, le tomó las muñecas y se las ató a la espalda con una soga de yute idéntica a la de Abigail. Luego, sacó una bola de goma con correas de cuero y se la ajustó en la boca, una mordaza que ahogó cualquier protesta antes de que pudiera formarse. Julieta emitió un sonido ahogado de sorpresa, sus ojos se abrieron con incredulidad. Pero la sorpresa mayor llegó cuando Eduardo sacó un extraño cinturón de tiras de cuero y metal, un cinturón de castidad, y se lo ajustó firmemente alrededor de su cintura y entrepierna, cerrando con un pequeño candado. El metal frío contra su piel ardiente fue un shock. "¿Cómo…? ¿Pero si no me va a tocar?", pensó, confundida y repentinamente alarmada. 


Eduardo y Abigail intercambiaron una mirada de profunda complicidad. Luego, Eduardo se apartó de Julieta, ignorándola por completo como si fuera un mueble. Abigail, obedientemente, se arrodilló frente a él, a apenas un metro de donde Julieta estaba atada y amordazada. Con una devoción que a Julieta le pareció fascinante y repulsiva, Abigail tomó el miembro erecto de Eduardo en su boca y comenzó a mamarlo con una habilidad exquisita. Sus labios se sellaban alrededor de la carne, su lengua danzaba, sus mejillas se hundían. Era un espectáculo íntimo y obsceno, puesto en escena específicamente para los ojos de Julieta. 


Eduardo miró a la morena, cuyos ojos estaban desencajados, mirando fijamente la escena. 


— Sos una tonta, Julieta —dijo Eduardo, con una risa irónica mientras acariciaba el cabello de Abigail—. ¿Te creíste que te iba a coger? ¿A vos? 


Julieta sintió que la humillación le quemaba las mejillas. Intentó gritar a través de la mordaza, pero solo salió un gemido gutural. 


— Yo sé que sos una promiscua —continuó él, su tono era de desprecio absoluto—. No es difícil llevarte a la cama. Cualquier idiota con un par de tragos y un par de palabras lindas puede tenerte. Sos barata, Julieta. Común. 


Cada palabra era un cuchillo. Julieta, que siempre se había visto a sí misma como una diosa sexual, una cazadora, se sentía reducida a la categoría de una puta callejera. Y lo peor era que él ni siquiera la quería usar. La había rechazado. La había considerado indigna incluso de su propio acto de posesión. La había atado, amordazado y encadenado, solo para ignorarla y elegir a su amiga, la sumisa perfecta, la que sí valía la pena. 


Eduardo, entonces, puso a Abigail en cuatro patas sobre la alfombra, frente a Julieta. La penetró con fuerza, el sonido húmedo y potente de sus cuerpos chocando llenando la habitación. Abigail gemía con abandonó, su rostro era una máscara de éxtasis. Julieta, forzada a ser testigo, sintió algo romperse dentro de ella. La humillación, la rabia, la frustración sexual del afrodisíaco sin liberación, y la visión cruda del placer de su amiga, se fusionaron en un cóctel explosivo. Sin que nadie la tocara, con solo mirar y sentirse despreciada, un orgasmo violento e involuntario la estremeció. Su cuerpo se convulsionó contra sus ataduras, un grito ahogado por la mordaza. Fue un climax de pura degradación. 


— ¡Mirá eso! —gritó Eduardo, sin detener su ritmo sobre Abigail—. ¡Terminas solo por mirar! ¡Qué puta desesperada sos! 


Abigail llegó a su propio clímax con un grito desgarrador, y poco después, Eduardo terminó dentro de ella, con un gruñido de satisfacción. En ese preciso momento, un segundo orgasmo, aún más intenso que el primero, sacudió a Julieta. Era la respuesta de su cuerpo a la culminación de un espectáculo de poder y sumisión del que ella era solo la espectadora humillada. 


Eduardo se separó de Abigail y se acercó a Julieta, que jadeaba, exhausta y cubierta de un sudor frío. 


— Te hice dar dos orgasmos sin tocarte —dijo, con una sonrisa de triunfo absoluto—. Pero soy un hombre de palabra. Te voy a dejar ir a tu casa. 


La confusión en los ojos de Julieta era absoluta. Él la desató, le quitó la mordaza, pero dejó el cinturón de castidad puesto. La envolvió en una manta y, sin decir una palabra más, la llevó a su auto. Condujo hasta la casa de Julieta, en un silencio opresivo. Al llegar, abrió la puerta del auto, la hizo bajar y, ante la puerta de su edificio, le arrancó la manta. Julieta se quedó de pie, en plena calle, desnuda, con el cinturón de castidad brillando bajo la luz de la farola, sintiendo el pavimiento frío bajo sus pies descalzos. La humillación era total. Eduardo se subió al auto y se fue, sin siquiera mirarla atrás. 


Julieta, temblando de frío, de excitación residual y de una rabia impotente, corrió hacia dentro de su edificio. Una vez en la seguridad de su departamento, se arrancó el cinturón de castidad y lo arrojó contra la pared. Se sacó las marcas de las sogas de sus muñecas. Su cuerpo aún palpitaba con los ecos de los orgasmos no deseados. Se miró en el espejo, su rostro hermoso estaba desencajado. 


— Tengo que alejarme de ese hombre —murmuró para sí, con la voz quebrada—. Es distinto a los demás. 


Estaba acostumbrada a que los hombres se desvivieran por ella, a que fueran ellos los que quedaran enganchados, los que suplicaran por otra noche. Eduardo no solo no la había tocado, sino que la había usado como un objeto para su propia psicodrama y la había descartado como basura. Y lo más aterrador, lo que la mantenía allí de pie, temblando y confundida, era la certeza de que, a pesar de todo, de la humillación y el desprecio, esa noche había sido la experiencia sexual más intensa y memorable de su vida. Y la idea de que quizás, solo quizás, hubiera una segunda muestra, la aterraba y la atraía en igual medida. 

 


Continuara... 

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