El Club de los Amos - Parte 5

 


El mes había transcurrido para Abigail con la regularidad monótona y profunda de un ritual. Su vida anterior, la de la estudiante universitaria con amigas y planes de futuro, se sentía como un sueño lejano y desdibujado, una película ajena que había visto hacía mucho tiempo. Ahora, su existencia tenía la claridad brutal de un mandato divino. Se despertaba al alba, limpiaba la casa de Eduardo —que había pasado de ser un caos polvoriento a un espacio impecable y ordenado— siempre desnuda, con solo el collar de cuero negro como una segunda piel, un recordatorio perpetuo de su estatus. Luego preparaba el desayuno, el almuerzo, la cena. Iba a la universidad, donde sus apuntes de Derecho Romano y Civil coexistían de manera surrealista con los recuerdos de las órdenes que cumplía y los actos de sumisión que realizaba. Sus amigas, Ingrid y Julieta, ya no la reconocían. Intentaban hablar con ella, sacarle una sonrisa, una confidencia, pero se encontraban con un muro de serenidad distante. Abigail ya no participaba en sus chismes, ni se entusiasmaba con sus planes. Había un abismo entre ellas, excavado por un secreto que Abigail llevaba no como una carga, sino como un estandarte interno. 


— Che, Abi, ¿qué te pasa? —le había preguntado Julieta una tarde, con genuina preocupación—. Estás como… ida. Y ese tipo, Eduardo… ¿qué tiene que te tiene así? 


Abigail solo había sonreído, un gesto tranquilo y enigmático. 


— Es complicado, Juli. Es un hombre de verdad. Me hace sentir… en mi lugar. 


La familia había sido un frente más difícil. La llamada de su madre, al enterarse de que vivía con un hombre mayor al que llamaba "dueño" y que llevaba un collar permanentemente, había sido un drama lleno de llantos y amenazas. Su padre, más calmado, pero igual de consternado, había intentado razonar con ella. Pero Abigail, con una calma que a ellos les parecía aterradora, les había dicho que era su decisión, que era feliz, y que, si no podían aceptarlo, era mejor dejar de hablar. El silencio familiar que siguió fue, para su sorpresa, un alivio. No extrañaba el ruido de su vieja vida. Había encontrado una paz profunda y perturbadora en la sumisión. El placer ya no era solo el clímax físico, sino la quietud mental de saber que cada decisión, cada movimiento, estaba dictado por una voluntad superior a la suya. Eduardo era su dios, su ley y su horizonte. Y en ese universo reducido y controlado, florecía. 


Mientras Abigail frotaba el piso de la cocina con una esponja, sintiendo el aire sobre su piel desnuda, Eduardo entraba al departamento. Venía del gimnasio, algo impensable un mes atrás. Su cuerpo, aunque seguía siendo el de un hombre de cincuenta años, mostraba los primeros signos de un cambio. La barriga, si bien prominente, estaba un poco más firme; su postura era menos encorvada. El poder sobre Abigail, la admisión en el exclusivo círculo que Cristian le había prometido, le habían dado una nueva energía, una razón para cuidar el instrumento que era su propio cuerpo. Se duchó, se vistió con ropa casual pero de mejor calidad que la habitual, y salió a encontrarse con su amigo. 


El café era elegante, con sillones de cuero y olor a granos de café tostado. Cristian ya estaba allí, impecable como siempre, con un traje que parecía pintado sobre su cuerpo. Se levantó para saludar a Eduardo con un apretón de manos firme y una sonrisa que era a la vez congratulatoria y condescendiente. 


— Eduardito, ¡qué gusto verte! —exclamó Cristian—. Te veo… renovado. Más firme. Se nota que el entrenamiento con tu nueva mascota te ha sentado bien. 


— La verdad es que sí —admitió Eduardo, sintiendo una hinchazón de orgullo—. Es increíble, Cris. Hace todo lo que le pido, sin chistar. Es como si hubiera encontrado su verdadera naturaleza. 


— Te lo dije —replicó Cristian, tomando un sorbo de su espresso—. Todas lo son, solo hay que saber encauzarlas. Y por cierto, felicitaciones. El Consejo ha evaluado tu caso. La transformación de la chica, tu control absoluto, es ejemplar. Estás oficialmente aceptado en el Club de los Amos. 


Eduardo sintió una descarga de triunfo. Era la validación final. Ya no era solo un aficionado que había tenido suerte; era un par, un miembro de una élite secreta. 


— Esta noche —continuó Cristian, bajando la voz— hay una fiesta de bienvenida para un par de nuevos miembros, incluido vos. En la mansión de los Bianchi, en San Isidro. Es exclusiva. Llevá a tu sumisa, por supuesto. Que se vista… apropiadamente. 


Esa tarde, Eduardo regresó a casa con una bolsa de una boutique cara. Dentro había un vestido para Abigail. Negro, corto, ceñido como una segunda piel, con un escote pronunciado que dejaba ver la parte superior de sus pechos y la prominente hebilla del collar. Era elegante, pero su elegancia era agresiva, destinada a exhibirla como un trofeo. Él, por su parte, se puso un traje oscuro y bien cortado que, para su sorpresa, le quedaba mejor que nunca. 


La mansión en San Isidro era una fortaleza de piedra y cristal escondida tras altos muros. Al traspasar la puerta principal, Abigail contuvo el aliento. El lugar era suntuoso, con arañas de cristal que llovían luz sobre suelos de mármol. Pero lo que realmente la impactó no fue la opulencia, sino los habitantes. Había hombres, los Amos, vestidos con elegancia, con una actitud de tranquila autoridad. Pero eran superados en número, y de lejos, por las mujeres. Sumisas. Había de todo tipo: rubias, morenas, altas, bajas, jóvenes, maduras. Algunas vestían elaborados atuendos de latex o cuero, otras solo llevaban corsés y medias, otras, como ella, lucían vestidos cortísimos y reveladores. Todas compartían una mirada: una mezcla de sumisión, adoración y una excitación latente. Era un harén viviente, un mundo paralelo donde la belleza femenina existía como decoración y servicio para el poder masculino. 


Cristian los recibió con una sonrisa amplia. Se sentaron en una mesa baja, rodeados de otros Amos que intercambiaban historias y observaban el "ganado". Las sumisas de Cristian, dos morenazas esculpidas como diosas griegas, se arrodillaron silenciosamente junto a su silla, apoyando la cabeza en sus muslos. Abigail, tras un leve gesto de Eduardo, se sentó en su regazo, sintiendo la lana fina del traje contra sus piernas desnudas bajo el vestido. Era un acto de posesión pública, y a ella le encantó. 


— Bienvenido al verdadero poder, Eduardo —dijo Cristian, brindando con una copa de whisky. 


En ese momento, las luces se enfocaron en un pequeño escenario en el centro de la sala. Un hombre con una máscara de cuero subió, llevando de la mano a una mujer ataviada con un corsé rojo y tacones de aguja. El Amo habló al micrófono. 


— Para calentar la noche, un pequeño castigo para mi sumisa por llegar tarde esta mañana a su sesión de entrenamiento. 


La mujer se colocó en posición, agarrándose los tobillos, presentando sus nalgas enfundadas en el cuero rojo. El Amo comenzó a darle nalgadas con una paleta de madera, cada golpe resonando en el silencio expectante de la sala. Abigail observó, fascinada y con el corazón acelerado. Esperaba ver dolor, vergüenza, pero en el rostro de la mujer, contraído en un rictus, había algo más: éxtasis. Sus gemidos no eran de agonía, sino de un placer intenso y liberador. "Disfruta ser castigada", pensó Abigail, asombrada. "Como yo". 


Luego, el espectáculo escaló. Otro Amo subió al escenario con dos rubias desnudas, idénticas, de cuerpos esculpidos y miradas vidriosas de sumisión. 


— Les presento a las hermanas promiscuas —anunció el Amo—. Mi obra maestra. Han aprendido que su único valor es dar placer. Y esta noche, tienen permiso para ser usadas por quien lo desee. 


Una oleada de excitación recorrió la sala. Varios hombres se acercaron al escenario. Las hermanas, con sonrisas beatíficas y vacías, se entregaron a ellos. Abigail vio, con los ojos muy abiertos, cómo eran penetradas por más de un hombre al mismo tiempo, cómo sus cuerpos se convertían en un solo torbellino de carne sudorosa y gemidos entrecruzados. Los Amos se turnaban con una naturalidad espeluznante, como si estuvieran probando un vino exquisito. Era la sumisión llevada a su expresión más pura y brutal: la despersonalización total. Y sin embargo, las rubias parecían transportadas, ajenas a todo excepto a la sensación de ser utilizadas. 


Mientras ese cuadro de lujuria colectiva continuaba, en otro rincón del escenario, un tercer Amo, un hombre de mediana edad con aire de empresario, subió con una chica morena, joven, de no más de dieciocho años. Tenía el cuerpo tenso, los ojos enormes y asustados, a pesar de su postura sumisa. 


— ¡Atención, caballeros! —gritó el hombre al micrófono, ahogando los gemidos de las rubias—. Esta morochita, hace apenas un mes, era una furibunda feminista. Creía en la igualdad, en la independencia. —Una ola de risas burlonas recorrió la sala—. Pero yo le mostré su lugar verdadero. Le enseñé que su inteligencia, su rebeldía, solo servían para hacerla una puta más interesante. Su entrenamiento está completo. Ya no es una feminista. Es simplemente… una sucia puta. Y para coronar su transformación, la voy a vender. 


Un griterío de entusiasmo y codicia estalló en la mansión. Comenzó la subasta. Los Amos pujaban con la misma frialdad con la que comprarían un cuadro o un auto. "¡Veinte mil!", "¡Cincuenta!", "¡Setenta y cinco!". La chica morena temblaba, sus ojos, llenos de un miedo primitivo, recorrían las caras de los hombres que pujaban por su vida. Abigail la miró, y un escalofrío de terror genuino la recorrió. Eso sí era diferente. Eso no era sumisión consentida; eso era trata de personas. Era la pesadilla latente en su propio paraíso. 


Finalmente, un Amo con acento extranjero gritó: "¡Cien mil dólares!". El martillo ficticio cayó. La chica fue llevada a rastras fuera del escenario, su futuro ahora propiedad de un desconocido. 


El silencio que siguió al bullicio de la subasta fue ensordecedor para Abigail. Se giró en el regazo de Eduardo, sus ojos, ahora llenos de un miedo que no había sentido en semanas, se clavaron en los de él. Su voz fue un tembloroso susurro. 


— Mi dueño… ¿a mí… me venderá algún día? 


La reacción de Eduardo fue instantánea y violenta. Su mano, grande y fuerte, se alzó y descendió con fuerza sobre la nalga de Abigail, a través de la fina tela del vestido. El sonido fue seco y doloroso. Unas cuantas cabezas se volvieron, sonriendo con complicidad. 


— ¡Aaah! —gritó ella, más por sorpresa que por dolor. 


— ¡Nunca! —gruñó Eduardo, su voz era un látigo, sus ojos, que ella había visto tiernos o excitados, ahora eran de un hielo absoluto—. ¡Nunca repitas esa estupidez! Vos sos mía. Mi primera. Mi propiedad más preciada. Siempre serás mía. ¿Está claro? 


El dolor en su nalga ardía, pero las palabras de Eduardo, en su crudeza posesiva, fueron un bálsamo. El miedo a ser descartada, a ser vendida como un animal, se disipó ante la feroz certeza de su Amo. Él no quería deshacerse de ella; la reclamaba con la furia de un propietario celoso. 


— Sí, mi dueño —jadeó, abrazándolo más fuerte, enterrando su rostro en su cuello—. Perdón. Siempre tuya. Solo tuya. 


Mientras la fiesta continuaba a su alrededor, con sus excesos y sus demostraciones de poder, Abigail se aferró a Eduardo. El mundo del Club de los Amos era más vasto, más oscuro y más aterrador de lo que había imaginado. Pero en el centro de ese huracán, ella tenía un ancla: la posesión absoluta de su Amo. Y por ahora, eso era todo lo que necesitaba, o todo lo que se atrevía a desear. 

-----------------------------------------------------------------------------------

El silencio dentro del auto de lujo era tan denso como la noche porteña que se desplegaba más allá de los vidrios polarizados. Abigail, aún con el vestido negro diminuto que pegaba a su piel sudorosa, miraba el perfil de Eduardo mientras él conducía con una mano firme sobre el volante. La fiesta en la mansión de San Isidro resonaba en su mente como un eco de un mundo subterráneo y deslumbrante. Las imágenes de las sumisas, los castigos, la venta de la joven morena… todo se mezclaba en un torbellino de sensaciones que la habían dejado tan excitada como aterrada. Pero por encima de todo, prevalecía una certeza: la palabra de Eduardo. "Siempre serás mía". Esa posesión feroz era el muro que contenía el mar de incertidumbre que el Club de los Amos representaba. 


Al cruzar el umbral del departamento, la realidad cotidiana de su servidumbre los envolvió. El aire olía a limpio, a los productos que ella misma había usado esa mañana. Eduardo se quitó la chaqueta del traje y la arrojó sobre un sillón, deshaciendo el nudo de la corbata con un gesto cansado pero satisfecho. Sus ojos, que en la fiesta habían brillado con una fría autoridad, ahora recorrían el cuerpo de Abigail con una lujuria más familiar, más doméstica. 


— Bueno, perrita —dijo, desabrochándose el cinturón—. La noche no ha terminado. Chúpamela. 


No era una pregunta, ni siquiera una orden brusca. Era la simple enunciación de un hecho, de un ritual que ambos conocían. Para Abigail, era como si le hubiera dicho "prepara el café". Una parte más de su servicio. Pero una parte que ella, para su propia y continua sorpresa, anhelaba con una devoción casi religiosa. 


— Sí, mi dueño —respondió, y su voz sonó ronca, cargada de una anticipación que no era fingida. 


Se arrodilló frente a él, allí mismo en el centro de la sala, sobre la alfombra que había limpiado con esmero horas antes. Sus manos, hábiles y conocedoras, se ocuparon de liberar su miembro, que ya estaba erecto y duro. Sin vacilación, inclinó la cabeza y lo tomó en su boca. El primer contacto, siempre una mezcla de sumisión y poder, la estremeció. Comenzó a mover la cabeza con un ritmo lento y profundo, aprendido y perfeccionado a lo largo de un mes de obediencia y exploración. Sus labios se sellaron alrededor de su carne, su lengua trazaba círculos y presiones en los lugares que ella sabía que lo volvían loco. Se había convertido en una experta. Conocía su cuerpo, sus sonidos, los pequeños espasmos que delataban su placer, mejor de lo que había conocido cualquier cosa en su vida anterior. 


Mientras Abigail se sumergía en su tarea, con los ojos cerrados y toda su concentración puesta en el sabor, la textura y las reacciones de su Amo, Eduardo apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón y emitió un suspiro profundo. Pero no cerró los ojos para disfrutar. En cambio, estiró el brazo y tomó su laptop del mesita auxiliar. La abrió y la pantalla iluminó su rostro con una luz azulada. 


Abigail, en su mundo de sensaciones, notó el cambio. El ritmo de su respiración, la falta de sus manos en su cabello… Al entreabrir los ojos, vio que él no la miraba. Estaba absorto en la pantalla. Una punzada de… ¿decepción? ¿Celos?… la atravesó. "¿Mi boca no es suficiente para captar toda su atención?", pensó, con un atisbo de la antigua Abigail que aún sobrevivía en algún rincón remoto. Pero la sumisa bien entrenada ahogó ese pensamiento. Su trabajo era servir, no ser el centro de atención. Y si su Amo necesitaba trabajar o planificar mientras ella lo complacía, esa era su voluntad. 


Eduardo, efectivamente, había pasado a otro modo. La excitación de la fiesta, la validación de su ingreso al Club, y la posesión de Abigail, habían avivado en él una ambición mayor. Ya no era suficiente con una sumisa. El verdadero poder, como había visto esa noche, se medía en la cantidad y la calidad de las posesiones. Y su mente, aguda y calculadora, ya estaba maquinando el siguiente paso. Sus ojos recorrieron las carpetas en su pantalla. Abigail, siguiendo sus órdenes al pie de la letra, había utilizado el mismo método por el cual él la había atrapado a ella: hackeando los teléfonos de Ingrid y Julieta. Toda su vida digital estaba ahora desnuda ante él. 


Se sumergió en los datos de Julieta primero. Fue como abrir un diario íntimo de promiscuidad desenfrenada. Los chats revelaban una cadena interminable de "amigos": un chico del gimnasio, un compañero de la facultad de económicas, un bartender de Palermo, un ejecutivo maduro… Cambiaba de pareja sexual con la misma facilidad con que cambiaba de outfit. Sus conversaciones estaban llenas de insinuaciones, de planes para encuentros casuales, de fotos sugerentes, pero nunca explícitas. "Una cachonda sin remedio", murmuró Eduardo para sí, "pero astuta. No deja pruebas concretas. Nada que pueda usar para presionarla". 


Luego pasó a los archivos de Ingrid. Aquí el panorama era diferente, y más interesante. La altiva y esbelta morena, con su aire de modelo inalcanzable, tenía un secreto. Sus chats no solo hablaban de hombres. Había conversaciones íntimas, cargadas de poesía y de una sensualidad distinta, con una chica llamada Valeria, una compañera de la facultad de Diseño. Fotos de ellas dos, abrazadas, mirándose con una intensidad que iba más allá de la amistad. Ingrid exploraba su bisexualidad con una discreción elegante, pero con una pasión evidente. "Interesante", pensó Eduardo, "muy interesante. Pero tampoco hay fotos comprometedoras, nada que pueda usar como palanca directa. Son ambas demasiado cuidadosas". 


Mientras su mente analítica diseccionaba la vida de las amigas de Abigail, su cuerpo respondía al estímulo constante y experto de la boca de su sumisa. Abigail, sintiendo la creciente tensión en su entrepierna, había intensificado sus esfuerzos. Sus grandes pechos, libres bajo el vestido, rebotaban con el movimiento rítmico de su cabeza. Emitía sonidos guturales, de ahogo contenido, cada vez que lograba tragar su longitud completa, un acto que había dominado y que sabía lo excitaba profundamente. "Soy buena en esto", pensó, con un orgullo perverso, "soy la mejor para él". Se dedicaba a su tarea con la devoción de una sacerdotisa en un ritual sagrado, ignorando —o aceptando— que la atención de su dios estuviera dividida. 


Eduardo, con los dedos recorriendo el panel táctil de la laptop, sentía el placer acumulándose en su base, una ola que crecía al ritmo de sus pensamientos maquiavélicos. No podía usar la extorsión directa, como con Abigail. Ellas no tenían un "ladrón" oportuno para crear una deuda de gratitud, y sus vidas digitales, aunque reveladoras, no ofrecían el gancho perfecto. Necesitaba algo más sutil, más elaborado. Una trampa que ellas mismas quisieran pisar. 


Y entonces, como un relámpago en la oscuridad de su mente, la idea surgió. Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios. No necesitaba forzarlas. Solo necesitaba tentarlas. Abigail era la llave. Su transformación era la prueba viviente, el testimonio más elocuente. Podía usar la curiosidad de Julieta y la sensualidad latente de Ingrid en su contra. Un encuentro "casual", una invitación a un lugar donde los límites se difuminaran, donde la atmósfera y la persuasión hicieran el trabajo que la coerción no podía. Podía verlo: a Julieta, seducida por el morbo y la promesa de placer sin ataduras; a Ingrid, intrigada por la dinámica de poder y la posibilidad de explorar su sexualidad en un contexto nuevo y prohibido. Abigail sería el cebo perfecto, la prueba de que el camino de la sumisión conducía a un éxtasis que sus vidas "normales" nunca podrían ofrecer. 


La idea, clara y brillante como una navaja, coincidió con el pico de su excitación física. El placer intelectual de haber urdido un plan perfecto se fusionó con el estallido sensorial que Abigail le provocaba. Un gruñido profundo escapó de su garganta. Su mano se cerró instintivamente en el impecable moño rubio de Abigail, sujetándola con fuerza. 


— Ahora, perrita —jadeó, su voz cargada de triunfo y lujuria—. ¡Trágatelo todo! 


Abigail, que había sentido la inminencia de su climax, no vaciló. Aceptó la descarga caliente y amarga con la misma devoción con la que había recibido la orden. Tragó, una, dos veces, limpiándolo con su lengua hasta que no quedó rastro. Permaneció de rodillas un momento más, jadeando, sintiendo el sabor de su dueño en su garganta, una marca interna que la reafirmaba como su propiedad. 


Eduardo exhaló, liberando la tensión de su cuerpo. Sus ojos, que se habían cerrado momentáneamente en el éxtasis, se posaron de nuevo en la pantalla de la laptop, donde las sonrientes fotos de perfil de Ingrid y Julieta parecían mirarlo desprevenidas. El plan estaba en marcha. Y Abigail, su fiel y devota sumisa, sin saberlo aún, se convertiría en la piedra angular para la conquista de sus propias amigas. El círculo se cerraría, y el harén de Eduardo, el ingeniero gris y solitario, comenzaría a tomar forma.


Continuara... 

Comentarios