El lunes amaneció con un cielo plomizo que se avenía perfectamente con la pesadez que Abigail sentía en cada uno de sus huesos. Su cuerpo, tan entrenado y esculpido en el gimnasio, protestaba con dolores sordos y una fatiga profunda que no era solo física. Era el cansancio de la tensión sostenida, de la humillación convertida en placer y luego en adicción. Al levantarse, su mirada se posó en el cajón de su cómoda donde guardaba las pilas de ropa interior, un arsenal de encajes y algodones que habían sido, hasta ayer, una parte normal de su vida. La orden resonó en su mente con la claridad de un mandato divino: "Desde hoy, tenés prohibido usar ropa interior". Un estremecimiento, que ya no sabía si era de vergüenza o de excitación, le recorrió la espina dorsal.
Se vistió con una lentitud deliberada, como si cada prenda fuera una capa de un nuevo personaje que estaba aprendiendo a interpretar. Se puso unas bragas, por puro acto reflejo, y luego, con los dedos temblorosos, se las quitó arrojándolas al cesto con una mezcla de desagrado y obediencia. Se colocó una fina media velada, sintiendo el roce directo de la tela en su piel más íntima, y luego una falda de tubo de tweed gris, ceñida hasta la rodilla. Al cerrar la cremallera en su cadera, la sensación de la tela rozando directamente su piel desnuda era un recordatorio constante, un secreto sucio y electrizante. Se puso una blusa de seda color marfil y un saco a juego. Iba impecable, la estudiante universitaria perfecta, pero bajo la fachada de lana y seda, ella era solo carne vulnerable, desprotegida y, según las reglas de su nuevo juego, disponible.
El camino a la universidad fue una prueba de fuego para sus nervios. Cada paso era una conciencia aguda de la fricción de la falda contra sus muslos desnudos, del aire que se colaba y acariciaba lugares que ahora sentía hiperconscientes. El viento, que jugueteaba con su falda, la hacía estremecer, no por el frío, sino por la sensación de exposición. Cada mirada de un transeúnte, cada bocinazo de un auto, lo interpretaba como si todos supieran su secreto, como si llevara una marca invisible que proclamaba "propiedad privada". "Estoy caminando por la calle obedeciendo a un fantasma", pensó, y la idea era tan absurda como profundamente excitante. La sumisión, le estaba descubriendo, no era un acto de debilidad, sino una reconfiguración de su realidad, donde la libertad consistía en abandonar la carga de decidir.
Al llegar a la entrada de la Facultad de Derecho, una figura alta y esbelta se recortó contra los imponentes pilares de piedra. Era Ingrid, la tercera del grupo. A sus veinte años, Ingrid era la antítesis física de Abigail. Donde Abigail era rubia y curvilínea, Ingrid era pelinegra, con un cabillo lacio y negro como el azabache que le caía como una cortina sobre los hombros. Sus ojos, de un verde esmeralda intenso, contrastaban dramáticamente con su piel de porcelana, tan blanca que casi parecía translúcida. Era la más alta del grupo, con casi 1,78 metros, y poseía el cuerpo delgado y elongado de una modelo de pasarela, con huesos finos y extremidades largas. Pero la naturaleza, caprichosa, había querido equilibrar su esbeltez con un atributo que compartía con sus amigas: unos pechos grandes, redondos y firmes, que sobresalían desafiantes y casi incongruentes en su torso delgado, como dos melones perfectos en un árbol joven.
— ¡Abi! ¡Buen lunes! —la voz de Ingrid era más grave que la de Julieta, con un dejo de ironía perenne.
— Hola, Ingri —respondió Abigail, besándola en la mejilla, esperando que su amiga no notara el temblor de sus manos o la sombra bajo sus ojos.
— Che, ¿supiste algo de Juli? —preguntó Ingrid, ajustando la correa de su cartera sobre el hombro—. Anoche se desapareció.
Abigail sintió un golpe de culpa. Recordó la mentira de su madre enferma. "Desviá el tema", se ordenó a sí misma.
— No, nada. ¿Se fue con otro de sus conquistas?
Ingrid sonrió, mostrando sus dientes perfectos y blancos.
— ¡Obvio! Me mandó un mensaje recién. Dijo que se va a la casa de su 'amigo' para comenzar bien la semana. ¡La muy guacha!
Ambas se rieron, pero la risa de Abigail sonó forzada y hueca. Mientras Ingrid se reía de la espontaneidad de Julieta, Abigail pensaba en su propia "espontaneidad" dirigida, en los actos que había realizado y que estaba a punto de realizar, no por deseo propio, sino por orden. La vida normal de sus amigas le parecía de repente un planeta lejano.
Al sentarse en su salón de clases, entre el murmullo de sus compañeros y la voz monótona del profesor de Derecho Romano, su teléfono vibró silenciosamente en su bolso. Un escalofrío de anticipación la recorrió. Lo sacó con disimulo bajo el pupitre. El número desconocido. El mensaje era claro y directo.
— Pásame una foto en tu salón, pero con la falda levantada.
Abigail contuvo la respiración. Su mirada barrió el aula. Nadie la miraba. Todos estaban absortos en sus apuntes o en sus pantallas. Con los dedos sudorosos, abrió la cámara. Se inclinó ligeramente hacia un lado, como si buscara algo en el suelo, y con la mano izquierda, tomó la foto. Era un ángulo desde atrás, mostrando sus nalgas cubiertas por la falda gris. Luego, con el corazón a punto de estallar, deslizó el bajo de su falda hacia arriba, justo lo suficiente para exponer la curva inferior de sus nalgas desnudas, la fina línea de la media velada cortando la piel pálida. Tomó la foto y la envió rápidamente. "Estoy en una clase de Derecho Romano mostrando el culo", pensó, y una oleada de calor vergonzante la inundó, seguida de una punzada de excitación tan intensa que tuvo que apretar las piernas.
La respuesta llegó al instante.
— Ahora andá al baño y masturbate para mí.
Abigail no lo pensó dos veces. Recogió sus cosas con calma forzada y salió del aula. El baño de mujeres estaba vacío. Se encerró en un cubículo, apoyó la espalda contra la fría puerta de melamina y deslizó la mano bajo su falda. Sus dedos encontraron la humedad que ya estaba allí, esperando. Cerró los ojos, no para bloquear la realidad, sino para sumergirse en ella. Se imaginó las manos de él, la voz distorsionada, la sensación de las sogas. Se masturbó con una urgencia febril, jadeando en silencio, mordiéndose el labio para no hacer ruido. El orgasmo llegó rápido, un espasmo silencioso y culpable que la dejó jadeando contra la puerta. Era rápido, sucio y profundamente humillante. Y le encantó.
Se recomponía, arreglándose la ropa con manos aún temblorosas, cuando otro mensaje iluminó la pantalla.
— Ahora sácate una selfie con las tetas al aire.
Abigail miró su reflejo en el espejo del lavabo. Sus ojos estaban brillantes, su rostro enrojecido. Se metió de nuevo en un cubículo, esta vez el del fondo. Se desabotonó la blusa de seda y el corpiño. Sus pechos, pesados y sensibles, quedaron libres. Levantó el teléfono, buscando un ángulo. Se veía a sí misma, la estudiante aplicada, con el cabello perfecto y la blusa de seda, mostrando sus senos desnudos en el baño de la universidad. Tomó la foto. En ella, sus ojos tenían una expresión entre asustada y embriagada. La envió. Cada obediencia era un clavo más en el ataúd de su antigua vida, y cada vez le costaba menos levantar la tapa y acostarse dentro.
El siguiente mensaje la sorprendió.
— Escápate de la universidad y anda hasta la esquina de tu casa. Párate ahí como una chica fácil.
Abigail no lo dudó. Caminó por los pasillos como un autómata, salió del edificio y comenzó la larga caminata de veinte cuadras hasta su barrio. Al llegar a la esquina de su casa, una zona residencial y tranquila, se detuvo. Se apoyó contra un poste de luz, cruzando y descruzando las piernas de manera exagerada, fingiendo una actitud que no era la suya. Sentía el rubor ardiendo en sus mejillas. "¿Qué estoy haciendo? ¿En qué me he convertido?", pensó, pero su cuerpo permanecía en su sitio, obediente.
El mensaje final llegó.
— El primer hombre que pase y te salude, invítalo a cenar a tu casa.
El corazón de Abigail se hundió. Esto ya no era una transgresión privada; era arrastrar a un inocente a su pesadilla. Rezó para que nadie pasara, para que fuera un repartidor, una mujer, cualquier cosa. Pero el destino, o más bien la mano maestra que orquestaba todo, tenía otros planes.
Un hombre, con una figura un poco encorvada y vestido con ropa un tanto arrugada, se acercaba por la vereda. Era Eduardo. Su vecino. El "héroe" del robo del celular. Él la miró, con una expresión de sorpresa estudiada.
— Hola, Abigail. ¿Todo bien? —saludó, con su voz tranquila y paternal.
Abigail, con el estómago hecho un nudo, forzó una sonrisa. Las órdenes eran claras.
— Hola, Eduardo. Sí, todo bien… —hizo una pausa, tragando saliva—. Che, ¿querés venir a cenar a casa esta noche? Estoy cocinando algo.
Eduardo fingió una sorpresa modesta.
— ¿En serio? Bueno, si no es molestia… me encantaría. A qué hora?
— ¿A las nueve? —improvisó ella.
— Perfecto. Ahí estaré —asintió él con una sonrisa amable antes de seguir su camino.
En el momento en que Eduardo dio la espalda y se alejó lo suficiente, el teléfono de Abigail vibró.
— Buena perrita. Bien obediente.
Abigail dejó escapar un suspiro que tenía más de agotamiento que de alivio. Todo el día había sido un torbellino de órdenes y humillaciones, una montaña rusa de emociones que la había dejado exhausta. Mientras caminaba los pocos metros hasta la puerta de su edificio, murmuró para sus adentros, con un dejo de genuino alivio en su confusión:
— Por suerte me saludó Eduardo, que es un buen hombre.
La ironía era tan densa que podría haberse cortado con un cuchillo, pero ella era completamente ajena a ella. En su mente, había invitado a un vecino inofensivo, una cara conocida en medio del caos, no al arquitecto de su propia destrucción. Al subir a su departamento, se quitó el saco y se dirigió a la cocina para comenzar a preparar la cena, sin saber que estaba afilando los cuchillos para el hombre que la estaba cazando y que, esa noche, tenía la intención de dar el golpe final.
El aroma del guiso de lentejas que Abigail preparaba se esparcía por el departamento, un olor hogareño y reconfortante que chocaba brutalmente con la tormenta de emociones que rugía en su interior. Cada movimiento suyo en la cocina era mecánico, un intento desesperado por aferrarse a una normalidad que sentía resquebrajarse como hielo delgado bajo sus pies. El vibrar del teléfono en el mesado la hizo saltar. Con el corazón en un puño, lo miró. El número anónimo. Las órdenes.
— ¿Qué ropa tenés puesta? Algo diminuto. Después bañate. Y escuchá esto bien: si tu invitado intenta algo con vos, te dejás hacer. Lo que sea. Sin chistar.
Abigail leyó el mensaje una y otra vez. La primera parte era fácil; tenía un camisón de seda negro, corto y ajustado, que cumplía con el requisito de "diminuto". La segunda, el baño, era un alivio, un ritual para limpiar no solo su cuerpo sino también la sensación de suciedad moral que la embargaba. Pero la tercera… "Si tu invitado intenta algo…". Una risa nerviosa le brotó de los labios. "Eduardo… ni en pedo", pensó, visualizando la figura desgarbada y paternal de su vecino. "Es un buen tipo, un gordito inofensivo. Esto es solo una coincidencia, otro capricho del destino o de mi dueño para ponerme a prueba". Aceptó las condiciones con un "Sí, mi dueño" enviado al vacío digital, completamente segura de que la parte final de la orden nunca se activaría.
Se bañó con agua caliente, dejando que el vapor limpiara sus poros y nublara el espejo, evitando su propio reflejo. Se puso el camisón negro, que se pegaba a sus curvas aún húmedas, dejando muy poco a la imaginación. Se secó el cabello rubio hasta dejarlo lacio y brillante, un contraste deliberado y sensual con la oscuridad de la seda. A las nueve en punto, el timbre sonó.
Al abrir la puerta, allí estaba Eduardo. Su presencia era, como siempre, un anticlímax físico. Vestía unos pantalones de vestir viejos, con la cintura desbordada por su prominente barriga, y una camisa a cuadros que se le veía arrugada y desprolija. Su cabello, escaso y entrecano, estaba despeinado. Su rostro, bonachón y con las mejillas sonrojadas, esbozaba una sonrisa tímida. En su mano llevaba un bolsón de lona gastado, que dejó en el suelo junto a la entrada sin hacer ningún comentario. El contraste no podía ser más brutal: la diosa de veinte años, esculpida en mármol y seda, recibiendo en su intimidad a un hombre de cincuenta, con el cuerpo blando y marcado por el sedentarismo, la personificación misma de lo ordinario.
— Hola, Eduardo. Pasa, pasa —dijo Abigail, forzando una calma que no sentía.
— Hola, Abigail. ¡Qué lindo olor! —comentó él, frotándose las manos con una actitud de vecino entusiasta.
La cena transcurrió con una normalidad casi surrealista. Hablaron de trivialidades: el clima, el barrio, un poco de sus trabajos. Eduardo se mostró amable, un poco torpe, bebiendo el vino que ella había servido y elogiando el guiso. Abigail, sentada frente a él, sentía la seda del camisón como una segunda piel eléctrica, consciente de cada centímetro de su cuerpo expuesto bajo la tela. Pero Eduardo no parecía notarlo. Su mirada era educada, casi paternal. "Es un buen tipo", se reafirmó Abigail internamente, sintiendo una punzada de lástima por haberlo involucrado, aunque fuera involuntariamente, en su mundo distorsionado.
Cuando los platos estaban casi vacíos y la conversación comenzaba a flaquear, Eduardo dejó su servilleta sobre la mesa con un gesto definitivo. Se puso de pie con una lentitud que no era propia de él. Su expresión cambió. La timidez se esfumó, reemplazada por una calma aterradora, una seguridad que Abigail nunca le había visto. Agarró el bolsón de lona del suelo, lo abrió y, con movimientos pausados, sacó varias sogas de yute, idénticas a las que había usado en el callejón y en su cama.
Abigail lo miró, confundida. Su cerebro se negaba a conectar los puntos. "¿Qué está haciendo? ¿Esto es parte de…? No, no puede ser".
— Hora de jugar, perrita —dijo Eduardo.
Su voz ya no era la del vecino bonachón. Era plana, fría, cargada de una autoridad que no admitía réplica. Era la voz del dueño. La voz distorsionada. La misma.
El mundo de Abigail se desmoronó en cámara lenta. "No… ¿él? ¿Eduardo? ¿Mi vecino? ¿El que me 'rescató'?" Las piezas del rompecabezas caían con un estruendo sordo en su mente: el robo del celular, demasiado oportuno; su presencia constante, su aparente bondad. Todo había sido una farsa. Una trampa elaborada y meticulosa. "¿A él también lo obligan por mensajes?", fue un pensamiento desesperado y estúpido, un último intento de su psique por negar la evidencia. No había otro. Él era el arquitecto, el director, el Amo.
Mientras su mente era un torbellino de incredulidad y terror, su cuerpo, sin embargo, recordaba. Recordaba las órdenes: "Si tu invitado intenta algo con vos, te dejás hacer. Lo que sea". Y Eduardo, su invitado, estaba intentando algo, sin lugar a dudas.
Él se acercó. Ella no se movió. No gritó. La sumisión, practicada y reforzada durante días, era ahora un circuito grabado a fuego en su sistema nervioso. Con movimientos expertos que delataban una práctica que Abigail no quería imaginar, Eduardo le tomó las muñecas y se las ató a la espalda con la soga. Luego, agarró el escote del camisón de seda y, con un tirón seco, lo rasgó. La tela negra cedió, liberando sus pechos pálidos y redondos, que quedaron expuestos al aire y a la mirada hambrienta de Eduardo.
— ¡Ah! —fue lo único que logró escapar, un sonido de sorpresa y de una vergüenza renovada, más intensa al saber quién era su verdugo.
Eduardo sacó su teléfono y comenzó a sacarle fotos, el flash iluminando su cuerpo atado y semidesnudo en la penumbra del comedor. Abigail pensó en protestar, en gritarle, en revelar que ahora sabía quién era. Pero la orden era más fuerte. "Sin chistar". Y una parte de ella, la parte adicta, la parte que había saboreado los mejores orgasmos de su vida bajo su dominio, se aferró a esa estructura. Bajó la cabeza y permaneció quieta, sumisa.
Eduardo guardó el teléfono. Se desabrochó el pantalón y liberó su miembro, que estaba erecto y tenso. Luego, con una fuerza que ella no le suponía, la empujó hacia el suelo. Abigail cayó de bruces sobre la alfombra, con las manos atadas a la espalda. Él se subió encima de ella, su peso considerable aplastándola, dificultándole la respiración. La diferencia entre sus cuerpos era obscena: la juventud y la perfección esculpida de Abigail, contra la carne madura, blanda y sudorosa de Eduardo. Su espalda joven y firme, contra el vientre globular y pesado que se apoyaba sobre sus riñones. Era la belleza violada por lo ordinario, el poder del intelecto y la manipulación triunfando sobre la gracia física.
Sin preámbulos, con un empuje brutal, la penetró.
— ¡Ugh! —gimió Abigail, un sonido gutural de dolor y shock.
Las primeras embestidas fueron toscas, animales, un mero acto de posesión física. Abigail gemía, pero sus sonidos eran de incomodidad, de invasión. "Es él… es Eduardo… el gordito de al lado…", pensaba, aturdida. Pero su cuerpo, traicionero y ya programado para responder a esta violencia, comenzó a cambiar. La fricción, la sensación de estar siendo usada, de ser poseída por el hombre que había orquestado su caída, comenzó a encender la chispa. La humillación se mezcló con el placer, creando un cóctel aún más potente.
— Más… —susurró, sin siquiera darse cuenta de que la palabra había salido de sus labios.
Eduardo, que la penetraba con movimientos cada vez más intensos y regulares, sonrió al oírla.
— ¿Qué pasó, perrita? ¿Te está empezando a gustar que tu gordo vecino te folle?
— No… —mintió ella, pero sus caderas comenzaron a moverse, a empujar contra las suyas, buscando una profundidad mayor.
Él se inclinó sobre su espalda, su aliento caliente en su oído. Con una mano, agarró uno de sus pechos colgantes y apretó el pezón entre sus dedos, luego se inclinó y lo mordió con fuerza.
— ¡Aaah, sí! —gritó Abigail, esta vez el sonido fue de puro éxtasis.
Sus piernas, libres, se enroscaron alrededor de sus robustos muslos, apretando, tratando de traerlo más cerca, de fundir su cuerpo joven y bello con su verdugo maduro y obeso. Era la rendición total. La belleza abrazando a la bestia no por obligación, sino por deseo.
Eduardo, entonces, rodeó su cuello con su mano libre. No fue un agarre para estrangular, sino una presión firme, posesiva, que restringía el flujo de aire solo lo suficiente para aumentar su sensación de vulnerabilidad.
— Naciste para esto, perrita —gruñó en su oído, su voz áspera, ya sin necesidad de distorsión—. Naciste para ser mi puta sumisa.
Esas palabras, combinadas con la presión en su cuello y la penetración profunda y constante, la llevaron al borde. Se sintió más vulnerable, más expuesta y más excitada que nunca en su vida.
— ¡Voy a… voy a…! —jadeó, sin poder terminar la frase.
El orgasmo la arrasó como un tsunami, un cataclismo de placer que le arrancó un grito prolongado y gutural. Su cuerpo se convulsionó bajo el de Eduardo, quien, sintiéndola estallar, soltó una serie de embestidas finales, brutales y profundas, sin soltar su cuello, y con un gruñido ronco, eyaculó dentro de ella.
Durante un minuto, solo se escuchó el jadeo sincronizado de ambos cuerpos. Luego, Eduardo, con un quejido de esfuerzo, se puso de pie lentamente, su cuerpo sudoroso y pesado. Su sombra se proyectó sobre Abigail, que yacía exhausta y temblorosa en el suelo, el camisón negro destrozado, sus piernas manchadas, sus pechos marcados por sus dientes. Él sacó el teléfono y le tomó más fotos, documentando su obra.
Abigail lo miraba con una confusión absoluta. El odio, la traición, la humillación, luchaban contra la satisfacción física más profunda que jamás había experimentado. Pero fue Eduardo quien, con sus palabras, rompió el hechizo final.
— Ahora ya conocés el rostro de tu dueño —dijo, con una tranquilidad aterradora mientras se arreglaba la ropa.
Recogió su bolsón, y sin una palabra más, salió del departamento, dejando la puerta abierta y a Abigail atada, tirada en el suelo, usada y llena de su semilla.
El sonido de la puerta cerrándose la dejó en un silencio sepulcral. La realidad, cruda y despiadada, se impuso. Eduardo. Su dueño. Todo había sido él. Un escalofrío de horror la recorrió. Pero entonces, de las profundidades de su ser, surgió otro pensamiento, uno que la aterró aún más que la revelación: "No quería que se fuera". La diversión, el juego, la fuente de ese placer adictivo y transformador, se alejaba con él. "Se podrían seguir divirtiendo". Se odió a sí misma por pensarlo, por anhelar continuar en esa pesadilla. Pero el deseo, ahora liberado y consciente, era más fuerte que el odio, más fuerte que la razón, más fuerte que ella misma. Yacía en el suelo, atada y violada, y sin embargo, sabía que su sumisión, ahora con un rostro y un nombre, estaba lejos de haber terminado. Acababa de comenzar de verdad.
Continuara...

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