El Club de los Amos - Parte 2

 


El domingo se filtró a través de las persianas semi cerradas de Abigail como un líquido pesado y dorado. Ella emergió del sueño de manera fragmentada, su conciencia reconstruyendo la realidad pieza a pieza. Por un instante bendito, todo era normal. El suave algodón de sus sábanas, el familiar olor a velas de sandía de su habitación, el lejano rumor del tráfico en la avenida. Pero luego, como un golpe sordo en el estómago, los recuerdos comenzaron a asomar desde las sombras de su mente. No eran imágenes claras al principio, sino sensaciones: el frío del pavimento en sus rodillas, la aspereza de la venda contra su piel, el sabor salado y amargo en su garganta, la voz distorsionada que cortaba como un cuchillo en la oscuridad. "Fue un sueño", se dijo a sí misma, con la desesperación de quien se aferra a un clavo ardiendo, "una pesadilla horrible, nada más". 

Pero a medida que se sentaba en la cama, frotándose los ojos, la verdad se impuso con la crudeza de un baldazo de agua fría. No había sido un sueño. Se había arrodillado. Había chupado. Había tragado. Se había sometido. El miedo fue lo primero en llegar, un pánico helado que le contrajo el pecho y le secó la boca. "Dios mío, ¿qué hice? ¿Quién era? ¿Qué quiere de mí?". Se levantó, tambaleante, y se miró en el espejo del armario. La misma Abigail de siempre, el cabello rubio revuelto, los ojos azules aún empañados por el sueño. Pero algo había cambiado. Una mancha invisible, una culpa que sentía como una capa de suciedad sobre su piel. Y entonces, surgió el segundo sentimiento, más aterrador incluso que el miedo: una punzada de excitación retrospectiva, un eco del morbo que había sentido en el callejón. "Una parte de mí… una parte de mí no lo odió", pensó, aterrorizada por su propia psique. "Me sentí… poderosa en mi sumisión. ¿Estoy enferma?". Esta contradicción la paralizó. El miedo a su extorsionador era ahora rivalizado por el miedo a sí misma, a los abismos que se abrían en su propio interior. 

El timbre de la puerta la hizo saltar. Un chillido ahogado escapó de sus labios. Su corazón se convirtió en un puño que golpeaba contra sus costillas. "Es él. Vino por mí. Ya está aquí". Se quedó inmóvil en el centro de su habitación, conteniendo la respiración, como si su quietud pudiera hacerla invisible. El timbre sonó de nuevo, más insistente esta vez. Con pasos de fantasma, se acercó a la puerta, su mano temblorosa posándose sobre la madera. Se inclinó para mirar por la mirilla, esperando ver la figura siniestra del hombre del callejón, o quizá solo un vacío aterrador. 

La ola de alivio que sintió al ver el rostro familiar y sonriente de Julieta fue tan intensa que casi la derrumba. Las lágrimas le picaron los ojos. Abrió la puerta con una rapidez que sorprendió a su amiga. 

— ¡Hola, flaca! —dijo Julieta, con su voz siempre alegre—. ¿Te desperté? 

— No, no… para nada —mintió Abigail, abrazándola con una fuerza inusual—. Pasa, pasa. 

Julieta entró, irradiando la energía vibrante que siempre la caracterizaba. Mientras Abigail cerraba la puerta con un suspiro de alivio momentáneo, observó a su amiga. Julieta era el contrapunto perfecto a su propia rubia delicadeza nórdica. A la misma edad, veinte años, era la esencia de la belleza latina encarnada. Su piel tenía un tono canela cálido que el verano porteño acentuaba con destellos dorados. Su cabello, una cascada de rizos oscuros y rebeldes, caía sobre sus hombros con una vitalidad salvaje. Su rostro era una obra de arte de curvas: pómulos altos, una nariz pequeña y respingada, y unos labios carnosos, de un rojo natural tan intenso que siempre parecían estar a punto de un beso. Vistiendo unos jeans ajustados y un top escotado, su cuerpo era un himno a las formas generosas. Sus pechos, redondos y exuberantes, rivalizaban en tamaño con los de Abigail, pero enmarcados en una cintura más corta y unas caderas más marcadas, daban la impresión de una fertilidad y una sensualidad terrenales, primitivas. 

— Che, ¿y tu mamá? —preguntó Julieta, dejando su cartera sobre el sillón—. ¿Cómo amaneció? Ayer estabas re asustada. 

Abigail sintió un nuevo golpe de culpa. La mentira del día anterior ahora pesaba como una losa. 

— Sí, bien, bien… fue solo un susto —improvisó, desviando la mirada—. La llevamos al médico y le dijeron que era solo un pico de presión, nada grave. Ya está como nueva. 

— ¡Menos mal! —exclamó Julieta, desplomándose en el sofá con familiaridad—. Nosotras nos quedamos re preocupadas. 

— Ya sé, gracias —musitó Abigail, dirigiéndose a la cocina—. Voy a prender el mate, ¿querés? 

— ¡Obvio! ¿Un domingo sin mate? Es pecado, flaca. 

Mientras calentaba el agua, Abigail movía las manos de manera automática, pero su mente estaba a millones de kilómetros de distancia. Llenó la yerba, hundió la bombilla, todo con los movimientos precisos de un ritual ancestral, buscando consuelo en la normalidad de la ceremonia. Necesitaba desesperadamente cambiar el foco de la conversación, alejarlo de sí misma. 

— Y… ¿cómo terminó anoche? —preguntó, tratando de que su voz sonara casual—. ¿Se fueron a bailar? 

Julieta se rió, una carcajada amplia y contagiosa que por un segundo logró disipar la nube gris que envolvía a Abigail. 

— ¡Fue una locura! Ingrid se puso en modo cazadora, che. —dijo, mientras Abigail le alcanzaba el mate—. Gracias, cielo. Bueno, resulta que se enganchó con unos maduros en la barra, tipos con pinta de ejecutivos con plata, ¿viste? Uno canoso, con el traje carísimo. La mina los tuvo comiendo de la mano. Nos llenaron de tragos toda la noche, mojitos, fernet con coca, lo que quisieras. Estaban re entusiasmados, pensando que iban a cerrar, por lo menos con Ingrid. 

Abigail asentía, forzando una sonrisa, intentando sumergirse en la anécdota mundana de su amiga. Por un momento, casi lo logra. Casi podía oler el humo y el alcohol del bar, casi podía ver la escena. Pero entonces, su teléfono, que estaba sobre la mesa de centro, vibró con un breve y siniestro zumbido. 

El corazón de Abigail se detuvo. Una sonrisa tensa se congeló en su rostro. Julieta, absorta en su relato, no notó el cambio inmediato. 

— …y al final, cuando ya era tarde y nos queríamos ir, los tipos se acercaron todo confianzudos, y Ingrid, la muy hija de puta, les soltó: 'Ay, gracias por los tragos, chau, nos vemos'. ¡Los dejó con las ganas, che! La cara de los pobres viejos… ¡fue épico! —Julieta se reía a carcajadas, tomando un sorbo del mate. 

Abigail, con movimientos que sentía increíblemente lentos y pesados, como si se moviera bajo el agua, alargó la mano y tomó el teléfono. La pantalla se encendió, mostrando una notificación de un número desconocido. Era un video. Con un presentimiento que le heló la sangre, lo presionó. 

La imagen era granulosa, oscura, pero inconfundible. Era ella, de rodillas en el callejón, la espalda arqueada, su cabeza moviéndose hacia adelante y hacia atrás frente a la figura oscura cuya identidad seguía oculta. La filmación era desde arriba, como desde un segundo piso, o tal vez con un brazo extendido. No se veía su rostro, pero su cuerpo, su postura, su cabello rubio… era innegablemente ella. Un mensaje de texto llegó inmediatamente después. 

— Pensará tu amiga que vos no me dejaste con las ganas. 

Abigail sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No solo la estaba vigilando. Sabía que Julieta estaba aquí. Sabía lo que estaban hablando. "Dios mío, me está mirando ahora mismo". Su mirada se volvió salvaje, escaneando su propio living, las ventanas, los rincones, buscando una cámara, un indicio, cualquier cosa. El miedo ya no era solo por las fotos, era por su integridad física, por su seguridad inmediata. Estaba atrapada en su propia casa. 

— ¿Abi? ¿Estás bien? —la voz de Julieta sonó de repente cerca, preocupada. 

Abigail levantó la vista, despavorida. Julieta la miraba con el ceño fruncido, el mate olvidado en su mano. 

— Sí, sí, re bien —logró balbucear Abigail, apagando la pantalla del teléfono y dejándolo boca abajo como si le hubiera quemado los dedos—. Es que… es que me acaba de mandar un mensaje mi mamá. Dice que se siente otra vez mal. Me tengo que ir en un rato a verla, ver cómo está. 

— ¡Ay, no! ¿Otra vez? —preguntó Julieta, con genuina preocupación—. ¿Querés que te acompañe? 

— ¡No! —la respuesta fue demasiado abrupta, casi un grito. Abigail moderó su tono—. No, por favor, tranqui. Seguro es nada. Ya te cuento. 

En ese preciso instante, un tercer mensaje iluminó la pantalla del teléfono, boca abajo, proyectando un resplandor fantasmagórico sobre la mesa de madera. Abigail, con un nudo en la garganta, lo dio vuelta. 

— En dos horas espérame en tu casa que te voy a visitar. 

El aire se le cortó en los pulmones. "Dos horas". Las palabras eran una sentencia. Él vendría aquí. A su santuario. Violaría su espacio más íntimo. Y no había escapatoria. Si no estaba, las fotos y el video se liberarían. Si se iba con Julieta, él lo sabría. Estaba en una jaula de cristal, y las paredes se cerraban a su alrededor. 

Julieta la observaba, y era evidente que no se creía ni una palabra de lo de su madre. Vio el pánico incontestable en los ojos de su amiga, la palidez mortal de su piel, el temblor de sus manos. 

— Abigail, en serio, ¿estás bien? —insistió, su voz ahora suave, seria—. Pasó algo anoche, ¿no? Cuando te fuiste. Me lo podés contar. 

— No, no pasó nada —insistió Abigail, levantándose de un salto, necesitando que su amiga se fuera, necesitando prepararse, aunque no supiera para qué—. Posta, fue solo el susto de mi vieja. Y ahora con este mensaje me re asusté. Pero ya está, me voy a cambiar y me voy para allá. Gracias por venir, Juli. 

La despidió con abrazos rápidos y palabras apresuradas. Julieta se fue con una última mirada de profunda preocupación, sabiendo que algo muy grave ocurría, pero sin poder imaginar la pesadilla en la que su amiga estaba atrapada. 

Cuando la puerta se cerró, el silencio del departamento se volvió opresivo. Abigail se apoyó contra la madera, resbalando hasta el suelo, abrazándose las rodillas. Las lágrimas, por fin, vinieron. Silenciosas, desesperadas. Miró a su alrededor. Su casa, su refugio, ya no lo era. Cada objeto, cada rincón, podía ser el ojo que la vigilaba. Tenía menos de dos horas. Dos horas antes de que su dueño, la voz distorsionada, la sombra del callejón, cruzara su puerta y reclamara lo que, según él, ya le pertenecía. Su vida, tal como la conocía, había terminado. Y la que se avecinaba era un territorio de tinieblas y sumisión del que no veía salida. 

La vibración del teléfono sobre la mesa de luz fue como un latigazo en el silencio cargado del departamento. Abigail, aún sentada en el suelo contra la puerta, se estremeció. Durante la última hora, cada minuto había sido una agonía de anticipación y terror. Había llorado, había temblado, había incluso considerado huir, pero la imagen del video enviándose a todos sus contactos la mantenía paralizada en un rincón de su propia casa. Con una mano que apenas podía controlar, alargó el brazo y tomó el dispositivo. La pantalla brilló, iluminando su rostro marcado por las lágrimas. No era solo un mensaje de texto; era una orden directa, un protocolo a seguir. 

— Quiero encontrarte desnuda, boca abajo en tu cama, con la cabeza hacia la cabecera. La puerta de tu casa debe estar sin llave. No te muevas. Espera. 

Las palabras, frías y impersonales, no dejaban espacio para la interpretación o la negativa. Era un manual de instrucciones para su propia sumisión. Por un instante, el pánico quiso apoderarse de nuevo de ella, un último grito de una dignidad que se desvanecía rápidamente. Pero entonces, algo más profundo y sorprendente comenzó a emerger. Una curiosidad malsana, una chispa de aquella excitación confusa que había sentido en el callejón. La parálisis del miedo empezó a ceder, reemplazada por una determinación trémula pero firme. Se levantó del suelo, las piernas débiles, y se dirigió al centro de su habitación, frente al espejo del armario. 

Se miró. Vio a la Abigail asustada, la víctima. Pero también vio, bajo la superficie, a la mujer que había obedecido una vez y que, en un lugar secreto de su alma, había encontrado una libertad perversa en la entrega total. Con los ojos fijos en su propio reflejo, llevó sus manos a los botones de su camiseta. Los dedos le temblaban, pero no se detuvo. El primer botón cedió, luego el segundo, y así hasta que la tela se abrió, revelando la piel de su vientre y la curva pálida de sus senos contenidos por el encaje de un corpiño blanco. Dejó que la camiseta se deslizara por sus brazos y cayera al suelo, un montón de tela inocente. El aire de la habitación acarició su piel, erizándola. Se sentía expuesta, vulnerable, pero también increíblemente viva, cada nervio despierto y alerta. 

Sus manos viajaron a su espalda para desabrochar el corpiño. El cierre cedió con un clic suave, y la prenda se aflojó, liberando el peso de sus pechos. Se lo quitó lentamente, dejando que sus senos, redondos y firmes, quedaran al descubierto, las yemas rosadas endurecidas por el frío y la excitación nerviosa. Una oleada de rubor le subió por el cuello y el rostro. "Esto es una locura", pensó, pero la locura venía acompañada de un pulso eléctrico que le recorría el vientre. Se desabrochó el jean, bajó la cremallera con un sonido áspero y se lo empujó por las caderas, junto con sus bragas, hasta que toda la prenda formó un anillo de tela azul alrededor de sus tobillos. Dio un paso fuera de él, quedando completamente desnuda frente al espejo, frente a sí misma, y frente a los ojos invisibles que sabía la estaban observando. 

"Me está gustando", se confesó a sí misma con un asombro culpable, mientras sus propias manos recorrían la suave curva de sus caderas. "Me gusta esta sensación… me gusta recibir órdenes". Era una revelación que la aterraba y la embriagaba al mismo tiempo. La Abigail que siempre había tenido el control, que elegía a sus parejas, que decidía cuándo y cómo, se estaba desvaneciendo, y en su lugar emergía una criatura más primal, una que anhelaba ser dirigida, poseída, moldeada. 

Se volvió de espaldas al espejo y caminó hacia la cama. Las sábanas estaban frescas contra su piel desnuda. Se acomodó boca abajo, tal como se le había ordenado, con la cabeza hacia la cabecera de madera. Enterró el rostro en la almohada, inhalando su propio olor mezclado con el suavizante de ropa. Su corazón latía con fuerza, bombeando una mezcla de miedo y anticipación por todo su cuerpo. Desde su posición, podía ver la puerta entreabierta de la habitación, y más allá, el pasillo que conducía a la entrada. La había dejado sin llave, tal como le pidieron. Era una invitación, una rendición. Cada segundo que pasaba era una eternidad. Escuchaba cada crujido del edificio, cada motor de auto en la calle, esperando oír el sonido que marcaría el punto de no retorno. 

Y entonces, lo oyó. Un sonido suave, casi imperceptible: el clic metálico del picaporte de la puerta de entrada siendo girado desde el otro lado. La puerta se abrió con un leve chirrido de los goznes. Abigail contuvo la respiración, todo su cuerpo en un estado de tensión extrema. Los pasos eran lentos, deliberados, resonando en el piso de madera del pasillo. No había prisa en ellos, solo la seguridad absoluta de quien sabe que es dueño del territorio que pisa. Se acercaron a la puerta de la habitación, se detuvieron un instante, y luego cruzaron el umbral. 

Ella podía sentirlo de pie junto a la cama, contemplándola. El aire se desplazaba a su alrededor, cargado con una presencia masculina que era a la vez terrorífica y profundamente excitante. Cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados. No era por miedo, se dio cuenta con una claridad que la estremeció. Era porque no se lo habían ordenado. Mirar sin permiso habría sido romper las reglas de este juego perverso, y una parte de ella, la parte que ahora anhelaba la estructura de la obediencia, no quería romperlas. 

— Qué perrita obediente —la voz era la misma del callejón, áspera y distorsionada por algún artefacto digital, imposible de reconocer. 

Abigail no respondió. No se movió. Permaneció inmóvil, ofreciendo su espalda desnuda, la curva de sus nalgas, la vulnerabilidad de su postura. Era un silencio que significaba aceptación. 

Sintió sus manos sobre su rostro. No eran brutales, sino firmes. La venda de tela gruesa, la misma de la vez anterior, le cubrió los ojos, sumiéndola de nuevo en una oscuridad absoluta. La privación del sentido la hacía más consciente de todo lo demás: el sonido de su propia respiración entrecortada, el olor a limpio de las sábanas, y el olor ligeramente a sudor y a colonia barata que traía el hombre. Luego, sintió la áspera textura de una soga. No era una cuerda fina, sino una soga de yute, gruesa y rústica. Él tomó su muñeca izquierda y la ató con firmeza, pero sin brutalidad, al barrote vertical de la cabecera de la cama. Repitió el proceso con su muñeca derecha. Luego, sus tobillos. La estiró, suavemente pero con una autoridad incuestionable, atándolos a los pies de la cama. En cuestión de minutos, Abigail estaba completamente extendida, boca abajo, con los brazos por encima de la cabeza y las piernas abiertas, atada e indefensa. Su cuerpo era un sacrificio atado a un altar del que desconocía la deidad. 

"¿Cómo sabe?", pensó, una oleada de confusión mezclándose con el placer culpable que sentía. "¿Cómo sabe que mi fantasía más secreta, la que nunca le conté a nadie, es estar así? Atada, completamente a la merced de alguien". La realidad era que Eduardo no lo sabía. Él solo improvisaba, aplicando un manual básico de dominación que había leído por encima en foros de internet. Para él, era la forma más obvia de reafirmar su control. Para ella, era la materialización de un sueño prohibido que ni siquiera se había atrevido a nombrar. 

Eduardo se detuvo a mirarla. La visión era sobrecogedora. El cuerpo joven y esculpido de Abigail, pálido y perfecto, contrastaba brutalmente con las toscas sogas marrones que la sujetaban. La curva de su espalda, la estrechez de su cintura y la plenitud de sus nalgas formaban un paisaje de tentación que él ahora tenía el derecho de explorar. Extendió una mano y, usando solo la yema de los dedos, comenzó a trazar líneas invisibles sobre su piel. Recorrió su columna vertebral, desde la base del cuello hasta el comienzo de su trasero. Abigail contuvo la respiración, un estremecimiento recorriéndola de la cabeza a los pies. El tacto era ligero, casi una caricia, pero cargado de una intención posesiva que la electrizaba. 

Sus dedos se deslizaron luego sobre la redondez de una de sus nalgas, acariciando la piel suave y firme. Luego, con un movimiento rápido y seco, su mano se abrió y descendió con fuerza. 

— ¡Ah! —escapó un gemido ahogado de Abigail, más de sorpresa que de dolor. La nalgada resonó en la habitación silenciosa, dejando una sensación de calor que se extendió como un reguero de pólvora por su piel. 

— Qué buen culo, perrita —dijo la voz distorsionada, con un tono de aprobación burlona—. Un culo perfecto para entrenar. 

Abigail, en su oscuridad, sonrió levemente contra la almohada. El dolor era agudo, pero fugaz, y se transformaba inmediatamente en un calor profundo, en una marca de propiedad. Era real. Estaba sucediendo. Y la parte de ella que había anhelado esto, la parte que disfrutaba recibir órdenes, se expandía, ocupando cada vez más espacio dentro de su ser, ahogando los últimos vestigios de su resistencia. El juego había escalado, y ella, atada y vendada, era ahora una participante voluntaria en su propia perdición. 

La yema del dedo de Eduardo encontró la cálida humedad entre sus piernas con una precisión que hizo estremecer a Abigail. Era un contacto suave, exploratorio, pero cargado de una intención que la dejó sin aliento. 

— Hoy te voy a enseñar que las perritas que se portan bien tienen premio —susurró la voz distorsionada, y comenzó un lento, metódico y experto movimiento con sus dedos. 

Al principio, Abigail intentó resistirse, endureciendo los músculos de su estómago, apretando los puños contra las sogas que la sujetaban. Pero su cuerpo, traicionero y hambriento, comenzó a responder casi de inmediato. Una oleada de calor, distinta a la del miedo o la vergüenza, comenzó a extenderse desde su centro, un fuego lento y dulce que le hacía perder el control de sus propias respiraciones. Sus caderas, contra su voluntad, comenzaron a moverse en un ritmo mínimo, imperceptible, buscando la presión de esa mano anónima. "Esto no debería gustarme", pensó, "es un monstruo, me está extorsionando". Pero la realidad física era innegable. La estaba pasando bien. Increíblemente bien. El placer, negado y acumulado durante tanto tiempo en su vida ordenada, se liberaba en una torrente que amenazaba con arrastrarla. 

Después de unos minutos, un sonido escapó de sus labios. Un pequeño gemido, agudo y involuntario, que se filtró a través de la almohada. La vergüenza fue instantánea, un rubor que le quemó el rostro bajo la venda. "¡No! ¡Cállate!", se regañó internamente. El orgullo, ese último bastión de su antigua vida, se alzaba contra la marea de sensaciones. No quería darle esa satisfacción, no quería que supiera lo efectivo que era su castigo-premio. 

Eduardo, sin embargo, había oído el gemido. Era la confirmación que buscaba. 

— Ah, ¿qué pasa? —murmuró, y su mano comenzó a moverse más rápido, los dedos encontrando el ritmo perfecto, la presión exacta en el clítoris hinchado y sensible—. A la perrita le está empezando a gustar su premio. 

— No… —logró jadear Abigail, sacudiendo la cabeza contra la almohada, su voz era un hilo de voz quebrado—. No me gusta… 

— Mentira —refutó él, y con la mano libre le dio otra nalgada, no tan fuerte como la primera, pero sí más burlona—. Tu cuerpo no miente, putita. Estás empapada. Estás temblando. Me lo dice todo. 

Y era cierto. Mientras su boca negaba, su arco se elevaba, sus piernas se tensaban contra las ataduras y un sudor fino cubría su piel, erizándola. En su interior, una voz más honesta y primal gritaba: "¡Me encanta! Por favor, no pares". La contradicción la volvía loca. El placer era tan intenso que borraba los contornos de su voluntad. 

La presión se acumuló de manera inexorable, un huracán de sensaciones concentrado en su bajo vientre. No podía luchar contra ello. Con un grito ahogado que era mitad agonía, mitad éxtasis, el orgasmo la golpeó. Fue una explosión de luz blanca detrás de sus párpados vendados, un temblor incontrolable que recorrió cada centímetro de su cuerpo atado, haciéndola sacudirse contra las sogas. Jadeó, sin aire, creyendo que era el final. 

Pero no lo era. 

Eduardo no se detuvo. Su mano continuó su movimiento, ahora sobre piel supersensible, enviando ondas de un placer casi doloroso a través de su sistema nervioso sobreexcitado. 

— ¡Ah, no, para! —suplicó Abigail, su cuerpo retorciéndose, tratando de escapar de la misma fuente de su éxtasis—. ¡No doy más! 

En el instante en que las palabras salieron de su boca, lo lamentó. Era una admisión de derrota. Le estaba diciendo que había ganado, que su cuerpo era suyo. 

— Así no se piden las cosas, perra —le espetó Eduardo, y otra nalgada, esta vez más fuerte, sonó en la habitación, intercalándose con el movimiento incesante de sus dedos. 

El dolor agudo se mezcló con el placer abrumador, creando un cóctel aún más potente y confuso. Abigail mordió la almohada con fuerza, ahogando los nuevos gemidos que querían escapar. Sabía lo que tenía que decir. Era el precio para que la liberara de esta tortura gloriosa. 

— Mi dueño… —jadeó, la voz ronca por los gritos contenidos—. Por favor… ya no aguanto más de tanto placer. 

Eduardo se rió, un sonido gutural y distorsionado. 

— Pero yo no he acabado aún. 

Y continuó. Su otra mano acariciaba la piel suave y sudorosa de su espalda, trazando círculos que la hacían estremecer. Un segundo orgasmo, más profundo y resonante que el primero, la arrasó. Este fue menos una explosión y más una implosión, un colapso total de sus sentidos que la dejó hecha un líquido, exhausta y completamente vulnerable. El orgullo era un recuerdo lejano. 

Ella, desesperada por que terminara esa situación tan placentera y a la vez tan humillante, encontró una última argucia. 

— Terminá… dentro mío —susurró, ofreciendo lo que creía que era el máximo acto de sumisión, esperando que eso satisficiera su lujuria y la liberara. 

La risa de Eduardo fue cortante. 

— Aún no te has ganado ese placer, perrita. Eso es para cuando yo lo decida, no cuando tú lo pidas. 

Y siguió. Sus dedos, incansables, comenzaron de nuevo la danza, llevando su cuerpo, ya sensible y agotado, hacia un tercer pico. Abigail ya no luchaba. Su mente era una niebla de sensaciones, su cuerpo un instrumento que solo respondía a las manos de su dueño. Se acercaba al borde otra vez, un precipicio de puro éxtasis, y una parte de ella ansiaba arrojarse. 

Pero entonces, de la manera más abrupta, Eduardo se detuvo. Sus dedos se retiraron, dejando un vacío húmedo y palpitante. 

La confusión fue instantánea. El clímax, tan cerca, se esfumó, dejándola colgada en un limbo de frustración intensa. 

— ¿Por qué? —preguntó, su voz era un quejido de genuina perplejidad—. ¿Por qué paráste? 

— Porque no te ganaste otro orgasmo —declaró él con simpleza brutal—. Los premios se dosifican. Y la desobediencia se castiga. 

Ella lo escuchó moverse. Sintió cómo sus manos trabajaban en el nudo de la soga que sujetaba su muñeca derecha. La atadura cedió, y su brazo, entumecido y dolorido, cayó libre a un costado del cuerpo. Podía moverse, pero no lo hizo. La lección de la sumisión ya estaba grabada a fuego en su carne. 

— Y escuchame bien —dijo la voz, ahora más cerca, como si estuviera inclinado sobre su oído—. Desde hoy, tenés prohibido usar ropa interior. En tu casa o en la calle. Tu cuerpo ya no te pertenece para esconderlo. ¿Está claro? 

Abigail, tendida, sudorosa y exhausta, con el eco de tres orgasmos y la frustración de uno negado resonando en cada célula, solo pudo asentir con un leve movimiento de cabeza. 

— Sí, mi dueño. 

Oyó sus pasos alejarse, cruzando la habitación, el pasillo, y luego el sonido de la puerta de entrada cerrándose. La dejaba sola. Atada solo por un brazo y las piernas, vendada, empapada en su propio sudor y excitación, en el silencio repentino de su departamento. 

Permaneció así durante un largo rato, jadeando, intentando asimilar lo que había sucedido. La humillación, la pérdida de control, el placer inimaginable, la frustración final. Y entonces, en un susurro tan bajo que apenas era audible, sus labios formaron una confesión que sellaba su destino: 

— Los mejores orgasmos de mi vida. 

La había quebrado. Y a ella, en el fondo más secreto de su ser, le había encantado.

Continuara... 

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