Bajo la tenue luz de un atardecer porteño que teñía las fachadas de un color naranja desvaído, Eduardo salió del edificio de departamentos donde vivía, sintiendo el peso de sus cincuenta años en cada uno de sus pasos. Su contextura, ancha y blanda por décadas de sedentarismo y comidas apresuradas frente a la computadora, se movía con una torpeza que delataba una vida dedicada por entero al trabajo. Llevaba una camisa arrugada, una de esas que saca directamente del cesto de la ropa limpia pero que nunca plancha, y unos pantalones de vestir que le quedaban ajustados en la cintura. Su cabello, entrecano y escaso, era un testimonio de noches en vela y estrés. Mientras caminaba hacia el bar de la esquina, un lugar modesto con mesitas de madera craquelada y olor a cerveza tirada no podía evitar sentir el vacío silencioso de su departamento a sus espaldas. Era la misma soledad que lo había acompañado desde que tenía uso de razón, un compañero fiel al que alimentaba con horas extra y proyectos interminables. Nunca había tenido tiempo para una familia, para el amor, ni siquiera para un hobbie que no fuera revisar planillas de Excel. Su vida era un monólogo gris.
Al llegar al bar, una figura esculpida con precisión quirúrgica se levantó de una mesa del fondo para saludarlo. Era Cristian. A la misma edad que Eduardo, parecía habitarla con una autoridad distinta. Su cabello, de un negro azabache perfectamente peinado, ni una hebra fuera de lugar, contrastaba con su tez bronceada. Llevaba un traje casual pero impecable, de un lino claro que se adaptaba a su cuerpo atlético sin una sola arruga. Sus manos, al estrechar la de Eduardo, eran fuertes, con los nudillos marcados y las uñas perfectamente cuidadas. Mientras Eduardo se acomodaba pesadamente en la silla, haciendo crujir la madera, Cristian lo observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos y calculadores.
—Che, ¿te acordás de la última vez que nos vimos? —preguntó Eduardo, intentando romper el hielo mientras el mozo dejaba dos chopps espumosos sobre la mesa—. Debe haber sido en la fiesta de egresados.
—Claro que me acuerdo —respondió Cristian, tomando su vaso con elegancia—. Tú querías ser arquitecto y yo… bueno, yo ya sabía que el mundo era un lugar para moldear a mi antojo.
Hablaron durante horas. La conversación fluyó desde los recuerdos del colegio hasta la cruda realidad del presente. Eduardo habló de sus logros profesionales, de las empresas que había salvado de la quiebra con su mente numérica, pero su voz carecía de entusiasmo. Era como recitar un currículum vitae en un funeral. Cristian, en cambio, hablaba de viajes, de experiencias, de una vida llena de intensidad y control. Finalmente, después de un largo silencio en el que Eduardo miró su cerveza casi vacía, se atrevió a hacer la pregunta que rondaba en su mente desde hacía rato.
—Y… ¿te casaste, al final? ¿Formaste una familia?
Cristian soltó una risa breve, seca, como un disparo.
—¿Casarme? Ni loco, amigo. Para qué comprar una sola vaca cuando puedes tener el establo entero y además, adiestrado a tu perfecto gusto.
Eduardo arrugó la frente, confundido.
—No te entiendo.
—Tengo cuatro esclavas sexuales a mi disposición —dijo Cristian, con una naturalidad pasmosa, como si estuviera hablando del clima—. Cuatro mujeres que viven para servirme, para complacerme. Son mis mascotas humanas.
Eduardo lo miró fijamente, tratando de encontrar un rastro de broma en el rostro impasible de su amigo. Sus ojos, pequeños y fatigados, se abrieron un poco más, incrédulos. "Está chalao, se le secó la cabeza con tanto sol y gimnasio", pensó, pero algo en la actitud de Cristian, en esa seguridad absoluta, lo hacía dudar.
—¿Me hablás en serio, amigo? —preguntó, su voz un susurro ronco—. ¿Esclavas?
—Completamente en serio —afirmó Cristian, acomodándose el impecable cabello con un gesto mecánico—. Pertenezco a una sociedad… un círculo muy exclusivo. Lo llamamos 'El Club de los Amos'. No es solo un pasatiempo, es una competencia. Una demostración constante de poder, de destreza. Competimos entre nosotros para ver quién puede poseer más, y mejor entrenadas, a sus mascotas humanas. Es el arte supremo de la doma.
Eduardo sintió que el mundo se desdibujaba por un instante. El bar, el ruido de los autos en la calle, todo desapareció. Solo existían las palabras de Cristian, que resonaban en su mente como campanadas. "Mascotas humanas". "Club de los Amos". No eran conceptos ajenos; de repente, se presentaban como la respuesta a una pregunta que él nunca se había atrevido a formular. Era la antítesis de su vida desordenada y solitaria. Era el control absoluto, el orden perfecto. Una excitación primaria y oscura comenzó a latir en sus venas, mezclada con una avidez voraz.
—Quiero pertenecer —dijo, casi sin darse cuenta, la frase escapándosele antes de que pudiera pensarlo—. ¿Cómo hago?
Cristian lo estudió detenidamente, como un entomólogo observando un espécimen raro. Hizo una pausa deliberada, saboreando la desesperación que empezaba a asomar en los ojos de Eduardo.
—Te puedo recomendar —concedió al fin—. Pero con eso no es suficiente. La recomendación solo te da la oportunidad de intentarlo. Para ser aceptado, debes demostrar que tienes la fibra de un Amo. Debes capturar a una mujer, entrenarla, moldearla por completo a tu semejanza durante un tiempo determinado. Solo cuando el Consejo del Club certifique que la has convertido en una sumisa perfecta, obtendrás tu membresía.
—Pero… ¿cómo sé yo sí una mujer es sumisa? —preguntó Eduardo, sintiéndose como un novato absoluto—. No creo que sea algo que pongan en las redes sociales.
Cristian se rió, una carcajada amplia y despreocupada que hizo que un par de comensales los miraran.
—Eduardo, Eduardo —dijo, sacudiendo la cabeza—. Todas lo son. En el fondo, en lo más recóndito de su ser, todas las mujeres anhelan entregar el control. Llevan la sumisión grabada en el alma como un instinto ancestral. Solo les tienes que mostrar el camino. Algunas lucharán más, otras menos, pero el deseo de pertenecer, de ser dirigidas, de ser poseídas… eso es universal. Solo necesitas un ojo para verlo y la voluntad de fomentarlo.
Esas palabras se grabaron a fuego en la mente de Eduardo. "Todas lo son". Mientras caminaba de regreso a su departamento, la ciudad ya sumida en la noche, la idea no hacía más que crecer en su interior, alimentando una obsesión naciente. La conversación había terminado, pero para Eduardo, todo estaba comenzando. Había decidido que pertenecería al Club de los Amos. Era su destino, la única manera de tallar un lugar de poder en un mundo que siempre lo había tratado con indiferencia.
Los días pasaron y la resolución de Eduardo se fortaleció, transformándose en un plan concreto. Comenzó a observar a las mujeres de su entorno con una nueva lente, la lente depredadora que Cristian le había otorgado. Y entonces, la vio. Abigail. Su vecina de enfrente. La había visto antes, claro, pero siempre como un espectro juvenil y ajeno. Ahora la observaba como un potencial.
Era final de la tarde, el sol poniente bañaba la Avenida Corrientes con una luz dorada y melancólica. Abigail caminaba con la energía específica de quien acaba de salir del gimnasio. Llevaba unas mallas ajustadas color gris y una top deportivo que dejaba al descubierto un abdomen plano y marcado. Su cabello rubio lacio, tan claro que casi parecía blanco bajo el sol, caía como una cascada sedosa sobre sus hombros. Medía alrededor de 1,70 metros y su cuerpo era una sinfonía de curvas perfectas: una cintura tan fina que parecía poder abarcarse con las manos, unos pechos redondos y firmes que se movían con un ritmo sensual al caminar, y unas nalgas altas, paraditas, que dibujaban un arco perfecto contra la tela de su ropa. Para Eduardo, no era solo una mujer atractiva; era la materia prima ideal, el lienzo en blanco sobre el que podría pintar su obra maestra de sumisión.
Dos cuadras antes de llegar a su edificio, en un tramo más solitario, fue donde Eduardo puso en marcha su plan. Había contratado a un muchacho, un pibe de barrio necesitado de dinero, para una tarea simple. Desde la puerta de una librería, Eduardo observó, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra. El momento fue rápido, brutalmente eficaz. El muchacho se acercó corriendo por detrás de Abigail, le arrancó el celular de la mano con un tirón seco que hizo que ella soltara un grito ahogado, y echó a correr. Pero su ruta de escape, cuidadosamente coreografiada por Eduardo, lo llevó directamente frente a él.
—¡Che, pará, ladrón de mierda! —gritó Eduardo, con una voz más firme de la que creía poseer.
El golpe fue preciso, un puñetazo certero a la mandíbula del joven, quien, siguiendo las instrucciones, soltó el teléfono inmediatamente y siguió corriendo como si el demonio lo persiguiera. El celular cayó al suelo, pero Eduardo lo recogió con rapidez, fingiendo jadear por el esfuerzo. "Funcionó. Perfecto", pensó, una oleada de poder recorriéndolo.
Abigail se acercó corriendo, su rostro hermoso estaba pálido, marcado por el shock y la adrenalina. Sus grandes ojos azules, ahora enormes por el susto, estaban vidriosos.
—Dios mío, ¡gracias! —exclamó, jadeando—. ¡No sé qué hubiera hecho sin el teléfono!
—Tranquila, flaca —dijo Eduardo, intentando sonar calmado y heroico mientras le extendía el aparato—. No podía dejar que un chorrito así se saliera con la suya. Acá tenés.
—Señor Eduardo, ¿verdad? —preguntó Abigail, reconociéndolo por fin—. Es mi vecino, ¿no? ¡No sabe lo agradecida que estoy! Fue… fue increíble lo rápido que reaccionó.
—Por favor, llámame Eduardo —respondió él, esbozando una sonrisa paternal que no reflejaba la tormenta de excitación y cálculo que bullía en su interior—. Y no fue nada, de verdad. ¿Estás bien? ¿No te lastimó?
—No, no, estoy bien, solo asustada —dijo ella, llevándose una mano al pecho, donde el corazón le martillaba contra las costillas—. Iba para mi casa, son solo dos cuadras.
—Vamos, yo también voy para allá —propuso Eduardo—. Te acompaño. Ya bastante susto te llevaste hoy.
Caminaron juntos, la tensión inicial de Abigail dando paso a una profunda gratitud. Ella hablaba, nerviosa, agradeciendo una y otra vez. Eduardo apenas escuchaba. Su mente estaba en otra parte, en los pocos segundos que había tenido el celular de ella en sus manos. Tiempo suficiente para, mientras fingía revisar si se había roto, instalar un software de control remoto casi indetectable. Ahora tenía una ventana directa a la vida de Abigail: sus mensajes, su ubicación, sus fotos, sus búsquedas en internet. Era la primera cadena, invisible pero irrompible, que le colocaría.
Al llegar a la puerta de su edificio, Abigail se volvió hacia él, con una sonrisa genuina y cálida.
—De verdad, Eduardo, mil gracias. Si no fuera por vos, hoy sería un día horrible.
—No hay por qué dar las gracias, vecina —respondió él, con su sonrisa más inofensiva—. Cuidarnos entre vecinos es lo mínimo. Cualquier cosa que necesites, ya sabés donde vivo, justo enfrente.
—¡Gracias! ¡Que tengas una buena noche! —dijo ella, y entró al edificio, su silueta esbelta desapareciendo detrás de la puerta de vidrio.
Eduardo se quedó un momento en la vereda, mirando la fachada del edificio de enfrente. La noche había caído por completo. Encendió un cigarrillo, algo que no hacía desde la universidad, y exhaló el humo lentamente hacia el cielo estrellado. Abigail entraba en su casa, inocente, ajena por completo a la telaraña que comenzaba a tejer a su alrededor. Sin saber que el héroe casual de la tarde era, en realidad, su primer y único Amo. El juego había comenzado. Y para Eduardo, la partida por ingresar al Club de los Amos, por fin, estaba en marcha.
Bajo la luz grisácea de un sábado por la mañana, Eduardo se movía con una energía que le era completamente ajena. La habitual pesadez de sus miembros había sido reemplazada por un nerviosismo electrizante. El plan había comenzado y cada acción, por pequeña que fuera, era un eslabón más en la cadena que estaba forjando para Abigail. Se encontró con el muchacho, el "ladrón" de la función previa, en una plaza discreta a diez cuadras de su casa. El chico, de no más de diecinueve años, tenía la mirada esquiva y las manos inquietas.
—Acá tenés —murmuró Eduardo, deslizando un sobre con billetes en la mano del joven—. Y ahora olvidate de todo. Si te buscan, no sabés nada.
—Sí, señor. Descuide —farfulló el muchacho, guardando el dinero como si fuera un tesoro maldito antes de escabullirse entre los árboles.
Eduardo lo observó marcharse con una mezcla de desprecio y satisfacción. Ese era el primer cabo atado. Ahora, el verdadero juego podía comenzar. Regresó a su departamento y se instaló frente a la pantalla de su computadora, que ahora mostraba una ventana dividida en múltiples secciones: la ubicación en tiempo real de Abigail, un listado de sus mensajes de texto y, lo más preciado, el acceso remoto a la cámara de su teléfono. La había observado durante días, estudiando sus patrones como un entomólogo estudia a un insecto. Sabía que los sábados por la tarde visitaba a sus padres en el barrio de Belgrano, cenaba con ellos —una tradición familiar inquebrantable— y luego, dependiendo del humor, salía con sus amigas a tomar algo a un bar de Palermo. A veces la noche terminaba ahí, con risas y cocktails; otras veces, se alargaba en una discoteca o, en ocasiones más raras, termina en el departamento de algún "amiguito", un término que a Eduardo le producía un desagrio profundo. "Esas son las viejas costumbres", pensó, "los últimos vestigios de una vida que ya no le pertenece. A partir de esta noche, su único rumbo seré yo".
La tarde transcurrió con una lentitud exasperante. Eduardo veía el punto rojo que representaba a Abigail moverse por el mapa en su pantalla: de su casa al gimnasio, del gimnasio a la casa de sus padres. Mientras, él preparaba el escenario. Revisó las fotografías que había extraído de la nube de su teléfono —imágenes íntimas, selfies desprevenidos frente al espejo de su baño después de la ducha— y las descargó en un dispositivo limpio, imposible de rastrear. Su corazón latía con un ritmo acelerado y constante, una percusión de anticipación y poder. No era solo excitación lo que sentía; era la embriaguez de tener el destino de otra persona en la punta de sus dedos.
Finalmente, el punto rojo se estabilizó en un bar de moda en Palermo Soho. Era la hora. Abigail estaba con sus amigas, riendo, probablemente contando la anécdota del robo fallido de su teléfono, sin imaginar que el verdadero asalto estaba a punto de comenzar. Eduardo, desde la penumbra de su living, respiró hondo y presionó "enviar".
—
Dentro del bar, el ambiente era bullicioso y cálido. Las luces tenues creaban manchas de color sobre las paredes de ladrillo visto y la música electrónica se colaba entre las conversaciones sin ahogarlas. Abigail se reía con una de sus amigas, llevando el vaso de su mojito a los labios, cuando su teléfono vibró con insistencia sobre la mesa de madera. Un número desconocido. Con el ceño levemente fruncido, deslizó el dedo para abrir el mensaje.
La sonrisa se congeló en su rostro. El color se desvaneció de sus mejillas, dejando un blanco cadavérico. El mundo a su alrededor, las risas, la música, el murmullo de las voces, todo se apagó de golpe, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos. En la pantalla, una sucesión de imágenes suyas, desnuda, capturadas con una crudeza que le erizó la piel. Eran fotos que se había tomado a sí misma en la intimidad de su baño, jugueteando con ángulos en el espejo, imágenes que solo existían para ella, para su propia mirada. "¿Cómo? ¿Quién? ¿Cuándo?", pensó, su mente negándose a aceptar la realidad. Una ola de calor vergonzante, seguida de inmediato por un escalofrío glacial, la recorrió de la cabeza a los pies. Sintió el estómago convertirse en un nudo de hielo. "Se me acabó la vida".
Con los dedos temblorosos, casi sin control, escribió una respuesta, una frase corta y desesperada que era un grito ahogado en formato de texto.
— ¿Quién sos?
La respuesta llegó en segundos, las palabras apareciendo en la pantalla como golpes de cuchillo.
— Soy tu dueño, tu amo, tu dios. Desde hoy eres mía.
El pánico se transformó en una ira feroz, una reacción visceral ante la violación y la arrogancia de ese mensaje. Sus dedos volaron sobre el teclado, escribiendo una sucesión de insultos, de maldiciones, de amenazas que sabía huecas. "Hijo de puta, enfermo de mierda, te voy a denunciar, te voy a encontrar y te voy a matar".
La réplica del desconocido fue fría, calculada, y letalmente efectiva.
— Esperame de rodillas en el callejón al lado del bar que estás con tus amigas. O estas fotos las envío a tus padres, a tu amigo del gimnasio, y a la universidad. Tenés cinco minutos.
Abigail leyó el mensaje una, dos, tres veces. Las palabras "padres", "universidad", "gimnasio" resonaron en su cabeza como sentencias. Visualizó la mirada de decepción y horror en los ojos de su madre, los chismes corriendo por los pasillos de la facultad, la vergüenza eterna. Su vida social, su carrera, su relación familiar… todo se desvanecía en un instante, pulverizado por la amenaza de ese anónimo. La opción no era una opción. Era un callejón sin salida, literalmente.
— Che, ¿estás bien? —preguntó una de sus amigas, tocándole el brazo—. Te pusiste blanca.
— Sí, sí… es que… me acaba de mandar un mensaje mi vieja —mintió Abigail, forzando una sonrisa tensa que no llegó a sus ojos—. Se siente mal, dice que tiene mucha presión. Tengo que irme, disculpen.
— ¡Ay, pobrecita! ¿Querés que te acompañemos?
— No, no, por favor —se apresuró a decir, levantándose tan rápido que la silla chirrió contra el piso—. Seguro es solo un susto, ya la llamo al médico. Disfruten la noche.
Salío del bar con pasos rápidos y vacilantes, sintiendo que todas las miradas la seguían, que todos sabían su secreto. El aire fresco de la noche no logró despejar la neblina de terror que nublaba su mente. Se detuvo frente a la boca del callejón que el desconocido había indicado. Era un pasaje angosto y oscuro, iluminado solo por un farol que titilaba de manera intermitente en el otro extremo, arrojando sombras largas y distorsionadas. Olía a orín y a basura húmeda. "No puedo hacer esto, esto es una locura", pensó. Pero luego visualizó las fotos desplegándose en el grupo de WhatsApp de su familia, y un estremecimiento la recorrió. Con un suspiro que era más un quejido, dio un paso adelante, y luego otro, adentrándose en la oscuridad.
—
Una vez en el corazón de las tinieblas, lejos del bullicio de la calle, se detuvo. Las instrucciones habían sido claras. "De rodillas". Una parte de su cerebro, la parte racional, le gritaba que corriera, que llamara a la policía, que hiciera cualquier cosa menos eso. Pero otra parte, más profunda y aterrada, había aceptado la lógica perversa de la situación. La sumisión era el precio de su vida normal. Con un temblor incontrolable que le recorría todo el cuerpo, se arrodilló en el pavimento frío y sucio. La gravilla se clavó a través de la fina tela de sus jeans. Sentía una contradicción desgarradora: su cuerpo reaccionaba con asco y miedo al entorno, con humillación por su postura, pero, en un rincón oculto de su psique, una chispa de algo completamente distinto se encendió. Era la adrenalina del peligro, el morbo de lo prohibido, el oscuro y secreto latido de una fantasía que nunca se había atrevido a nombrar. "¿Qué me está pasando? Esto es una violación, es un secuestro… pero… ¿por qué siento esto?".
No tuvo tiempo de analizarlo. A los pocos segundos, unos pasos silenciosos se acercaron por detrás. Abigail contuvo la respiración, todo su cuerpo en un estado de tensión máxima. Una mano firme le cubrió los ojos con una venda de tela gruesa, sumiéndola en una ceguera absoluta. El mundo se redujo a los sonidos, a los olores y a las sensaciones táctiles.
— Hola, esclava —susurró una voz. Era áspera, grave, deliberadamente distorsionada, como si hablara a través de un filtro digital. Era imposible reconocerla.
Eduardo, oculto en la penumbra, la observaba. Verla allí, arrodillada y vendada, esa diosa del gimnasio reducida a un temblor expectante, fue una de las sensaciones más poderosas de su vida. Un calor intenso se extendió por su vientre. Se desabrochó el pantalón y se acercó.
— Ahora, chupa —ordenó, con la voz aún falseada.
Abigail, desorientada en la oscuridad, alzó las manos para encontrar lo que se le ofrecía. Sus dedos tocaron la carne erecta y cálida. Un sollozo se atoró en su garganta. "No puedo, no puedo", pensó, pero sus manos, actuando casi por instinto, ya la estaban guiando hacia sus labios. El primer contacto fue salado, extraño, invasivo. Cerró los ojos bajo la venda y comenzó a mover la cabeza, intentando con todas sus fuerzas que fuera rápido, que terminara pronto, que el horror acabara. Se concentró en la técnica, en los movimientos mecánicos que había hecho en contadas ocasiones, esperando que su habilidad aplacara la furia de su dueño y la liberara.
Para Eduardo, fue una experiencia trascendental. El calor de su boca, la sumisa aceptación de su cuerpo, la visión de su perfecto rostro oculto por la venda mientras se entregaba a una tana tan degradante… era la materialización de todo su poder. "Esta es la mujer que todos miran con deseo en la calle", pensó, "y ahora está aquí, en un callejón, chupándomela porque yo se lo ordené". Cada movimiento de su cabeza, cada gemido ahogado que escapaba de su garganta, alimentaba su ego de una manera que ningún éxito laboral jamás había logrado. Los minutos se estiraban, diez, quizás quince, en una burbuja de tiempo suspendido donde solo existían el poder y la sumisión.
Finalmente, la tensión se volvió insoportable. Eduardo agarró su cabeza con más fuerza.
— Tragá —rugió, con la voz quebrada por la excitación.
Abigail, atrapada en el punto de no retorno, obedeció. Un sabor amargo y salado llenó su boca y bajó por su garganta. En ese momento de clímax forzado, la línea entre la coerción y el deseo se volvió peligrosamente delgada. Ya no sabía si lo hacía únicamente por el miedo a las fotos o si, en algún lugar recóndito de su ser, la situación había despertado algo primitivo, una fantasía oculta de ser usada, de ser poseída por un desconocido en la oscuridad, de entregar el control. La humillación y el placer se mezclaron en un cóctel confuso y perturbador.
Eduardo se separó de ella, arreglando su ropa con movimientos rápidos. La miraba, todavía de rodillas, con la venda en los ojos y un hilo de líquido blanco en la comisura de sus labios. Era una imagen perfecta.
— Te estaré observando —dijo, con su voz distorsionada, acercándose a su oído—. Pero si te veo con otro hombre… te castigaré. Y vas a desear no haber nacido.
Sin decir nada más, dio media vuelta y sus pasos se alejaron rápidamente, mezclándose con los sonidos de la ciudad, dejándola sola en el silencio abrupto del callejón.
Abigail se quedó allí, arrodillada en la fría oscuridad, durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, con movimientos torpes, se quitó la venda. El mundo a su alrededor seguía igual, pero ella ya no. Se levantó, las piernas entumecidas, y se apoyó contra la pared húmeda, respirando con dificultad. La confusión era un torbellino dentro de su cabeza. El miedo seguía allí, agudo y punzante, pero ahora compartía espacio con otras emociones más complejas: la vergüenza, la rabia, y una curiosidad malsana, electrizante. Se limpió la boca con el dorso de la mano, un gesto automático e inútil. La pregunta, la única pregunta que importaba, resonaba en el vacío que el hombre había dejado atrás, una pregunta que, supo instintivamente, comenzaría a definir su nueva realidad: "¿Quién es el que se hace llamar mi dueño?".
Continuara...

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